LAS GUERRAS ANTARTICAS
Pena y mal olor, eran lo que el sentia. El frió dentro del refugio no amortiguaba el olor a muerte.
Estaba escrito y el lo sabia, de una cuadrilla de cinco republicanos solo sobrevivía uno. Era estadístico, era exacto. “Trabajaran como equipo hasta que quede solo uno, y ese uno será un cazador solitario; hasta que muera o se cumpla su plazo de lucha”.
Solo que no esperaba sobrevivir el. No perderla a ella. Su equipo había ido disminuyendo, muriendo de a uno, de forma paulatina pero constante. Y ahora estaba solo, sin saber aun que hacer con su cadáver.
Ella fue su mejor amiga por mucho tiempo. Desde que aprendió a caminar y a pelear, rastrear y cazar, disparar y matar. Tal vez pudo ser algo más; lejos del frió, sin esos trajes horribles de tortura, al calor de una fogata.
Fogata. Era mejor hacer un fuego ahora, pues la poca luz que tocaba el pedazo de hielo se extinguiría dentro de poco, y no volvería en seis meses. Seis meses de frió aun mas intenso y de soledad completa. Mejor se movía rápido. Se acerco a ella y sin saber si pedirle perdón o no le quito sus zapatos para la nieve y luego sus botas de combate. Las desabrocho sin mayor ceremonia, como amputar un miembro; mientras más rápido menos duele. Tiro las botas a un lado y se dirigió hacia los enemigos vencidos para quitarles los zapatos también.
Tratando de no pensar saco su corvo y corto las botas de combate en tiras de suela y cuero, las cuales ato con los correspondientes cordones. Así fabrico ocho madejas de cuero combustibles. Tomo cuatro y las puso sobre una placa metálica de una armadura corporal enemiga. Todo sin pensar, tal y como se lo enseñaron; deja tu mente afuera, hay tiempos para pensar y tiempos para no hacerlo. Poso su G.A.P. (generador de agua potable) contra el cuero, sin importarle el horrible sabor a cuero quemado, que quedaría en el agua que debería beber luego. Lo encendió y espero a que la hoja se pusiera al rojo vivo, luego soplo. El vapor que exhalo era agua en si mismo, y el agua absorbe la temperatura; sumándole el oxigeno, no tuvo que soplar mucho para lograr una tenue llama. Llama sobre la cual poso uno de los atados de cuero y suela, entonces tuvo su fuego.
Ahora había más luz en el refugio, esa luz anaranjada del fuego que hizo que todo se viera aun más deprimente. Las sombras danzaban en las paredes del iglú burlonas e indiferentes.
- Las sombras nunca han tenido que perder a alguien. – Pensó para si, sin querer decirlo en voz alta, sin saber por que.
Con el cuero consumiendo se lentamente, tuvo tiempo de desnudar a uno de los enemigos vencidos. Con el corvo le corto una de las piernas y puso el extremo del muslo, que no alcanzo a sangrar mucho antes de congelarse, sobre las llamas para irlo cocinando de apoco; e irlo comiendo a medida que se iba cocinando por partes. Lamentablemente eso le dejaba tiempo para pensar, y eso era tiempo para deprimirse aun más.
Decidió entonces desvestir al resto de sus enemigos muertos. Les quito a los otros tres sus chaquetas y las arrojo sobre las demás, apiladas en un rincón del refugio. Les quito sus trajes de grueso hule y apilo los cuerpos, en lo que seria su despensa por muy poco tiempo; pues su entrenamiento dictaba que debía abandonar el refugio después de que este había sido atacado.
Con el piso mas despejado pudo ver las manchas de sangre y las quemaduras de láser en el piso y paredes del refugio. La sangre, en esas tierras, se congelaba antes de tocar el piso. Recordó a uno de sus maestros diciendo le que a milímetros del piso, incluso dentro de un iglú, la temperatura alcanzaba los veinte y tres grados bajo cero. Quería recordar cualquier cosa antes de posar sus pensamientos en su compañera acribillada por una ráfaga de luz; ya ni su equipo era reutilizable, no con ese agujero que la atravesaba.
La pierna comenzaba a oler bien. Tomo los cuchillos de sus enemigos vencidos y se sentó en un bloque de hielo; dejado dentro del refugio solo para este propósito. Una vez sentado junto al fuego clavo los cuchillos en el hielo, y al azar escogió uno, tal como ella lo hacia, para cortar la carne que seria su primera comida en un par de días. La carne sabia bien, le hubiera gustado compartirla con ella y reír de nuevo recordando cuando no tenían para hacer el fuego y les quedaban manchas de sangre en la cara, y a veces se pintaban la nariz.
Sabía que debía dejar de pensar en ella. Que cada soldado republicano tiene que pensar en sus compañeros, como si ya estuvieran muertos al momento de comenzar el entrenamiento. Funcionar como unidad hasta que solo importe el individuo, porque sino estas muerto, y los que deben morir son los invasores.
- Invasores- Pensó, y su adiestramiento le hizo, sin darse cuenta, morder la carne de su adversario con rabia y más fuerza.
La oscuridad afuera cubrió todo el continente al finalizar el único atardecer del año. Y en la oscuridad que rodeaba el fuego, se aparto de la luz e hizo algo para lo que nadie lo había entrenado; dejo de pensar, arriesgo la vida, su misión, y quizás al mundo por una mujer muerta; sin saber el porque.
Dejo su comida de lado y tomo uno de los fusiles láser del enemigo. Reviso su carga y apunto al cuerpo inerte y de ojos abiertos de su compañera de infancia, de entrenamiento, de combate, de risas; de vida y de muerte. Disparo hacia el hielo dibujando con un as de luz su silueta en el hielo, el cual comenzó a derretirse rápidamente; convirtiendo se en una posa que pronto fue una pequeña picina. Allí el cuerpo de su amiga comenzó a hundirse, en un funeral de vapor y rabia. Cuando dejo de disparar, tiro el fusil ya casi vació y vio como entre el vapor, el agua sobre y alrededor de su gran amiga se volvían una tumba de hielo. El gran volumen de agua tomo tiempo en congelarse, varios minutos; en los que no pudo no recriminarse, el haberla dejado con los ojos abiertos. Sus hermosos ojos negros, que ya nunca brillarían para el.
Deseaba llorar pero de hacerlo perdería los ojos.
Cuando por fin se congelo por completo y el vapor se fue, no sabía que hacer; pues nadie nunca, le había enseñado un ritual fúnebre propiamente tal. Solo tenia la oración que ella recito, en el funeral de dos de sus compañeros, y cuando comieron a uno. No la recordaba por completo. Ella le había contado que dicha oración había pasado de generación en generación; desde que el pueblo republicano había vivido como esclavo, de uno de los grandes conglomerados económicos.
La recito en silencio. Mientras su sombra danzaba a su costado.
Cualquiera que viera el cuadro vería a un hombre enterrando a su mujer, su esposa, novia o amante al menos. El no lo sabía. El había conocido solo su amistad; sin tiempo de explorar algo más. Sin saber el nombre del sentimiento que apretaba su pecho.
Ese sentimiento se volvía, ahí mismo, de un negro intenso. Dando paso al odio, este a la rabia y esta a la sed de venganza. Todos pagarían. El volver a casa ya no era una opción; su casa estaba bajo una tumba de hielo con sus ojos negros abiertos por siempre. Era ella ahora un espíritu de las nieves; vagaría desnuda, sin importarle el frió, por el continente guiando a los republicanos y confundiendo al enemigo.
-¿Pero y yo?- Se cuestionó en la miseria y las sombras. – Los vivos no podemos ser espíritus.- dijo en voz baja. – Pero podemos ser demonios. Y yo seré uno; seré un demonio como nunca nadie ha visto. Mi venganza azotara este puto bloque de hielo del cual nunca saldré. Yo contaminare el agua que desean llevarse, con su propia sangre.-
...
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1 comentario:
y quien iba a pensar que las guerras antarticas nos darian consejos para la vida
adoro el blog pero puta que es penca esperar a que salga un capitulo nuevo
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