viernes, 30 de marzo de 2007

CAÌTULO 3

LAS GUERRAS ANTARTICAS


- …Chile fértil provincia señalada de la región antártica famosa… ¿Qué seguía?-

Llevaba tratando de recordar el resto del poema durante la última media hora de tormentosa y oscura caminata; a modo de distracción del hecho de que la nieve no le permitía ver hacia donde iba. Frustrarse por no recordar un autor muerto hace siglos y su poema, que pusiera alguna vez en el mapa a un país, que poco importaba ya en esas circunstancias; parecía más sano que frustrarse por su probable muerte.

Tal vez fuera cierto: nuestros últimos pensamientos en vida son siempre hacia el hogar.

Con suerte podía ver a través de su mascara de sustento vital escarchada y la nieve, el indicador en su chaqueta, junto a demás controles que ahora daban lo mismo. Aunque sabia la inutilidad del constante mirar; si algo era constante en el continental campo de batalla era que en la Antártica la energía siempre se agotaba y siempre escaseaba.

Su traje, diseñado por expertos para mantener su cuerpo a una temperatura confortable, no restaba energía alguna. El hule del que estaba hecha la parte interior, originalmente pensada para trajes de buceo a gran profundidad, más el traje de combate y camuflaje blanco, las botas de combate, los guantes, la capucha, e incluso su ropa interior; era un todo magnifico a prueba de hipotermia. La mascara era si otro cuento.

De su equipo varias cosas requerían baterías. Su equipo de posicionamiento antártico (E.P.A.), diseñado para funcionar sin la necesidad de satélites; los cuales nunca podrían ver a través de la espesa capa de nubes que cubrían la ultima frontera. Su cortador de hielo, fundamental para la supervivencia en tales condiciones. Su arma, que requería una gran fuente de poder para comprimir el aire que empujaría sus dardos con fuerza balística. Y por supuesto su mascara, diseñada para calentar el aire que respiraría el soldado; sin la cual se le congelarían los pulmones.

La masacra ya no tenia batería. Su tipo de batería era solo compatible con la fuente de poder del fusil de dardos; el cual sin batería era cargado solo por costumbre.

La última vez que pudo ver su indicador de carga este no le dio muy buenas noticias. Solo cuarenta y cinco minutos, - ¿Cuánto de eso ya paso?- Se pregunto con un profundo sentimiento de aceptación.

El eterno paisaje blanco y la poca luz del sol era capaz de volver locos a combatientes mejores que el. La monotonía mortal que hacia que dieras gracias por estar bajo fuego.

Aunque realmente nunca se esta bajo juego.

Todos los bandos de esta estupida guerra habían demostrado por primera vez el uso de razón en una guerra. Cuando estas luchando por un territorio tan preciado lo dañas lo menos posible. Nada de explosivos comunes; nada de armas atómicas ni químicas que contaminarían el preciado hielo o lo evaporarían para que se contaminara en la atmósfera; nada de vehículos a combustión; nada de armas cuyos proyectiles se impulsaran a pólvora o algún otro explosivo; nada de dardos envenenados. Tratar de dejar el menor rastro posible de permanencia humana; cuidar a toda costa la reserva mundial de agua.

Nadie se puso de acuerdo con nadie. Nadie firmo ningún tratado ni hablo con nadie. El “mundo libre” no emitió ningún mensaje. La única vez en la historia en que todos los seres humanos pensaron lo mismo y actuaron de consuno, no fue por conciencia, no fue por un debate, no fue por lo que haya dicho el Papa del viejo mundo. Lo único que los hombres escucharon finalmente fue su propia necesidad: comida y agua. No existe la primera sin la segunda.

El temido beep; lo saco de sus pensamientos de política exterior y ecología mundial. Le habían dicho claramente que significaba durante su entrenamiento, mencionado como los marinos hablan de algún mítico monstruo, que saben se los podría tragar en cualquier momento. Su “excelentemente diseñada" mascara de respiración se estaba quedando sin energía; pero sobre todo decía cinco minutos hasta la llegada del aire frió; luego unos dos a tres minutos de respirar micro cristales de hielo que le destrozarían los pulmones y moriría.

Sintió como sus zapatos para nieve apuraban el paso, queriendo llegar por si solos a algún lugar seguro, que el sabia no existía.

El viento dejo de soplar fuerte y cortante por un momento, permitiéndole algo de visibilidad. En lo que creyó una cruel ironía del destino.

- Mira bien el lugar que será tu tumba ¿Es eso?- se dijo a si, pensando en el oscuro sentido del humor que Dios demostraba.

Y entonces lo vio.

Parecía una loma de nieve; pero estaba en una planicie donde el viento no permitía la existencia de lomas, ni colinas, ni nada además de hielo. Quiazas era un espejismo provocado por el calor del traje y la falta de agua. ¿Pero que podía perder?

Dejo que sus pies lo arrastraran a su alocado ritmo para verlo más de cerca, y por supuesto tocarlo. Era real, estaba allí; un iglú en mitad de la nada. -¿Pero quien lo ha hecho?- Se pregunto a si mismo, mientras encontraba la entrada y se daba cuenta de lo importante de esa pregunta.

Con la estrecha entrada del iglú seria un blanco fácil ante cualquier ataque del ocupante; por lo que tenía un treinta y tres coma tres por ciento de posibilidades de morir. Que estuviera habitado por un camarada era poco probable por lo las posibilidades de morir solo aumentaban. Otro beep le recordó de el cien por ciento de posibilidades de morir, que le aguardaban allí afuera.

Se apresuro a arrastrase por la entrada mientras maldecía haber perdido la pala que le permitía construir uno propio; aunque le habría servido poco en aquella tormenta. El maldecir siempre distraía su mente del factor muerte, que continuamente lo rondaba.

Avanzo al interior cuando ya olía el frió del aire. Sintió el calor y rápidamente se quito la mascara. Inspiro profundamente el aire frió pero no mortal y encendió su linterna; preparándose para el combate o la muerte.

Se dio cuenta de que estaba solo. – La muerte ha sido burlada una vez más. Tal vez debería comenzar a anotar todas las veces.- Se dijo a si mismo en voz alta dejándose caer rendido al piso y quitándose la chaqueta “bajo cero” que lo comenzaba a asar.

Pero el estar solo no quería decir que el iglú estuviera deshabitado. Confirmo esto cuando vio equipo apoyado en las paredes.

Se acerco para examinarlo y encontró un radio de largo alcance, la única forma de comunicarse con alguna parte aquí en la antártica; la pequeña bolsa de un saco de dormir “bajo cero”, y un fusil republicano, armamento standar de las Fuerzas del Ejercito Antártico.

- ¡Coño madre!- Dijo con alegría.

¿Había no solo esquivado a la muerte sino también encontrado ayuda?

Su entrenamiento inmediatamente tomo el control, y recordó a su suboficial de instrucción –“No estamos vivos y seguimos peleando después de 14 años porque seamos más o tengamos las mejores armas, ni la mejor tecnología. Podemos estar aquí por como pensamos y con la velocidad que podemos hacerlo. Piensen y se mantienen vivos; es así.-

Si, la mentalidad era la clave. El considerar todos los ángulos, el pensar todas las posibilidades, el hacer el mayor numero de preguntas, el eliminar las posibles sorpresas; eso era lo que sin duda le daba su única y verdadera ventaja.

-¿Entonces que es lo que no cuadra aquí?- Se pregunto mientras su razonamiento, ya casi hecho instinto y sexto sentido, le decía que algo estaba mal.

Se respondió casi de inmediato. –La radio, no puedo reconocer la radio.-

Tomo la radio y la examino a la luz de la linterna. Era un comunicador de largo alcance, con un E.P.A. integrado. Funcionaba igual que todas las radios; emitía una señal que rebotaba en el infranqueable cúmulo de nubes que cubría el último continente, incapaz de comunicar fuera de la Antártica. Era la única manera de comunicarse; una vez más, como en toda guerra justa, el terreno igualaba a las guerrillas con las superpotencias, comerciales o no.

Estaba recordando como funcionaba la radio cuando lo vio; el claro distintivo corporativo convertido en escudo de guerra: SHELL INVEST


-Concha Grande- Se escapo de su boca como un susurro, recordando que las antiguas maldiciones aun servían bien.

Su mente entrenada para pensar rápido, vio las posibilidades a las que se enfrentaba. Mientras sus manos verificaban ya la carga y la fuente de poder del fusil republicano recién encontrado.

-Puede ser un bastardo petrolero, armado con un rifle láser, armadura corporal de escamas y entrenado en combate cuerpo a cuerpo. – Con su mente en la armadura corporal olio el cilindro de dardos del fusil y se calmo al sentir el olor de la capa de teflón que los cubría. – Por lo menos cinco centímetros más de penetración.-

Cargo el fusil, preparando la emboscada al habitante que podría volver de un momento a otro, cuando considero otro factor. - ¿Y si es un soldado republicano que capturo el iglú y la radio? No estoy seguro de nada por lo que no puedo esperarlo “con el tesito caliente” ni apagar la linterna y dispararle a lo primero que cruce el umbral.- Al parecer no había escapado aun a la muerte.

Entonces recurrió al saco de dormir. No le daría una respuesta definitiva pero lo ayudaría a ver las probabilidades de lo que estaba adivinando; después de todo eso era lo que estaba haciendo.

Shell Invest. La misma compañía; capaz de tener un ejército privado, bien entrenado y devorar militar y económicamente países enteros y conglomerados comerciales completos. Una de las tantas que iniciaran esta guerra.

Aun estaba la posibilidad de que fuera un republicano compatriota; aunque era remota le impedía usar el fusil y utilizarlo para amenazar era ponerse en riesgo innecesariamente. Podía comer carne humana, matar eficientemente y sin culpa alguna; pero matar a un compañero de armas no tenía perdón; incluso cabía la posibilidad de que fuera su hermano. Pero las posibilidades dictaban que era mejor preparar el combate; el cual en el peor de los casos nos daba la oportunidad de obtener información.

El tamaño del iglú, que de altura no llegaba al metro ochenta centímetros, en su parte más alta, por dos metros y quizás cincuenta centímetros; no le permitía distanciarse mucho de su enemigo o atacarlo con holgura. El derribarlo y dominarlo en el piso era la única opción que quedaba, y no dejaba de ser arriesgada.

Saco su derretidor de nieve he hizo un pequeño agujero en la pared donde puso la linterna cosa que iluminara directamente a la entrada. Escondió su escaso equipo tapándolo en un costado con su chaqueta de camuflaje blanco. Luego se acuclillo con la espalda contra la pared de hielo y extrajo un pequeño control que accionaba la linterna. Finalmente desenvaino su oxidado, maltrecho y quebradizo corvo.

La trampa ya estaba tendida y solo le quedaba esperar.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Capitulo 2

LAS GUERRAS ANTARTICAS


Cansado y satisfecho en carne humana decidió ir a dormir. Camino a lo largo de la gran caverna helada hasta llegar a un grupo de chaquetas enemigas sobre las cuales dormía, con ellas creaba una capa aislante del hielo sobre el cual seria un suicidio quedarse dormido. Hacia mucho que no estaba satisfecho, de hecho no se había comido ninguna de las barras energéticas con las que sus adversarios, no caníbales, se mantenían con vida; en cambio decidió guardarlas para cuando la carne se acabara.

Se recostó deseando poder quitarse aquel traje aislante de hule que le mantenía vivo y caliente, recordando como era dormir con poca ropa en un camastro o incluso desnudo al lado de una mujer. ¿Hacia cuanto que no se lo quitaba? Parecían años ya; de hecho lo más probable es que fuera un año al menos. – De ser así me iré a casa pronto – se recordó a si mismo la promesa de volver a esa patria distante.

Ya una vez acostado y rendido se quito, incómodamente, el cinturón y lo dejo a un lado de la cama, lo mismo hizo con las heladas protecciones metálicas para sus antebrazos. Y dejando una pistola sobre su pecho maldijo de nuevo, ahora por no poder sacarse los guantes, ni las botas.

- Dormir incomodo es mejor que dormir por siempre- Decía su instructor en la escuela de alta montaña. Hasta el momento le encontraba razón.

Apago su lámpara y quedo sumido en la completa oscuridad.

Despertó con el crujir de la cueva y nieve cayéndole encima - ¿Qué mierda?- se pregunto de golpe, e inmediatamente se recordó lo que debía hacer – Piensa, piensa –

Se levanto de golpe y busco la lámpara a tientas. Tomo su cinturón, su fusil, su mochila, se puso su equipo de sustentación vital y se preparo para salir de la cueva a inspeccionar o huir. Llego al final de la cueva, ya respirando el aire filtrado y tibio de su mascara, para luego arrastrarse por el estrecho agujero que le servia de puerta. Salio al trote y dio la vuelta por la colina helada bajo la cual estaba viviendo y se lanzo de pecho a la nieve para camuflarse con ella. Su uniforme completamente blanco lo hizo de inmediato casi invisible.

La nieve levantada por el viento eterno le impedía ver con claridad, pero aun así le pareció ver figuras humanas caminado con lo que podía ser un vehiculo – ¡Un vehiculo! Algo que camine en esta nieve asquerosa. ¿Pero de quien?- se dijo a si. Sabia que no podía ser chileno, su escuálida republica no tenia los recursos para enviar mas que hombres a la ultima guerra; y los consorcios globales hacia mucho que no podían desarrollar un vehiculo capas de soportar las batallas y las nieves, menos a esta distancia del polo. Tenia que haber llegado hasta ahí por sus propios medios, ya que ninguna aeronave podía volar bajo las nubes eternas que cubrían el continente en constante tormenta.

Las figuras humanas se veían de la mitad de la altura del vehiculo, por ende era lógico pensar que se transportaban en el. -Vaya vehiculo, capturarlo será al menos una buena excusa para abandonar mi puesto y llevarlo a la base- se dijo en voz alta para darse animo, mientras pensaba en el porque estarían esos sujetos caminando; algo buscaban. ¿A el?

Era algo factible puesto que ya llevaba un tiempo haciendo desaparecer gente en la misma área – Estupido pasaste mucho tiempo en el mismo lugar- Se recrimino, mientras se levanto para ver de mas cerca.

Obviamente los cuatro soldados que iban a pie estarían en contacto radial constante, entre ellos y el vehiculo; seguramente estarían escuchando la misma música. Debía matarlos en el menor tiempo posible y en silencio. Eso era lo más difícil.

Su confiable fusil de dardos le daba una ventaja que los invasores no parecían haber comprendido. Cada vez que disparas un láser puedes ver el blanco y el tirador unidos, aunque sea brevemente, por un as de luz; eso nunca ocurría con un arma mas barata, menos potente, de menor alcance pero que no dejaba rastros de haber sido utilizada; no al menos en medio de una mañana antártica.

Se echo a tierra más cerca de sus objetivos y apunto de inmediato al último de ellos. Los soldados habían echado suertes para ver en que posiciones buscarían, era obvio que los dos hombres en la retaguardia serian los primeros en morir en caso de un ataque. El dolor y lo que este significaba no fue una sorpresa muy grande para el primero en caer; ahora debía esperar a que el otro hombre en la retaguardia se diera cuenta de que su compañero ya no los seguía y bajara la guardia, quedándose así un poco más separado del grupo.

La segunda ráfaga que cruzo el aire frió destrozo la mascara de su objetivo sin dejarle tiempo para dar la alerta. Se puso en pie y corrió a ocupar el lugar de uno de los enemigos caídos. Al llegar a la posición disminuyo el paso y camino calmadamente hacia el que parecía comandar el grupo a pie. Le toco el hombro y este se volteo, antes de que se alcanzara a formular una pregunta en la mente de su enemigo, se toco el oído e indico a la retaguardia. Su ahora interlocutor de señas le movió la cabeza y paso de largo hacia la retaguardia dejándolo solo, mientras seguramente informaba al vehiculo que tenían problemas con la radio y que faltaba un hombre. El vehiculo se detuvo y las posiciones cambiaron; el comandante del grupo paso a la retaguardia dejando, sin saberlo, a su ultimo hombre solo con un enemigo hostil, mejor entrenado, armado y ya infiltrado en sus filas. En unos segundos ya no tenia mas hombres; seguramente del vehiculo le estarían avisando que habían perdido contacto radial con el resto del equipo.

Fue lo último que le informaron. Ahora el vehiculo estaba ciego y solo; era grande pero no debían quedar más de tres hombres dentro, a lo mucho.

-¿Cómo entro?- Era la pregunta lógica que se estaba haciendo cuando el vehiculo pareció moverse. No cualquier movimiento sino el que ocurre cuando se abre de golpe una escotilla o puerta.

Inmediatamente se agacho con la espalda pegada a aquella maquina y exigió a su mente una solución. Ya había visto que en la parte superior el vehiculo de orugas tenia una especie de cañón; probablemente un láser conectado a la fuente de poder del vehiculo, lo que le daba la posibilidad de disparar si llegar a descargarse. Alguien debía haber salido a operarlo. -¿Qué pretenden? Les convenía mucho mas el quedarse encerrados, seguros y huir.- la estupidez ajena es algo que muchas veces le daba rabia, aun sabiendo que en este caso debía agradecerla.

Tomo una de las pocas granadas que le quedaban en su cinturón y arrojo dos. El soldados trato de defenderse disparando pero lo único que logro fue dar en el vehiculo antes de volar en pedazos. Debía ahora moverse rápido, seguramente otro de los hombres que quedaban dentro trataría de ocupar el cañón, o peor aun cerrar la escotilla, mientras el tercero conduciría el vehiculo lejos en una huida desesperada. Pero tenia una posibilidad si lograba subir de prisa, pues el cuerpo, o lo que quedaba, del primer artillero estorbaría el paso del segundo soldado y le daría le tiempo suficiente para entrar. Una vez adentro ya seria peligroso.

Subió apoyándose en la oruga justo antes de que esta comenzara a moverse, y logro afirmarse de los restos del cañón para no caerse justo a tiempo. El segundo soldado salio a la intemperie armado con una pistola pero si el equipo necesario, sin siquiera una mascara. El frió comenzó a matarlo en cuanto saco la cabeza del vehiculo, los dardos recubiertos de teflón que lo atravesaron solo le evitaron el sufrimiento.

Su cuerpo callo por la escalerilla hasta el piso interior del vehiculo, haciendo lo que debió ser mucho ruido. Había que recargar el fusil antes de bajar, pues no sabia que le esperaba allí abajo y no podía simplemente dejar caer una granada pues necesitaba el vehiculo intacto. O al menos lo mas intacto posible.

No tenía mucho tiempo para pensarlo; por lo que lo hizo rápido. El tipo que quedaba, si es que era solo uno, estaría armado cuando menos con una pistola de dardos impulsada por gas comprimido, como su fusil; lo estaría esperando y bajar seria un suicidio. Tampoco podía simplemente disparar pues los dardos al atravesar el o los cuerpos de el o los enemigos, destrozarían la cabina. Este era un trabajo para el corvo.

En eso el vehiculo se detuvo. No había pasado ni diez segundos desde que cayera el segundo tripulante. Ya era casi definitivo solo quedaba uno y lo estaba esperando.

Decidió finalmente arrojar su ultima granada de humo en el interior, y confiar en su habilidad para luchar con poca visibilidad y en que el frió que entraba al vehiculo aletargaría los movimientos de su adversario.

De poder contar con que el frió lo mataría antes de que se disipara el humo no habría tenido que entrar, pero los pulmones y los ojos de su enemigo no se congelarían lo suficientemente rápido dentro del vehiculo. Por lo que arranco los restos del cañón láser y lo arrojo abajo por la escalerilla. Pronto escucho, a pesar del viento, el rebotar de dardos sobre el metal. Contó hasta 20 y se dejo caer con el corvo desenfundado.

Se quedo lo más agachado que pudo luego de caer y en cuanto vio a la figura de su adversario frente a el, se le abalanzo. El ultimo de los ocupantes de aquella maquina estaba recargando su arma, y termino de hacerlo justo cuando una punta de acero muy helada se le clavaba en la pierna buscando su arteria femoral.
Mientras lo apuñalaba escucho un par de dardos más rebotar por la cabina. Entonces jalo su cuchillo mientras le tomaba a su adversario la mano con la que sostenía el arma, así lo llevo a la altura en que el se encontraba y más abajo, al piso. Desgarrándole la pierna, luego de dejarlo sin apoyo y mientras caía; lo degolló.

Se levanto dando gracias a Dios. Luego guardo el corvo con la sangre congelada en la hoja y mientras el humo se desvanecía busco una insignia que le dijera quien de sus enemigos había concebido una maquina así. La encuentra y no le sorprende “LG WORLD”

Luego de disipado el humo se deshizo de lo que parecía ser el detector SPA (sistema de posicionamiento antártico), bloqueo la radio, se deshizo de los cuerpos, cerró la escotilla y finalmente aprendió a conducir esa maquina capaz de transportarse por el continente mas frió del mundo. Cuando por fin supo como hacerlo lo llevo hasta su cueva y comenzó a cargarlo para el largo viaje.

Cuando has estado mucho tiempo matando enemigos de distintas razas y de distintas compañías, y en especial si perteneces a un pequeño país que requiere de todos los suministros posibles, se acumulan muchas cosas. Rifles láser, pistolas de dardos, mascaras y sistemas de sustento vital, chaquetas, radios enemigas; etcétera. Todo eso debía ser llevado a la base CERO, todo eso podía sostener a varios soldados más. La clave de la guerrilla era que no solo derrotabas a tu enemigo de apoco, sino que además te fortalecías, te alimentabas de el. Eso el lo tenia sumamente claro.

El viaje comenzó con una larga vuelta para evitar las posibles patrullas que estarían buscando esa maquina y un corto mensaje por radio: “Aquí depredador 35.415.067- k, regreso a la base a bordo de vehiculo enemigo”.

lunes, 26 de marzo de 2007

LAS GUERRAS ANTARTICAS

CAPITULO 1

Su padre siempre le hablo de esos palitos de madera y pólvora en la punta, llamados fósforos, que con solo rasparlos liberaban energía que daba como resultado una pequeña llama. Fuego, que se cargaba en el bolsillo.

Con la escasez de madera, gas vegetal, combustibles fósiles; era imposible imaginar al niño que debió ser su padre, cuando los tuvo en su mano, con decenas de palitos capaces de producir fuego en su bolsillo.

Fósforos, encendedores, chisperos; ya nada de eso existía. Ya desde hacia mucho nadie cargaba el fuego entre sus ropas. Ya desde hacia mucho, antes de que el naciera, toda la energía era eléctrica. Conseguida de las mas variadas formas; a través del viento mal oliente, de las grandes masas de agua que inundaban el mundo, e incluso salida del calor nuclear. La electricidad movía al mundo, o al menos lo que de el quedaba.

La crisis de los combustibles fue el primer Apocalipsis que vivo la raza humana. Cuando se encontró algún tipo de solución, continúo la crisis del agua, la de la tierra; y así hasta llegar a esto.

El Apocalipsis no fue la apertura del cielo, la llegada de un dragón y los 4 jinetes; todo en un día. El Apocalipsis es estar sentado en un hoyo cavado en la nieve, deseando tener los fósforos de los que hablaba su padre, para poder cocinar y comer carne humana.

El Apocalipsis es el abandono de toda moralidad con la excusa de sobrevivir. De esto la humanidad jamás se recuperara.

El seguía sentado en el piso de aquella gran cueva de hielo bajo tierra, o en realidad bajo la nieve, la cual le permitía resguardarse de las tempestades y respirar sin usar su mascara para nieve. Pensando en como uno de esos palillos podría encender el papel de aquel libro o cuaderno, escrito en ese idioma que nunca quiso aprender, que hace un rato ya le había quitado al cadáver de ese soldado chino…. O taiwanes, o ¿Quién demonios sabia?

La chaqueta que el oriental y su compañero llevaban no tenían ninguna insignia o distintivo que el conociera.

Sus tripas crujieron recordándole el asombroso hambre que sentía. El sonido hizo eco en la bóveda cavada, presumiblemente por sus enemigos muertos, en la nieve.

Pero había una razón por la cual el estaba vivo y sus enemigos no, una por la cual el podía durar mas tiempo sin comida y sin dormir, una razón por la cual sabia vencer con menos equipo; una razón por la cual su diminuto país seguía defendiendo su derecho sobre ese asqueroso trozo de hielo. Su entrenamiento.

Ya era casi el lema de su pequeña republica. “Lo que aprendas puede salvarte”.

Volviendo a su futura comida hizo uso de su instrucción en una forma olvidad de crear energía térmica. Tomo su fusil y le quito el cargador, del cual saco uno de los largos dardos que le servían de munición. Luego saco su corvo y sobre una masa de papel, ya cortado en delgadas y arrugadas tiras, y pelo de uno de los cadáveres, los golpeo hasta obtener chispas. Esto le dio como resultado fuego.

Las botas de sus enemigos, sus trajes, una de las chaquetas; todo era combustible. ¿Que importaba el olor? ¿Qué importaba el sangriento desastre que había hecho al cortar los trozos de carne de los cadáveres? ¿Qué importaba el ruido que habían hecho al morir? ¿Qué importaban sus almas? Hay cosas en las que es mejor no pensar, el olor es solo una de ellas. Si bien hacia mucho que no se sentía humano, el no comer carne cruda lo hacia sentir menos animal. O al menos era lo que el necesitaba creer.

Si bien el fuego derritió algo el piso de la cueva esa agua es imbebible incluso para un caníbal. Con sed luego de saciar su hambre con sus enemigos, saco de su mochila un cuchillo sin filo que clavo en el gélido suelo y luego lo encendió. Su G.A.P. (generador de agua potable) era una pieza clave de su equipo básico reglamentario, sin la cual no podías sobrevivir en la Antarctica. Este lentamente comenzó a derretir el hielo a su alrededor, pronto podría hundir su tacho en agua fresca; guardada por Dios durante millones de años en esos hielos eternos. Pronto probaría la mismísima razón de esta guerra.

Mientras grandes y despiadados ejecutivos/dioses de consorcios globales temían dentro de sus fortalezas que sus reservas de agua se terminarían, el bebía agua a su gusto y se paraba firme sobre el objeto mismo de su avaricia.

-Compraron países enteros para secarlos; sacar sus minerales de la tierra, contaminando su agua; criar ganado matando las selvas; esclavizando a su gente y obligándola a comprar lo que otros esclavos producían. Se hicieron ricos con nosotros y aun nos utilizan- Pensó odiando aquel mundo y aquel maldito blanco que lo rodeaba todo. Miro a los cadáveres y les grito. – ¡A ustedes los siguen utilizando, a mi me temen!-

Tardo unos escasos segundos en comprender que estaba siendo poco razonable. – los cadáveres no responden y menos sin carne sobre sus huesos – Se dijo a si mismo calmándose por fin.

Luego de guardar el resto de la carne ya congelada y revisar los equipos enemigos, enterró en el hielo los restos. Dijo una oración por cada uno y dejo sus cuchillos clavados marcando sus tumbas. Le habían enseñado que toda esa brutalidad era necearía para sobrevira, que por el y todos sus demás camaradas de armas la republica sobrevivía; que aquello no era brutalidad sino patriotismo. Pero cuando no te queda nada mas, haces todo lo posible para seguir siendo humano.