LAS GUERRAS ANTARTICAS
¿Esperar por cuanto?
Llevaba ya por lo menos media hora jugando con su corvo desenfundado; ejercitando sus dedos y familiarizándose más y más con la sensación de tacto en esos guantes de hule grueso. Estaba ya más que francamente aburrido, estaba desvariando, su mente pasaba de tema en tema tratando de no pensar en lo realmente importante: La sed y el hambre.
Luego del desastre que había sido la huida de su primera posición, la posibilidad de beber y comer había sido nula. La total pérdida de una posición a la cual una cuadrilla era asignada no era algo anormal; de hecho las órdenes eran mantener la posición y reunir equipo enemigo durante el mayor tiempo posible y cuando la perdieran, el que sobreviviera, debía convertirse en cazador, matando a todo enemigo que encuentre y recolectando equipo hasta el final de su lapso de servicio. Sabían de ante mano que perderían la posición, sabían de ante mano que lo mas probable era que solo uno sobreviviera o que se separarían; pero lo que nunca formo parte del plan era perder no solo el equipo capturado, sino hasta su equipo básico. La huida no le había dejado tiempo para nada más que matar a un par de enemigos.
Nadie tenía la supervivencia segura en la Antártica, y esto era así desde los tiempos en que no había guerra; pero su entrenamiento se basaba en moldear la mente para adaptar al cuerpo. Mientras todos los ejércitos del mundo habían contado siempre con que el numero de soldados traía la victoria, el y todos sus compañeros estaban destinados a convertirse en francotiradores solitarios, cazadores autosuficientes helados y mortales como la misma nieve en la que vivirían.
Al tener un ejercito numeroso todas las complicaciones de mantenerlo crecían con el ejercito; todas las necesidades de un hombre más las del combate multiplicadas por el numero de soldados, y luego sumado por el total del coste de la logística. ¿Dónde dormía un ejército? ¿Dónde y que comía? ¿Cómo y donde ocultábamos los desechos de dicho ejercito? Todo eso se simplificaba teniendo batallones de un solo hombre y entrenando a ese solo hombre bien. Enseñándole a dormir dentro de la nieve misma, a comerse a sus enemigos caídos dentro de su mismo refugio, a mantenerse con lo que sus propios enemigos le aportaban al morir.
Los desechos… eran otro cuento que de solo pensarlo lo hizo sonreír. Una de esas sonrisas de resignación, admiración y nerviosismo. Llevaba inserto en su ano “el máximo sacrificio por la patria”, que básicamente consistía en una manguera que llevaba todas sus fecas a un bolsillo en su muslo, en donde se congelaba casi de inmediato y luego se podía botar como un bloque de hielo oscuro; el cual había que saber ocultar o incluso podía utilizarse como materia combustible y crear fuego con el. Lo mismo pasaba con la manguera que rodeaba su pene, en lo que era equipo standar en todas las tropas que combatían por el “cubo de hielo”.
-Cuando el pensar en la manguera metida en tu culo no te quita ni la sed ni el hambre, es que estas mal.- Pensó para si mientras su garganta pedía a gritos un poco del agua que lo rodeaba. Pero el dejar su actual posición por tomar algo, ni pensar en comer, le podía significar la muerte si el dueño del refugio volvía.
Dejo volar su mente en que podía haber hecho distinto en su última batalla para evitar esa situación. Se vio de nuevo descargando su fusil contra sus enemigos apostados a la salida del refugio que el y sus tres compañeros habían construido, y que no supieron defender. Sintió de nuevo el chocar contra su mascara de los pequeños trozos de sangre congelada, al momento de que sus dardos destripaban a un enemigo frente a el, a otro se le clavaban en la cara y hacían explotar su mascara de sustento vital. Vio nuevamente el rayo de luz purpúrea que atravesó el cuerpo de su compañero que iba justo delante de el. Se maldijo por no saber reconocer a sus propios camaradas de armas y tener siquiera una idea de en que orden murieron. Recordó también el disparo de rifle láser que le destrozara la mochila con todo su equipo.
Mas ni siquiera eso alejo su mente, por mucho, de la sed y el hambre.
Decidió arriesgarse y encendió la linterna con el pequeño control, mirando hacia otro lado para no quedar encandilado. Guardo el corvo en su funda y saco el derretidor de hielo. Rápidamente lo clavo el suelo junto a el. La hoja sin filo del cuchillo comenzó a ponerse roja y a derretir el hielo a su alrededor, mientras poco a poco se enterraba más, se inclinaba hacia un costado y generaba algo de vapor. No tenia tacho alguno en que llevar el agua a su boca por lo que tuvo que utilizar sus manos; metió sus manos enguantadas a la posa que se estaba creando y rápidamente la llevo a su boca.
- Agua por fin. Bendito majar de dioses.- Pensó casi en voz alta. Luego sintió como el agua que quedaba en sus manos se escarchaba. Empuño sus manos con violencia y quebró la capa de hilo que las cubría, y luego apago y guardo el derretidor; apago la luz y sumido de nuevo en completa oscuridad trato de no pensar ahora en el hambre.
Cerró los ojos un momento y ahora lo ataco el sueño. Sintió como sus propias necesidades lo matarían antes que sus enemigos. No había querido pensar en eso pero estaba exhausto; había estado caminando durante lo que pudieron ser dos días antes de encontrar ese refugio, sin comida, sin agua y sin sueño el cuerpo se deterioraba rápido. Sus piernas le dolían, su estomago crujía y sus parpados le pesaban.
La batalla contra el sueño fue larga y como todo soldado deseo estar mejor entrenado y mejor preparado, solo para luego desear estar en casa. Cuando una luz comenzó a iluminar algo el refugio a través del largo conducto de entrada.
Saco el corvo y se preparo para la violencia, escuchando atentamente el arrastrase de lo que eran claramente dos cuerpos. Su plan estaba claro ¿Funcionaria?
Espero a que el primer soldado saliera del túnel, mirando la luz de su linterna iluminar la pared del refugio que estaba frente al túnel. Cuando por fin llego al refugio este se puso de pie y antes de que su enemigo estuviera completamente incorporado actuó.
Encendió la linterna que le daba a su enemigo en la cara encandilándolo; este se cubrió los ojos y retrocedió un paso, estorbándole la entrada a su compañero y convirtiéndose el mismo en un blanco fácil. Le propino a su adversario, desde el suelo a un costado de el, una violenta y potente patada en el estomago. Antes de que el cayera sobre su compañero su arma le fue arrebatada de sus manos con un golpe y la luz que lo cegaba se apago; dejando como únicas fuentes de luz su linterna que apuntaba al techo y la de su compañero aplastado que apuntaba al suelo.
Mientras lo único que podía ver eran manchas de luces su compañero lo empujo hacia delante con un grito de combate, enviándolo contra la pared, tan cercana, del refugio. El segundo hombre se incorporo de inmediato dentro del refugio con su fusil láser apuntando hacia las paredes. Mas fue atacado por la espalda por una mano que le sujeto el cañón del fusil, obligándolo a apuntar hacia delante, y una hoja helada que sintió entrar por su entre pierna y luego subir por sus nalgas hacia la espalda; donde si fue detenido su avance por su confiable blindaje personal. El dolor lo debió invadir mientras la sangre lo abandonaba a borbotones.
Con su primera muerte asegurada le quito a su vencido oponente el fusil y lo empujo con una pata sobre el enemigo restante; quien recién había encontrado, en aquella oscuridad, su fusil y se agachaba a recogerlo. Un cuerpo que se retorcía y contorsionaba le cayo encima provocando su inmediato pánico; no solo se lo quito de encima con un empujón sino que lo remato con un disparo. La luz purpúrea cruzo el cuerpo de su camarada de lado a lado iluminando todo el pequeño refugio; y lo que antes se movía espasmódicamente cayo al piso inmóvil. No importaba que tuviese su fusil, ya había entrado en pánico, ahora seria más fácil.
Antes de que le apuntara con el fusil, lo aparto a un lado con una patada y luego tumbo a su oponente con un golpe; de esos que le habían enseñado ex profeso para dejar las mascaras de sus oponentes giradas y sin visión. La técnica funciono como siempre y en conjunto con el gran calor que le producía a su oponente luchar con su chaqueta puesta, provoco el desmayo del delgado soldado enemigo. Entonces encendió nuevamente la linterna.
Dejarse las linternas de los cascos encendidas había sido un enorme error, pues el podía verlos y ellos no a el, a no ser que lo miraran directamente. Disparar en un espacio tan reducido daba como resultado una alta posibilidad de herir a un compañero. Era obvio que estos tipos seguían siendo entrenados en tácticas de combate no antárticas.- Así nunca podrían triunfar.- Pensó.
Se acerco al tipo muerto y le quieto la chaqueta agujereada de lado a lado por el disparo de láser y luego le corto el grueso traje de hule dejando tan solo piel desnuda al descubierto. No lo pensó y no le importo, pero mientras cortaba la piel, de su enemigo muerto que pronto se congelaría, en busca de la carne que tanto necesitaba; debió estar pensando en que aun le quedaba un enemigo por matar. Lo recordó cuando, llevándose el segundo trozo de carne a la boca, este se movió y se abrió la chaqueta; la cual usada bajo techo puede provocar la muerte por calor.
Con el trozo de carne humana aun colgándole de la boca, salto hacia su enemigo tirado a escasos metros de el y girando cu cuerpo para clavar su corvo entre el brazo y el pecho. Cuando se dio cuenta de que su enemigo tenia senos.
Termino de masticar la carne que estaba en su boca mientas miraba esos, aparentemente enormes, senos. No sabia si tocarlos o no; ni siquiera recordaba como se sentía el tacto de uno. Había pasado tanto tiempo desde que había estado con una mujer.
Noto como su pene se endurecía dentro de la manguera en la que estaba confinado, y sintió un calor distinto al producido, incluso, por el fuego. Se dejo llevar entonces por sus instintos y le saco la chaqueta y la armadura corporal, movido por una fuerza que no entendía y que no buscaba entender. Vio su cuerpo cubierto por ese grueso traje de hule, que si bien debía comprimir, exhibía toda su hermosa figura. Toco por encima del hule sus piernas subiendo hacia sus caderas, su abdomen y luego esos senos que tanto le habían llamado la atención.
La curiosidad pudo más que la razón y decidió quitarle la torcida mascar de sustento vital, para así ver como era el rostro de esa belleza. Se la retiro y vio su rostro delineado por la capucha de hule del traje; si que era hermosa. Se notaba su ascendencia oriental (como la de la mitad del mundo), su piel era blanca como la nieve y sus labios estaban rojos e hinchados por el calor que le produjo el combate y la chaqueta. Y deseo que abriese los ojos para poder verlos, para luego arrepentirse cuando ella lo hizo.
Ella abrió sus ojos cafés y levantando una pierna le dio una patada en la cabeza la cual lo boto al piso. No alcanzo ni a enterarse del dolor cuando la bella mujer se le arrojo encima con su cuchillo desenfundado.
Diego Muñoz Oliva
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1 comentario:
uuuuuuuuuuh
sexo en la nieve
TE AMO
y kiero mas!!!!
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