martes, 23 de octubre de 2007

CAPITULO 7

LAS GUERRAS ANTARTICAS



El día había sido largo y extenuante, cuando el frió, que era una molestia constante dejaba de serlo, sabias que el cansancio se había llevado todo de ti; sabias que aunque no tuvieras refugio te echarías a esperara la muerte en tus sueños. De hecho muchos debieron hacerlo y seguramente alguien lo estaba haciendo en ese continente helado.

El llevar consigo otra chaqueta enemiga para su pila de chaquetas que hacia las veces de cama, aislándolo del frió lo reconfortaba un poco. Tan solo tendría que aguantar un poco más y podría descansar. Si bien no podía ver los rostros de sus compañeros por las mascaras de sustento vital, sabia que debían de ir pensando lo mismo. El sueño, el dulce sueño, sobre unas mullidas chaquetas térmicas que los separarían del congelado suelo.

Con el refugio a menos de 7 metros aceleraron el paso instintivamente, como un caballo que sabe que camino lo lleva a su caballeriza y apura el trote. Los cinco soldados hubiesen acelerado el paso antes pero la tormenta constante en el campo de batalla no les permitía ver más allá de esa distancia. Se mantenían distanciados uno de otro por dos metros, de modo que era imposible mantener contacto visual con toda la cuadrilla, tampoco tenían permitido el contacto por radio, salvo en caso de combate cerrado; debían por ende confiar en su líder y en el entrenamiento de cada uno de sus compañeros. Aunque el cansancio y la carga que llevaban les dificultaba mucho la tarea ninguno dudaba de sus compañeros ni de su líder; esa mujer los había metido y sacado del infierno ya varias veces.

Cada uno llevaba la chaqueta, el arma láser, las baterías de energía, botas y suministros de comida, de por lo menos un enemigo muerto; algunos de dos; otro llevaba el cadáver que los alimentaría esa noche y quizás al desayuno, dependiendo de su cansancio.

Cuando por fin llegaron, uno a uno se arrodillaron en la nieve para pasar por la estrecha y casi invisible entrada. El primero en entrar, por el estrecho túnel, dejo su carga y saco su pistola de dardos. El que todos entraran al mismo tiempo podía ser una lamentable estupidez, el sacrificar a uno era permitirle vivir al resto. Esperaron a que entrara, como era su rutina, en la pequeña loma de nieve bajo la cual habían cavado su refugio; el cual agrandaban todos los días. De no haber novedades ni peligros el compañero saldría a buscarlos, mientras tanto podían dejar sus cargas en el suelo, mas no sus armas.

El viento no los dejo oír los disparos dentro del refugio; la nieve y el frío se arremolinaban en el aire descansando sobre el viento. La visibilidad era bajísima pero un has de luz purpúreo saliendo de la tierra fue advertencia suficiente. La capitana de grupo le quito el seguro a la granada que tenía en la mano; el perder todo lo que habían acumulado, en tanto tiempo de vencer enemigos, era algo mucho mas que lamentable. Las chaquetas, las botas, todo aquello que luego se llevarían de vuelta para apertrechar más soldados republicanos; perdido sin ninguna contemplación ni minuto de remordimiento.

La granda salio de su mano surcando el poco espacio de la entrada, cayo dentro del refugio a oscuras y el suelo tembló.

Sin conocer al enemigo que enfrentaban, su número ni armamento, ni menos aun cuantos habían sobrevivido. El escuadrón, de ahora cuatro cansados miembros, tomó posiciones alrededor del refugio tomando distancia de este. Sabían bien que con la incertidumbre casi siempre viene el juego de la espera; y les tocaba jugarlo. Ellos habían hecho el último movimiento y les tocaba a sus oponentes; entrar era un suicidio si es que quedaba alguno vivo, así como lo era salir del refugio.

Esperar en el frió nunca le había parecido gracioso, menos cansado, y mucho menos en un lugar donde la el caer de la noche si podía aplastarte y matarte. No alcanzo a pensar en el hambre que tenía cuando comenzó a nevar.

Miro los blancos bultos que hacían sus compañeros contra la nieve y lejos de el, todos hicieron lo mismo. Debían recordar donde se encontraba apostado cada uno de ellos antes de se perdiera la visibilidad por la oscuridad, si es que alguna vez había luz allí, y la nieve. Esperaba en secreto que alguien tirara otra granada, pero eso podía resultar inútil contra un adversario advertido y probablemente protegido; sumado que no podían gastar otra granada, y menos aun quedarse sin refugio; cosa que sin duda seria el resultado de otra explosión.

Deberían haber tenido otro refugio u otra entrada para este mismo, pero no había habido tiempo para hacer ninguno de ellos. Solo les quedaba el esperar; esperar era una de las más grandes virtudes del guerrero. Pero había otra más importante aun: la capacidad de sorprender.

La noche comenzaba a abrazarlos, como el calor que no existía en esa tierra. Pero en esa oscuridad se levando y dejo su posición; sabiendo que era peligroso y que mas le valía que su idea funcionaria. Sus compañeros se dieron cuenta y no tuvieron más opción que sumársele, si estaban separados con un brecha abierta en la formación estaban perdidos, pero juntos podían fácilmente superar a los sobrevivientes invasores. Todos se reunieron a el mientras avanzaba hacia el refugio y recogía dos fusiles láser, luego retrocedieron en conjunto. Cuando estuvieron a una buena distancia apunto uno de los fusiles al suelo y lo disparo de manera sostenida. La capitana saco su pala de trinchera y con un gesto envió a los dos restantes a cubrir la puerta del refugio.

Entrenaron tanto juntos que se conocían perfectamente y comprender lo que hacia el otro, aunque este no lo explicara, les resultaba simple; y el que no comprendiera no tenia más que confiar en su compañero y ahora más aun en su capitana. Ella lo sabia, después de todo el fue quien indico la ventaja de otra puerta; ahora por fin tendría lo quería hacia rato.

El láser no estaba diseñado para derretir nieve, y el nunca había utilizado uno para ese fin, pero después de unos disparos comprendió cual seria la forma más fácil de hacerlo. Comenzó a hacer disparos más cortos y así la nieve se iba evaporando y dejando un camino; hasta que el camino estuvo a la altura del piso del refugio, a la altura de convertirse en túnel. Entonces el primer fusil quedo sin energía.

Sus compañeros estaban en posición y su capitana quitaba toda la nieve que les pudiera impedir el paso mientras el cambiaba de fusil. Ellos dieron la señal y ella se la transmitió. El has de luz del arma arrojo vapor sobre la mascara de sustento vital, pero eso nada importaba, lo que si importaba era el vapor dentro del refugio.

1 comentario:

Kristoff dijo...

Diego... me gusto la trama de la historia no se si en los cap anteriores exiten nombres de los particiantes, solo palabras de agradecimineto y alentarte cada día más para que sigas y puedas publicar tus escritos se despide atte
Kristoff...

PD: To be continued....

http://kristoffxeu.blogspot.com/