jueves, 28 de mayo de 2009

CAPITULO 15

LAS GUERRAS ANTARTICAS



Llevaba dos días meditando. Era le técnica que le había enseñado su padre, para evadirse del hambre más intenso y conservar sus energías. Energías que el faltaban; hambre que sabía manejar y soportar bien, pero no a ese extremo. A su padre le había funcionado bien, el había vuelto a casa. El había vencido a todos sus enemigos y había vuelto a la república en una sola pieza. Había vencido al sueño, al frio, al laser, al acero, al hielo, a la soledad, a la tormenta y al hambre. Y él debía hacer lo mismo, era la tradición familiar. El también debía convertirse en un amigo de la muerte; pues nadie podía vencer a la muerte, pero sus amigos obtenían un plazo. Ya le quedaba poco.

Se encontraba sobre una alfombra de chaquetas enemigas, protegiéndose así del frio del piso; solo uno de los tantos mortales peligros. Tenía las piernas, cubiertas por el grueso traje de hule, cruzadas en posición de semi Loto. Sus manos estaban sobre sus rodillas y sus brazos relajados. Su cabeza estaba derecha, con su columna recta y sus ojos cerrados. Su respiración calma, sus latidos controlados. En su mente sonaba una canción. Más que una canción un himno. Era lo único que evitaba que su mente no analizara lo inevitable: le debía quedar poco tiempo en el hielo; sus días de servicio a la república como cazador acabarían pronto. Pero no tenía comida. Su padre, y el padre de su padre, habían vuelto a casa con kilos de carne congelada. Cuando su padre volvió repartieron comida entre los amigos de la familia. Cuando su tía volvió habían hecho una fiesta; el olor de la carne al fuego aun estaba en su mente. El no solo no tenía comida para llevar a casa, él no tenía comida para emprender el viaje de regreso. El no tenia comida ahora. No había tenido comida en varios días.

Sin enemigos a quienes matar no había comida. Al parecer había hecho su trabajo demasiado bien. No solo había hecho pedazos, y comida, a cuanto enemigo encontró; sino que lo hizo con tal salvajismo y eficacia, que habían dejado de enviar nuevos grupos de asalto. Todos los conglomerados económicos parecían haber desistido de la idea de conquistar, o siquiera patrullar, su sector de caza. ¿Habrían encontrado la mejor manera de matarlo? Era algo que nunca habían temido, ni él, ni su casta, ni su República; pero siempre habían bromeado con eso. -La mejor manera que tienen de matarnos es dejar e enviarnos comida. Pero su avaricia les impide ver eso.- Había dicho varias veces su instructor.

Ahora solo le quedaba controlar su hambre con meditación, alejar sus pensamientos de ese oscuro iglú en el que se encontraba; y sobrevivir. Sobrevivir era para él un deber. Soportar el dolor era solo un medio para sobrevivir; para volver a casa.

Su padre decía, orgullosamente, que su casta había sobrevivido tan bien por ser pampinos, descendientes de los trabajadores más duros que tuviera país alguno. Su padre, fuera de enseñarle a meditar, a pelear, y a escribir; le enseño a tocar la zampoña, el instrumento familiar. Su entrenamiento, el de su padre; el del padre del padre. Habían terminado siempre con práctica de zampoña y con canticos, y con historia. Historias de cuando se vivía en la pampa, de cuando se vivía en hospicio. Y de cuando solo se sobrevivía. Historias de cómo su casta se había ganado el título de pampina, cuando en la pampa no vivía nadie. Llegando del sur, de una larga y angosta faja de tierra, ahora cubierta por el mar y el hielo, a trabajar en el desierto; a romperse las manos y la espalda para que otros se hicieran ricos y vivieran en lujos. Viviendo en miseria, en una tierra atacada por el sol de día, y por el frio y la camanchaca (la maldición que cegaba) de noche; un clima que las rocas más duras no soportaban, lo soportaron ellos. Padres a hijos contaban como su casa no quiso hospedarse en la escuela Santa María, pues tenían familia en el puerto; en el puerto donde nunca había frio. Padres a hijos siempre habían contado, como la sangre del trabajador alimentaba la maquinaria del progreso. Se habían dicho unos a otros por siempre, esto volverá a suceder.

Agregaban a dicha historia sus hazañas y sus anécdotas. Esas historias eran mágicas para los oídos de los vecinos; quienes siempre recordaban alguna historia de su familia. Así más historias pasaban de generación en generación. Y con el largo del tiempo, con el largo de la esclavitud, su familia había prometido contar la historia de varios amigos de la casta. La casta de los cuenta historias se había hecho celebre antes de ser libre.

Las canciones y la historia tienen algo en común. Se manifiestan en un idioma; y con ellas estáticas de generación en generación, bueno casi estáticas, el idioma se enseño de generación en generación. Se mantuvo y se enseño a extraños, se adopto, se compartió, se hizo propio. Sobrevivió por décadas, sin problemas en la esclavitud; sobrevivía ahora por siglos en la dura libertad. Enseñado por los padres a los hijos, los ancianos a los niños, por los instructores a sus aprendices. Hermoso castellano. Quizás la mejor manera de conversar con Dios. El idioma vivía en las historias y en la historia, vivía en la gente; vivía en el canto y en la música.

Con la libertad, los Cuenta Historias, grandes y feroces guerreros, fueron siempre escuchados y muchas veces lideraron el consejo de ancianos. Pues era costumbre familiar llegar a viejos, y ser peligrosos incluso a esa edad. Eran conocidos como maestros en oratoria, canto, música y combate. Sus ancestros habían entendido, que un hijo fuerte y duro sobreviviría para dar a la familia más hijos fuertes y duros. Así mismo y sin discriminar entrenaban a sus mujeres. Cuando en la esclavitud no debían temer a la opresión, sino al salvajismo de sus vecinos y compatriotas; hombres y mujeres convertidos en bestias por el hambre y la sed. Habían aprendido a defenderse, y pasaron sus técnicas, de brutal combate, a sus hijos e hijas; y así lo perfeccionaron. Matándose entre compatriotas y defendiéndose de los extranjeros. Vueltos todos unos contra otros, obligados a pelear por trabajo, por comida, por agua, por un lugar donde construir una choza. Al ser duros ganaron numero rápidamente, mientras los hijos de sus vecinos morían de hambre, frio y enfermedad; crearon un clan, y de su número más su destreza surgió su poder. Se protegieron unos a otros como solo la familia lo hace. Era su tradición, la familia era lo más importante.

Al cumplir sus cinco años, como todos los hijos e hijas de su casta, había comenzado su instrucción en combate y canto. Aunque su voz estaba destinada cambiar y la instrucción de canto a repetirse, debía aprender los cantos de la familia y del pasado. A los 10 años debió construir su propia zampoña, con sus propias manos, con huesos humanos; huesos que su padre le había traído desde el campo de batalla. Como él debía hacer ahora, para sus hijos, del día de mañana; y debía tener más de un hijo. Y debía volver tal era su tradición y obligación.

Y tradición familiar eran los coros familiares, a los que debía volver. Donde hombres y mujeres cantaban sobre la pampa, sobre el Feroz Labrador; santo protector de los demonios devoradores de hombres. Donde recordaban, por siempre, las penurias sufridas por un pueblo durante siglos; advirtiéndose que volvería a pasar. Acusando el que habían permitido que les pasara de nuevo. Diciendo una y otra vez sin decirlo, durante el cautiverio, solo con sus cantos; que debían levantarse en contra de los ladrones que habían negociado, vendido, y robado la mitad de un continente. Y con el, él que fue su país.

Se recordaban siglos atrás del pago que les daban, y como nuevamente en la esclavitud, dinero sus antepasados no veían. Por no escuchar sus propios canticos, dejaron que les cambiaran las fichas por créditos; que también cambiaban por agua y por comida. Sus amos los habían conquistado con el plástico, su victoria final había sido quitarles el dinero. Debieron saberlo, debieron escucharse a ellos mismos. De haberlo hecho no se habrían sorprendido cuando el poder comprador de cada crédito había caído en picada; solo otra forma más de disminuir la población mundial. Solo debía mantenerse con vida a la menor cantidad de gente posible, solo aquella que necesitaban para trabajar para los amos; los que operaban sus maquinas, los que trabajaban sus campos, los que criaban a sus animales, los que vendían sus productos y los que protegían a los amos; y a sus campos, y a sus animales, y a sus maquinas. Ellos eran los necesarios y a ellos se les pagaba. Después de cada turno agotador, cuando marcaban sus tarjetas y se retiraban; en todo el mundo, sus tarjetas eran cargadas con la cantidad de créditos que sus amos estimaran justos, por el trabajo realizado.

Todo aquel que no trabajaba para los amos, que no trabajaba para la compañía, era solo un parasito del mundo; consumiendo, sin ganárselo, parte de la poca agua y de la poca comida, que solo los sabios amos podían exprimirle al mundo. Para ellos era el hambre o el ejército, pero debían morir de una u otra forma.

El ejército se los llevaba lejos y la gran mayoría jamás volvía; enviaban créditos a sus familias, mientras podían seguir peleando. Cuando sus contratos terminaban, podían continuar matando para sus amos hasta que los mataran a ellos, o volver al hambre; los que dejaban partes de sus cuerpos en batalla, en el rapiñaje mutuo entre conglomerados, morían casi de inmediato. Los que volvían enteros tenían mejor suerte; los hombres y mujeres armados y entrenados para matar, siempre pueden matar a sus vecinos por comida y por agua. Y a los amos poco les importaba, los Ejecutivos Dioses siempre tenían mano de obra de donde reemplazar a sus esclavos muertos; los parias abundaban. El peligro en cambio eran los que pensaban y más aun los que hablaban.

Por eso y a pesar de ser buenos trabajadores, de ganarse la sub-vida honestamente, de cumplir la ley; una ley inexistente que solo parecían cumplir ellos. Pese a haber matado solo cuando fue necesario; pese a que las muertes estaban previstas y eran deseadas por sus amos. La cultura es poder, y la fuerza es temida, y el canto libertario debía terminar. Se estaban entrenando, entrenarían a más gente, alborotarían al resto. Un resto para el cual no había suficiente comida. Un resto que debía enlistarse en el ejército e ir a pelear por agua en algún otro continente, o rogar por trabajo; un resto al que se le pagaba en créditos plásticos, que solo servían para comprar e intercambiar, bajo el manto del conglomerado económico dueño de la tierra y del agua. Aquel que los alejo de su tierra.

El ejemplo debía ponerse sin dudar, y si era con ellos mejor. Podían demostrar no solo que el hablar contra la Empresa Patria estaba prohibido, sino que el ser buenos y honestos trabajadores no salvaría a nadie; las reglas no se acatan a medias, y su supuesta miseria no era escusa. Así un día, esperaron a que el extenuante turno terminara. Con energía insuficiente para todos, los obreros trabajaban, en su gran mayoría, de amanecer a ocaso; y en el peligro de la oscura noche esclava, en las cabañas y campamentos, las familias se reunían ante el fuego. Al terminar el turno les dieron el tiempo justo para llegar a casa, los dejaron reunirse, los dejaron entrenar y cansarse, los dejaron cantar y reunir a los vecinos con su música; y atacaron.

Entre las zampoñas, los tambores y los cantos. Entre el hambre el cansancio y la miseria. En ese espacio en que toda la humanidad busca ponerle una sonrisa a la mala vida, un canto a la noche; allí donde existe la esperanza. Los fusiles láser, de las tropas de elite de Saga Falabella, cortaron la noche. Cortaron la cabaña del clan, la más grande del campamento; con vecinos, hombres, mujeres y niños dentro. Las luces purpureas cruzaron la noche y abrieron boquetes, en los cuerpos, en las sonrisas, en las voces, en las vidas. En las paredes de la cabaña, por donde entraron, golpeando y disparando, soldados armados; con órdenes de no dejar a nadie con vida, con licencia para divertirse. Después de todo solo eran obreros, sin mayores talentos valorables como activos.

Pero los soldados entraron esperando ver luz en el interior de la cabaña, esperaban un fogón en el centro, hecho con restos de madera que la compañía vendía por créditos. Pero al entrar el fuego ya había sido apagado, y solo podían ver sus disparos dentro de la oscuridad. El número de gente que debían eliminar y el número de gente que se estaba defendiendo, no coincidía. No lo pensaron bien. Su capacidad para ver en la oscuridad se había visto disminuida, al vivir en un hogar, proporcionado por el conglomerado, en donde podían gozar de electricidad; sus víctimas no poseían más luz que el sol y el ocasional fuego. La desventaja les costó cara. Muchos vecinos murieron y varios miembros del clan. Pero el clan aprendió que en la oscuridad, la hoja del cuchillo siempre le ganara al láser y el entrenamiento al exceso de confianza.

Esa noche regaron el piso, de lo que fue su hogar, con la sangre de la opresión. Luego vino la huida, y con ella la leyenda.

Entonces lo escucho. Sus sentidos no habían sido dormidos por el recuerdo de su historia familiar, solo el hambre; y hasta el hambre solo en parte. Era el mismo hambre el que lo mantenía alerta por si alguna presa se acercaba. Ahora, después de días sin comer, por fin algo caminaba por encima de su iglú; y parecía estar buscando la puerta. El Temible Labrador, no lo había abandonado.



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