domingo, 9 de diciembre de 2012

CAPITULO 16


LAS GRUERRAS ANTARTICAS
            



           
            El frío en su mano lo despertó. Un frío intenso y doloroso, casi punzante, lo había traído de vuelta a la realidad; desde el más profundo de los sueños. Una niebla cubría sus ojos, y la cabeza le daba vueltas; hubiera agitado la cabeza para despabilar e invocar todos sus sentidos a sus servicio, pero su cuerpo no le respondía del todos.

            Aun con la visión borrosa pudo ver dos sombras, que por un instante, le taparon la luz. Oyó lo que le pareció un gruñido y un gemido ahogado; sintió sobre su rostro descubierto el frio de un liquido convirtiéndose en solido. El frío le quemo la piel y lo ayudo un poco más a recobrar la consciencia; el olor familiar del liquido, le recordó donde estaba y que estaba pasando.

            Estaban bajo ataque. Había incursionado con su compañía en un refugio desconocido, de buen tamaño y repleto de equipo; que había resultado ser una trampa. Los habían dejado revisarlo y ponerse cómodos.

            ¿Dónde estaba su mujer? Su guerrera perfecta, su segunda al mando. ¿Cuál era la capacidad efectiva de su compañía? ¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente?

            Trato de incorporarse, pese a aun ver nublado y las nauseas le subían a la garganta. Pero no pudo mover su brazo izquierdo. El dolor en su extremidad se intensifico cuando se puso en pie, pese a todo; aunque el dolor en si no provenía de su mano, sino más bien de su antebrazo. Su mano, que a no sentía, estaba adherida al muro de hielo del refugio subterráneo. El frio paralizante que le subía por la mano izquierda, hasta el codo, tomo completo sentido cuando vio su mano inmóvil. Con la palma hacia él y el dorso hacía la pared, su mano estaba atravesada por un cuchillo, el cual la clavaba contra el hielo. La sangre parecía haber manado profusamente antes de congelarse; con el guante aislante roto y la calidez de sus venas expuestas a las temperaturas del continente helado. La mano yacía congelada y muerta, amenazando con llevarse a la tumba al resto del brazo, si es que no a su dueño.

            Las alarmantes grietas en su mano, muestra de que sus movimientos habían roto y agrietado la carne congelada, no le hizo distraerse de su situación de combate; ni le impidió recordar la violenta patada, con la que un enemigo lo había desarmado y arrojado. Mas no pudo recordar el haber sido acuchillado.

-Que velocidad. Pensó.

            Todo el inicio del ataque había vuelto a él. Sus hombres que desaparecieron en silenció. La ráfaga de proyectiles, silenciosos, impulsados a gas probablemente, que había causado pánico, muerte y los había dejado a oscuras. Que arma tan antigua. Proyectiles en lugar de un laser. Luego vinieron las explosiones, mientras el y sus hombres trataban de iluminar la bóveda de nieve y hielo. Finalmente, entre los disparos de sus hombres, que iluminaban todo, todo el refugio se había llenado de luz blanca; encandilandolos lo suficiente para permitir un ataque cuerpo a cuerpo.

            El haz de luz purpura de un fusil laser cortando la pared, por sobre su cabeza, lo hizo lanzarse instintivamente cuerpo a tierra. Sintió el tirón en su codo y luego el suelo bajo el.

            -¡Cuidado a donde apuntan imbéciles!-
            -¡El Comandante está vivo!- Se oyó el grito distante de una voz femenina.
           -¡Apaguen toda luz, y dejen de dispara!- Chillo el Comandante. –¡Solo están dándoles vapor para cubrirse. Sigan mi voz y reúnanse conmigo!-

            Los últimos disparos de luz purpura mataron las luces provenientes de los muros y del piso, justo después de que pudiera ver el muñón que ahora tenía al final de su muñeca izquierda. Su mano, congelada y clavada aun a la pared con un cuchillo, era ahora parte del continente helado. En la completa oscuridad, sintió que su consciencia volvía a abandonarle. Las fuerzas le faltaban. En el silencio del refugio, se podía oír con plena claridad el arrastrarse y el gemir de los heridos. Todo se le antojaba una visión del mismo infierno.

            Unos brazos le sujetaron. Su dulce firmeza lo trajo una vez más a la realidad. Reconoció el preocupado abrazo, sin necesidad de ver el color rojo, señalando su rango de Capitana, de las franjas fluorescentes que delineaban sus extremidades en el Traje de Supervivencia Antártica. Su segunda al mando, su guerrera perfecta, su amor, la madre de sus hijos, su mujer; salvándolo una vez más. -Si he de morir ¿Qué mejores brazos para el último suspiro?-

            -Capitana.- Susurro, en la pequeña calma que dio la oscuridad.
            -Si, mi Comandante.- Le respondió la bella mujer que lo abrazaba.
           -La compañía es suya, Capitana. Sáquela de aquí con vida. Sobrevive y vuelve a ver a nuestros hijos. Dígale al “Comité” que su secreto muere conmigo, que no tienen de que temer, ahora.

            Estaba seguro de que ella le había contestado, pero no podía oírla. Solo podía ver las líneas fluorescentes celestes de los trajes de sus hombres contra la negrura más profunda; no el rostro de su amada, solo podía sentirla como calor. Un calor que cual bálsamo de vida, combatía el frío de su cuerpo. Su consciencia parecía estar quedando atrapada en su cuerpo, y asilarse del mundo exterior. Podía pensar y recordar, pero ya no sabía que ocurría a su alrededor, ni esperaba volver a saberlo. Solo percibía las líneas de luz contra el negro telón, viendo a sus hombres y a su mujer como marionetas de neón, moviéndose muy lento.

            Estaba ahí para morir y lo había sabido siempre. No habían enviado a una patrulla allí desde hacía un mes; precisamente porque todo mundo desaparecía. Era prácticamente un… -¿Cómo era que se llamaba?- Se pregunto a sí mismo la primera vez que lo pensó; para contestarse –Triangulo de las bermudas. Todo lo que cruza esa zona desaparece.- Tanta era su desinformación, que su Comando Central no tenía idea de quien controlaba esa zona. Cualquier conglomerado podía tener una tropa apostada, preparada y bien apertrechada; capaz de repeler cualquier patrulla. Tomar el terreno sería muy complejo y se necesitaría una gran cantidad de gente; y eso era mover mucho equipo y comida por un continente muy hostil. Mientras sus adversarios podrían defenderse con menos hombres, y tendrían una línea regular de abastecimiento. Porque si estaban protegiendo tan bien la zona, era porque encontraron algo grande. Se debía averiguar que era, pese a que muchos morirían en la batalla. Esperaban que el fuera uno de ellos.

            El, el gran Comandante debía liderar el ataque. Y asegurarse, como siempre, de que sobreviviera solo un cierto número de soldados; pues no se podía costear el enviarlos con provisiones suficientes para todos. El gran Comandante dijeron, mientras le explicaban el plan, los Coroneles y Generales.

            El siempre supo que no podría llegar a General, ni siquiera a Coronel. Solo los hijos de grandes Ejecutivos Dioses podían llegar a serlo. Debían ser entrenados desde la cuna, ser sometidos a una educación, reservada solo para unos pocos. Solo para unos pocos ricos, solo para unos pocos poderosos. Era la regla y el la sabia, nunca fue un secreto. –Los mejores son elegidos desde la cuna.- Les habían dicho siempre. Pero el se dio cuenta de la verdad.

            Sus superiores eran menores que él en edad, pero su entrenamiento los hacía superiores; casi a todos. El entrenamiento de ellos era distinto. Se les elegía desde la cuna para dirigir a los Conglomerados Estados. Hijos de quienes actualmente dirigían, su entrenamiento versaba en técnicas superiores de combate cuerpo a cuerpo; tenían para eso a los mejores guerreros, capaces de increíbles técnicas para llamar a la muerte. A parte de las técnicas, teorías y estrategias para conducir una empresa de tamañas dimensiones; la cual debía ser capaz de auto sustentarse y producir para todos los habitantes/trabajadores. Aunque ahora sabía que eso era mentira.

            Ese “saber” que ningún conglomerado producía para sustentar a todos sus habitantes, que nunca nadie más que los hijos de los poderosos podrían llegar a dirigir, que la idea era que los soldados murieran en grandes cantidades, porque no había forma de que el planeta los sustentara a todos ni que el agua alcanzara para todos; ese “saber”, que en realidad era más un comprender, lo había condenado a morir ahí, ahora. Pero aun pero que ese “Comprender” era haber averiguado que no siempre había sido así. Que siglos atrás las personas dirigían sus vidas y sus estados, y que los Conglomerados se robaron el mundo; lo habían condenado.

            Le habían ofrecido una muerte honorable en combate, en lugar de hacerlo desaparecer por la noche; o incluso durante el día, delante de sus hijos y vecinos. El era un héroe nadie quería verle humillado, convenía a muy poca gente; el comandante debía perderse en la nieve y la batalla, junto a todo aquel a quien le haya podido contar algo. Su “saber” le hacía infinitamente peligroso. Por eso habían hecho un trato con él, por eso no había desaparecido durante la noche, por eso habían sido tan generosos; por eso su mujer debía morir con él.

            -No, ella no. ¿Quién cuidara a nuestros hijos sino ella? Los mismos perros que nos condenaron.- Debatía consigo mismo en la completa oscuridad.