LAS GUERRAS ANTARTICAS
Demoro mucho en recoger su equipo y la comida que de seguro necesitaría para el viaje. Debía llevar con el las chaquetas de camuflaje aislante de sus enemigos, para no dormir por sobre el hielo, por siempre. Los fusiles láser eran armas importantes, pero más importantes aun eran sus baterías; capaces de alimentar su mascara de sustento vital, su G.A.P. su radio, su equipo de posicionamiento antártico, e incluso su propio fusil. Sumaba a esto las reservas de dardos de sus compañeros; incluso los de ella.
Debía dejar de pensar en ella. Sabía que tenía que dejar de hacerlo pero no podía.
Todo el equipo debía pesar más de cien kilogramos. Repartidos en su mochila, de manera tal, que esta quedara lo mejor balanceada posible; para permitir el combate o la huida. El peso no era problema para el. Todos los guerreros republicanos estaban entrenados para cargar ciento treinta kilogramos, sobre sus fuertes espaldas y músculos tensos cuales resortes de acero. La fuerza y velocidad de un demonio, era lo que necesitaban para sobrevivir.
Ahora el demostraría que tan fuerte era un demonio real, y que tan rápido.
Se coloco una armadura corporal enemiga, a la cual le había quitado la insignia; dio un repaso a su cinturón de campaña, y vacilo antes de ponerse la chaqueta térmica de camuflaje. Pues sabía que si se la ponía tendría pocos minutos para colocarse la mochila, colgarse el fusil y salir; de lo contrario la temperatura que alcanzaría su cuerpo dentro del refugio lo mataría. Y el debía despedir se de ella, mirar por ultima vez esos ojos negros.
La observo por última vez en su ataúd de hielo traslucido. Prometió vengarla y le dijo adiós.
Se puso la chaqueta de camuflaje blanco, la mochila, su mascara y finalmente tomo su fusil. Salio del refugio hacía la oscuridad del invierno antártico, enfrentando con una sonrisa la nieve que comenzaba a caer. –Yo seré la tormenta que deben temer de ahora en más. Todo mi pueblo come de su carne porque no tiene otra opción, yo lo haré por gusto, por sadismo.- se dijo para si.
Sus zapatos para nieve le permitían caminar sin hundirse en los metros y metros de nieve que cubrían el continente de hielo; del cual nadie que estuviera vivo, había visto jamás la roca o la tierra. Sabía cual era su destino, pues los atacantes del día de ayer solo podían venir de pocos lugares; y su cerebro entrenado, más que su cuerpo, ya había calculado en donde debía de estar su campamento de avanzada. El viaje le llevaría tiempo, pero eso no era un problema, ya no más.
Caminando en la oscuridad completa, con una nubosidad total, que le robaba al cielo las estrellas; usaba sus demás sentidos he instintos para ver su camino invisible. Al menos el pensar en ella le quitaría el cansancio de la mente; pero seria en otro viaje, con solo dos días de caminata no se cansaría.
El viento lo golpeaba y lo hacia enojar más. Así como el saber que se dirigía al sur, hacía el mismo polo sur. El cual era territorio de guerra entre los conglomerados económicos, y donde las fuerzas republicanas poco se adentraban. Pero eso le daba una ventaja; sin tener que preocuparse por sus compatriotas podría matar a placer, a destajo.
Las operaciones de las fuerzas republicanas normalmente rodeaban el polo. Evitaban que las potencias de la avaricia embarcaran el agua, o que caminaran libres por el continente. El plan era mantenerlos lo más juntos posible y que se mataran entre ellos. Después de todo ellos tenían más hombres y más y mejores armas. Y el plan funcionaba. El miedo a que devoraran sus carnes enemigos a los que no podían matar, ni ver, ni oír; hacia que las tropas de los conglomerados prefirieran atacarse unos a otros, que aventurarse en el territorio de los demonios devoradores de hombres.
Pero si podían matarlos. Y en algún lugar de su inconsciente el deseaba que lo mataran; el podía leer eso en su inconsciente. Pero si lo mataban seria después de dejar una enorme mancha, de pequeños trozos de hielo rojo color sangre sobre la nieve.
Después de caminar más de cuarenta y ocho horas supo que había llegado. Bajo su mochila y saco una de las chaquetas de camuflaje enemigo. Se sentó sobre ella a esperar con su fusil en mano. Si bien podía haberse equivocado en su deducción del campamento enemigo, estaba seguro de que en algún sitio, a unos setecientos metros, alrededor de el; debía haber un refugio enemigo. Excavado en la nieve con lásers y palas; lo suficientemente grande para guarnecer a unos veinte y cinco hombres, como mínimo y cuarenta y cinco como máximo. El lo sabía por que su entrenamiento lo había hecho parte de su instinto, estaba en su sangre; y ahora lo sentía como nunca antes lo había sentido.
Solo debía sentarse a esperar con su fusil en mano a que alguno de ellos saliera, mostrara una luz, o percibiera algún signo de vida humana. Entonces el podría disparar con completa impunidad, mientras sus adversarios solo podrían entrar en pánico. Lo que si con ese viento debería acortar la distancia, si es que quería darle a algo con un dardo impulsado por aire. Como fuera le tocaba jugar el juego para el que había sido entrenado desde la cuna: el juego de la espera.
Mientras esperaba aprovecho para orinar a través de la manguera insertada en su uretra. Cuando creyó ver una luz. Creyó sin gran certeza pues la nieve cubría le visor de su mascara de sustento vital, cosa imperceptible en la completa oscuridad. Pero una vez libre de nieve se dio cuenta de que en efecto; tres soldados, con las luces de sus mascaras de sustento vital encendidas, y linternas para poder guiar sus pasos en la copiosa nevada; habían salido del refugio
No había fallado en sus cálculos. Es más, sus blancos se encontraban frente a el; cuando pudieron estar en cualquier sitio a setecientos metros a la redonda. Mas aun así debía moverse.
Coloco una granada de tiempo, robada a un invasor muerto, cerca de su mochila, la cual le proveería de una distracción en seis minutos. Tiempo suficiente para que, los de dentro, echaran de menos a los tres de fuera; con quienes sin duda mantendrían contacto radial.
Mientras corría hacia ellos con total soltura, pudo ver luz en un agujero en el piso; que seguramente seria la entrada al refugio. Y al menos un cuarto enemigo saliendo a la superficie antártica. El debía ser el primero en morir; pues si su cadáver caía dentro del refugio el resto saldría más rápido, y eso era lo que el quería.
Cubrió doscientos metros con facilidad, y cuando los hubo recorrido aminoro la velocidad; para asegurar se de no ser percibido y tener una base disparo mas estable. Recorrió los siguientes setenta y cinco metros a trote; pero la cuarta luz en al tormenta ya casi salía del refugio, por lo que debió detenerse e intentar un disparo dificilísimo a cuatrocientos veinte y cinco metros de distancia; con ese viento y esa visibilidad.
Apunto con cuidado y contuvo la respiración, de manera instintiva. Nunca podría hacerlo con un disparo pero podía cambiar la calidad por la cantidad. Oprimió el gatillo de su fusil con completa relajación y soltó una ráfaga de dardos, recubiertos con teflón, a la mascara iluminada del cuarto sujeto fuera del refugio. Varios de los cuales dieron en el pecho, las paredes de nieve de la colina, bajo la cual se encontraba el refugio; y unos pocos dieron en la cabeza de su blanco. Solo necesitaba uno.
La armadura corporal fue apenas atravesada por los dardos que dieron en el pecho; pero provocaron mucho ruido y chispas de luz, que advirtieron a dos de los demás enemigos del ataque. Mientras su blanco caía atravesado en el cuello y la cara por los filosos dardos; con su mascara rota sus pulmones se congelaban con sus últimos alientos, mientras su sangre no alcanzaba a abandonar su cuerpo, congelada por el gran aliado de la republica: la Antártica misma. Su cuerpo se derrumbo dentro del refugio.
Dos de los demás soldados de la ambición saltaron lejos de la entrada, en un desesperado cuerpo a tierra, empuñando sus fusiles láser, contra la oscuridad absoluta. Pero sus mascaras encendidas los hicieron blancos fáciles, de un enemigo al cual no vieron. Solo uno de ellos vio como la mascara de su compañero se apago, en medio del amortiguado sonido del polímero duro y transparente del visor rompiendo se. Cinco segundo después el también era acribillado en al cabeza por los dardos que atravesaron su cráneo.
El tercero, al ser el ultimo en darse cuenta de lo que pasaba representaba la amenaza menor; por lo que lo dejo para le último. Mientras recorría a trote otros cien metros, cambio el cargador de dardos de su fusil; eso el debía dar a su victima tiempo para dar la alarma por radio. Con eso ya no había dudas de que el resto llegaría pronto. Se dio el tiempo de arrojarse sobre su vientre en la nieve y enterrase un poco, antes de apuntarle y matarlo. Así el resto, que sin duda saldría iluminar el paisaje, solo vería el blanco perpetuo de la nieve, entre el cual su uniforme se camuflaba a la perfección.
Verlo seria imposible, solo tenia que esperar y actuar. Ellos, por la ausencia de disparos de láser, ya deberían saber “que” los atacaba; pero debían de esperar un grupo, no a uno solo, y no podrían verlo, ni oírlo.
Quedaba el juego de la espera. – Que vengan.- Desafió al frió.
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