LAS GUERRAS ANTARTICAS
El día había sido largo y extenuante, cuando el frió, que era una molestia constante dejaba de serlo, sabias que el cansancio se había llevado todo de ti; sabias que aunque no tuvieras refugio te echarías a esperara la muerte en tus sueños. De hecho muchos debieron hacerlo y seguramente alguien lo estaba haciendo en ese continente helado.
El llevar consigo otra chaqueta enemiga para su pila de chaquetas que hacia las veces de cama, aislándolo del frió lo reconfortaba un poco. Tan solo tendría que aguantar un poco más y podría descansar. Si bien no podía ver los rostros de sus compañeros por las mascaras de sustento vital, sabia que debían de ir pensando lo mismo. El sueño, el dulce sueño, sobre unas mullidas chaquetas térmicas que los separarían del congelado suelo.
Con el refugio a menos de 7 metros aceleraron el paso instintivamente, como un caballo que sabe que camino lo lleva a su caballeriza y apura el trote. Los cinco soldados hubiesen acelerado el paso antes pero la tormenta constante en el campo de batalla no les permitía ver más allá de esa distancia. Se mantenían distanciados uno de otro por dos metros, de modo que era imposible mantener contacto visual con toda la cuadrilla, tampoco tenían permitido el contacto por radio, salvo en caso de combate cerrado; debían por ende confiar en su líder y en el entrenamiento de cada uno de sus compañeros. Aunque el cansancio y la carga que llevaban les dificultaba mucho la tarea ninguno dudaba de sus compañeros ni de su líder; esa mujer los había metido y sacado del infierno ya varias veces.
Cada uno llevaba la chaqueta, el arma láser, las baterías de energía, botas y suministros de comida, de por lo menos un enemigo muerto; algunos de dos; otro llevaba el cadáver que los alimentaría esa noche y quizás al desayuno, dependiendo de su cansancio.
Cuando por fin llegaron, uno a uno se arrodillaron en la nieve para pasar por la estrecha y casi invisible entrada. El primero en entrar, por el estrecho túnel, dejo su carga y saco su pistola de dardos. El que todos entraran al mismo tiempo podía ser una lamentable estupidez, el sacrificar a uno era permitirle vivir al resto. Esperaron a que entrara, como era su rutina, en la pequeña loma de nieve bajo la cual habían cavado su refugio; el cual agrandaban todos los días. De no haber novedades ni peligros el compañero saldría a buscarlos, mientras tanto podían dejar sus cargas en el suelo, mas no sus armas.
El viento no los dejo oír los disparos dentro del refugio; la nieve y el frío se arremolinaban en el aire descansando sobre el viento. La visibilidad era bajísima pero un has de luz purpúreo saliendo de la tierra fue advertencia suficiente. La capitana de grupo le quito el seguro a la granada que tenía en la mano; el perder todo lo que habían acumulado, en tanto tiempo de vencer enemigos, era algo mucho mas que lamentable. Las chaquetas, las botas, todo aquello que luego se llevarían de vuelta para apertrechar más soldados republicanos; perdido sin ninguna contemplación ni minuto de remordimiento.
La granda salio de su mano surcando el poco espacio de la entrada, cayo dentro del refugio a oscuras y el suelo tembló.
Sin conocer al enemigo que enfrentaban, su número ni armamento, ni menos aun cuantos habían sobrevivido. El escuadrón, de ahora cuatro cansados miembros, tomó posiciones alrededor del refugio tomando distancia de este. Sabían bien que con la incertidumbre casi siempre viene el juego de la espera; y les tocaba jugarlo. Ellos habían hecho el último movimiento y les tocaba a sus oponentes; entrar era un suicidio si es que quedaba alguno vivo, así como lo era salir del refugio.
Esperar en el frió nunca le había parecido gracioso, menos cansado, y mucho menos en un lugar donde la el caer de la noche si podía aplastarte y matarte. No alcanzo a pensar en el hambre que tenía cuando comenzó a nevar.
Miro los blancos bultos que hacían sus compañeros contra la nieve y lejos de el, todos hicieron lo mismo. Debían recordar donde se encontraba apostado cada uno de ellos antes de se perdiera la visibilidad por la oscuridad, si es que alguna vez había luz allí, y la nieve. Esperaba en secreto que alguien tirara otra granada, pero eso podía resultar inútil contra un adversario advertido y probablemente protegido; sumado que no podían gastar otra granada, y menos aun quedarse sin refugio; cosa que sin duda seria el resultado de otra explosión.
Deberían haber tenido otro refugio u otra entrada para este mismo, pero no había habido tiempo para hacer ninguno de ellos. Solo les quedaba el esperar; esperar era una de las más grandes virtudes del guerrero. Pero había otra más importante aun: la capacidad de sorprender.
La noche comenzaba a abrazarlos, como el calor que no existía en esa tierra. Pero en esa oscuridad se levando y dejo su posición; sabiendo que era peligroso y que mas le valía que su idea funcionaria. Sus compañeros se dieron cuenta y no tuvieron más opción que sumársele, si estaban separados con un brecha abierta en la formación estaban perdidos, pero juntos podían fácilmente superar a los sobrevivientes invasores. Todos se reunieron a el mientras avanzaba hacia el refugio y recogía dos fusiles láser, luego retrocedieron en conjunto. Cuando estuvieron a una buena distancia apunto uno de los fusiles al suelo y lo disparo de manera sostenida. La capitana saco su pala de trinchera y con un gesto envió a los dos restantes a cubrir la puerta del refugio.
Entrenaron tanto juntos que se conocían perfectamente y comprender lo que hacia el otro, aunque este no lo explicara, les resultaba simple; y el que no comprendiera no tenia más que confiar en su compañero y ahora más aun en su capitana. Ella lo sabia, después de todo el fue quien indico la ventaja de otra puerta; ahora por fin tendría lo quería hacia rato.
El láser no estaba diseñado para derretir nieve, y el nunca había utilizado uno para ese fin, pero después de unos disparos comprendió cual seria la forma más fácil de hacerlo. Comenzó a hacer disparos más cortos y así la nieve se iba evaporando y dejando un camino; hasta que el camino estuvo a la altura del piso del refugio, a la altura de convertirse en túnel. Entonces el primer fusil quedo sin energía.
Sus compañeros estaban en posición y su capitana quitaba toda la nieve que les pudiera impedir el paso mientras el cambiaba de fusil. Ellos dieron la señal y ella se la transmitió. El has de luz del arma arrojo vapor sobre la mascara de sustento vital, pero eso nada importaba, lo que si importaba era el vapor dentro del refugio.
martes, 23 de octubre de 2007
domingo, 8 de julio de 2007
CAPITULO 6
LAS GUERRAS ANTARTICAS
La completa oscuridad de una nave sin ventanas era solo perturbada por el constante titilar de pequeñas luces, en lejanos interruptores y paneles. Todos en silencio, en un mar lleno de peligros y de enemigos; era bastante posible morir sin haber pisado el campo de batalla, sin haberse llevado a ningún enemigo con el.
Cuando le dijeron que el movimiento del mar no producía mareo dentro del submarino, mintieron; como el creía, hacían a menudo. Su estomago estaba revuelto y tenia miedo; aunque no lo demostraba pues ninguno de sus demás compañeros lo demostraba. Miraba y miraba a su alrededor los rostros, delineados en la oscuridad por las luces de los instrumentos, de todos sus compañeros. De los cien no parecía haber ni siquiera uno con miedo.
Solo cien contra los más de diez mil que tenía cada potencia. No importaba el entrenamiento ni el ritual de inicio, el no podía ver como ganarían esa guerra. Tan pocos, contra tantos; rifles de dardos contra fusiles láser, tres submarinos contra armadas enteras. Era imposible ganar.
La angustia y el mareo comenzaban a controlarlo, su corazón comenzó a latir más y más rápido y sus piernas a tiritar.
Un susurro llego a su oído izquierdo desde su espalda. - No tenemos que ganar, no tenemos que sobrevivir -. Las señales tan conocidas entre su cuadrilla tuvieron una respuesta tranquilizadora por parte de su capitán.
Era cierto. Lo único que tenían que hacer era matar a cuentos pudieran, detenerlos el mayor tiempo posible, esperar a que se mataran entre ellos, e infundirles el mayor terror posible. – Nos comeremos tu carne si pisas nuestra tierra – dijo en voz alta. Toda su cuadrilla asintió con la cabeza al escucharlo.
El distorsionado sonido de un antiguo alto parlante resonó en la estructura metálica – Tripulación. Misión completa. Iniciamos maniobras de atraque – varias luces más se encendieron en los paneles y el animo se relajo. Todo producto de un solo mensaje. La tripulación volvió a hablar en voz alta y muchas sonrisas se dibujaron por doquier. Claro que la misión de la tripulación había terminado; luego tendrían que preocuparse por volver a casa o combatir bajo el mar, pero eso seria luego. Ahora podían disfrutar de su victoria y de su paz.
El alto parlante volvió a chirriar. – Tripulación habla el Capitán. Una vez más cruzamos el Antártico, una vez más nos infiltramos en territorio enemigo, una vez más nuestra preciosa carga llena completa. Los felicito por su excepcional trabajo y disciplina. La nave ya esta casi amarrada a hielo y han y hemos cumplido. Pero antes de romper la disciplina con nuestro egoísmo. Despidamos a los combatientes. –
El silencio volvió a reinar, pero ahora todas las miradas estaban sobre ellos. De pie uno junto a otro en la última cubierta. Era tan solo un gran agujero donde antiguamente se llevaría carga. Ahora ellos estaban ahí a la vista de todo el mundo; toda una tripulación que comenzaba a acercarse a las barandas sobre ellos y a rodearlos. Entonces se hizo la luz.
Tras una baranda vieron a su instructor en jefe. Con su traje para el hielo puesto y su capucha echada hacia atrás. Casi como si fuera a acompañarlos sobre el hielo. Con un radio en la mano. – Atención - su voz sonó distorsionada pero clara por los alta voces. – Soldados. Los he acompañado en cada paso de su entrenamiento y en cada legua de su viaje. Se que tienen muchas dudas y algo de miedo. Se que son pocos y nunca les mentimos acerca de cuantos de ustedes sobrevivirán; pero ustedes son cien. Son cien demonios hambrientos de carne y sedientos de sangre. Ese hambre y su entrenamiento son todo lo que necesitan.
Me han hecho sentir orgullosos desde el comienzo, y el hecho de que sean tantos los que llegan a este punto me da confianza, sobre como hemos elegido hacer las cosas como nación. Se que dudan de su entrenamiento, pero dejaran de hacerlo cuando se encuentren con el enemigo. Por ahora solo recuerden cuanto han sufrido y cuanto han estudiado y entrenado desde que nacieron.
Somos los únicos en este planeta que viven así; y lo hacemos para que algún día no solo nuestros descendientes puedan vivir de otra manera, sino para que ellos puedan vivir y punto. –
Las tres escaleras que daban al exterior desde la última cubierta se iluminaron con luz del exterior, al abrirse las escotillas que cerraban el submarino. La tripulación que los observaba comenzó a cantar el himno nacional. Todo un coro de voces resonaba en el metálico interior. Y el instructor volvió a hablar - Nuestra ley dice que un combatiente que ha cumplido su obligación con la republica no pisara de nuevo la Antártica; se quedara en casa y criara hijos, criara nuevos combatientes. De no ser por esa ley yo estaría con ustedes ahora y mi corvo volvería a probar la sangre. Pero ahora los despido mis cien demonios. Los saludo y los despido. Pónganse sus guantes que afuera hace frió y ¡Maten bien! ¡Y MUERAN BIEN! -
Mientras la tripulación los saludaba y cantaba uno a uno comenzaron a ascender por las escaleras. Si la vida que antes llevaban los había seguido en su viaje, ahora debía quedarse en el submarino. Nadie de los cien hablaba, nadie podía decir palabra alguna. El canto solo era interrumpido por gritos fanáticos.
Por ultimo la voz del Capitán volvió a sonar – Cien demonios bajando. Demonio tu eres el terror de estas tierras.- Ese fue el único adiós que le dedicara su padre.
Al llegar a la superficie se encontró con que el submarino estaba dentro de una gran caverna de hielo blanco, en donde todo parecía haber sido tallado del mismo hielo. El frió le golpeo la cara de inmediato, mientras seguía a sus compañeros a través de tres pasarelas que los llevaban a hielo. Una vez allí se alinearon como era su costumbre, con su equipo completo y su fusil en mano.
El personal de la base los miraba con regocijo y hablaban entre ellos mismos con grandes sonrisas. El optimismo era aplastante, al parecer tanta gente esperaba tanto de el y de sus compañeros.
Cuando el último de ellos hubo bajado un oficial se dirigió a ellos. – El Guardián Ciego los esta esperando. Síganme. – EL oficial los condujo dentro de una gruta escarbada en el hielo, iluminada por tubos de neón blanco. La gruta resulto ser algún tipo de comedor, que en el fondo tenia un escenario; sobre el cual había un anciano soldado, aun en uniforme, que en sus manos sostenía un bastón largo. Su traje tenia viejas manchas de sangre y sus botas tenían la marca que deja el frió extremo. Sus ojos eran de un blanco tan blanco como la nieve que pisaban, y parecían igual de mortales.
Allí custodiado por dos soldados estaba el guardián ciego. El guerrero de elite que nunca dejo la Antártica, el que volvió a la base victorioso aun estando ciego; quien se convirtiera en figura religiosa ganándose así su derecho a no volver. Hace medio siglo el fue el primer demonio come hombres. Ahora el daba la bienvenida a cada grupo, a cada nueva generación de demonios.
-¿Son estos todos?- Sonó su pregunta como la un abuelo que ha cruzado el infierno con tal de que su familia viva en el paraíso, con amor en cada silaba y la muerte siempre en la punta de la lengua.
- Si son todos señor - Le respondió el que estaba a su derecha.
El anciano se dirigió al grupo con la cabeza en alto - Esta guerra llevaba ya muchos años cuando yo mate a mi primer enemigo y devoré mi primera presa. ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿Qué cosa es ahora distinta? Fuera de las armas de nuestros enemigos. – El silencio solo llamo a seguir escuchando. – Lo que cambio es que ahora somos honestos con nosotros mismos y de ahí en más somos mejores. Yo no fui el primero en comer carne humana para sobrevivir, solo que no lo sabía; nadie nunca lo había confesado, era una vergüenza con la cual nuestros padres morían. Ahora es lo que a ellos les da temor y los hace preferir enfrentarse a ejércitos mejores armados. Ahora aceptamos y abrazamos lo que somos.
Aceptamos que le vendimos el alma al diablo como personas, nación y republica para poder seguir viviendo como un pequeño estado entre montañas, que antaño fueron cordilleras. Mi padre recordaba el infierno en que la codicia convirtió este planeta; recordaba en sus sueños los calores del armagedon, devorando la tierra, contaminando y evaporando las aguas y la vida. Yo recuerdo el retorno del mar que todo lo devoro y el frió. El agua y el frió traídas por el calentamiento y que encerraron a una nación entre montañas.
Vivimos, nuestros hijos y padres viven, gracias a un pacto satánico capaz de acabar con la escasa vida de este planeta. Ataca nuestro hogar y destruiremos la reserva de agua por la que tanto pelean. Los conglomerados financieros, que destrozaron el mundo a mordiscos, saben que preferiríamos morir todos que vivir en su mundo de esclavitud y guerra.
Esta es la Antarctica chilena porque estábamos aquí antes. Y porque estábamos aquí antes vimos antes el problema; vimos de ante mano su problema de energía y de calor y decidimos invertir en lo nuclear. Ahora el fruto de esa inversión esta aquí oculta en el hielo, el fruto de prever es lo que nos mantiene vivos.
Los jinetes del Apocalipsis, que el Papa sigue diciendo que vendrán, ya estuvieron y están aquí. Sus nombres son: Crisis energética, calentamiento global, glaciación y sed. Vivimos la última parte de aquel evento que debía destruir al mundo. Y mientras el mundo es destruido y la gente muere por millones de hambre, sed y pobreza; nosotros somos los encargados de castigar la avaricia humana. Los enviados de Dios mismo a castigar a los hombres que buscan depredar o hacer fortuna con aquello que puede salvar al mundo. Y aquí se nos permitirá matar a cuantos nos sea posible hasta que Dios mismo baje a detenernos.
La completa oscuridad de una nave sin ventanas era solo perturbada por el constante titilar de pequeñas luces, en lejanos interruptores y paneles. Todos en silencio, en un mar lleno de peligros y de enemigos; era bastante posible morir sin haber pisado el campo de batalla, sin haberse llevado a ningún enemigo con el.
Cuando le dijeron que el movimiento del mar no producía mareo dentro del submarino, mintieron; como el creía, hacían a menudo. Su estomago estaba revuelto y tenia miedo; aunque no lo demostraba pues ninguno de sus demás compañeros lo demostraba. Miraba y miraba a su alrededor los rostros, delineados en la oscuridad por las luces de los instrumentos, de todos sus compañeros. De los cien no parecía haber ni siquiera uno con miedo.
Solo cien contra los más de diez mil que tenía cada potencia. No importaba el entrenamiento ni el ritual de inicio, el no podía ver como ganarían esa guerra. Tan pocos, contra tantos; rifles de dardos contra fusiles láser, tres submarinos contra armadas enteras. Era imposible ganar.
La angustia y el mareo comenzaban a controlarlo, su corazón comenzó a latir más y más rápido y sus piernas a tiritar.
Un susurro llego a su oído izquierdo desde su espalda. - No tenemos que ganar, no tenemos que sobrevivir -. Las señales tan conocidas entre su cuadrilla tuvieron una respuesta tranquilizadora por parte de su capitán.
Era cierto. Lo único que tenían que hacer era matar a cuentos pudieran, detenerlos el mayor tiempo posible, esperar a que se mataran entre ellos, e infundirles el mayor terror posible. – Nos comeremos tu carne si pisas nuestra tierra – dijo en voz alta. Toda su cuadrilla asintió con la cabeza al escucharlo.
El distorsionado sonido de un antiguo alto parlante resonó en la estructura metálica – Tripulación. Misión completa. Iniciamos maniobras de atraque – varias luces más se encendieron en los paneles y el animo se relajo. Todo producto de un solo mensaje. La tripulación volvió a hablar en voz alta y muchas sonrisas se dibujaron por doquier. Claro que la misión de la tripulación había terminado; luego tendrían que preocuparse por volver a casa o combatir bajo el mar, pero eso seria luego. Ahora podían disfrutar de su victoria y de su paz.
El alto parlante volvió a chirriar. – Tripulación habla el Capitán. Una vez más cruzamos el Antártico, una vez más nos infiltramos en territorio enemigo, una vez más nuestra preciosa carga llena completa. Los felicito por su excepcional trabajo y disciplina. La nave ya esta casi amarrada a hielo y han y hemos cumplido. Pero antes de romper la disciplina con nuestro egoísmo. Despidamos a los combatientes. –
El silencio volvió a reinar, pero ahora todas las miradas estaban sobre ellos. De pie uno junto a otro en la última cubierta. Era tan solo un gran agujero donde antiguamente se llevaría carga. Ahora ellos estaban ahí a la vista de todo el mundo; toda una tripulación que comenzaba a acercarse a las barandas sobre ellos y a rodearlos. Entonces se hizo la luz.
Tras una baranda vieron a su instructor en jefe. Con su traje para el hielo puesto y su capucha echada hacia atrás. Casi como si fuera a acompañarlos sobre el hielo. Con un radio en la mano. – Atención - su voz sonó distorsionada pero clara por los alta voces. – Soldados. Los he acompañado en cada paso de su entrenamiento y en cada legua de su viaje. Se que tienen muchas dudas y algo de miedo. Se que son pocos y nunca les mentimos acerca de cuantos de ustedes sobrevivirán; pero ustedes son cien. Son cien demonios hambrientos de carne y sedientos de sangre. Ese hambre y su entrenamiento son todo lo que necesitan.
Me han hecho sentir orgullosos desde el comienzo, y el hecho de que sean tantos los que llegan a este punto me da confianza, sobre como hemos elegido hacer las cosas como nación. Se que dudan de su entrenamiento, pero dejaran de hacerlo cuando se encuentren con el enemigo. Por ahora solo recuerden cuanto han sufrido y cuanto han estudiado y entrenado desde que nacieron.
Somos los únicos en este planeta que viven así; y lo hacemos para que algún día no solo nuestros descendientes puedan vivir de otra manera, sino para que ellos puedan vivir y punto. –
Las tres escaleras que daban al exterior desde la última cubierta se iluminaron con luz del exterior, al abrirse las escotillas que cerraban el submarino. La tripulación que los observaba comenzó a cantar el himno nacional. Todo un coro de voces resonaba en el metálico interior. Y el instructor volvió a hablar - Nuestra ley dice que un combatiente que ha cumplido su obligación con la republica no pisara de nuevo la Antártica; se quedara en casa y criara hijos, criara nuevos combatientes. De no ser por esa ley yo estaría con ustedes ahora y mi corvo volvería a probar la sangre. Pero ahora los despido mis cien demonios. Los saludo y los despido. Pónganse sus guantes que afuera hace frió y ¡Maten bien! ¡Y MUERAN BIEN! -
Mientras la tripulación los saludaba y cantaba uno a uno comenzaron a ascender por las escaleras. Si la vida que antes llevaban los había seguido en su viaje, ahora debía quedarse en el submarino. Nadie de los cien hablaba, nadie podía decir palabra alguna. El canto solo era interrumpido por gritos fanáticos.
Por ultimo la voz del Capitán volvió a sonar – Cien demonios bajando. Demonio tu eres el terror de estas tierras.- Ese fue el único adiós que le dedicara su padre.
Al llegar a la superficie se encontró con que el submarino estaba dentro de una gran caverna de hielo blanco, en donde todo parecía haber sido tallado del mismo hielo. El frió le golpeo la cara de inmediato, mientras seguía a sus compañeros a través de tres pasarelas que los llevaban a hielo. Una vez allí se alinearon como era su costumbre, con su equipo completo y su fusil en mano.
El personal de la base los miraba con regocijo y hablaban entre ellos mismos con grandes sonrisas. El optimismo era aplastante, al parecer tanta gente esperaba tanto de el y de sus compañeros.
Cuando el último de ellos hubo bajado un oficial se dirigió a ellos. – El Guardián Ciego los esta esperando. Síganme. – EL oficial los condujo dentro de una gruta escarbada en el hielo, iluminada por tubos de neón blanco. La gruta resulto ser algún tipo de comedor, que en el fondo tenia un escenario; sobre el cual había un anciano soldado, aun en uniforme, que en sus manos sostenía un bastón largo. Su traje tenia viejas manchas de sangre y sus botas tenían la marca que deja el frió extremo. Sus ojos eran de un blanco tan blanco como la nieve que pisaban, y parecían igual de mortales.
Allí custodiado por dos soldados estaba el guardián ciego. El guerrero de elite que nunca dejo la Antártica, el que volvió a la base victorioso aun estando ciego; quien se convirtiera en figura religiosa ganándose así su derecho a no volver. Hace medio siglo el fue el primer demonio come hombres. Ahora el daba la bienvenida a cada grupo, a cada nueva generación de demonios.
-¿Son estos todos?- Sonó su pregunta como la un abuelo que ha cruzado el infierno con tal de que su familia viva en el paraíso, con amor en cada silaba y la muerte siempre en la punta de la lengua.
- Si son todos señor - Le respondió el que estaba a su derecha.
El anciano se dirigió al grupo con la cabeza en alto - Esta guerra llevaba ya muchos años cuando yo mate a mi primer enemigo y devoré mi primera presa. ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿Qué cosa es ahora distinta? Fuera de las armas de nuestros enemigos. – El silencio solo llamo a seguir escuchando. – Lo que cambio es que ahora somos honestos con nosotros mismos y de ahí en más somos mejores. Yo no fui el primero en comer carne humana para sobrevivir, solo que no lo sabía; nadie nunca lo había confesado, era una vergüenza con la cual nuestros padres morían. Ahora es lo que a ellos les da temor y los hace preferir enfrentarse a ejércitos mejores armados. Ahora aceptamos y abrazamos lo que somos.
Aceptamos que le vendimos el alma al diablo como personas, nación y republica para poder seguir viviendo como un pequeño estado entre montañas, que antaño fueron cordilleras. Mi padre recordaba el infierno en que la codicia convirtió este planeta; recordaba en sus sueños los calores del armagedon, devorando la tierra, contaminando y evaporando las aguas y la vida. Yo recuerdo el retorno del mar que todo lo devoro y el frió. El agua y el frió traídas por el calentamiento y que encerraron a una nación entre montañas.
Vivimos, nuestros hijos y padres viven, gracias a un pacto satánico capaz de acabar con la escasa vida de este planeta. Ataca nuestro hogar y destruiremos la reserva de agua por la que tanto pelean. Los conglomerados financieros, que destrozaron el mundo a mordiscos, saben que preferiríamos morir todos que vivir en su mundo de esclavitud y guerra.
Esta es la Antarctica chilena porque estábamos aquí antes. Y porque estábamos aquí antes vimos antes el problema; vimos de ante mano su problema de energía y de calor y decidimos invertir en lo nuclear. Ahora el fruto de esa inversión esta aquí oculta en el hielo, el fruto de prever es lo que nos mantiene vivos.
Los jinetes del Apocalipsis, que el Papa sigue diciendo que vendrán, ya estuvieron y están aquí. Sus nombres son: Crisis energética, calentamiento global, glaciación y sed. Vivimos la última parte de aquel evento que debía destruir al mundo. Y mientras el mundo es destruido y la gente muere por millones de hambre, sed y pobreza; nosotros somos los encargados de castigar la avaricia humana. Los enviados de Dios mismo a castigar a los hombres que buscan depredar o hacer fortuna con aquello que puede salvar al mundo. Y aquí se nos permitirá matar a cuantos nos sea posible hasta que Dios mismo baje a detenernos.
jueves, 12 de abril de 2007
CAPITULO 5
LAS GUERRAS ANTARTICAS
Ella había sido criada en una pequeña casa por una numerosa familia. Había vivido bajo tierra y jugado a nivel de la tierra, mientras los hijos de las clases más acomodadas vivían en grandes edificios a kilómetros sobre la superficie; algunos incluso sobre las grises nubes acidas. Cuando nació era la menor de cuatro hermanos; al momento de enlistarse en el ejercito era la hermana del medio en un grupo de ocho. Su vida entera había sido difícil, había aprendido a pelear al defenderse de niños y niñas mas grandes que ella; ya a los doce años había comprendido que si no estaba armada no podría sobrevivir en el mundo. Su educación había sido pobre y tenía el orgullo de pertenecer al cincuenta y siete por ciento de la población, que sabia escribir y leer; luego el ejército le había enseñado más.
Había soportado mucho en un mundo tan oscuro como la sombra de los grandes edificios donde ella no podría vivir; no dejaría crecer la lista de cosas que soporto, sumándole ser violada en un iglú. Jamás; moriría antes de eso o mataría a quien lo intentase.
Se quedo quieta mientras el sujeto le quitaba su coraza y la tocaba; sabia lo bien entrenado que el estaba y necesitaba esperar el momento preciso. Ese momento fue cuando le quietara la mascara; todos los hombres siempre la encontraron hermosa y ella, si bien no había podido vivir de eso, sabia utilizarlo como arma. Una vez sin la mascara y con sus ojos abiertos lo encandilaría igual que el a ella con aquella luz.
Le pateo la cabeza con todas sus fuerzas, con toda su rabia y con todo su odio a los hombres. El verlo caer, mientras ella se incorporaba y sacaba el cuchillo de su pantorrilla con su mano derecha, había sido exquisito. Entonces deseo más, y tomando el cuchillo con la hoja apuntando hacia abajo salto sobre el; tratando de usar el peso de su cuerpo para hundir la hoja, lo mas posible en el rostro de aquel enemigo. Se estiro toda y elevo el cuchillo por sobre su cabeza lo mas que pudo, para bajarlo con la mayor de las fuerzas.
Su puñalada mortal fue detenida al instante, con lo que le pareció demasiada facilidad. De hecho mientras caía sobre él y él levantaba los brazos le pareció escuchar que el decía. – Estupida. –
Antes de que se pudiera levantar y justo cuando se dio cuenta de que le habían pateado la cabeza, la vio volar por los aires en dirección a sí. La vio hermosa en su vuelo y peligrosa con su cuchillo en la mano. Pero el hizo aquello para lo cual estaba entrenado, pensó rápido y antes que ella; se adelanto a su ataque y utilizo las protecciones metálicas que tenían sus antebrazos para bloquear la puñalada golpeándole, con plena seguridad de salir indemne, la muñeca. Puede que incluso sin darse cuenta se le haya escapado el decirle – Estupida. –
Se le había escapado mientras pensaba lo inútil de aquel ataque y de cómo eso denotaba la total falta de técnica al usar el cuchillo. En esos tipos de ataque nunca se debe atacar el rostro, pues instintivamente es lo primero que el enemigo se cubre; por el contrario se deben atacar partes bajas como las piernas, el abdomen e incluso los brazos, todos ellos lugares difíciles de defender estando en el suelo.
Detuvo la puñalada con su mano izquierda a varios seguros centímetros de su pecho, para luego retirar la mano con el cuchillo de entre ellos dos y sujetarla por la garganta con la derecha; sin soltar la mano con el cuchillo. Así la levanto por la garganta y se voltearon quedando el sobre ella.
Ella lo aprisiono con las piernas tratando de sacarle el aire, mientras el la forzaba a clavar el cuchillo en el hielo; al tenerla sujeta por la garganta y su mano izquierda, libre, no podía alcanzar a golpearlo en otro lugar que no fuera su brazo. Le golpeo el reverso del codo repetidas veces, tratando de que al doblarlo se redujera la distancia lo suficiente para golpearlo; sin obtener resultado alguno. El comenzó a golpearle las costillas con la mano izquierda y ella aprovechando los dos brazos libres; se aferro a su brazo y levanto las piernas para liberarse y llevarlo a tierra. El se vio atrapado en la llave y solo pudo rodar para liberarse.
Ambos se incorporaron quedando unos frente al otro en un espacio muy reducido. Al estar ambos a la espera del movimiento del enemigo, bajo esa luz artificial, se pudieron apreciar mutuamente; ella vio como el traje de hule dejaba ver su cuerpo cruzado por músculos, su espalda no muy ancha delimitada por grandes hombros de los que salían gruesos brazos. Aprecio su abdomen firme producto de la inanición, sus piernas gruesas, producto del incesante caminar en la nieve. Tenia el un rostro más bien amable, con labios carnosos, nariz ancha y una cien sangrando.
Ella nunca había visto a un enemigo tan de cerca y por algo que no podía explicar, no pudo evitar el recordar como algo menos desagradable el que el la hubiera tocado como lo hizo.
A el le pareció mucho más atractivo que una belleza así, pudiera pelear como ella; si bien no tenia gran técnica, tenia mucho más que fuerza bruta, tenia espíritu. En eso se dio cuenta de que, el como ella lo miraba había cambiado y decidió acabar con ella.
La miro a los ojos relajando su postura cosa de deliberadamente llamar su atención y antes de que ella pudiera moverse el, apago la luz. – Cagaste.- lo escucho decir, sin saber que significaba.
Ella no estaba acostumbrada a pelear en la oscuridad, pero el si; ella no tenía buenas técnicas cuerpo a cuerpo y el si. Por lo que solo escucho breves pasos en el hielo y casi de inmediato sintió dolor en el abdomen, luego en el muslo izquierdo, para continuar con un dolor en su espalda acompañado con la sensación de haber perdido el equilibrio. Estando en el suelo trato de levantarse pero claramente sintió el peso de el sobre ella y una mano en su garganta nuevamente; con la diferencia de que el no estaba entre sus piernas sino sobre ella. Palpo los músculos de aquel brazo que la mataría de un momento a otro en aquella oscuridad; tuvo miedo y pensó en su hogar y en su asesino. Todos sus pensamientos se fueron a la cresta, cuando sintió sobre los suyos dos helados labios; que en un beso negado durante años, se fueron lentamente haciendo más y más calientes.
Llevo una de sus manos a la nuca de aquel hombre enemigo que la besaba y el le sujeto el brazo contra el hielo; recordándole que no confiaba en ella mientras emitía un gemido de gusto al besarla. Ella movió su otra mano a su espalda; el soltó su garganta y la sujeto por la muñeca y la llevo hacia el suelo junto a su otra mano por sobre su cabeza, sin que en ningún momento sus lenguas dejaran de jugar.
Se sintió prisionera y excitada, indefensa ante aquel beso que no terminaba; sin poder pensar en nada, con solo sus oídos y su tacto funcionando en aquel frió y aquella oscuridad. Y sin saber como ni queriendo saber por que, de pronto deseo estar desnuda. Sus piernas comenzaron a moverse por si solas y el se metió entre ellas, sujetaba sus manos ahora solo con su mano derecha y con la izquierda comenzó a tocarla por sobre el traje. El maldito traje que ninguno de los dos podía quitarse por más que quisieran.
El volvió a besarla mientras tocaba sus pechos por sobre el traje, y ella lo aprisionaba con sus piernas queriendo sentir su pene contra ella, sin poder conseguirlo. Tenía ella un dispositivo cubriendo toda su vagina, encargándose de succionar todo lo que de ahí saliera y depositarlo en el bolsillo de su muslo; evitando así el sacarse el traje en ese frió, y el sentir cualquier rose. El quería hacerla sentir su erección y su excitación, pero todo lo que sentía era un bulto de plástico duro.
Así ninguno de los dos podía llevar al otro ni a si mismo a un orgasmo; deseándolo como solo se desean las cosas que no se pueden tener. Deseando quitarse el traje y perder la vida sobre el hielo. Tanto era el deseo que el soltó sus manos para tocarla y ella lo abrazo y toco en retribución. La sola calentura los hizo darse vuelta quedando el debajo de ella, sintiendo la presión de aquel cuerpo femenino sobre su pene y pudiendo tocar a mansalva el trasero de esa mujer; que en cualquier momento podía matarlo. Fue cuando tocaba - Ese culo.- como el lo llamaba en su mente, que encontró la manguera que se hundía en el; cuando la toco algo paso, ella se movió extraño.
Al estar sobre el ella podía besarlo como y cuanto quisiera, y el estar en control la excito aun más que el estar prisionera; mas aun faltaba algo para transformar aquel deseo en felicidad. Ella sabía que necesitaba desesperadamente ser penetrada, y sabía que era imposible. Hasta que sintió moverse la manguera que tenia metida en el ano, y recordó que ya estaba penetrada y que había aprendido a vivir con esa cosa tan incomoda; que de pronto dejo de ser tan incomoda y comenzó a sentirse liberadora.
No supo bien que estaba pasando pero cada vez que movía esa manguera bajo el traje ella se contraía y apretaba más su pene. Eso era todo lo que el necesitaba saber. Presiono la manguera todo lo que pudo y ella levando la cabeza arqueando la espalda; con la mano derecha movía violentamente la manguera, y con la izquierda se aferraba a ese magnifico trasero para sentir sobre el cada movimiento. Ella gemía como el nunca había escuchado gemir a nadie, y la oscuridad hizo lo que hace mejor, amplificar los sonidos y las sensaciones.
Estaban ambos tan calientes que no les tomo nada el tener cada uno un orgasmo; ella sintiéndose deliciosamente masajeada por dentro y el exprimido a cada movimiento. El dolor de aquella posición y de aquellos trajes les importo poco; todo lo que importo fue el quedar uno sobre el otro muertos de cansancio, con sus mejillas, ya no heladas, una junto a la otra; sintiendo la respiración calida del otro sobre la suya.
Tenían numerosas maneras de morir allí, en especial en compañía de un enemigo. El frío del piso podía matarlos, el cansancio, la falta de comida, las heridas que mutuamente se habían provocado, el ser encontrados por alguien más. Pero ya nada de eso importaba. En un mundo donde la humanidad, como género y como cualidad, no solo no sobrevive, sino que no esta prohibida; ellos la habían hecho brillar, se habían olvidado de la guerra y se sintieron en casa.
Diego Muñoz Oliva
Ella había sido criada en una pequeña casa por una numerosa familia. Había vivido bajo tierra y jugado a nivel de la tierra, mientras los hijos de las clases más acomodadas vivían en grandes edificios a kilómetros sobre la superficie; algunos incluso sobre las grises nubes acidas. Cuando nació era la menor de cuatro hermanos; al momento de enlistarse en el ejercito era la hermana del medio en un grupo de ocho. Su vida entera había sido difícil, había aprendido a pelear al defenderse de niños y niñas mas grandes que ella; ya a los doce años había comprendido que si no estaba armada no podría sobrevivir en el mundo. Su educación había sido pobre y tenía el orgullo de pertenecer al cincuenta y siete por ciento de la población, que sabia escribir y leer; luego el ejército le había enseñado más.
Había soportado mucho en un mundo tan oscuro como la sombra de los grandes edificios donde ella no podría vivir; no dejaría crecer la lista de cosas que soporto, sumándole ser violada en un iglú. Jamás; moriría antes de eso o mataría a quien lo intentase.
Se quedo quieta mientras el sujeto le quitaba su coraza y la tocaba; sabia lo bien entrenado que el estaba y necesitaba esperar el momento preciso. Ese momento fue cuando le quietara la mascara; todos los hombres siempre la encontraron hermosa y ella, si bien no había podido vivir de eso, sabia utilizarlo como arma. Una vez sin la mascara y con sus ojos abiertos lo encandilaría igual que el a ella con aquella luz.
Le pateo la cabeza con todas sus fuerzas, con toda su rabia y con todo su odio a los hombres. El verlo caer, mientras ella se incorporaba y sacaba el cuchillo de su pantorrilla con su mano derecha, había sido exquisito. Entonces deseo más, y tomando el cuchillo con la hoja apuntando hacia abajo salto sobre el; tratando de usar el peso de su cuerpo para hundir la hoja, lo mas posible en el rostro de aquel enemigo. Se estiro toda y elevo el cuchillo por sobre su cabeza lo mas que pudo, para bajarlo con la mayor de las fuerzas.
Su puñalada mortal fue detenida al instante, con lo que le pareció demasiada facilidad. De hecho mientras caía sobre él y él levantaba los brazos le pareció escuchar que el decía. – Estupida. –
Antes de que se pudiera levantar y justo cuando se dio cuenta de que le habían pateado la cabeza, la vio volar por los aires en dirección a sí. La vio hermosa en su vuelo y peligrosa con su cuchillo en la mano. Pero el hizo aquello para lo cual estaba entrenado, pensó rápido y antes que ella; se adelanto a su ataque y utilizo las protecciones metálicas que tenían sus antebrazos para bloquear la puñalada golpeándole, con plena seguridad de salir indemne, la muñeca. Puede que incluso sin darse cuenta se le haya escapado el decirle – Estupida. –
Se le había escapado mientras pensaba lo inútil de aquel ataque y de cómo eso denotaba la total falta de técnica al usar el cuchillo. En esos tipos de ataque nunca se debe atacar el rostro, pues instintivamente es lo primero que el enemigo se cubre; por el contrario se deben atacar partes bajas como las piernas, el abdomen e incluso los brazos, todos ellos lugares difíciles de defender estando en el suelo.
Detuvo la puñalada con su mano izquierda a varios seguros centímetros de su pecho, para luego retirar la mano con el cuchillo de entre ellos dos y sujetarla por la garganta con la derecha; sin soltar la mano con el cuchillo. Así la levanto por la garganta y se voltearon quedando el sobre ella.
Ella lo aprisiono con las piernas tratando de sacarle el aire, mientras el la forzaba a clavar el cuchillo en el hielo; al tenerla sujeta por la garganta y su mano izquierda, libre, no podía alcanzar a golpearlo en otro lugar que no fuera su brazo. Le golpeo el reverso del codo repetidas veces, tratando de que al doblarlo se redujera la distancia lo suficiente para golpearlo; sin obtener resultado alguno. El comenzó a golpearle las costillas con la mano izquierda y ella aprovechando los dos brazos libres; se aferro a su brazo y levanto las piernas para liberarse y llevarlo a tierra. El se vio atrapado en la llave y solo pudo rodar para liberarse.
Ambos se incorporaron quedando unos frente al otro en un espacio muy reducido. Al estar ambos a la espera del movimiento del enemigo, bajo esa luz artificial, se pudieron apreciar mutuamente; ella vio como el traje de hule dejaba ver su cuerpo cruzado por músculos, su espalda no muy ancha delimitada por grandes hombros de los que salían gruesos brazos. Aprecio su abdomen firme producto de la inanición, sus piernas gruesas, producto del incesante caminar en la nieve. Tenia el un rostro más bien amable, con labios carnosos, nariz ancha y una cien sangrando.
Ella nunca había visto a un enemigo tan de cerca y por algo que no podía explicar, no pudo evitar el recordar como algo menos desagradable el que el la hubiera tocado como lo hizo.
A el le pareció mucho más atractivo que una belleza así, pudiera pelear como ella; si bien no tenia gran técnica, tenia mucho más que fuerza bruta, tenia espíritu. En eso se dio cuenta de que, el como ella lo miraba había cambiado y decidió acabar con ella.
La miro a los ojos relajando su postura cosa de deliberadamente llamar su atención y antes de que ella pudiera moverse el, apago la luz. – Cagaste.- lo escucho decir, sin saber que significaba.
Ella no estaba acostumbrada a pelear en la oscuridad, pero el si; ella no tenía buenas técnicas cuerpo a cuerpo y el si. Por lo que solo escucho breves pasos en el hielo y casi de inmediato sintió dolor en el abdomen, luego en el muslo izquierdo, para continuar con un dolor en su espalda acompañado con la sensación de haber perdido el equilibrio. Estando en el suelo trato de levantarse pero claramente sintió el peso de el sobre ella y una mano en su garganta nuevamente; con la diferencia de que el no estaba entre sus piernas sino sobre ella. Palpo los músculos de aquel brazo que la mataría de un momento a otro en aquella oscuridad; tuvo miedo y pensó en su hogar y en su asesino. Todos sus pensamientos se fueron a la cresta, cuando sintió sobre los suyos dos helados labios; que en un beso negado durante años, se fueron lentamente haciendo más y más calientes.
Llevo una de sus manos a la nuca de aquel hombre enemigo que la besaba y el le sujeto el brazo contra el hielo; recordándole que no confiaba en ella mientras emitía un gemido de gusto al besarla. Ella movió su otra mano a su espalda; el soltó su garganta y la sujeto por la muñeca y la llevo hacia el suelo junto a su otra mano por sobre su cabeza, sin que en ningún momento sus lenguas dejaran de jugar.
Se sintió prisionera y excitada, indefensa ante aquel beso que no terminaba; sin poder pensar en nada, con solo sus oídos y su tacto funcionando en aquel frió y aquella oscuridad. Y sin saber como ni queriendo saber por que, de pronto deseo estar desnuda. Sus piernas comenzaron a moverse por si solas y el se metió entre ellas, sujetaba sus manos ahora solo con su mano derecha y con la izquierda comenzó a tocarla por sobre el traje. El maldito traje que ninguno de los dos podía quitarse por más que quisieran.
El volvió a besarla mientras tocaba sus pechos por sobre el traje, y ella lo aprisionaba con sus piernas queriendo sentir su pene contra ella, sin poder conseguirlo. Tenía ella un dispositivo cubriendo toda su vagina, encargándose de succionar todo lo que de ahí saliera y depositarlo en el bolsillo de su muslo; evitando así el sacarse el traje en ese frió, y el sentir cualquier rose. El quería hacerla sentir su erección y su excitación, pero todo lo que sentía era un bulto de plástico duro.
Así ninguno de los dos podía llevar al otro ni a si mismo a un orgasmo; deseándolo como solo se desean las cosas que no se pueden tener. Deseando quitarse el traje y perder la vida sobre el hielo. Tanto era el deseo que el soltó sus manos para tocarla y ella lo abrazo y toco en retribución. La sola calentura los hizo darse vuelta quedando el debajo de ella, sintiendo la presión de aquel cuerpo femenino sobre su pene y pudiendo tocar a mansalva el trasero de esa mujer; que en cualquier momento podía matarlo. Fue cuando tocaba - Ese culo.- como el lo llamaba en su mente, que encontró la manguera que se hundía en el; cuando la toco algo paso, ella se movió extraño.
Al estar sobre el ella podía besarlo como y cuanto quisiera, y el estar en control la excito aun más que el estar prisionera; mas aun faltaba algo para transformar aquel deseo en felicidad. Ella sabía que necesitaba desesperadamente ser penetrada, y sabía que era imposible. Hasta que sintió moverse la manguera que tenia metida en el ano, y recordó que ya estaba penetrada y que había aprendido a vivir con esa cosa tan incomoda; que de pronto dejo de ser tan incomoda y comenzó a sentirse liberadora.
No supo bien que estaba pasando pero cada vez que movía esa manguera bajo el traje ella se contraía y apretaba más su pene. Eso era todo lo que el necesitaba saber. Presiono la manguera todo lo que pudo y ella levando la cabeza arqueando la espalda; con la mano derecha movía violentamente la manguera, y con la izquierda se aferraba a ese magnifico trasero para sentir sobre el cada movimiento. Ella gemía como el nunca había escuchado gemir a nadie, y la oscuridad hizo lo que hace mejor, amplificar los sonidos y las sensaciones.
Estaban ambos tan calientes que no les tomo nada el tener cada uno un orgasmo; ella sintiéndose deliciosamente masajeada por dentro y el exprimido a cada movimiento. El dolor de aquella posición y de aquellos trajes les importo poco; todo lo que importo fue el quedar uno sobre el otro muertos de cansancio, con sus mejillas, ya no heladas, una junto a la otra; sintiendo la respiración calida del otro sobre la suya.
Tenían numerosas maneras de morir allí, en especial en compañía de un enemigo. El frío del piso podía matarlos, el cansancio, la falta de comida, las heridas que mutuamente se habían provocado, el ser encontrados por alguien más. Pero ya nada de eso importaba. En un mundo donde la humanidad, como género y como cualidad, no solo no sobrevive, sino que no esta prohibida; ellos la habían hecho brillar, se habían olvidado de la guerra y se sintieron en casa.
Diego Muñoz Oliva
lunes, 9 de abril de 2007
CAPITULO 4
LAS GUERRAS ANTARTICAS
¿Esperar por cuanto?
Llevaba ya por lo menos media hora jugando con su corvo desenfundado; ejercitando sus dedos y familiarizándose más y más con la sensación de tacto en esos guantes de hule grueso. Estaba ya más que francamente aburrido, estaba desvariando, su mente pasaba de tema en tema tratando de no pensar en lo realmente importante: La sed y el hambre.
Luego del desastre que había sido la huida de su primera posición, la posibilidad de beber y comer había sido nula. La total pérdida de una posición a la cual una cuadrilla era asignada no era algo anormal; de hecho las órdenes eran mantener la posición y reunir equipo enemigo durante el mayor tiempo posible y cuando la perdieran, el que sobreviviera, debía convertirse en cazador, matando a todo enemigo que encuentre y recolectando equipo hasta el final de su lapso de servicio. Sabían de ante mano que perderían la posición, sabían de ante mano que lo mas probable era que solo uno sobreviviera o que se separarían; pero lo que nunca formo parte del plan era perder no solo el equipo capturado, sino hasta su equipo básico. La huida no le había dejado tiempo para nada más que matar a un par de enemigos.
Nadie tenía la supervivencia segura en la Antártica, y esto era así desde los tiempos en que no había guerra; pero su entrenamiento se basaba en moldear la mente para adaptar al cuerpo. Mientras todos los ejércitos del mundo habían contado siempre con que el numero de soldados traía la victoria, el y todos sus compañeros estaban destinados a convertirse en francotiradores solitarios, cazadores autosuficientes helados y mortales como la misma nieve en la que vivirían.
Al tener un ejercito numeroso todas las complicaciones de mantenerlo crecían con el ejercito; todas las necesidades de un hombre más las del combate multiplicadas por el numero de soldados, y luego sumado por el total del coste de la logística. ¿Dónde dormía un ejército? ¿Dónde y que comía? ¿Cómo y donde ocultábamos los desechos de dicho ejercito? Todo eso se simplificaba teniendo batallones de un solo hombre y entrenando a ese solo hombre bien. Enseñándole a dormir dentro de la nieve misma, a comerse a sus enemigos caídos dentro de su mismo refugio, a mantenerse con lo que sus propios enemigos le aportaban al morir.
Los desechos… eran otro cuento que de solo pensarlo lo hizo sonreír. Una de esas sonrisas de resignación, admiración y nerviosismo. Llevaba inserto en su ano “el máximo sacrificio por la patria”, que básicamente consistía en una manguera que llevaba todas sus fecas a un bolsillo en su muslo, en donde se congelaba casi de inmediato y luego se podía botar como un bloque de hielo oscuro; el cual había que saber ocultar o incluso podía utilizarse como materia combustible y crear fuego con el. Lo mismo pasaba con la manguera que rodeaba su pene, en lo que era equipo standar en todas las tropas que combatían por el “cubo de hielo”.
-Cuando el pensar en la manguera metida en tu culo no te quita ni la sed ni el hambre, es que estas mal.- Pensó para si mientras su garganta pedía a gritos un poco del agua que lo rodeaba. Pero el dejar su actual posición por tomar algo, ni pensar en comer, le podía significar la muerte si el dueño del refugio volvía.
Dejo volar su mente en que podía haber hecho distinto en su última batalla para evitar esa situación. Se vio de nuevo descargando su fusil contra sus enemigos apostados a la salida del refugio que el y sus tres compañeros habían construido, y que no supieron defender. Sintió de nuevo el chocar contra su mascara de los pequeños trozos de sangre congelada, al momento de que sus dardos destripaban a un enemigo frente a el, a otro se le clavaban en la cara y hacían explotar su mascara de sustento vital. Vio nuevamente el rayo de luz purpúrea que atravesó el cuerpo de su compañero que iba justo delante de el. Se maldijo por no saber reconocer a sus propios camaradas de armas y tener siquiera una idea de en que orden murieron. Recordó también el disparo de rifle láser que le destrozara la mochila con todo su equipo.
Mas ni siquiera eso alejo su mente, por mucho, de la sed y el hambre.
Decidió arriesgarse y encendió la linterna con el pequeño control, mirando hacia otro lado para no quedar encandilado. Guardo el corvo en su funda y saco el derretidor de hielo. Rápidamente lo clavo el suelo junto a el. La hoja sin filo del cuchillo comenzó a ponerse roja y a derretir el hielo a su alrededor, mientras poco a poco se enterraba más, se inclinaba hacia un costado y generaba algo de vapor. No tenia tacho alguno en que llevar el agua a su boca por lo que tuvo que utilizar sus manos; metió sus manos enguantadas a la posa que se estaba creando y rápidamente la llevo a su boca.
- Agua por fin. Bendito majar de dioses.- Pensó casi en voz alta. Luego sintió como el agua que quedaba en sus manos se escarchaba. Empuño sus manos con violencia y quebró la capa de hilo que las cubría, y luego apago y guardo el derretidor; apago la luz y sumido de nuevo en completa oscuridad trato de no pensar ahora en el hambre.
Cerró los ojos un momento y ahora lo ataco el sueño. Sintió como sus propias necesidades lo matarían antes que sus enemigos. No había querido pensar en eso pero estaba exhausto; había estado caminando durante lo que pudieron ser dos días antes de encontrar ese refugio, sin comida, sin agua y sin sueño el cuerpo se deterioraba rápido. Sus piernas le dolían, su estomago crujía y sus parpados le pesaban.
La batalla contra el sueño fue larga y como todo soldado deseo estar mejor entrenado y mejor preparado, solo para luego desear estar en casa. Cuando una luz comenzó a iluminar algo el refugio a través del largo conducto de entrada.
Saco el corvo y se preparo para la violencia, escuchando atentamente el arrastrase de lo que eran claramente dos cuerpos. Su plan estaba claro ¿Funcionaria?
Espero a que el primer soldado saliera del túnel, mirando la luz de su linterna iluminar la pared del refugio que estaba frente al túnel. Cuando por fin llego al refugio este se puso de pie y antes de que su enemigo estuviera completamente incorporado actuó.
Encendió la linterna que le daba a su enemigo en la cara encandilándolo; este se cubrió los ojos y retrocedió un paso, estorbándole la entrada a su compañero y convirtiéndose el mismo en un blanco fácil. Le propino a su adversario, desde el suelo a un costado de el, una violenta y potente patada en el estomago. Antes de que el cayera sobre su compañero su arma le fue arrebatada de sus manos con un golpe y la luz que lo cegaba se apago; dejando como únicas fuentes de luz su linterna que apuntaba al techo y la de su compañero aplastado que apuntaba al suelo.
Mientras lo único que podía ver eran manchas de luces su compañero lo empujo hacia delante con un grito de combate, enviándolo contra la pared, tan cercana, del refugio. El segundo hombre se incorporo de inmediato dentro del refugio con su fusil láser apuntando hacia las paredes. Mas fue atacado por la espalda por una mano que le sujeto el cañón del fusil, obligándolo a apuntar hacia delante, y una hoja helada que sintió entrar por su entre pierna y luego subir por sus nalgas hacia la espalda; donde si fue detenido su avance por su confiable blindaje personal. El dolor lo debió invadir mientras la sangre lo abandonaba a borbotones.
Con su primera muerte asegurada le quito a su vencido oponente el fusil y lo empujo con una pata sobre el enemigo restante; quien recién había encontrado, en aquella oscuridad, su fusil y se agachaba a recogerlo. Un cuerpo que se retorcía y contorsionaba le cayo encima provocando su inmediato pánico; no solo se lo quito de encima con un empujón sino que lo remato con un disparo. La luz purpúrea cruzo el cuerpo de su camarada de lado a lado iluminando todo el pequeño refugio; y lo que antes se movía espasmódicamente cayo al piso inmóvil. No importaba que tuviese su fusil, ya había entrado en pánico, ahora seria más fácil.
Antes de que le apuntara con el fusil, lo aparto a un lado con una patada y luego tumbo a su oponente con un golpe; de esos que le habían enseñado ex profeso para dejar las mascaras de sus oponentes giradas y sin visión. La técnica funciono como siempre y en conjunto con el gran calor que le producía a su oponente luchar con su chaqueta puesta, provoco el desmayo del delgado soldado enemigo. Entonces encendió nuevamente la linterna.
Dejarse las linternas de los cascos encendidas había sido un enorme error, pues el podía verlos y ellos no a el, a no ser que lo miraran directamente. Disparar en un espacio tan reducido daba como resultado una alta posibilidad de herir a un compañero. Era obvio que estos tipos seguían siendo entrenados en tácticas de combate no antárticas.- Así nunca podrían triunfar.- Pensó.
Se acerco al tipo muerto y le quieto la chaqueta agujereada de lado a lado por el disparo de láser y luego le corto el grueso traje de hule dejando tan solo piel desnuda al descubierto. No lo pensó y no le importo, pero mientras cortaba la piel, de su enemigo muerto que pronto se congelaría, en busca de la carne que tanto necesitaba; debió estar pensando en que aun le quedaba un enemigo por matar. Lo recordó cuando, llevándose el segundo trozo de carne a la boca, este se movió y se abrió la chaqueta; la cual usada bajo techo puede provocar la muerte por calor.
Con el trozo de carne humana aun colgándole de la boca, salto hacia su enemigo tirado a escasos metros de el y girando cu cuerpo para clavar su corvo entre el brazo y el pecho. Cuando se dio cuenta de que su enemigo tenia senos.
Termino de masticar la carne que estaba en su boca mientas miraba esos, aparentemente enormes, senos. No sabia si tocarlos o no; ni siquiera recordaba como se sentía el tacto de uno. Había pasado tanto tiempo desde que había estado con una mujer.
Noto como su pene se endurecía dentro de la manguera en la que estaba confinado, y sintió un calor distinto al producido, incluso, por el fuego. Se dejo llevar entonces por sus instintos y le saco la chaqueta y la armadura corporal, movido por una fuerza que no entendía y que no buscaba entender. Vio su cuerpo cubierto por ese grueso traje de hule, que si bien debía comprimir, exhibía toda su hermosa figura. Toco por encima del hule sus piernas subiendo hacia sus caderas, su abdomen y luego esos senos que tanto le habían llamado la atención.
La curiosidad pudo más que la razón y decidió quitarle la torcida mascar de sustento vital, para así ver como era el rostro de esa belleza. Se la retiro y vio su rostro delineado por la capucha de hule del traje; si que era hermosa. Se notaba su ascendencia oriental (como la de la mitad del mundo), su piel era blanca como la nieve y sus labios estaban rojos e hinchados por el calor que le produjo el combate y la chaqueta. Y deseo que abriese los ojos para poder verlos, para luego arrepentirse cuando ella lo hizo.
Ella abrió sus ojos cafés y levantando una pierna le dio una patada en la cabeza la cual lo boto al piso. No alcanzo ni a enterarse del dolor cuando la bella mujer se le arrojo encima con su cuchillo desenfundado.
Diego Muñoz Oliva
¿Esperar por cuanto?
Llevaba ya por lo menos media hora jugando con su corvo desenfundado; ejercitando sus dedos y familiarizándose más y más con la sensación de tacto en esos guantes de hule grueso. Estaba ya más que francamente aburrido, estaba desvariando, su mente pasaba de tema en tema tratando de no pensar en lo realmente importante: La sed y el hambre.
Luego del desastre que había sido la huida de su primera posición, la posibilidad de beber y comer había sido nula. La total pérdida de una posición a la cual una cuadrilla era asignada no era algo anormal; de hecho las órdenes eran mantener la posición y reunir equipo enemigo durante el mayor tiempo posible y cuando la perdieran, el que sobreviviera, debía convertirse en cazador, matando a todo enemigo que encuentre y recolectando equipo hasta el final de su lapso de servicio. Sabían de ante mano que perderían la posición, sabían de ante mano que lo mas probable era que solo uno sobreviviera o que se separarían; pero lo que nunca formo parte del plan era perder no solo el equipo capturado, sino hasta su equipo básico. La huida no le había dejado tiempo para nada más que matar a un par de enemigos.
Nadie tenía la supervivencia segura en la Antártica, y esto era así desde los tiempos en que no había guerra; pero su entrenamiento se basaba en moldear la mente para adaptar al cuerpo. Mientras todos los ejércitos del mundo habían contado siempre con que el numero de soldados traía la victoria, el y todos sus compañeros estaban destinados a convertirse en francotiradores solitarios, cazadores autosuficientes helados y mortales como la misma nieve en la que vivirían.
Al tener un ejercito numeroso todas las complicaciones de mantenerlo crecían con el ejercito; todas las necesidades de un hombre más las del combate multiplicadas por el numero de soldados, y luego sumado por el total del coste de la logística. ¿Dónde dormía un ejército? ¿Dónde y que comía? ¿Cómo y donde ocultábamos los desechos de dicho ejercito? Todo eso se simplificaba teniendo batallones de un solo hombre y entrenando a ese solo hombre bien. Enseñándole a dormir dentro de la nieve misma, a comerse a sus enemigos caídos dentro de su mismo refugio, a mantenerse con lo que sus propios enemigos le aportaban al morir.
Los desechos… eran otro cuento que de solo pensarlo lo hizo sonreír. Una de esas sonrisas de resignación, admiración y nerviosismo. Llevaba inserto en su ano “el máximo sacrificio por la patria”, que básicamente consistía en una manguera que llevaba todas sus fecas a un bolsillo en su muslo, en donde se congelaba casi de inmediato y luego se podía botar como un bloque de hielo oscuro; el cual había que saber ocultar o incluso podía utilizarse como materia combustible y crear fuego con el. Lo mismo pasaba con la manguera que rodeaba su pene, en lo que era equipo standar en todas las tropas que combatían por el “cubo de hielo”.
-Cuando el pensar en la manguera metida en tu culo no te quita ni la sed ni el hambre, es que estas mal.- Pensó para si mientras su garganta pedía a gritos un poco del agua que lo rodeaba. Pero el dejar su actual posición por tomar algo, ni pensar en comer, le podía significar la muerte si el dueño del refugio volvía.
Dejo volar su mente en que podía haber hecho distinto en su última batalla para evitar esa situación. Se vio de nuevo descargando su fusil contra sus enemigos apostados a la salida del refugio que el y sus tres compañeros habían construido, y que no supieron defender. Sintió de nuevo el chocar contra su mascara de los pequeños trozos de sangre congelada, al momento de que sus dardos destripaban a un enemigo frente a el, a otro se le clavaban en la cara y hacían explotar su mascara de sustento vital. Vio nuevamente el rayo de luz purpúrea que atravesó el cuerpo de su compañero que iba justo delante de el. Se maldijo por no saber reconocer a sus propios camaradas de armas y tener siquiera una idea de en que orden murieron. Recordó también el disparo de rifle láser que le destrozara la mochila con todo su equipo.
Mas ni siquiera eso alejo su mente, por mucho, de la sed y el hambre.
Decidió arriesgarse y encendió la linterna con el pequeño control, mirando hacia otro lado para no quedar encandilado. Guardo el corvo en su funda y saco el derretidor de hielo. Rápidamente lo clavo el suelo junto a el. La hoja sin filo del cuchillo comenzó a ponerse roja y a derretir el hielo a su alrededor, mientras poco a poco se enterraba más, se inclinaba hacia un costado y generaba algo de vapor. No tenia tacho alguno en que llevar el agua a su boca por lo que tuvo que utilizar sus manos; metió sus manos enguantadas a la posa que se estaba creando y rápidamente la llevo a su boca.
- Agua por fin. Bendito majar de dioses.- Pensó casi en voz alta. Luego sintió como el agua que quedaba en sus manos se escarchaba. Empuño sus manos con violencia y quebró la capa de hilo que las cubría, y luego apago y guardo el derretidor; apago la luz y sumido de nuevo en completa oscuridad trato de no pensar ahora en el hambre.
Cerró los ojos un momento y ahora lo ataco el sueño. Sintió como sus propias necesidades lo matarían antes que sus enemigos. No había querido pensar en eso pero estaba exhausto; había estado caminando durante lo que pudieron ser dos días antes de encontrar ese refugio, sin comida, sin agua y sin sueño el cuerpo se deterioraba rápido. Sus piernas le dolían, su estomago crujía y sus parpados le pesaban.
La batalla contra el sueño fue larga y como todo soldado deseo estar mejor entrenado y mejor preparado, solo para luego desear estar en casa. Cuando una luz comenzó a iluminar algo el refugio a través del largo conducto de entrada.
Saco el corvo y se preparo para la violencia, escuchando atentamente el arrastrase de lo que eran claramente dos cuerpos. Su plan estaba claro ¿Funcionaria?
Espero a que el primer soldado saliera del túnel, mirando la luz de su linterna iluminar la pared del refugio que estaba frente al túnel. Cuando por fin llego al refugio este se puso de pie y antes de que su enemigo estuviera completamente incorporado actuó.
Encendió la linterna que le daba a su enemigo en la cara encandilándolo; este se cubrió los ojos y retrocedió un paso, estorbándole la entrada a su compañero y convirtiéndose el mismo en un blanco fácil. Le propino a su adversario, desde el suelo a un costado de el, una violenta y potente patada en el estomago. Antes de que el cayera sobre su compañero su arma le fue arrebatada de sus manos con un golpe y la luz que lo cegaba se apago; dejando como únicas fuentes de luz su linterna que apuntaba al techo y la de su compañero aplastado que apuntaba al suelo.
Mientras lo único que podía ver eran manchas de luces su compañero lo empujo hacia delante con un grito de combate, enviándolo contra la pared, tan cercana, del refugio. El segundo hombre se incorporo de inmediato dentro del refugio con su fusil láser apuntando hacia las paredes. Mas fue atacado por la espalda por una mano que le sujeto el cañón del fusil, obligándolo a apuntar hacia delante, y una hoja helada que sintió entrar por su entre pierna y luego subir por sus nalgas hacia la espalda; donde si fue detenido su avance por su confiable blindaje personal. El dolor lo debió invadir mientras la sangre lo abandonaba a borbotones.
Con su primera muerte asegurada le quito a su vencido oponente el fusil y lo empujo con una pata sobre el enemigo restante; quien recién había encontrado, en aquella oscuridad, su fusil y se agachaba a recogerlo. Un cuerpo que se retorcía y contorsionaba le cayo encima provocando su inmediato pánico; no solo se lo quito de encima con un empujón sino que lo remato con un disparo. La luz purpúrea cruzo el cuerpo de su camarada de lado a lado iluminando todo el pequeño refugio; y lo que antes se movía espasmódicamente cayo al piso inmóvil. No importaba que tuviese su fusil, ya había entrado en pánico, ahora seria más fácil.
Antes de que le apuntara con el fusil, lo aparto a un lado con una patada y luego tumbo a su oponente con un golpe; de esos que le habían enseñado ex profeso para dejar las mascaras de sus oponentes giradas y sin visión. La técnica funciono como siempre y en conjunto con el gran calor que le producía a su oponente luchar con su chaqueta puesta, provoco el desmayo del delgado soldado enemigo. Entonces encendió nuevamente la linterna.
Dejarse las linternas de los cascos encendidas había sido un enorme error, pues el podía verlos y ellos no a el, a no ser que lo miraran directamente. Disparar en un espacio tan reducido daba como resultado una alta posibilidad de herir a un compañero. Era obvio que estos tipos seguían siendo entrenados en tácticas de combate no antárticas.- Así nunca podrían triunfar.- Pensó.
Se acerco al tipo muerto y le quieto la chaqueta agujereada de lado a lado por el disparo de láser y luego le corto el grueso traje de hule dejando tan solo piel desnuda al descubierto. No lo pensó y no le importo, pero mientras cortaba la piel, de su enemigo muerto que pronto se congelaría, en busca de la carne que tanto necesitaba; debió estar pensando en que aun le quedaba un enemigo por matar. Lo recordó cuando, llevándose el segundo trozo de carne a la boca, este se movió y se abrió la chaqueta; la cual usada bajo techo puede provocar la muerte por calor.
Con el trozo de carne humana aun colgándole de la boca, salto hacia su enemigo tirado a escasos metros de el y girando cu cuerpo para clavar su corvo entre el brazo y el pecho. Cuando se dio cuenta de que su enemigo tenia senos.
Termino de masticar la carne que estaba en su boca mientas miraba esos, aparentemente enormes, senos. No sabia si tocarlos o no; ni siquiera recordaba como se sentía el tacto de uno. Había pasado tanto tiempo desde que había estado con una mujer.
Noto como su pene se endurecía dentro de la manguera en la que estaba confinado, y sintió un calor distinto al producido, incluso, por el fuego. Se dejo llevar entonces por sus instintos y le saco la chaqueta y la armadura corporal, movido por una fuerza que no entendía y que no buscaba entender. Vio su cuerpo cubierto por ese grueso traje de hule, que si bien debía comprimir, exhibía toda su hermosa figura. Toco por encima del hule sus piernas subiendo hacia sus caderas, su abdomen y luego esos senos que tanto le habían llamado la atención.
La curiosidad pudo más que la razón y decidió quitarle la torcida mascar de sustento vital, para así ver como era el rostro de esa belleza. Se la retiro y vio su rostro delineado por la capucha de hule del traje; si que era hermosa. Se notaba su ascendencia oriental (como la de la mitad del mundo), su piel era blanca como la nieve y sus labios estaban rojos e hinchados por el calor que le produjo el combate y la chaqueta. Y deseo que abriese los ojos para poder verlos, para luego arrepentirse cuando ella lo hizo.
Ella abrió sus ojos cafés y levantando una pierna le dio una patada en la cabeza la cual lo boto al piso. No alcanzo ni a enterarse del dolor cuando la bella mujer se le arrojo encima con su cuchillo desenfundado.
Diego Muñoz Oliva
viernes, 30 de marzo de 2007
CAÌTULO 3
LAS GUERRAS ANTARTICAS
- …Chile fértil provincia señalada de la región antártica famosa… ¿Qué seguía?-
Llevaba tratando de recordar el resto del poema durante la última media hora de tormentosa y oscura caminata; a modo de distracción del hecho de que la nieve no le permitía ver hacia donde iba. Frustrarse por no recordar un autor muerto hace siglos y su poema, que pusiera alguna vez en el mapa a un país, que poco importaba ya en esas circunstancias; parecía más sano que frustrarse por su probable muerte.
Tal vez fuera cierto: nuestros últimos pensamientos en vida son siempre hacia el hogar.
Con suerte podía ver a través de su mascara de sustento vital escarchada y la nieve, el indicador en su chaqueta, junto a demás controles que ahora daban lo mismo. Aunque sabia la inutilidad del constante mirar; si algo era constante en el continental campo de batalla era que en la Antártica la energía siempre se agotaba y siempre escaseaba.
Su traje, diseñado por expertos para mantener su cuerpo a una temperatura confortable, no restaba energía alguna. El hule del que estaba hecha la parte interior, originalmente pensada para trajes de buceo a gran profundidad, más el traje de combate y camuflaje blanco, las botas de combate, los guantes, la capucha, e incluso su ropa interior; era un todo magnifico a prueba de hipotermia. La mascara era si otro cuento.
De su equipo varias cosas requerían baterías. Su equipo de posicionamiento antártico (E.P.A.), diseñado para funcionar sin la necesidad de satélites; los cuales nunca podrían ver a través de la espesa capa de nubes que cubrían la ultima frontera. Su cortador de hielo, fundamental para la supervivencia en tales condiciones. Su arma, que requería una gran fuente de poder para comprimir el aire que empujaría sus dardos con fuerza balística. Y por supuesto su mascara, diseñada para calentar el aire que respiraría el soldado; sin la cual se le congelarían los pulmones.
La masacra ya no tenia batería. Su tipo de batería era solo compatible con la fuente de poder del fusil de dardos; el cual sin batería era cargado solo por costumbre.
La última vez que pudo ver su indicador de carga este no le dio muy buenas noticias. Solo cuarenta y cinco minutos, - ¿Cuánto de eso ya paso?- Se pregunto con un profundo sentimiento de aceptación.
El eterno paisaje blanco y la poca luz del sol era capaz de volver locos a combatientes mejores que el. La monotonía mortal que hacia que dieras gracias por estar bajo fuego.
Aunque realmente nunca se esta bajo juego.
Todos los bandos de esta estupida guerra habían demostrado por primera vez el uso de razón en una guerra. Cuando estas luchando por un territorio tan preciado lo dañas lo menos posible. Nada de explosivos comunes; nada de armas atómicas ni químicas que contaminarían el preciado hielo o lo evaporarían para que se contaminara en la atmósfera; nada de vehículos a combustión; nada de armas cuyos proyectiles se impulsaran a pólvora o algún otro explosivo; nada de dardos envenenados. Tratar de dejar el menor rastro posible de permanencia humana; cuidar a toda costa la reserva mundial de agua.
Nadie se puso de acuerdo con nadie. Nadie firmo ningún tratado ni hablo con nadie. El “mundo libre” no emitió ningún mensaje. La única vez en la historia en que todos los seres humanos pensaron lo mismo y actuaron de consuno, no fue por conciencia, no fue por un debate, no fue por lo que haya dicho el Papa del viejo mundo. Lo único que los hombres escucharon finalmente fue su propia necesidad: comida y agua. No existe la primera sin la segunda.
El temido beep; lo saco de sus pensamientos de política exterior y ecología mundial. Le habían dicho claramente que significaba durante su entrenamiento, mencionado como los marinos hablan de algún mítico monstruo, que saben se los podría tragar en cualquier momento. Su “excelentemente diseñada" mascara de respiración se estaba quedando sin energía; pero sobre todo decía cinco minutos hasta la llegada del aire frió; luego unos dos a tres minutos de respirar micro cristales de hielo que le destrozarían los pulmones y moriría.
Sintió como sus zapatos para nieve apuraban el paso, queriendo llegar por si solos a algún lugar seguro, que el sabia no existía.
El viento dejo de soplar fuerte y cortante por un momento, permitiéndole algo de visibilidad. En lo que creyó una cruel ironía del destino.
- Mira bien el lugar que será tu tumba ¿Es eso?- se dijo a si, pensando en el oscuro sentido del humor que Dios demostraba.
Y entonces lo vio.
Parecía una loma de nieve; pero estaba en una planicie donde el viento no permitía la existencia de lomas, ni colinas, ni nada además de hielo. Quiazas era un espejismo provocado por el calor del traje y la falta de agua. ¿Pero que podía perder?
Dejo que sus pies lo arrastraran a su alocado ritmo para verlo más de cerca, y por supuesto tocarlo. Era real, estaba allí; un iglú en mitad de la nada. -¿Pero quien lo ha hecho?- Se pregunto a si mismo, mientras encontraba la entrada y se daba cuenta de lo importante de esa pregunta.
Con la estrecha entrada del iglú seria un blanco fácil ante cualquier ataque del ocupante; por lo que tenía un treinta y tres coma tres por ciento de posibilidades de morir. Que estuviera habitado por un camarada era poco probable por lo las posibilidades de morir solo aumentaban. Otro beep le recordó de el cien por ciento de posibilidades de morir, que le aguardaban allí afuera.
Se apresuro a arrastrase por la entrada mientras maldecía haber perdido la pala que le permitía construir uno propio; aunque le habría servido poco en aquella tormenta. El maldecir siempre distraía su mente del factor muerte, que continuamente lo rondaba.
Avanzo al interior cuando ya olía el frió del aire. Sintió el calor y rápidamente se quito la mascara. Inspiro profundamente el aire frió pero no mortal y encendió su linterna; preparándose para el combate o la muerte.
Se dio cuenta de que estaba solo. – La muerte ha sido burlada una vez más. Tal vez debería comenzar a anotar todas las veces.- Se dijo a si mismo en voz alta dejándose caer rendido al piso y quitándose la chaqueta “bajo cero” que lo comenzaba a asar.
Pero el estar solo no quería decir que el iglú estuviera deshabitado. Confirmo esto cuando vio equipo apoyado en las paredes.
Se acerco para examinarlo y encontró un radio de largo alcance, la única forma de comunicarse con alguna parte aquí en la antártica; la pequeña bolsa de un saco de dormir “bajo cero”, y un fusil republicano, armamento standar de las Fuerzas del Ejercito Antártico.
- ¡Coño madre!- Dijo con alegría.
¿Había no solo esquivado a la muerte sino también encontrado ayuda?
Su entrenamiento inmediatamente tomo el control, y recordó a su suboficial de instrucción –“No estamos vivos y seguimos peleando después de 14 años porque seamos más o tengamos las mejores armas, ni la mejor tecnología. Podemos estar aquí por como pensamos y con la velocidad que podemos hacerlo. Piensen y se mantienen vivos; es así.-
Si, la mentalidad era la clave. El considerar todos los ángulos, el pensar todas las posibilidades, el hacer el mayor numero de preguntas, el eliminar las posibles sorpresas; eso era lo que sin duda le daba su única y verdadera ventaja.
-¿Entonces que es lo que no cuadra aquí?- Se pregunto mientras su razonamiento, ya casi hecho instinto y sexto sentido, le decía que algo estaba mal.
Se respondió casi de inmediato. –La radio, no puedo reconocer la radio.-
Tomo la radio y la examino a la luz de la linterna. Era un comunicador de largo alcance, con un E.P.A. integrado. Funcionaba igual que todas las radios; emitía una señal que rebotaba en el infranqueable cúmulo de nubes que cubría el último continente, incapaz de comunicar fuera de la Antártica. Era la única manera de comunicarse; una vez más, como en toda guerra justa, el terreno igualaba a las guerrillas con las superpotencias, comerciales o no.
Estaba recordando como funcionaba la radio cuando lo vio; el claro distintivo corporativo convertido en escudo de guerra: SHELL INVEST
-Concha Grande- Se escapo de su boca como un susurro, recordando que las antiguas maldiciones aun servían bien.
Su mente entrenada para pensar rápido, vio las posibilidades a las que se enfrentaba. Mientras sus manos verificaban ya la carga y la fuente de poder del fusil republicano recién encontrado.
-Puede ser un bastardo petrolero, armado con un rifle láser, armadura corporal de escamas y entrenado en combate cuerpo a cuerpo. – Con su mente en la armadura corporal olio el cilindro de dardos del fusil y se calmo al sentir el olor de la capa de teflón que los cubría. – Por lo menos cinco centímetros más de penetración.-
Cargo el fusil, preparando la emboscada al habitante que podría volver de un momento a otro, cuando considero otro factor. - ¿Y si es un soldado republicano que capturo el iglú y la radio? No estoy seguro de nada por lo que no puedo esperarlo “con el tesito caliente” ni apagar la linterna y dispararle a lo primero que cruce el umbral.- Al parecer no había escapado aun a la muerte.
Entonces recurrió al saco de dormir. No le daría una respuesta definitiva pero lo ayudaría a ver las probabilidades de lo que estaba adivinando; después de todo eso era lo que estaba haciendo.
Shell Invest. La misma compañía; capaz de tener un ejército privado, bien entrenado y devorar militar y económicamente países enteros y conglomerados comerciales completos. Una de las tantas que iniciaran esta guerra.
Aun estaba la posibilidad de que fuera un republicano compatriota; aunque era remota le impedía usar el fusil y utilizarlo para amenazar era ponerse en riesgo innecesariamente. Podía comer carne humana, matar eficientemente y sin culpa alguna; pero matar a un compañero de armas no tenía perdón; incluso cabía la posibilidad de que fuera su hermano. Pero las posibilidades dictaban que era mejor preparar el combate; el cual en el peor de los casos nos daba la oportunidad de obtener información.
El tamaño del iglú, que de altura no llegaba al metro ochenta centímetros, en su parte más alta, por dos metros y quizás cincuenta centímetros; no le permitía distanciarse mucho de su enemigo o atacarlo con holgura. El derribarlo y dominarlo en el piso era la única opción que quedaba, y no dejaba de ser arriesgada.
Saco su derretidor de nieve he hizo un pequeño agujero en la pared donde puso la linterna cosa que iluminara directamente a la entrada. Escondió su escaso equipo tapándolo en un costado con su chaqueta de camuflaje blanco. Luego se acuclillo con la espalda contra la pared de hielo y extrajo un pequeño control que accionaba la linterna. Finalmente desenvaino su oxidado, maltrecho y quebradizo corvo.
La trampa ya estaba tendida y solo le quedaba esperar.
- …Chile fértil provincia señalada de la región antártica famosa… ¿Qué seguía?-
Llevaba tratando de recordar el resto del poema durante la última media hora de tormentosa y oscura caminata; a modo de distracción del hecho de que la nieve no le permitía ver hacia donde iba. Frustrarse por no recordar un autor muerto hace siglos y su poema, que pusiera alguna vez en el mapa a un país, que poco importaba ya en esas circunstancias; parecía más sano que frustrarse por su probable muerte.
Tal vez fuera cierto: nuestros últimos pensamientos en vida son siempre hacia el hogar.
Con suerte podía ver a través de su mascara de sustento vital escarchada y la nieve, el indicador en su chaqueta, junto a demás controles que ahora daban lo mismo. Aunque sabia la inutilidad del constante mirar; si algo era constante en el continental campo de batalla era que en la Antártica la energía siempre se agotaba y siempre escaseaba.
Su traje, diseñado por expertos para mantener su cuerpo a una temperatura confortable, no restaba energía alguna. El hule del que estaba hecha la parte interior, originalmente pensada para trajes de buceo a gran profundidad, más el traje de combate y camuflaje blanco, las botas de combate, los guantes, la capucha, e incluso su ropa interior; era un todo magnifico a prueba de hipotermia. La mascara era si otro cuento.
De su equipo varias cosas requerían baterías. Su equipo de posicionamiento antártico (E.P.A.), diseñado para funcionar sin la necesidad de satélites; los cuales nunca podrían ver a través de la espesa capa de nubes que cubrían la ultima frontera. Su cortador de hielo, fundamental para la supervivencia en tales condiciones. Su arma, que requería una gran fuente de poder para comprimir el aire que empujaría sus dardos con fuerza balística. Y por supuesto su mascara, diseñada para calentar el aire que respiraría el soldado; sin la cual se le congelarían los pulmones.
La masacra ya no tenia batería. Su tipo de batería era solo compatible con la fuente de poder del fusil de dardos; el cual sin batería era cargado solo por costumbre.
La última vez que pudo ver su indicador de carga este no le dio muy buenas noticias. Solo cuarenta y cinco minutos, - ¿Cuánto de eso ya paso?- Se pregunto con un profundo sentimiento de aceptación.
El eterno paisaje blanco y la poca luz del sol era capaz de volver locos a combatientes mejores que el. La monotonía mortal que hacia que dieras gracias por estar bajo fuego.
Aunque realmente nunca se esta bajo juego.
Todos los bandos de esta estupida guerra habían demostrado por primera vez el uso de razón en una guerra. Cuando estas luchando por un territorio tan preciado lo dañas lo menos posible. Nada de explosivos comunes; nada de armas atómicas ni químicas que contaminarían el preciado hielo o lo evaporarían para que se contaminara en la atmósfera; nada de vehículos a combustión; nada de armas cuyos proyectiles se impulsaran a pólvora o algún otro explosivo; nada de dardos envenenados. Tratar de dejar el menor rastro posible de permanencia humana; cuidar a toda costa la reserva mundial de agua.
Nadie se puso de acuerdo con nadie. Nadie firmo ningún tratado ni hablo con nadie. El “mundo libre” no emitió ningún mensaje. La única vez en la historia en que todos los seres humanos pensaron lo mismo y actuaron de consuno, no fue por conciencia, no fue por un debate, no fue por lo que haya dicho el Papa del viejo mundo. Lo único que los hombres escucharon finalmente fue su propia necesidad: comida y agua. No existe la primera sin la segunda.
El temido beep; lo saco de sus pensamientos de política exterior y ecología mundial. Le habían dicho claramente que significaba durante su entrenamiento, mencionado como los marinos hablan de algún mítico monstruo, que saben se los podría tragar en cualquier momento. Su “excelentemente diseñada" mascara de respiración se estaba quedando sin energía; pero sobre todo decía cinco minutos hasta la llegada del aire frió; luego unos dos a tres minutos de respirar micro cristales de hielo que le destrozarían los pulmones y moriría.
Sintió como sus zapatos para nieve apuraban el paso, queriendo llegar por si solos a algún lugar seguro, que el sabia no existía.
El viento dejo de soplar fuerte y cortante por un momento, permitiéndole algo de visibilidad. En lo que creyó una cruel ironía del destino.
- Mira bien el lugar que será tu tumba ¿Es eso?- se dijo a si, pensando en el oscuro sentido del humor que Dios demostraba.
Y entonces lo vio.
Parecía una loma de nieve; pero estaba en una planicie donde el viento no permitía la existencia de lomas, ni colinas, ni nada además de hielo. Quiazas era un espejismo provocado por el calor del traje y la falta de agua. ¿Pero que podía perder?
Dejo que sus pies lo arrastraran a su alocado ritmo para verlo más de cerca, y por supuesto tocarlo. Era real, estaba allí; un iglú en mitad de la nada. -¿Pero quien lo ha hecho?- Se pregunto a si mismo, mientras encontraba la entrada y se daba cuenta de lo importante de esa pregunta.
Con la estrecha entrada del iglú seria un blanco fácil ante cualquier ataque del ocupante; por lo que tenía un treinta y tres coma tres por ciento de posibilidades de morir. Que estuviera habitado por un camarada era poco probable por lo las posibilidades de morir solo aumentaban. Otro beep le recordó de el cien por ciento de posibilidades de morir, que le aguardaban allí afuera.
Se apresuro a arrastrase por la entrada mientras maldecía haber perdido la pala que le permitía construir uno propio; aunque le habría servido poco en aquella tormenta. El maldecir siempre distraía su mente del factor muerte, que continuamente lo rondaba.
Avanzo al interior cuando ya olía el frió del aire. Sintió el calor y rápidamente se quito la mascara. Inspiro profundamente el aire frió pero no mortal y encendió su linterna; preparándose para el combate o la muerte.
Se dio cuenta de que estaba solo. – La muerte ha sido burlada una vez más. Tal vez debería comenzar a anotar todas las veces.- Se dijo a si mismo en voz alta dejándose caer rendido al piso y quitándose la chaqueta “bajo cero” que lo comenzaba a asar.
Pero el estar solo no quería decir que el iglú estuviera deshabitado. Confirmo esto cuando vio equipo apoyado en las paredes.
Se acerco para examinarlo y encontró un radio de largo alcance, la única forma de comunicarse con alguna parte aquí en la antártica; la pequeña bolsa de un saco de dormir “bajo cero”, y un fusil republicano, armamento standar de las Fuerzas del Ejercito Antártico.
- ¡Coño madre!- Dijo con alegría.
¿Había no solo esquivado a la muerte sino también encontrado ayuda?
Su entrenamiento inmediatamente tomo el control, y recordó a su suboficial de instrucción –“No estamos vivos y seguimos peleando después de 14 años porque seamos más o tengamos las mejores armas, ni la mejor tecnología. Podemos estar aquí por como pensamos y con la velocidad que podemos hacerlo. Piensen y se mantienen vivos; es así.-
Si, la mentalidad era la clave. El considerar todos los ángulos, el pensar todas las posibilidades, el hacer el mayor numero de preguntas, el eliminar las posibles sorpresas; eso era lo que sin duda le daba su única y verdadera ventaja.
-¿Entonces que es lo que no cuadra aquí?- Se pregunto mientras su razonamiento, ya casi hecho instinto y sexto sentido, le decía que algo estaba mal.
Se respondió casi de inmediato. –La radio, no puedo reconocer la radio.-
Tomo la radio y la examino a la luz de la linterna. Era un comunicador de largo alcance, con un E.P.A. integrado. Funcionaba igual que todas las radios; emitía una señal que rebotaba en el infranqueable cúmulo de nubes que cubría el último continente, incapaz de comunicar fuera de la Antártica. Era la única manera de comunicarse; una vez más, como en toda guerra justa, el terreno igualaba a las guerrillas con las superpotencias, comerciales o no.
Estaba recordando como funcionaba la radio cuando lo vio; el claro distintivo corporativo convertido en escudo de guerra: SHELL INVEST
-Concha Grande- Se escapo de su boca como un susurro, recordando que las antiguas maldiciones aun servían bien.
Su mente entrenada para pensar rápido, vio las posibilidades a las que se enfrentaba. Mientras sus manos verificaban ya la carga y la fuente de poder del fusil republicano recién encontrado.
-Puede ser un bastardo petrolero, armado con un rifle láser, armadura corporal de escamas y entrenado en combate cuerpo a cuerpo. – Con su mente en la armadura corporal olio el cilindro de dardos del fusil y se calmo al sentir el olor de la capa de teflón que los cubría. – Por lo menos cinco centímetros más de penetración.-
Cargo el fusil, preparando la emboscada al habitante que podría volver de un momento a otro, cuando considero otro factor. - ¿Y si es un soldado republicano que capturo el iglú y la radio? No estoy seguro de nada por lo que no puedo esperarlo “con el tesito caliente” ni apagar la linterna y dispararle a lo primero que cruce el umbral.- Al parecer no había escapado aun a la muerte.
Entonces recurrió al saco de dormir. No le daría una respuesta definitiva pero lo ayudaría a ver las probabilidades de lo que estaba adivinando; después de todo eso era lo que estaba haciendo.
Shell Invest. La misma compañía; capaz de tener un ejército privado, bien entrenado y devorar militar y económicamente países enteros y conglomerados comerciales completos. Una de las tantas que iniciaran esta guerra.
Aun estaba la posibilidad de que fuera un republicano compatriota; aunque era remota le impedía usar el fusil y utilizarlo para amenazar era ponerse en riesgo innecesariamente. Podía comer carne humana, matar eficientemente y sin culpa alguna; pero matar a un compañero de armas no tenía perdón; incluso cabía la posibilidad de que fuera su hermano. Pero las posibilidades dictaban que era mejor preparar el combate; el cual en el peor de los casos nos daba la oportunidad de obtener información.
El tamaño del iglú, que de altura no llegaba al metro ochenta centímetros, en su parte más alta, por dos metros y quizás cincuenta centímetros; no le permitía distanciarse mucho de su enemigo o atacarlo con holgura. El derribarlo y dominarlo en el piso era la única opción que quedaba, y no dejaba de ser arriesgada.
Saco su derretidor de nieve he hizo un pequeño agujero en la pared donde puso la linterna cosa que iluminara directamente a la entrada. Escondió su escaso equipo tapándolo en un costado con su chaqueta de camuflaje blanco. Luego se acuclillo con la espalda contra la pared de hielo y extrajo un pequeño control que accionaba la linterna. Finalmente desenvaino su oxidado, maltrecho y quebradizo corvo.
La trampa ya estaba tendida y solo le quedaba esperar.
miércoles, 28 de marzo de 2007
Capitulo 2
LAS GUERRAS ANTARTICAS
Cansado y satisfecho en carne humana decidió ir a dormir. Camino a lo largo de la gran caverna helada hasta llegar a un grupo de chaquetas enemigas sobre las cuales dormía, con ellas creaba una capa aislante del hielo sobre el cual seria un suicidio quedarse dormido. Hacia mucho que no estaba satisfecho, de hecho no se había comido ninguna de las barras energéticas con las que sus adversarios, no caníbales, se mantenían con vida; en cambio decidió guardarlas para cuando la carne se acabara.
Se recostó deseando poder quitarse aquel traje aislante de hule que le mantenía vivo y caliente, recordando como era dormir con poca ropa en un camastro o incluso desnudo al lado de una mujer. ¿Hacia cuanto que no se lo quitaba? Parecían años ya; de hecho lo más probable es que fuera un año al menos. – De ser así me iré a casa pronto – se recordó a si mismo la promesa de volver a esa patria distante.
Ya una vez acostado y rendido se quito, incómodamente, el cinturón y lo dejo a un lado de la cama, lo mismo hizo con las heladas protecciones metálicas para sus antebrazos. Y dejando una pistola sobre su pecho maldijo de nuevo, ahora por no poder sacarse los guantes, ni las botas.
- Dormir incomodo es mejor que dormir por siempre- Decía su instructor en la escuela de alta montaña. Hasta el momento le encontraba razón.
Apago su lámpara y quedo sumido en la completa oscuridad.
Despertó con el crujir de la cueva y nieve cayéndole encima - ¿Qué mierda?- se pregunto de golpe, e inmediatamente se recordó lo que debía hacer – Piensa, piensa –
Se levanto de golpe y busco la lámpara a tientas. Tomo su cinturón, su fusil, su mochila, se puso su equipo de sustentación vital y se preparo para salir de la cueva a inspeccionar o huir. Llego al final de la cueva, ya respirando el aire filtrado y tibio de su mascara, para luego arrastrarse por el estrecho agujero que le servia de puerta. Salio al trote y dio la vuelta por la colina helada bajo la cual estaba viviendo y se lanzo de pecho a la nieve para camuflarse con ella. Su uniforme completamente blanco lo hizo de inmediato casi invisible.
La nieve levantada por el viento eterno le impedía ver con claridad, pero aun así le pareció ver figuras humanas caminado con lo que podía ser un vehiculo – ¡Un vehiculo! Algo que camine en esta nieve asquerosa. ¿Pero de quien?- se dijo a si. Sabia que no podía ser chileno, su escuálida republica no tenia los recursos para enviar mas que hombres a la ultima guerra; y los consorcios globales hacia mucho que no podían desarrollar un vehiculo capas de soportar las batallas y las nieves, menos a esta distancia del polo. Tenia que haber llegado hasta ahí por sus propios medios, ya que ninguna aeronave podía volar bajo las nubes eternas que cubrían el continente en constante tormenta.
Las figuras humanas se veían de la mitad de la altura del vehiculo, por ende era lógico pensar que se transportaban en el. -Vaya vehiculo, capturarlo será al menos una buena excusa para abandonar mi puesto y llevarlo a la base- se dijo en voz alta para darse animo, mientras pensaba en el porque estarían esos sujetos caminando; algo buscaban. ¿A el?
Era algo factible puesto que ya llevaba un tiempo haciendo desaparecer gente en la misma área – Estupido pasaste mucho tiempo en el mismo lugar- Se recrimino, mientras se levanto para ver de mas cerca.
Obviamente los cuatro soldados que iban a pie estarían en contacto radial constante, entre ellos y el vehiculo; seguramente estarían escuchando la misma música. Debía matarlos en el menor tiempo posible y en silencio. Eso era lo más difícil.
Su confiable fusil de dardos le daba una ventaja que los invasores no parecían haber comprendido. Cada vez que disparas un láser puedes ver el blanco y el tirador unidos, aunque sea brevemente, por un as de luz; eso nunca ocurría con un arma mas barata, menos potente, de menor alcance pero que no dejaba rastros de haber sido utilizada; no al menos en medio de una mañana antártica.
Se echo a tierra más cerca de sus objetivos y apunto de inmediato al último de ellos. Los soldados habían echado suertes para ver en que posiciones buscarían, era obvio que los dos hombres en la retaguardia serian los primeros en morir en caso de un ataque. El dolor y lo que este significaba no fue una sorpresa muy grande para el primero en caer; ahora debía esperar a que el otro hombre en la retaguardia se diera cuenta de que su compañero ya no los seguía y bajara la guardia, quedándose así un poco más separado del grupo.
La segunda ráfaga que cruzo el aire frió destrozo la mascara de su objetivo sin dejarle tiempo para dar la alerta. Se puso en pie y corrió a ocupar el lugar de uno de los enemigos caídos. Al llegar a la posición disminuyo el paso y camino calmadamente hacia el que parecía comandar el grupo a pie. Le toco el hombro y este se volteo, antes de que se alcanzara a formular una pregunta en la mente de su enemigo, se toco el oído e indico a la retaguardia. Su ahora interlocutor de señas le movió la cabeza y paso de largo hacia la retaguardia dejándolo solo, mientras seguramente informaba al vehiculo que tenían problemas con la radio y que faltaba un hombre. El vehiculo se detuvo y las posiciones cambiaron; el comandante del grupo paso a la retaguardia dejando, sin saberlo, a su ultimo hombre solo con un enemigo hostil, mejor entrenado, armado y ya infiltrado en sus filas. En unos segundos ya no tenia mas hombres; seguramente del vehiculo le estarían avisando que habían perdido contacto radial con el resto del equipo.
Fue lo último que le informaron. Ahora el vehiculo estaba ciego y solo; era grande pero no debían quedar más de tres hombres dentro, a lo mucho.
-¿Cómo entro?- Era la pregunta lógica que se estaba haciendo cuando el vehiculo pareció moverse. No cualquier movimiento sino el que ocurre cuando se abre de golpe una escotilla o puerta.
Inmediatamente se agacho con la espalda pegada a aquella maquina y exigió a su mente una solución. Ya había visto que en la parte superior el vehiculo de orugas tenia una especie de cañón; probablemente un láser conectado a la fuente de poder del vehiculo, lo que le daba la posibilidad de disparar si llegar a descargarse. Alguien debía haber salido a operarlo. -¿Qué pretenden? Les convenía mucho mas el quedarse encerrados, seguros y huir.- la estupidez ajena es algo que muchas veces le daba rabia, aun sabiendo que en este caso debía agradecerla.
Tomo una de las pocas granadas que le quedaban en su cinturón y arrojo dos. El soldados trato de defenderse disparando pero lo único que logro fue dar en el vehiculo antes de volar en pedazos. Debía ahora moverse rápido, seguramente otro de los hombres que quedaban dentro trataría de ocupar el cañón, o peor aun cerrar la escotilla, mientras el tercero conduciría el vehiculo lejos en una huida desesperada. Pero tenia una posibilidad si lograba subir de prisa, pues el cuerpo, o lo que quedaba, del primer artillero estorbaría el paso del segundo soldado y le daría le tiempo suficiente para entrar. Una vez adentro ya seria peligroso.
Subió apoyándose en la oruga justo antes de que esta comenzara a moverse, y logro afirmarse de los restos del cañón para no caerse justo a tiempo. El segundo soldado salio a la intemperie armado con una pistola pero si el equipo necesario, sin siquiera una mascara. El frió comenzó a matarlo en cuanto saco la cabeza del vehiculo, los dardos recubiertos de teflón que lo atravesaron solo le evitaron el sufrimiento.
Su cuerpo callo por la escalerilla hasta el piso interior del vehiculo, haciendo lo que debió ser mucho ruido. Había que recargar el fusil antes de bajar, pues no sabia que le esperaba allí abajo y no podía simplemente dejar caer una granada pues necesitaba el vehiculo intacto. O al menos lo mas intacto posible.
No tenía mucho tiempo para pensarlo; por lo que lo hizo rápido. El tipo que quedaba, si es que era solo uno, estaría armado cuando menos con una pistola de dardos impulsada por gas comprimido, como su fusil; lo estaría esperando y bajar seria un suicidio. Tampoco podía simplemente disparar pues los dardos al atravesar el o los cuerpos de el o los enemigos, destrozarían la cabina. Este era un trabajo para el corvo.
En eso el vehiculo se detuvo. No había pasado ni diez segundos desde que cayera el segundo tripulante. Ya era casi definitivo solo quedaba uno y lo estaba esperando.
Decidió finalmente arrojar su ultima granada de humo en el interior, y confiar en su habilidad para luchar con poca visibilidad y en que el frió que entraba al vehiculo aletargaría los movimientos de su adversario.
De poder contar con que el frió lo mataría antes de que se disipara el humo no habría tenido que entrar, pero los pulmones y los ojos de su enemigo no se congelarían lo suficientemente rápido dentro del vehiculo. Por lo que arranco los restos del cañón láser y lo arrojo abajo por la escalerilla. Pronto escucho, a pesar del viento, el rebotar de dardos sobre el metal. Contó hasta 20 y se dejo caer con el corvo desenfundado.
Se quedo lo más agachado que pudo luego de caer y en cuanto vio a la figura de su adversario frente a el, se le abalanzo. El ultimo de los ocupantes de aquella maquina estaba recargando su arma, y termino de hacerlo justo cuando una punta de acero muy helada se le clavaba en la pierna buscando su arteria femoral.
Mientras lo apuñalaba escucho un par de dardos más rebotar por la cabina. Entonces jalo su cuchillo mientras le tomaba a su adversario la mano con la que sostenía el arma, así lo llevo a la altura en que el se encontraba y más abajo, al piso. Desgarrándole la pierna, luego de dejarlo sin apoyo y mientras caía; lo degolló.
Se levanto dando gracias a Dios. Luego guardo el corvo con la sangre congelada en la hoja y mientras el humo se desvanecía busco una insignia que le dijera quien de sus enemigos había concebido una maquina así. La encuentra y no le sorprende “LG WORLD”
Luego de disipado el humo se deshizo de lo que parecía ser el detector SPA (sistema de posicionamiento antártico), bloqueo la radio, se deshizo de los cuerpos, cerró la escotilla y finalmente aprendió a conducir esa maquina capaz de transportarse por el continente mas frió del mundo. Cuando por fin supo como hacerlo lo llevo hasta su cueva y comenzó a cargarlo para el largo viaje.
Cuando has estado mucho tiempo matando enemigos de distintas razas y de distintas compañías, y en especial si perteneces a un pequeño país que requiere de todos los suministros posibles, se acumulan muchas cosas. Rifles láser, pistolas de dardos, mascaras y sistemas de sustento vital, chaquetas, radios enemigas; etcétera. Todo eso debía ser llevado a la base CERO, todo eso podía sostener a varios soldados más. La clave de la guerrilla era que no solo derrotabas a tu enemigo de apoco, sino que además te fortalecías, te alimentabas de el. Eso el lo tenia sumamente claro.
El viaje comenzó con una larga vuelta para evitar las posibles patrullas que estarían buscando esa maquina y un corto mensaje por radio: “Aquí depredador 35.415.067- k, regreso a la base a bordo de vehiculo enemigo”.
Cansado y satisfecho en carne humana decidió ir a dormir. Camino a lo largo de la gran caverna helada hasta llegar a un grupo de chaquetas enemigas sobre las cuales dormía, con ellas creaba una capa aislante del hielo sobre el cual seria un suicidio quedarse dormido. Hacia mucho que no estaba satisfecho, de hecho no se había comido ninguna de las barras energéticas con las que sus adversarios, no caníbales, se mantenían con vida; en cambio decidió guardarlas para cuando la carne se acabara.
Se recostó deseando poder quitarse aquel traje aislante de hule que le mantenía vivo y caliente, recordando como era dormir con poca ropa en un camastro o incluso desnudo al lado de una mujer. ¿Hacia cuanto que no se lo quitaba? Parecían años ya; de hecho lo más probable es que fuera un año al menos. – De ser así me iré a casa pronto – se recordó a si mismo la promesa de volver a esa patria distante.
Ya una vez acostado y rendido se quito, incómodamente, el cinturón y lo dejo a un lado de la cama, lo mismo hizo con las heladas protecciones metálicas para sus antebrazos. Y dejando una pistola sobre su pecho maldijo de nuevo, ahora por no poder sacarse los guantes, ni las botas.
- Dormir incomodo es mejor que dormir por siempre- Decía su instructor en la escuela de alta montaña. Hasta el momento le encontraba razón.
Apago su lámpara y quedo sumido en la completa oscuridad.
Despertó con el crujir de la cueva y nieve cayéndole encima - ¿Qué mierda?- se pregunto de golpe, e inmediatamente se recordó lo que debía hacer – Piensa, piensa –
Se levanto de golpe y busco la lámpara a tientas. Tomo su cinturón, su fusil, su mochila, se puso su equipo de sustentación vital y se preparo para salir de la cueva a inspeccionar o huir. Llego al final de la cueva, ya respirando el aire filtrado y tibio de su mascara, para luego arrastrarse por el estrecho agujero que le servia de puerta. Salio al trote y dio la vuelta por la colina helada bajo la cual estaba viviendo y se lanzo de pecho a la nieve para camuflarse con ella. Su uniforme completamente blanco lo hizo de inmediato casi invisible.
La nieve levantada por el viento eterno le impedía ver con claridad, pero aun así le pareció ver figuras humanas caminado con lo que podía ser un vehiculo – ¡Un vehiculo! Algo que camine en esta nieve asquerosa. ¿Pero de quien?- se dijo a si. Sabia que no podía ser chileno, su escuálida republica no tenia los recursos para enviar mas que hombres a la ultima guerra; y los consorcios globales hacia mucho que no podían desarrollar un vehiculo capas de soportar las batallas y las nieves, menos a esta distancia del polo. Tenia que haber llegado hasta ahí por sus propios medios, ya que ninguna aeronave podía volar bajo las nubes eternas que cubrían el continente en constante tormenta.
Las figuras humanas se veían de la mitad de la altura del vehiculo, por ende era lógico pensar que se transportaban en el. -Vaya vehiculo, capturarlo será al menos una buena excusa para abandonar mi puesto y llevarlo a la base- se dijo en voz alta para darse animo, mientras pensaba en el porque estarían esos sujetos caminando; algo buscaban. ¿A el?
Era algo factible puesto que ya llevaba un tiempo haciendo desaparecer gente en la misma área – Estupido pasaste mucho tiempo en el mismo lugar- Se recrimino, mientras se levanto para ver de mas cerca.
Obviamente los cuatro soldados que iban a pie estarían en contacto radial constante, entre ellos y el vehiculo; seguramente estarían escuchando la misma música. Debía matarlos en el menor tiempo posible y en silencio. Eso era lo más difícil.
Su confiable fusil de dardos le daba una ventaja que los invasores no parecían haber comprendido. Cada vez que disparas un láser puedes ver el blanco y el tirador unidos, aunque sea brevemente, por un as de luz; eso nunca ocurría con un arma mas barata, menos potente, de menor alcance pero que no dejaba rastros de haber sido utilizada; no al menos en medio de una mañana antártica.
Se echo a tierra más cerca de sus objetivos y apunto de inmediato al último de ellos. Los soldados habían echado suertes para ver en que posiciones buscarían, era obvio que los dos hombres en la retaguardia serian los primeros en morir en caso de un ataque. El dolor y lo que este significaba no fue una sorpresa muy grande para el primero en caer; ahora debía esperar a que el otro hombre en la retaguardia se diera cuenta de que su compañero ya no los seguía y bajara la guardia, quedándose así un poco más separado del grupo.
La segunda ráfaga que cruzo el aire frió destrozo la mascara de su objetivo sin dejarle tiempo para dar la alerta. Se puso en pie y corrió a ocupar el lugar de uno de los enemigos caídos. Al llegar a la posición disminuyo el paso y camino calmadamente hacia el que parecía comandar el grupo a pie. Le toco el hombro y este se volteo, antes de que se alcanzara a formular una pregunta en la mente de su enemigo, se toco el oído e indico a la retaguardia. Su ahora interlocutor de señas le movió la cabeza y paso de largo hacia la retaguardia dejándolo solo, mientras seguramente informaba al vehiculo que tenían problemas con la radio y que faltaba un hombre. El vehiculo se detuvo y las posiciones cambiaron; el comandante del grupo paso a la retaguardia dejando, sin saberlo, a su ultimo hombre solo con un enemigo hostil, mejor entrenado, armado y ya infiltrado en sus filas. En unos segundos ya no tenia mas hombres; seguramente del vehiculo le estarían avisando que habían perdido contacto radial con el resto del equipo.
Fue lo último que le informaron. Ahora el vehiculo estaba ciego y solo; era grande pero no debían quedar más de tres hombres dentro, a lo mucho.
-¿Cómo entro?- Era la pregunta lógica que se estaba haciendo cuando el vehiculo pareció moverse. No cualquier movimiento sino el que ocurre cuando se abre de golpe una escotilla o puerta.
Inmediatamente se agacho con la espalda pegada a aquella maquina y exigió a su mente una solución. Ya había visto que en la parte superior el vehiculo de orugas tenia una especie de cañón; probablemente un láser conectado a la fuente de poder del vehiculo, lo que le daba la posibilidad de disparar si llegar a descargarse. Alguien debía haber salido a operarlo. -¿Qué pretenden? Les convenía mucho mas el quedarse encerrados, seguros y huir.- la estupidez ajena es algo que muchas veces le daba rabia, aun sabiendo que en este caso debía agradecerla.
Tomo una de las pocas granadas que le quedaban en su cinturón y arrojo dos. El soldados trato de defenderse disparando pero lo único que logro fue dar en el vehiculo antes de volar en pedazos. Debía ahora moverse rápido, seguramente otro de los hombres que quedaban dentro trataría de ocupar el cañón, o peor aun cerrar la escotilla, mientras el tercero conduciría el vehiculo lejos en una huida desesperada. Pero tenia una posibilidad si lograba subir de prisa, pues el cuerpo, o lo que quedaba, del primer artillero estorbaría el paso del segundo soldado y le daría le tiempo suficiente para entrar. Una vez adentro ya seria peligroso.
Subió apoyándose en la oruga justo antes de que esta comenzara a moverse, y logro afirmarse de los restos del cañón para no caerse justo a tiempo. El segundo soldado salio a la intemperie armado con una pistola pero si el equipo necesario, sin siquiera una mascara. El frió comenzó a matarlo en cuanto saco la cabeza del vehiculo, los dardos recubiertos de teflón que lo atravesaron solo le evitaron el sufrimiento.
Su cuerpo callo por la escalerilla hasta el piso interior del vehiculo, haciendo lo que debió ser mucho ruido. Había que recargar el fusil antes de bajar, pues no sabia que le esperaba allí abajo y no podía simplemente dejar caer una granada pues necesitaba el vehiculo intacto. O al menos lo mas intacto posible.
No tenía mucho tiempo para pensarlo; por lo que lo hizo rápido. El tipo que quedaba, si es que era solo uno, estaría armado cuando menos con una pistola de dardos impulsada por gas comprimido, como su fusil; lo estaría esperando y bajar seria un suicidio. Tampoco podía simplemente disparar pues los dardos al atravesar el o los cuerpos de el o los enemigos, destrozarían la cabina. Este era un trabajo para el corvo.
En eso el vehiculo se detuvo. No había pasado ni diez segundos desde que cayera el segundo tripulante. Ya era casi definitivo solo quedaba uno y lo estaba esperando.
Decidió finalmente arrojar su ultima granada de humo en el interior, y confiar en su habilidad para luchar con poca visibilidad y en que el frió que entraba al vehiculo aletargaría los movimientos de su adversario.
De poder contar con que el frió lo mataría antes de que se disipara el humo no habría tenido que entrar, pero los pulmones y los ojos de su enemigo no se congelarían lo suficientemente rápido dentro del vehiculo. Por lo que arranco los restos del cañón láser y lo arrojo abajo por la escalerilla. Pronto escucho, a pesar del viento, el rebotar de dardos sobre el metal. Contó hasta 20 y se dejo caer con el corvo desenfundado.
Se quedo lo más agachado que pudo luego de caer y en cuanto vio a la figura de su adversario frente a el, se le abalanzo. El ultimo de los ocupantes de aquella maquina estaba recargando su arma, y termino de hacerlo justo cuando una punta de acero muy helada se le clavaba en la pierna buscando su arteria femoral.
Mientras lo apuñalaba escucho un par de dardos más rebotar por la cabina. Entonces jalo su cuchillo mientras le tomaba a su adversario la mano con la que sostenía el arma, así lo llevo a la altura en que el se encontraba y más abajo, al piso. Desgarrándole la pierna, luego de dejarlo sin apoyo y mientras caía; lo degolló.
Se levanto dando gracias a Dios. Luego guardo el corvo con la sangre congelada en la hoja y mientras el humo se desvanecía busco una insignia que le dijera quien de sus enemigos había concebido una maquina así. La encuentra y no le sorprende “LG WORLD”
Luego de disipado el humo se deshizo de lo que parecía ser el detector SPA (sistema de posicionamiento antártico), bloqueo la radio, se deshizo de los cuerpos, cerró la escotilla y finalmente aprendió a conducir esa maquina capaz de transportarse por el continente mas frió del mundo. Cuando por fin supo como hacerlo lo llevo hasta su cueva y comenzó a cargarlo para el largo viaje.
Cuando has estado mucho tiempo matando enemigos de distintas razas y de distintas compañías, y en especial si perteneces a un pequeño país que requiere de todos los suministros posibles, se acumulan muchas cosas. Rifles láser, pistolas de dardos, mascaras y sistemas de sustento vital, chaquetas, radios enemigas; etcétera. Todo eso debía ser llevado a la base CERO, todo eso podía sostener a varios soldados más. La clave de la guerrilla era que no solo derrotabas a tu enemigo de apoco, sino que además te fortalecías, te alimentabas de el. Eso el lo tenia sumamente claro.
El viaje comenzó con una larga vuelta para evitar las posibles patrullas que estarían buscando esa maquina y un corto mensaje por radio: “Aquí depredador 35.415.067- k, regreso a la base a bordo de vehiculo enemigo”.
lunes, 26 de marzo de 2007
LAS GUERRAS ANTARTICAS
CAPITULO 1
Su padre siempre le hablo de esos palitos de madera y pólvora en la punta, llamados fósforos, que con solo rasparlos liberaban energía que daba como resultado una pequeña llama. Fuego, que se cargaba en el bolsillo.
Con la escasez de madera, gas vegetal, combustibles fósiles; era imposible imaginar al niño que debió ser su padre, cuando los tuvo en su mano, con decenas de palitos capaces de producir fuego en su bolsillo.
Fósforos, encendedores, chisperos; ya nada de eso existía. Ya desde hacia mucho nadie cargaba el fuego entre sus ropas. Ya desde hacia mucho, antes de que el naciera, toda la energía era eléctrica. Conseguida de las mas variadas formas; a través del viento mal oliente, de las grandes masas de agua que inundaban el mundo, e incluso salida del calor nuclear. La electricidad movía al mundo, o al menos lo que de el quedaba.
La crisis de los combustibles fue el primer Apocalipsis que vivo la raza humana. Cuando se encontró algún tipo de solución, continúo la crisis del agua, la de la tierra; y así hasta llegar a esto.
El Apocalipsis no fue la apertura del cielo, la llegada de un dragón y los 4 jinetes; todo en un día. El Apocalipsis es estar sentado en un hoyo cavado en la nieve, deseando tener los fósforos de los que hablaba su padre, para poder cocinar y comer carne humana.
El Apocalipsis es el abandono de toda moralidad con la excusa de sobrevivir. De esto la humanidad jamás se recuperara.
El seguía sentado en el piso de aquella gran cueva de hielo bajo tierra, o en realidad bajo la nieve, la cual le permitía resguardarse de las tempestades y respirar sin usar su mascara para nieve. Pensando en como uno de esos palillos podría encender el papel de aquel libro o cuaderno, escrito en ese idioma que nunca quiso aprender, que hace un rato ya le había quitado al cadáver de ese soldado chino…. O taiwanes, o ¿Quién demonios sabia?
La chaqueta que el oriental y su compañero llevaban no tenían ninguna insignia o distintivo que el conociera.
Sus tripas crujieron recordándole el asombroso hambre que sentía. El sonido hizo eco en la bóveda cavada, presumiblemente por sus enemigos muertos, en la nieve.
Pero había una razón por la cual el estaba vivo y sus enemigos no, una por la cual el podía durar mas tiempo sin comida y sin dormir, una razón por la cual sabia vencer con menos equipo; una razón por la cual su diminuto país seguía defendiendo su derecho sobre ese asqueroso trozo de hielo. Su entrenamiento.
Ya era casi el lema de su pequeña republica. “Lo que aprendas puede salvarte”.
Volviendo a su futura comida hizo uso de su instrucción en una forma olvidad de crear energía térmica. Tomo su fusil y le quito el cargador, del cual saco uno de los largos dardos que le servían de munición. Luego saco su corvo y sobre una masa de papel, ya cortado en delgadas y arrugadas tiras, y pelo de uno de los cadáveres, los golpeo hasta obtener chispas. Esto le dio como resultado fuego.
Las botas de sus enemigos, sus trajes, una de las chaquetas; todo era combustible. ¿Que importaba el olor? ¿Qué importaba el sangriento desastre que había hecho al cortar los trozos de carne de los cadáveres? ¿Qué importaba el ruido que habían hecho al morir? ¿Qué importaban sus almas? Hay cosas en las que es mejor no pensar, el olor es solo una de ellas. Si bien hacia mucho que no se sentía humano, el no comer carne cruda lo hacia sentir menos animal. O al menos era lo que el necesitaba creer.
Si bien el fuego derritió algo el piso de la cueva esa agua es imbebible incluso para un caníbal. Con sed luego de saciar su hambre con sus enemigos, saco de su mochila un cuchillo sin filo que clavo en el gélido suelo y luego lo encendió. Su G.A.P. (generador de agua potable) era una pieza clave de su equipo básico reglamentario, sin la cual no podías sobrevivir en la Antarctica. Este lentamente comenzó a derretir el hielo a su alrededor, pronto podría hundir su tacho en agua fresca; guardada por Dios durante millones de años en esos hielos eternos. Pronto probaría la mismísima razón de esta guerra.
Mientras grandes y despiadados ejecutivos/dioses de consorcios globales temían dentro de sus fortalezas que sus reservas de agua se terminarían, el bebía agua a su gusto y se paraba firme sobre el objeto mismo de su avaricia.
-Compraron países enteros para secarlos; sacar sus minerales de la tierra, contaminando su agua; criar ganado matando las selvas; esclavizando a su gente y obligándola a comprar lo que otros esclavos producían. Se hicieron ricos con nosotros y aun nos utilizan- Pensó odiando aquel mundo y aquel maldito blanco que lo rodeaba todo. Miro a los cadáveres y les grito. – ¡A ustedes los siguen utilizando, a mi me temen!-
Tardo unos escasos segundos en comprender que estaba siendo poco razonable. – los cadáveres no responden y menos sin carne sobre sus huesos – Se dijo a si mismo calmándose por fin.
Luego de guardar el resto de la carne ya congelada y revisar los equipos enemigos, enterró en el hielo los restos. Dijo una oración por cada uno y dejo sus cuchillos clavados marcando sus tumbas. Le habían enseñado que toda esa brutalidad era necearía para sobrevira, que por el y todos sus demás camaradas de armas la republica sobrevivía; que aquello no era brutalidad sino patriotismo. Pero cuando no te queda nada mas, haces todo lo posible para seguir siendo humano.
Su padre siempre le hablo de esos palitos de madera y pólvora en la punta, llamados fósforos, que con solo rasparlos liberaban energía que daba como resultado una pequeña llama. Fuego, que se cargaba en el bolsillo.
Con la escasez de madera, gas vegetal, combustibles fósiles; era imposible imaginar al niño que debió ser su padre, cuando los tuvo en su mano, con decenas de palitos capaces de producir fuego en su bolsillo.
Fósforos, encendedores, chisperos; ya nada de eso existía. Ya desde hacia mucho nadie cargaba el fuego entre sus ropas. Ya desde hacia mucho, antes de que el naciera, toda la energía era eléctrica. Conseguida de las mas variadas formas; a través del viento mal oliente, de las grandes masas de agua que inundaban el mundo, e incluso salida del calor nuclear. La electricidad movía al mundo, o al menos lo que de el quedaba.
La crisis de los combustibles fue el primer Apocalipsis que vivo la raza humana. Cuando se encontró algún tipo de solución, continúo la crisis del agua, la de la tierra; y así hasta llegar a esto.
El Apocalipsis no fue la apertura del cielo, la llegada de un dragón y los 4 jinetes; todo en un día. El Apocalipsis es estar sentado en un hoyo cavado en la nieve, deseando tener los fósforos de los que hablaba su padre, para poder cocinar y comer carne humana.
El Apocalipsis es el abandono de toda moralidad con la excusa de sobrevivir. De esto la humanidad jamás se recuperara.
El seguía sentado en el piso de aquella gran cueva de hielo bajo tierra, o en realidad bajo la nieve, la cual le permitía resguardarse de las tempestades y respirar sin usar su mascara para nieve. Pensando en como uno de esos palillos podría encender el papel de aquel libro o cuaderno, escrito en ese idioma que nunca quiso aprender, que hace un rato ya le había quitado al cadáver de ese soldado chino…. O taiwanes, o ¿Quién demonios sabia?
La chaqueta que el oriental y su compañero llevaban no tenían ninguna insignia o distintivo que el conociera.
Sus tripas crujieron recordándole el asombroso hambre que sentía. El sonido hizo eco en la bóveda cavada, presumiblemente por sus enemigos muertos, en la nieve.
Pero había una razón por la cual el estaba vivo y sus enemigos no, una por la cual el podía durar mas tiempo sin comida y sin dormir, una razón por la cual sabia vencer con menos equipo; una razón por la cual su diminuto país seguía defendiendo su derecho sobre ese asqueroso trozo de hielo. Su entrenamiento.
Ya era casi el lema de su pequeña republica. “Lo que aprendas puede salvarte”.
Volviendo a su futura comida hizo uso de su instrucción en una forma olvidad de crear energía térmica. Tomo su fusil y le quito el cargador, del cual saco uno de los largos dardos que le servían de munición. Luego saco su corvo y sobre una masa de papel, ya cortado en delgadas y arrugadas tiras, y pelo de uno de los cadáveres, los golpeo hasta obtener chispas. Esto le dio como resultado fuego.
Las botas de sus enemigos, sus trajes, una de las chaquetas; todo era combustible. ¿Que importaba el olor? ¿Qué importaba el sangriento desastre que había hecho al cortar los trozos de carne de los cadáveres? ¿Qué importaba el ruido que habían hecho al morir? ¿Qué importaban sus almas? Hay cosas en las que es mejor no pensar, el olor es solo una de ellas. Si bien hacia mucho que no se sentía humano, el no comer carne cruda lo hacia sentir menos animal. O al menos era lo que el necesitaba creer.
Si bien el fuego derritió algo el piso de la cueva esa agua es imbebible incluso para un caníbal. Con sed luego de saciar su hambre con sus enemigos, saco de su mochila un cuchillo sin filo que clavo en el gélido suelo y luego lo encendió. Su G.A.P. (generador de agua potable) era una pieza clave de su equipo básico reglamentario, sin la cual no podías sobrevivir en la Antarctica. Este lentamente comenzó a derretir el hielo a su alrededor, pronto podría hundir su tacho en agua fresca; guardada por Dios durante millones de años en esos hielos eternos. Pronto probaría la mismísima razón de esta guerra.
Mientras grandes y despiadados ejecutivos/dioses de consorcios globales temían dentro de sus fortalezas que sus reservas de agua se terminarían, el bebía agua a su gusto y se paraba firme sobre el objeto mismo de su avaricia.
-Compraron países enteros para secarlos; sacar sus minerales de la tierra, contaminando su agua; criar ganado matando las selvas; esclavizando a su gente y obligándola a comprar lo que otros esclavos producían. Se hicieron ricos con nosotros y aun nos utilizan- Pensó odiando aquel mundo y aquel maldito blanco que lo rodeaba todo. Miro a los cadáveres y les grito. – ¡A ustedes los siguen utilizando, a mi me temen!-
Tardo unos escasos segundos en comprender que estaba siendo poco razonable. – los cadáveres no responden y menos sin carne sobre sus huesos – Se dijo a si mismo calmándose por fin.
Luego de guardar el resto de la carne ya congelada y revisar los equipos enemigos, enterró en el hielo los restos. Dijo una oración por cada uno y dejo sus cuchillos clavados marcando sus tumbas. Le habían enseñado que toda esa brutalidad era necearía para sobrevira, que por el y todos sus demás camaradas de armas la republica sobrevivía; que aquello no era brutalidad sino patriotismo. Pero cuando no te queda nada mas, haces todo lo posible para seguir siendo humano.
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