LAS GUERRAS ANTARTICAS
- …Chile fértil provincia señalada de la región antártica famosa… ¿Qué seguía?-
Llevaba tratando de recordar el resto del poema durante la última media hora de tormentosa y oscura caminata; a modo de distracción del hecho de que la nieve no le permitía ver hacia donde iba. Frustrarse por no recordar un autor muerto hace siglos y su poema, que pusiera alguna vez en el mapa a un país, que poco importaba ya en esas circunstancias; parecía más sano que frustrarse por su probable muerte.
Tal vez fuera cierto: nuestros últimos pensamientos en vida son siempre hacia el hogar.
Con suerte podía ver a través de su mascara de sustento vital escarchada y la nieve, el indicador en su chaqueta, junto a demás controles que ahora daban lo mismo. Aunque sabia la inutilidad del constante mirar; si algo era constante en el continental campo de batalla era que en la Antártica la energía siempre se agotaba y siempre escaseaba.
Su traje, diseñado por expertos para mantener su cuerpo a una temperatura confortable, no restaba energía alguna. El hule del que estaba hecha la parte interior, originalmente pensada para trajes de buceo a gran profundidad, más el traje de combate y camuflaje blanco, las botas de combate, los guantes, la capucha, e incluso su ropa interior; era un todo magnifico a prueba de hipotermia. La mascara era si otro cuento.
De su equipo varias cosas requerían baterías. Su equipo de posicionamiento antártico (E.P.A.), diseñado para funcionar sin la necesidad de satélites; los cuales nunca podrían ver a través de la espesa capa de nubes que cubrían la ultima frontera. Su cortador de hielo, fundamental para la supervivencia en tales condiciones. Su arma, que requería una gran fuente de poder para comprimir el aire que empujaría sus dardos con fuerza balística. Y por supuesto su mascara, diseñada para calentar el aire que respiraría el soldado; sin la cual se le congelarían los pulmones.
La masacra ya no tenia batería. Su tipo de batería era solo compatible con la fuente de poder del fusil de dardos; el cual sin batería era cargado solo por costumbre.
La última vez que pudo ver su indicador de carga este no le dio muy buenas noticias. Solo cuarenta y cinco minutos, - ¿Cuánto de eso ya paso?- Se pregunto con un profundo sentimiento de aceptación.
El eterno paisaje blanco y la poca luz del sol era capaz de volver locos a combatientes mejores que el. La monotonía mortal que hacia que dieras gracias por estar bajo fuego.
Aunque realmente nunca se esta bajo juego.
Todos los bandos de esta estupida guerra habían demostrado por primera vez el uso de razón en una guerra. Cuando estas luchando por un territorio tan preciado lo dañas lo menos posible. Nada de explosivos comunes; nada de armas atómicas ni químicas que contaminarían el preciado hielo o lo evaporarían para que se contaminara en la atmósfera; nada de vehículos a combustión; nada de armas cuyos proyectiles se impulsaran a pólvora o algún otro explosivo; nada de dardos envenenados. Tratar de dejar el menor rastro posible de permanencia humana; cuidar a toda costa la reserva mundial de agua.
Nadie se puso de acuerdo con nadie. Nadie firmo ningún tratado ni hablo con nadie. El “mundo libre” no emitió ningún mensaje. La única vez en la historia en que todos los seres humanos pensaron lo mismo y actuaron de consuno, no fue por conciencia, no fue por un debate, no fue por lo que haya dicho el Papa del viejo mundo. Lo único que los hombres escucharon finalmente fue su propia necesidad: comida y agua. No existe la primera sin la segunda.
El temido beep; lo saco de sus pensamientos de política exterior y ecología mundial. Le habían dicho claramente que significaba durante su entrenamiento, mencionado como los marinos hablan de algún mítico monstruo, que saben se los podría tragar en cualquier momento. Su “excelentemente diseñada" mascara de respiración se estaba quedando sin energía; pero sobre todo decía cinco minutos hasta la llegada del aire frió; luego unos dos a tres minutos de respirar micro cristales de hielo que le destrozarían los pulmones y moriría.
Sintió como sus zapatos para nieve apuraban el paso, queriendo llegar por si solos a algún lugar seguro, que el sabia no existía.
El viento dejo de soplar fuerte y cortante por un momento, permitiéndole algo de visibilidad. En lo que creyó una cruel ironía del destino.
- Mira bien el lugar que será tu tumba ¿Es eso?- se dijo a si, pensando en el oscuro sentido del humor que Dios demostraba.
Y entonces lo vio.
Parecía una loma de nieve; pero estaba en una planicie donde el viento no permitía la existencia de lomas, ni colinas, ni nada además de hielo. Quiazas era un espejismo provocado por el calor del traje y la falta de agua. ¿Pero que podía perder?
Dejo que sus pies lo arrastraran a su alocado ritmo para verlo más de cerca, y por supuesto tocarlo. Era real, estaba allí; un iglú en mitad de la nada. -¿Pero quien lo ha hecho?- Se pregunto a si mismo, mientras encontraba la entrada y se daba cuenta de lo importante de esa pregunta.
Con la estrecha entrada del iglú seria un blanco fácil ante cualquier ataque del ocupante; por lo que tenía un treinta y tres coma tres por ciento de posibilidades de morir. Que estuviera habitado por un camarada era poco probable por lo las posibilidades de morir solo aumentaban. Otro beep le recordó de el cien por ciento de posibilidades de morir, que le aguardaban allí afuera.
Se apresuro a arrastrase por la entrada mientras maldecía haber perdido la pala que le permitía construir uno propio; aunque le habría servido poco en aquella tormenta. El maldecir siempre distraía su mente del factor muerte, que continuamente lo rondaba.
Avanzo al interior cuando ya olía el frió del aire. Sintió el calor y rápidamente se quito la mascara. Inspiro profundamente el aire frió pero no mortal y encendió su linterna; preparándose para el combate o la muerte.
Se dio cuenta de que estaba solo. – La muerte ha sido burlada una vez más. Tal vez debería comenzar a anotar todas las veces.- Se dijo a si mismo en voz alta dejándose caer rendido al piso y quitándose la chaqueta “bajo cero” que lo comenzaba a asar.
Pero el estar solo no quería decir que el iglú estuviera deshabitado. Confirmo esto cuando vio equipo apoyado en las paredes.
Se acerco para examinarlo y encontró un radio de largo alcance, la única forma de comunicarse con alguna parte aquí en la antártica; la pequeña bolsa de un saco de dormir “bajo cero”, y un fusil republicano, armamento standar de las Fuerzas del Ejercito Antártico.
- ¡Coño madre!- Dijo con alegría.
¿Había no solo esquivado a la muerte sino también encontrado ayuda?
Su entrenamiento inmediatamente tomo el control, y recordó a su suboficial de instrucción –“No estamos vivos y seguimos peleando después de 14 años porque seamos más o tengamos las mejores armas, ni la mejor tecnología. Podemos estar aquí por como pensamos y con la velocidad que podemos hacerlo. Piensen y se mantienen vivos; es así.-
Si, la mentalidad era la clave. El considerar todos los ángulos, el pensar todas las posibilidades, el hacer el mayor numero de preguntas, el eliminar las posibles sorpresas; eso era lo que sin duda le daba su única y verdadera ventaja.
-¿Entonces que es lo que no cuadra aquí?- Se pregunto mientras su razonamiento, ya casi hecho instinto y sexto sentido, le decía que algo estaba mal.
Se respondió casi de inmediato. –La radio, no puedo reconocer la radio.-
Tomo la radio y la examino a la luz de la linterna. Era un comunicador de largo alcance, con un E.P.A. integrado. Funcionaba igual que todas las radios; emitía una señal que rebotaba en el infranqueable cúmulo de nubes que cubría el último continente, incapaz de comunicar fuera de la Antártica. Era la única manera de comunicarse; una vez más, como en toda guerra justa, el terreno igualaba a las guerrillas con las superpotencias, comerciales o no.
Estaba recordando como funcionaba la radio cuando lo vio; el claro distintivo corporativo convertido en escudo de guerra: SHELL INVEST
-Concha Grande- Se escapo de su boca como un susurro, recordando que las antiguas maldiciones aun servían bien.
Su mente entrenada para pensar rápido, vio las posibilidades a las que se enfrentaba. Mientras sus manos verificaban ya la carga y la fuente de poder del fusil republicano recién encontrado.
-Puede ser un bastardo petrolero, armado con un rifle láser, armadura corporal de escamas y entrenado en combate cuerpo a cuerpo. – Con su mente en la armadura corporal olio el cilindro de dardos del fusil y se calmo al sentir el olor de la capa de teflón que los cubría. – Por lo menos cinco centímetros más de penetración.-
Cargo el fusil, preparando la emboscada al habitante que podría volver de un momento a otro, cuando considero otro factor. - ¿Y si es un soldado republicano que capturo el iglú y la radio? No estoy seguro de nada por lo que no puedo esperarlo “con el tesito caliente” ni apagar la linterna y dispararle a lo primero que cruce el umbral.- Al parecer no había escapado aun a la muerte.
Entonces recurrió al saco de dormir. No le daría una respuesta definitiva pero lo ayudaría a ver las probabilidades de lo que estaba adivinando; después de todo eso era lo que estaba haciendo.
Shell Invest. La misma compañía; capaz de tener un ejército privado, bien entrenado y devorar militar y económicamente países enteros y conglomerados comerciales completos. Una de las tantas que iniciaran esta guerra.
Aun estaba la posibilidad de que fuera un republicano compatriota; aunque era remota le impedía usar el fusil y utilizarlo para amenazar era ponerse en riesgo innecesariamente. Podía comer carne humana, matar eficientemente y sin culpa alguna; pero matar a un compañero de armas no tenía perdón; incluso cabía la posibilidad de que fuera su hermano. Pero las posibilidades dictaban que era mejor preparar el combate; el cual en el peor de los casos nos daba la oportunidad de obtener información.
El tamaño del iglú, que de altura no llegaba al metro ochenta centímetros, en su parte más alta, por dos metros y quizás cincuenta centímetros; no le permitía distanciarse mucho de su enemigo o atacarlo con holgura. El derribarlo y dominarlo en el piso era la única opción que quedaba, y no dejaba de ser arriesgada.
Saco su derretidor de nieve he hizo un pequeño agujero en la pared donde puso la linterna cosa que iluminara directamente a la entrada. Escondió su escaso equipo tapándolo en un costado con su chaqueta de camuflaje blanco. Luego se acuclillo con la espalda contra la pared de hielo y extrajo un pequeño control que accionaba la linterna. Finalmente desenvaino su oxidado, maltrecho y quebradizo corvo.
La trampa ya estaba tendida y solo le quedaba esperar.
viernes, 30 de marzo de 2007
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