lunes, 12 de mayo de 2008

CAPITULO 10

LAS GUERRAS ANTARTICAS



Vivió toda su vida en un basurero, y sobrevivió. Vio morir a dos hermanos en peleas callejeras antes de cumplir los cinco años. Vio morir a otros dos antes de cumplir los diez; y mato a uno de ellos antes de cumplir los catorce. Allí donde el nació no había otra forma de sobrevivir, sino armado y con violencia. El que acuchilla primero acuchilla dos veces, le decía su madre; quien muriera antes de que el fuese enlistado a la fuerza en el ejercito; el agua que guardaban con tanto celo en casa había entrado en contacto con la acida tierra.

- Los otros conglomerados económicos quieren que tu vivas así, quieren que tu familia viva así; ellos viven mucho mejor y ninguno de ellos muere envenenado por el agua contaminada. – Era lo que siempre escuchaba de gente que justificaba su existencia y su poder diciendo que sin ellos las cosas serian peor. ¿Qué tanto peor podrían ser? Podrían no tener agua potable. Podrían no haber tenido que ir todas las semanas a pelear por una ración de agua, que nunca era suficiente para todos. Si bien podía ser peor era imposible imaginar que fuera distinto.

- Ve al polo sur y pelea por que tus hermanos y tu viejo padre tengan agua, se la diferencia.- El ejercito le enseño mucho y el llego a confiar en el. Le enseñaron apelar en grupo, a usar armas, le dieron un sueldo y la posibilidad de volver a entrenar a más soldados como el cuando volviera del polo sur.

Volver era imposible. Si no te mataban los soldados enemigos, el clima, la falta de recursos y el hambre, existía una raza de aborígenes antárticos que cazaban a los hombres para comerlos vivos.

Su pelotón no los escucho, no los vio; el mismo no los reconoció. Creyó que eran de algún otro grupo estado industrial; vestían los mismos trajes que los demás ejércitos, llevaban las mismas mascaras, las mismas chaquetas, las mismas botas para nieve. Solo supo quienes eran cuando los arrastraron hasta el interior de un iglú, desvistieron a su otro compañero vivo y lo degollaron frente a el, mientras uno de ellos encendía un fuego con botas mochilas de otros enemigos vencidos. No esperaron a que se desangrara y comenzaron a cortar su piel y su carne, a devorarla cruda; mientras su compañero trataba de gritar con la garganta abierta y su sangre congelándose al tocar el piso. Luego vio como asaban partes de sus muslos y brazos.

Aun herido se puso en pie, y desarmado trato de ayudar a su compañero condenado a desangrarse. Ni siquiera vio como uno de esos hombres lo pateo y lo lanzo contra una pared del iglú. Demasiado rápido para ser humano y creyendo que quizás podían ser extraterrestres, como había dicho un compañero suyo, decidió mirarlos mejor desde le piso. Eran humanos, pero humanos como el jamás había visto en su vida.
Debían tener casi su edad, sino eran más jóvenes. Pero sus cuerpos eran muy distintos. Grandes músculos cruzaban todos sus cuerpos, dejándose ver fácilmente entre los trajes de grueso hule. Sus ojos eran menos orientales que los de el y sus pieles eran algo mas morenas.

Mas al verlos con las bocas cubiertas de sangre y con trozos de carne humana en las manos, comprendió que si de verdad eran humanos, eran humanos muy distintos a todo el resto de la humanidad.

Comprendió entonces que su sangre y su carne eran las que seguían.

Pero nunca siguieron. Fue curado y su traje parchado. Llevado a una base cuya ubicación nunca nadie adivino y desde ahí fue embarcado hacia no sabia donde. Cuando se negó a comer carne, presumiblemente humana, le dieron un par de barras energéticas. Fue desembarcado en una tierra mas calida que el polo sur pero aun cubierta por algo de nieve, luego conducido junto con otros prisioneros en una caminata interminable a una enorme colina de nieve.

Allí fue ofrecido como comida y ahora solo corría a través de la nieve, hundiéndose en ella presa del pánico, recordando una y otra vez la imagen de sus compañeros devorados antes de morir.

No eran humanos, eran realmente demonios devoradores de hombres, entrenados en siniestras artes que les permitían olvidar su humanidad y alimentarse de la sangre humana. Corrían tras el y los demás prisioneros, que no eran prisioneros sino victimas de un sacrificio; elementos esenciales de un ritual de un macabro ritual de transición. Nunca entendió lo que decía el más viejo de todos ellos pero vio en sus ojos el hambre, el mismo hambre que devoro a sus compañeros de escuadrón.

Los vio colgarse sus fusiles detrás de la espalda y tomar sus extraños cuchillos curvos. Los vio mirarse unos a otros, haciendo notorio el que nunca habían matado en sus vidas; sin embargo no dejo de temer a esos jóvenes hombres y mujeres que, con la capucha echada hacia atrás, lo miraban como la respuesta a su cansancio. Miro con temor como sus custodios dejaban de rodear el grupo y les dejaban la vía libre para escapar. Si le quedaba alguna duda se disipo con eso.

Uno de los muchachos se dirigió al grupo con el cuchillo curvo en la mano y sin vacilar lo blandió en contra de uno de los prisioneros. La victima alcanzo a esquivar el mortal ataque pero fue herido en un brazo; la sangre voló por los aires manchando la otrora impecable blancura de esa cordillera. La estampida se inicio ahí; todos corrieron colina abajo para escapar del resto de esos jóvenes demonios que disiparon sus dudas al ver la sangre. Ya nadie dudaba y todo mundo conocía su papel en la macabra historia; a aquellos que les tocaba huir huían y a aquellos a los que les tocaba cazar cazarían.

- ¡Denles algo de ventaja! – Ordeno el viejo Caminante. – Deben conseguir ustedes su propio alimento, no nosotros dárselos en bandeja. – Había una gran sonrisa en su rostro; había hecho bien su trabajo, los maestros de los hijos de la republica habían hecho el suyo, y ahora el hambre haría el resto.

En cuanto vio que los prisioneros tenían suficiente ventaja, les dio algo más antes de dirigirse a sus alumnos. – Capitanes de grupo organicen a los suyos, distribuyan tareas y hagan lo suyo. La comunicación por radio esta prohibida; mientras en mayor silenció hagan esto mejor para ustedes. Y recuerden que solo hay uno por grupo; los tres restantes cazaran conmigo, pero deberán escoger un capitán entre ustedes tres. Al terminar el ejercicio deberán regresar a la academia por su propia cuenta, para lo que tendrán solo 3 días. Ahora ¡Muévanse! –

Ningún equipo corrió, todos bajaron la colina en clama y se agruparon en sus equipos de cinco miembros de apoco. Cada equipo tomo las huellas de un prisionero y las siguió pese a la nieve que caía. Tendrían que caminar otro buen trecho mientras su presa se cansaba huyendo. Lo mejor que podían esperara era que alguno diera media vuelta y los enfrentara.

Los grupos se separaron más y más conforme transcurría aquella tarde, que inevitablemente se convertiría en noche. Uno a uno fueron encontrando a sus presas, cansadas y sin posibilidades de seguir huyendo. Algunos opusieron resistencia, otros esperaron el corvo estando sentados; más de alguno murió de agotamiento al dar todo lo que tenia para poder huir, y solo algunos decidieron presentar real combate y pudieron siquiera tocar a algún hijo de la republica.

Lo equipos luego dividieron tareas, unos desvestían y trozaban al enemigo muerto; algunos con asco, otros con remordimiento; mientras otros miembros del equipo cavaban rápidamente el refugio que los cubriría esa noche. Una vez refugiados comieron la carne cruda; algunos por primera vez. Inevitablemente quedaron todos cubiertos de sangre; e inevitablemente, producto del hambre, fue la mejor comida que tuvieran jamás.

Sus tapujos quedaron atrás, el sabor de la carne en la boca y la saciedad del hambre en el estomago, se llevo todo reparo de lo que allí habían hecho; incluso sus dispositivos de recolección de desechos les molestaban menos. Era fácil para ellos, entrenados para pensar desde que nacieron, entender el objetivo de tan macabro ejercicio; deberían sobrevivir así durante toda su estadía como invitados de la Diosa de Hielo Eterno, era mejor aprender a vivir de esa manera en un ambiente más menos controlado. Sabían el porque no habían de volver de inmediato a la academia; no era solo el que necesitaran la larga caminata para cansarlos y hacerlos sentir mas hambre, no. Ahora tendrían dos días de vuelta para alimentarse de más carne humana y asimilar, con lo poco que les costo cazar su alimento, que su entrenamiento era muy superior al de sus enemigos, sin que importara de que ejercito fueran. La victoria y la posibilidad de volver, se hizo patente en sus mentes.

miércoles, 7 de mayo de 2008

CAPITULO 9

LAS GUERRAS ANTARTICAS



Recordaba el calor como si fuera ayer, un ayer demasiado lejano del hoy; pero el recuerdo estaba allí. El recuerdo de creer que la sed solo era posible con ese calor, que una vez terminado el calor la sed dejaría de ser un problema. La sed que se apoderaba de el a medida que su sudor cubría su cuerpo; a medida que sus lagrimas caían de sus ojos, al ver morir a su familia.

Ninguno de los hijos de la republica que ahora veía caminar a duras penas por la nieve, tendría que recordar el golpe que le dio su madre por estar llorando su inevitable muerte.

- Guarda tu agua para ti. - Le dijo ella con su último aliento. Cualquier niño hubiese preferido un te amo, su padre hubiera preferido un cuida a nuestro hijo; pero las madres de este mundo deben concentrar su amor en que sus hijos sobrevivan. - Aprende rápido, se rápido, sobre vive carajo, sobre vive. - Fue lo que siempre le dijo su padre; quien debió entrenarlo y amarlo como padre y madre antes de morir.

Algunos de los hijos de la republica también eran huérfanos como el; pero no todos de padre y madre. De hecho algunos tenían a sus dos padres vivos, otros con menos suerte tenían a alguno de los dos sirviendo aun en la base Antártica; prefiriendo estar lejos de sus hijos, no conocerlos nunca quizás, pero dejarles un legado en agua potable; dejarles una forma de vivir. Porque eso ya no era sobre vivir, todos ellos vivían ahora; su generación fue la ultima en escarbar migajas de la tierra y en exponerse a beber agua contaminada.

Es cierto que la vida de cualquier republicano era dura, pero era vida aun así. Aunque se prepararan desde la cuna para pelear hasta la muerte, aunque sufrieran penurias y se hicieran sacrificios. Y sobre todo, aunque muchos de ellos no volverían del gélido campo de eterna batalla; tenían una vida, ninguno de ellos pasaría sed o moriría de hambre. Nunca más.

Ellos mismos, los que ahora caminaban torpemente por la nieve de la cordillera, quejándose de sus trajes térmicos y de sus dispositivos de extracción de desechos; ellos mismos serian el sustento de una nación. Ellos se encargarían de suministrar equipo enemigo, agua potable y carne enemiga, para toda la pequeña republica.

Aunque era difícil imaginárselos cuando caían en la nieve por el cansancio.

La poca visibilidad que les dejaba la nevada era ideal para el ejercicio de hoy. Los había hecho caminar sin detenerse durante dos días y ahora estaban listos; cansados sedientos y hambrientos. Habían cargado su equipo completo, al igual que el, habían aguantado la incomodidad del traje, que el prefería no sacarse, y no habían hecho un solo alto para beber ni para comer. De hecho recién ahora caían en cuenta de que no tenían que comer.

A sus setenta y nueve años la caminata también lo cansaba mucho, pero el había caminado así durante toda su vida, estaba acostumbrado al peso de su equipo y a las incomodidades del traje. Viejo y canoso estaba destinado a vivir por más tiempo que el resto de los suyos, sino no estaría allí. Era una mezcla de buenos genes y de un entrenamiento máximo cuyo único fin fue sobrevivir. El tuvo muchas pruebas, ahora era el turno de los hijos.

Al terminar de subir la colina el hizo un alto. Como guía y cabeza del grupo de ochenta y tres soldados en entrenamiento, todos estos lo siguieron y se detuvieron junto a el. Mientras esperaban hasta al último de ellos aprovecharon de descansar, muchos se echaron sobre la nieve de hecho. Así les tomo cierto tiempo ver, a través de la nieve que caía gentil pero copiosa, a las figuras vestidas en trajes de camuflajes al igual que ellos.

Al verlos muchos de los hijos se pusieron en pie de inmediato, algunos incluso tomaron sus fusiles vacíos y apuntaron a las figuras antes de distinguirlas, mientras otros echaban manos al corvo.

- ¡Bajen esas armas ahora mismo, que son parte del ejercicio! - Les grito y su grito cortó el suave viento, mientras veía llegar al grupo, las últimas sombras que conformaban a la última cuadrilla. – ¡De pie! – Grito, y enfilo hacia las sombras que ahí estaban de pie, cual estatuas de hielo.

Sus estudiantes no podían creer lo que estaban viendo. Frente a ellos y rodeados por unos escasos siete ex combatientes antárticos, habían diez y siete soldados enemigos. De distintas compañías y por ende de distintos ejércitos, enemigos entre si, ahora unidos por el temor, que no los dejaba huir a pesar de estar sin ataduras. Ellos tenían esa mirada en los ojos que es patrimonio único de los condenados; aunque nadie pudiera ver sus ojos. Sabían que los demonios come hombres no toman prisioneros, y si lo hicieron con ellos, no podía ser para algo bueno.

Al igual que los hijos de la republica vestían sus trajes térmicos pero no llevaban puestas sus mascaras de sustento vital, eran innecesarias cuando el aire no era lo suficientemente frió como para congelar tus pulmones. Algunos incluso se habían quitado sus chaquetas.

¿Pero que cresta hacían ahí?

El viejo caminante no se dio ninguna prisa en decirselos, los miro detenidamente y luego enfilo hacia sus estudiantes. Casi preguntándose ¿Estarán listos?
Luego les hablo en voz alta y curtida por la edad y el frío. – estos son sus enemigos. Ellos son seres humanos, que pelean por una razón, distinta a la de ustedes, pero por una razón; ellos defenderán a sus compañeros y a sus familias, igual que ustedes; ellos tienen hijos y son hijos, tienen madres que los lloraran como a ustedes e hijos que los lloraran como los suyos a ustedes. Ellos sangran al igual que ustedes, sienten miedo al igual que ustedes, sin duda aman al igual que ustedes. No son monstruos tratando de destruir nuestra forma de vida, son personas; y quizás buenas personas.

Pero hay otras cosas que deben considerar; ellos pelearon en la Antártica, cosa que ustedes aun no hacen, y salieron de ella con vida, prisioneros o no; cosa que no todos ustedes podrán hacer. Ellos ya han matado, sin duda, a muchos enemigos cosa que ustedes no han hecho aun. Pero aun mas importante es que; sabiendo todo lo que les he dicho ¿Podrán ustedes matarlos a ellos, a estos indefensos ellos?

¿Podrán dejar a un lado los sentimientos que los hacen tan semejantes, y derramar su sangre, mientras ven la vida partir de sus ojos?

Porque deberán hacerlo.

Porque aquí en la cima de esta cordillera, hay un soldado enemigo para cada cuadrilla, uno por equipo, al cual deberán matar, a pesar de lo que les he dicho; a quien deberán cazar a pesar de lo que les he dicho. Porque en esta cima, en esta cordillera; no hay mas comida para ustedes, QUE ELLOS. –


Diego Muñoz Oliva