Recordaba el calor como si fuera ayer, un ayer demasiado lejano del hoy; pero el recuerdo estaba allí. El recuerdo de creer que la sed solo era posible con ese calor, que una vez terminado el calor la sed dejaría de ser un problema. La sed que se apoderaba de el a medida que su sudor cubría su cuerpo; a medida que sus lagrimas caían de sus ojos, al ver morir a su familia.
Ninguno de los hijos de la republica que ahora veía caminar a duras penas por la nieve, tendría que recordar el golpe que le dio su madre por estar llorando su inevitable muerte.
- Guarda tu agua para ti. - Le dijo ella con su último aliento. Cualquier niño hubiese preferido un te amo, su padre hubiera preferido un cuida a nuestro hijo; pero las madres de este mundo deben concentrar su amor en que sus hijos sobrevivan. - Aprende rápido, se rápido, sobre vive carajo, sobre vive. - Fue lo que siempre le dijo su padre; quien debió entrenarlo y amarlo como padre y madre antes de morir.
Algunos de los hijos de la republica también eran huérfanos como el; pero no todos de padre y madre. De hecho algunos tenían a sus dos padres vivos, otros con menos suerte tenían a alguno de los dos sirviendo aun en la base Antártica; prefiriendo estar lejos de sus hijos, no conocerlos nunca quizás, pero dejarles un legado en agua potable; dejarles una forma de vivir. Porque eso ya no era sobre vivir, todos ellos vivían ahora; su generación fue la ultima en escarbar migajas de la tierra y en exponerse a beber agua contaminada.
Es cierto que la vida de cualquier republicano era dura, pero era vida aun así. Aunque se prepararan desde la cuna para pelear hasta la muerte, aunque sufrieran penurias y se hicieran sacrificios. Y sobre todo, aunque muchos de ellos no volverían del gélido campo de eterna batalla; tenían una vida, ninguno de ellos pasaría sed o moriría de hambre. Nunca más.
Ellos mismos, los que ahora caminaban torpemente por la nieve de la cordillera, quejándose de sus trajes térmicos y de sus dispositivos de extracción de desechos; ellos mismos serian el sustento de una nación. Ellos se encargarían de suministrar equipo enemigo, agua potable y carne enemiga, para toda la pequeña republica.
Aunque era difícil imaginárselos cuando caían en la nieve por el cansancio.
La poca visibilidad que les dejaba la nevada era ideal para el ejercicio de hoy. Los había hecho caminar sin detenerse durante dos días y ahora estaban listos; cansados sedientos y hambrientos. Habían cargado su equipo completo, al igual que el, habían aguantado la incomodidad del traje, que el prefería no sacarse, y no habían hecho un solo alto para beber ni para comer. De hecho recién ahora caían en cuenta de que no tenían que comer.
A sus setenta y nueve años la caminata también lo cansaba mucho, pero el había caminado así durante toda su vida, estaba acostumbrado al peso de su equipo y a las incomodidades del traje. Viejo y canoso estaba destinado a vivir por más tiempo que el resto de los suyos, sino no estaría allí. Era una mezcla de buenos genes y de un entrenamiento máximo cuyo único fin fue sobrevivir. El tuvo muchas pruebas, ahora era el turno de los hijos.
Al terminar de subir la colina el hizo un alto. Como guía y cabeza del grupo de ochenta y tres soldados en entrenamiento, todos estos lo siguieron y se detuvieron junto a el. Mientras esperaban hasta al último de ellos aprovecharon de descansar, muchos se echaron sobre la nieve de hecho. Así les tomo cierto tiempo ver, a través de la nieve que caía gentil pero copiosa, a las figuras vestidas en trajes de camuflajes al igual que ellos.
Al verlos muchos de los hijos se pusieron en pie de inmediato, algunos incluso tomaron sus fusiles vacíos y apuntaron a las figuras antes de distinguirlas, mientras otros echaban manos al corvo.
- ¡Bajen esas armas ahora mismo, que son parte del ejercicio! - Les grito y su grito cortó el suave viento, mientras veía llegar al grupo, las últimas sombras que conformaban a la última cuadrilla. – ¡De pie! – Grito, y enfilo hacia las sombras que ahí estaban de pie, cual estatuas de hielo.
Sus estudiantes no podían creer lo que estaban viendo. Frente a ellos y rodeados por unos escasos siete ex combatientes antárticos, habían diez y siete soldados enemigos. De distintas compañías y por ende de distintos ejércitos, enemigos entre si, ahora unidos por el temor, que no los dejaba huir a pesar de estar sin ataduras. Ellos tenían esa mirada en los ojos que es patrimonio único de los condenados; aunque nadie pudiera ver sus ojos. Sabían que los demonios come hombres no toman prisioneros, y si lo hicieron con ellos, no podía ser para algo bueno.
Al igual que los hijos de la republica vestían sus trajes térmicos pero no llevaban puestas sus mascaras de sustento vital, eran innecesarias cuando el aire no era lo suficientemente frió como para congelar tus pulmones. Algunos incluso se habían quitado sus chaquetas.
¿Pero que cresta hacían ahí?
El viejo caminante no se dio ninguna prisa en decirselos, los miro detenidamente y luego enfilo hacia sus estudiantes. Casi preguntándose ¿Estarán listos?
Luego les hablo en voz alta y curtida por la edad y el frío. – estos son sus enemigos. Ellos son seres humanos, que pelean por una razón, distinta a la de ustedes, pero por una razón; ellos defenderán a sus compañeros y a sus familias, igual que ustedes; ellos tienen hijos y son hijos, tienen madres que los lloraran como a ustedes e hijos que los lloraran como los suyos a ustedes. Ellos sangran al igual que ustedes, sienten miedo al igual que ustedes, sin duda aman al igual que ustedes. No son monstruos tratando de destruir nuestra forma de vida, son personas; y quizás buenas personas.
Pero hay otras cosas que deben considerar; ellos pelearon en la Antártica, cosa que ustedes aun no hacen, y salieron de ella con vida, prisioneros o no; cosa que no todos ustedes podrán hacer. Ellos ya han matado, sin duda, a muchos enemigos cosa que ustedes no han hecho aun. Pero aun mas importante es que; sabiendo todo lo que les he dicho ¿Podrán ustedes matarlos a ellos, a estos indefensos ellos?
¿Podrán dejar a un lado los sentimientos que los hacen tan semejantes, y derramar su sangre, mientras ven la vida partir de sus ojos?
Porque deberán hacerlo.
Porque aquí en la cima de esta cordillera, hay un soldado enemigo para cada cuadrilla, uno por equipo, al cual deberán matar, a pesar de lo que les he dicho; a quien deberán cazar a pesar de lo que les he dicho. Porque en esta cima, en esta cordillera; no hay mas comida para ustedes, QUE ELLOS. –
Diego Muñoz Oliva
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