LAS GUERRAS ANTARTICAS
La completa oscuridad de una nave sin ventanas era solo perturbada por el constante titilar de pequeñas luces, en lejanos interruptores y paneles. Todos en silencio, en un mar lleno de peligros y de enemigos; era bastante posible morir sin haber pisado el campo de batalla, sin haberse llevado a ningún enemigo con el.
Cuando le dijeron que el movimiento del mar no producía mareo dentro del submarino, mintieron; como el creía, hacían a menudo. Su estomago estaba revuelto y tenia miedo; aunque no lo demostraba pues ninguno de sus demás compañeros lo demostraba. Miraba y miraba a su alrededor los rostros, delineados en la oscuridad por las luces de los instrumentos, de todos sus compañeros. De los cien no parecía haber ni siquiera uno con miedo.
Solo cien contra los más de diez mil que tenía cada potencia. No importaba el entrenamiento ni el ritual de inicio, el no podía ver como ganarían esa guerra. Tan pocos, contra tantos; rifles de dardos contra fusiles láser, tres submarinos contra armadas enteras. Era imposible ganar.
La angustia y el mareo comenzaban a controlarlo, su corazón comenzó a latir más y más rápido y sus piernas a tiritar.
Un susurro llego a su oído izquierdo desde su espalda. - No tenemos que ganar, no tenemos que sobrevivir -. Las señales tan conocidas entre su cuadrilla tuvieron una respuesta tranquilizadora por parte de su capitán.
Era cierto. Lo único que tenían que hacer era matar a cuentos pudieran, detenerlos el mayor tiempo posible, esperar a que se mataran entre ellos, e infundirles el mayor terror posible. – Nos comeremos tu carne si pisas nuestra tierra – dijo en voz alta. Toda su cuadrilla asintió con la cabeza al escucharlo.
El distorsionado sonido de un antiguo alto parlante resonó en la estructura metálica – Tripulación. Misión completa. Iniciamos maniobras de atraque – varias luces más se encendieron en los paneles y el animo se relajo. Todo producto de un solo mensaje. La tripulación volvió a hablar en voz alta y muchas sonrisas se dibujaron por doquier. Claro que la misión de la tripulación había terminado; luego tendrían que preocuparse por volver a casa o combatir bajo el mar, pero eso seria luego. Ahora podían disfrutar de su victoria y de su paz.
El alto parlante volvió a chirriar. – Tripulación habla el Capitán. Una vez más cruzamos el Antártico, una vez más nos infiltramos en territorio enemigo, una vez más nuestra preciosa carga llena completa. Los felicito por su excepcional trabajo y disciplina. La nave ya esta casi amarrada a hielo y han y hemos cumplido. Pero antes de romper la disciplina con nuestro egoísmo. Despidamos a los combatientes. –
El silencio volvió a reinar, pero ahora todas las miradas estaban sobre ellos. De pie uno junto a otro en la última cubierta. Era tan solo un gran agujero donde antiguamente se llevaría carga. Ahora ellos estaban ahí a la vista de todo el mundo; toda una tripulación que comenzaba a acercarse a las barandas sobre ellos y a rodearlos. Entonces se hizo la luz.
Tras una baranda vieron a su instructor en jefe. Con su traje para el hielo puesto y su capucha echada hacia atrás. Casi como si fuera a acompañarlos sobre el hielo. Con un radio en la mano. – Atención - su voz sonó distorsionada pero clara por los alta voces. – Soldados. Los he acompañado en cada paso de su entrenamiento y en cada legua de su viaje. Se que tienen muchas dudas y algo de miedo. Se que son pocos y nunca les mentimos acerca de cuantos de ustedes sobrevivirán; pero ustedes son cien. Son cien demonios hambrientos de carne y sedientos de sangre. Ese hambre y su entrenamiento son todo lo que necesitan.
Me han hecho sentir orgullosos desde el comienzo, y el hecho de que sean tantos los que llegan a este punto me da confianza, sobre como hemos elegido hacer las cosas como nación. Se que dudan de su entrenamiento, pero dejaran de hacerlo cuando se encuentren con el enemigo. Por ahora solo recuerden cuanto han sufrido y cuanto han estudiado y entrenado desde que nacieron.
Somos los únicos en este planeta que viven así; y lo hacemos para que algún día no solo nuestros descendientes puedan vivir de otra manera, sino para que ellos puedan vivir y punto. –
Las tres escaleras que daban al exterior desde la última cubierta se iluminaron con luz del exterior, al abrirse las escotillas que cerraban el submarino. La tripulación que los observaba comenzó a cantar el himno nacional. Todo un coro de voces resonaba en el metálico interior. Y el instructor volvió a hablar - Nuestra ley dice que un combatiente que ha cumplido su obligación con la republica no pisara de nuevo la Antártica; se quedara en casa y criara hijos, criara nuevos combatientes. De no ser por esa ley yo estaría con ustedes ahora y mi corvo volvería a probar la sangre. Pero ahora los despido mis cien demonios. Los saludo y los despido. Pónganse sus guantes que afuera hace frió y ¡Maten bien! ¡Y MUERAN BIEN! -
Mientras la tripulación los saludaba y cantaba uno a uno comenzaron a ascender por las escaleras. Si la vida que antes llevaban los había seguido en su viaje, ahora debía quedarse en el submarino. Nadie de los cien hablaba, nadie podía decir palabra alguna. El canto solo era interrumpido por gritos fanáticos.
Por ultimo la voz del Capitán volvió a sonar – Cien demonios bajando. Demonio tu eres el terror de estas tierras.- Ese fue el único adiós que le dedicara su padre.
Al llegar a la superficie se encontró con que el submarino estaba dentro de una gran caverna de hielo blanco, en donde todo parecía haber sido tallado del mismo hielo. El frió le golpeo la cara de inmediato, mientras seguía a sus compañeros a través de tres pasarelas que los llevaban a hielo. Una vez allí se alinearon como era su costumbre, con su equipo completo y su fusil en mano.
El personal de la base los miraba con regocijo y hablaban entre ellos mismos con grandes sonrisas. El optimismo era aplastante, al parecer tanta gente esperaba tanto de el y de sus compañeros.
Cuando el último de ellos hubo bajado un oficial se dirigió a ellos. – El Guardián Ciego los esta esperando. Síganme. – EL oficial los condujo dentro de una gruta escarbada en el hielo, iluminada por tubos de neón blanco. La gruta resulto ser algún tipo de comedor, que en el fondo tenia un escenario; sobre el cual había un anciano soldado, aun en uniforme, que en sus manos sostenía un bastón largo. Su traje tenia viejas manchas de sangre y sus botas tenían la marca que deja el frió extremo. Sus ojos eran de un blanco tan blanco como la nieve que pisaban, y parecían igual de mortales.
Allí custodiado por dos soldados estaba el guardián ciego. El guerrero de elite que nunca dejo la Antártica, el que volvió a la base victorioso aun estando ciego; quien se convirtiera en figura religiosa ganándose así su derecho a no volver. Hace medio siglo el fue el primer demonio come hombres. Ahora el daba la bienvenida a cada grupo, a cada nueva generación de demonios.
-¿Son estos todos?- Sonó su pregunta como la un abuelo que ha cruzado el infierno con tal de que su familia viva en el paraíso, con amor en cada silaba y la muerte siempre en la punta de la lengua.
- Si son todos señor - Le respondió el que estaba a su derecha.
El anciano se dirigió al grupo con la cabeza en alto - Esta guerra llevaba ya muchos años cuando yo mate a mi primer enemigo y devoré mi primera presa. ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿Qué cosa es ahora distinta? Fuera de las armas de nuestros enemigos. – El silencio solo llamo a seguir escuchando. – Lo que cambio es que ahora somos honestos con nosotros mismos y de ahí en más somos mejores. Yo no fui el primero en comer carne humana para sobrevivir, solo que no lo sabía; nadie nunca lo había confesado, era una vergüenza con la cual nuestros padres morían. Ahora es lo que a ellos les da temor y los hace preferir enfrentarse a ejércitos mejores armados. Ahora aceptamos y abrazamos lo que somos.
Aceptamos que le vendimos el alma al diablo como personas, nación y republica para poder seguir viviendo como un pequeño estado entre montañas, que antaño fueron cordilleras. Mi padre recordaba el infierno en que la codicia convirtió este planeta; recordaba en sus sueños los calores del armagedon, devorando la tierra, contaminando y evaporando las aguas y la vida. Yo recuerdo el retorno del mar que todo lo devoro y el frió. El agua y el frió traídas por el calentamiento y que encerraron a una nación entre montañas.
Vivimos, nuestros hijos y padres viven, gracias a un pacto satánico capaz de acabar con la escasa vida de este planeta. Ataca nuestro hogar y destruiremos la reserva de agua por la que tanto pelean. Los conglomerados financieros, que destrozaron el mundo a mordiscos, saben que preferiríamos morir todos que vivir en su mundo de esclavitud y guerra.
Esta es la Antarctica chilena porque estábamos aquí antes. Y porque estábamos aquí antes vimos antes el problema; vimos de ante mano su problema de energía y de calor y decidimos invertir en lo nuclear. Ahora el fruto de esa inversión esta aquí oculta en el hielo, el fruto de prever es lo que nos mantiene vivos.
Los jinetes del Apocalipsis, que el Papa sigue diciendo que vendrán, ya estuvieron y están aquí. Sus nombres son: Crisis energética, calentamiento global, glaciación y sed. Vivimos la última parte de aquel evento que debía destruir al mundo. Y mientras el mundo es destruido y la gente muere por millones de hambre, sed y pobreza; nosotros somos los encargados de castigar la avaricia humana. Los enviados de Dios mismo a castigar a los hombres que buscan depredar o hacer fortuna con aquello que puede salvar al mundo. Y aquí se nos permitirá matar a cuantos nos sea posible hasta que Dios mismo baje a detenernos.
domingo, 8 de julio de 2007
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