miércoles, 3 de julio de 2013

CAPITULO 20

LAS GUERRAS ANTARTICAS



Los heridos eran montones. Sus heridos, suyos cada uno de ellos; y eran montones. Era algo nunca antes visto para él. -¿Qué clase de armas dejaban más heridos que muertos?

Los lasers cauterizaban la herida y mataban por shock, casi al instante; eran un arma limpia incapaz de aquella escena. Hombres mutilados, se retorcían en las sombras, por doquier. Sus compañeros, sus responsabilidades. Casi la mitad de la compañía había muerto. Pero allí los heridos se tomaban su tiempo; mientras cubrían el suelo con hielo rojo, y el aire con agonía.

La bóveda se teñía de naranja por las varas de luz. Mas aún con el color naranja devorándolo todo, tenía un suelo rojo; el rojo se imponía. El rojo de la sangre no cedía ni retrocedía; como el blanco del hielo, o el negro de la oscuridad; se quedaba ahí, reclamaba el lugar para él. El rojo de la sangre era el único real dueño del bloque de hielo. -Tanta sangre. La sangre no podía ser absorbida por la tierra, porque no la había, no podía ser absorbida por ropas o por mugre, o por basura. El hielo virgen no debía de conocer la sangre antes de la llegada del hombre. Y aun ahora se negaba a dejarle formar parte de él. El sacrificio en sangre debía de ser inmenso para eso. Para que una sola gota de sangre se mantuviera tan caliente, como para tocar el hielo y fusionarse con él; sin rebotar, solido contra su superficie. Toda vida desnuda se congelaba al contacto con el hielo, sino antes.

Las heridas abiertas nunca eran leves. Todas y cada una era mortal, si no le podían poner atajo a la gangrena; producto de la exposición al frio de la piel, de la carne, y la sangre de la hemorragia. La sangre caliente cubría más zonas de la piel antes de congelarse; y a la piel con ella. Cauterizar con laser, era la única opción. Luego tenía que cubrir la zona de la piel expuesta, con un compuesto en spray, de hule en frio que al pasar de la espuma al sólido, se adhería a todo lo que tocaba permanentemente. -Mortalmente.

Los desangrados y gangrenados no estaban solos. Estaban por supuesto los perforados a proyectiles; algún tipo de cristal o metal, capaz de perforar una armadura corporal. –Y no todos llevamos armadura corporal... Morimos por disparos, rara vez por bayoneta.- Si ni los oficiales y suboficiales estaban a salvo, nadie lo estaba. Silenciosa e invisible, dicha arma no dejaba un haz de luz que delatara la posición del tirador; y su sonido se perdía entre los zumbidos de los fusiles laser, y los gritos de los heridos. Un arma impresionante. -¿Por qué no usaron los mismos dardos para matarlos a todos? ¿Por qué acercarse a luchar cuerpo a cuerpo?

El brutal desempeño de los demonios en combate cuerpo a cuerpo, era impresionante; todos luchaban como uno solo. Nunca le había tocado atender a tanto herido, y a tanto muerto por golpe. -De seguro era un demonio, de seguro. El resultado era implacable. Cuellos rotos, piernas rotas, narices rotas, mandíbulas rotas. -Sin duda una fuerza de ataque pequeña pero devastadoramente efectiva… Tan cerca del polo.

Ahorrarle el dolor a los moribundos, era su tarea menos favorita. A los que se ahogaban en la congelación de sus gargantas abiertas; en la angustia de sus heridas gangrenadas. Sin contar con que los demás médicos estaban muertos, y eran todos su responsabilidad; los kits médicos eran escasos. Reparaban el traje más que al hombre. A este se le mantenía vivo con el TSA, sin él moriría en agónicos minutos; con él podía agonizar horas, para morir de igual forma. -En el frio y en el dolor- La muerte piadosa era el mejor camino.

Si no podía amputarles ni salvarles, debía causarles el menor dolor posible. Eso significaba una larga y puntiaguda hoja, capaz de atravesar el grueso Traje de Supervivencia Antártica (TSA). Clavada bajo el brazo izquierdo. Si hacia bien su trabajo, casi no se sentía. Le daba el tiempo justo para darle unas palabras de paz al hermano, que partía casi en un sueño. Él lo hacía bien. Era firme y preciso. Mantenía su hoja bien afilada y aguda. Varios la necesitaban hoy. Los demonios come hombres no parecían dejar heridos con salvación.

Él sabía la verdad, se lo había dicho su Comandante. Sólo servían para la guerra. Si morían al quitarse el traje terminado el tour, a nadie le importaba. Las familias eran raras, la mayoría eran “hijos de la mugre”; no había quien los llorara. Si morían al cortar la piel sintética, que volvía a unir sus trajes, daba lo mismo; ya había terminado su tour y con eso su utilidad. Los TSA rotos, cortados o agujereados por calor; al fundirlos con hule en frío, unía al hombre con su traje por la herida. Quitarle el traje significaba, muchas veces, reabrirla y verle desangrarse o morir del shock. A veces era mejor morir rápido, y bien. ¿Quién se quejaría por no tener un cuerpo que cremar? En realidad al no llevar provisiones para todos, se notaba un plan para que no todos volvieran; para que casi nadie volviera.

 -Nunca les importaron nuestras vidas, siempre tuvieron esclavos de remplazo.-  

Si es que sobrevivía a la herida y al congelamiento de un miembro y su amputación; el TSA quedaba con una marca color piel, del largo de la herida, que destacaba del blanco. A eso le denominaban cicatriz, pues bajo esta, si es que se sacaba bien el traje, quedaría la misma marca; en el mismo sitio, y del mismo tamaño. Las cicatrices se acumulaban sobre el traje en cada tour, hasta el punto que podían dejar al soldado sin movilidad; no poder desplazarte en el bloque de hielo, era morir; de frio, de hambre o porque te encontrara el enemigo. Él pondría las primeras cicatrices sobre esos trajes, recién salidos al hielo.

Pero por diestro que fuera evitándoles la agonía. No tenía la capacidad de cortar el hule sin causar la reapertura de la herida, una vez terminado el tour. El único que podía cortar el hule para dejarlo como una cicatriz sobre la piel; con plena seguridad de salvar al herido o amputado, estaba muerto. Murió delante de él, sin que pudiera hacer nada. Atravesado por los dardos que perforaron su armadura y rompieron sus costillas. El Sargento Medico estaba muerto. Se había ido en un suspiro de alivio bajo su hoja.

Y su Comandante necesitaba el hule en frío. El muñón cauterizado por láser, debía cubrirse antes de que muriera congelado; los agonizantes tendrían que esperar. No sería la primera vez que esperaban mientras se atendía a un oficial; aunque fuera, para ellos, la última.

-Aplícale el la venda en lata, rápido.- Le ordenó su Capitana. Con la capucha del TSA incapaz de ocultar por completo la belleza de su rostro.
-El Comandante morirá cuando le quitemos el traje. Es una herida muy grande.-
Ella lo cogió por el cuello y lo atrajo con violencia hacia sí, hasta poder susurrarle en la oreja.
-Nadie sobrevivirá para sacarse el traje. Sólo hazlo.-

La deprimente verdad, una vez más, lo golpeaba. No volverían de ese tour. No se sacarían nunca más esos trajes prisión. Moriría con es incómoda manguera metida en el culo, y la torturadora capilar dentro de su uretra.

Miro a su Comandante, inconsciente con su cabeza sobre las piernas de la Capitana. Parecía ido en un hermoso y distante sueño, del cual no valía la pena despertar; no para ver semejante espectáculo. Agito la lata, y quito la chaqueta que cubría el muñón; aplico primero en los bordes y fue cerrando en espiral hasta cubrir el hueso. La espuma se solidifico de inmediato, y se transformó en hule. Dos soldados tomaron al Comandante y lo llevaron a donde cubrían a los demás heridos; a los que mostraban tener salvación. Su hoja tenia trabajo por hacer, vidas que liberar de la muerte.

El suelo lleno de perdigones rojos, de sangre congelada, crujía bajo sus botas para la nieve. Pero estaba seguro de ser el único que lo escuchaba, todo el resto de la anaranjada oscuridad, lo llenaban ordenes de combate y la agonía de los heridos. Llego hasta el más cercano y se arrodillo a examinarlo. Su brazo izquierdo estaba roto a la altura del codo; el humero expuesto se notaba a través del grueso hule, allí donde debía encontrarse con el codo. Estaba inconsciente, pero aun respiraba; tendría que amputarle el brazo seguramente, pero sobreviviría. -¿Pero hasta cuándo?- Con solo unas señas los mismos dos soldados aparecieron detrás de él, tomaron al herido y lo llevaron al murallón en donde estaba agrupando a los heridos.

Se movió hasta el siguiente herido, no muy lejos, y se arrodillo nuevamente. Estaba muerto. Su rostro de agonía lucia aún más horrendo bajo esa luz naranja. A Una seña de suya, los mismos dos soldados tomaron el cadáver y con esfuerzo lo despegaron del piso; le quitaron el equipo, y lo apoyaron, tieso como estaba, contra una muralla. Un señuelo por si el enemigo atacaba de nuevo. La sangre congelada los adhería a la pared de hielo. En eso se habían convertido todos sus muertos; en señuelos llenos de trampas, cubriendo las entradas y salidas de cada pasillo, de aquella bóveda de milenario hielo.   

El siguiente necesito de su ayuda. Varios agujeros de proyectil en el abdomen. Un viejo combatiente que ya no volvería a ver el sol,  sentado sobre su sangre lo esperaba con la mirada. Capaz ya solo de asentir con la cabeza y la mirada, dio con esta su afirmación, cuando vio la larga y delgada hoja. Tocio sangre tratando de levantar el brazo izquierdo, sin lograrlo. - Para eso estoy yo aquí.- Le levanto el brazo y clavo la hoja. Su hermano no sintió nada. La muerte lo abrazo con dulzura y lo alejo del frio.

Arrodillado junto a otro cadáver, escucho un clic metálico proveniente de uno de los pasillos. Luego otro, pero esta vez no fue el único en oírlo. Varios otearon la oscuridad, sin escuchar nada más; hasta que comenzó un zumbido. Luego vieron una luz, de un azul tan puro que parecía blanca; un aro de luz. Antes de que pudieran dar la alarma, aquel circulo de luz flotante, comenzó a disparar pulsos de laser; a una velocidad que asombraba. No eran varios tiradores, sino uno solo que disparaba por varios.

Los muros del pasillo no fueron ningún impedimento para los haces de luz azul, que la agujerearon y transformaron en vapor; cubriendo el ataque con una nube anaranjada, que impedía encontrar a los tiradores. Intentar cubrirse era inútil, solo podían echar cuerpo a tierra, y rogar que los disparos se concentraran en los blancos que si se movían.

Pese a las órdenes de la Capitán, varios devolvieron el fuego, con sus fusiles laser. Rayos purpuras y azules se cruzaban en la anaranjada nube. Sus zumbidos y olores se mesclaban con gritos de dolor y el olor del hule quemado.

Cuando cesaron los disparos, comenzaron los sonidos de la lucha cuerpo a cuerpo. Los huesos se rompían, golpes se daban, soldados caían al piso. La bruma naranja ocultaba todo. La luz que les dio organización y sensación de seguridad, ahora daba aún más cobertura que el solo vapor blanco en las tinieblas. El miedo comenzaba a apoderarse de los sobrevivientes. Pero la Capitán se hizo oír por fin. - ¡Sin fusiles imbéciles, solo les dan vapor para cubrirse y se hieren entre ustedes! ¡Usen sus cuchillos! ¡Todos en formación de triangulo!


...,...

miércoles, 10 de abril de 2013

CAPITULO 19


Las Guerras Antarticas



            -Atravesó la pared-. No podía creerlo. Había visto a Mamá Osa hacer grandes cosas, cosas sorprendentes; pero nunca creyó posible algo así.

Se puso en pie a toda velocidad y corrió tras ella. La encontró de inmediato, de pie arrojando cuchilladas contra un enemigo más grande que ella, y notablemente más rápido. Salto al combate con un grito. Esa mujer, más joven que él, superior e imposible; no iba a morir en su guardia.

Se lanzó en un tacle a la cintura, coordinándose con Mamá Osa, que atacaba su cuello, su pecho y sus brazos. Trató de tumbarle derribándolo de una pierna, pero el gigante de hielo no cayó; se movió defendiéndose y le dio un gran codazo en la espalda. Sin el protector espinal de su chaqueta de Supervivencia Antártica, el codazo le dolió hasta el pecho, y lo obligó a soltar la pierna. Sus manos apenas alcanzaron a cubrir un rodillazo, de la pierna contraria. Sus propias manos se estrellaron contra su sien izquierda, rompiéndole la ceja y obligándolo a soltar el cuchillo. El impulso lo giró en el aire y lo hizo caer de costado en el hielo.  Pudo ver desde el piso a su Sargento recibir una patada en el abdomen y retroceder.

Se apoyo en tres patas y lanzó su mano izquierda al tobillo; lo aferró con todas sus fuerzas. Sus ojos lo vieron envuelto en sombras y en el naranja, de su vara de luz. Se impulso y halo al mismo tiempo, haciendo tambalear al adversario. Paso su mano derecha por detrás de su rodilla, y con toda su fuerza arrancó la pierna del gigante del piso. -Aquí te tengo-  dijo en voz alta. Cuando se puso de pie, tuvo a su enemigo en una pierna, y barriéndole su único apoyo, dejó que la gravedad lo llevará contra el piso.

Su adversario se le colgó del cuello y le dio un rodillazo en las costillas. Haciéndole girar, rodar, y quedar él por debajo; con la tibia del veloz demonio sobre su cuello. Su Sargento atacó con el cuchillo, en una profunda estocada a la garganta; que el demonio bloqueo sin problemas, desviando el cuchillo, y a Mamá Osa, hacia su derecha. Le tomo el brazo que sostenía el cuchillo y se aseguró de evitar un contra ataque con la hoja. Pero en lugar de eso Mamá Osa lo embistió con todo su peso. Sacándolo de encima suyo, permitiéndole respirar nuevamente. Una gran bocanada de aire fue necesaria antes de ponerse en pié.

Se sobo la garganta y busco su cuchillo. La escasa luz, de su vara tirada en el piso, no le ayudó en mucho. Si encontró un cuchillo, extraño de punta curvada, como un gancho y hoja recta. Sin tiempo para contemplar la rara herramienta, se lanzó a la oscuridad, en ayuda de su Sargento. Sólo pudo ver las amarillas líneas de su uniforme, luchando contra una sombra. Ella ya estaba por debajo y el Demonio montado sobre su cintura. -Es mío.-

Lanzó un corte horizontal hacia delante. Pero la hoja en su mano no encontró nada. Ya no había nadie sobre Mamá Osa. El Demonio desapareció en las sombras, sin hacer el menor ruido. -Imposible-.

-¿Donde se fue?- Le pregunto ella. Sorprendida de seguir con vida.
-Desapareció-.
-No puede estar lejos.- Afirmó, mientras se ponía en pié. - Luces.- Le ordenó Mamá Osa.

Ambos sacaron de sus cinturones otra vara de luz. Las rompieron en el acto y las agitaron en el aire, pronto su intensa luz ilumino el amplio pasillo; que se tiñó de naranja.

-Fue una trampa, espero afuera a que uno se quedará sólo.- Le informó su Sargento.
-Y caímos en ella como novatos.- Le respondio.     
-Tiro el brazo dentro de su refugio, sabiendo que lo seguiríamos.-
-El Demonio piensa, Mamá Osa.-
-No volveremos a caer en su trampa.- Se puso en pie, y recogió su cuchillo del piso. Lo que de inmediato le recordó que el que estaba en su mano, debía ser, el cuchillo del Demonio.

            A la luz anaranjada, lo examino con la escasa atención que podía dedicarle. Tenía una hoja totalmente recta, que terminaba en una punta curva, similar a un gancho; solo el gancho tenia filo, por ambos bordes. Uno de sus cantos, el contrario a la punta, era recto y sin filo; sin embargo el otro, justo bajo la punta curva, tenía dientes, largos y filosos. Su empuñadura parecía de hueso. -Humano, más que seguro.-

-¿Había visto algo así, Sargento?- Pregunto mostrándole la extraña herramienta.
-Nunca… Realmente parece el diente de un Demonio.- Fue su respuesta.

            Ambos estaban heridos y golpeados. La lucha aunque corta había sido dura y habían llevado la peor parte. Aguardaron en silencio, esperando otro ataque de su enemigo desarmado. -¿Desarmado…?- Al darse cuenta de su error corrió al agujero en la pared que Mamá había hecho. –¡Rápido Sargento, Le hemos desarmado, y buscara armarse de nuevo!- Escucho los pasos de su Sargento tras de él mientras corría a la oscuridad, y lanzaba su vara de luz dentro del refugio alfombrado de chaquetas.

            Dentro de el miro en todos lados, pero no lo encontró. Ni una sombra, ni un rastro; salvo uno. –Faltan fusiles de este rincón.-
-¿Cómo puedes estar seguro?-
-Porque habían más ahí cuando entramos la primera vez.-
-Estábamos frente a la entrada, no pudo salir de aquí con un fusil. Nos habría matado a parte. Salvo que…-
-Salvo que vaya por el resto de la compañía.- Ambos se miraron en la penumbra y comprendieron que habían perdido su ventaja, que ya no cazaban a nadie.
-¿Viste alguna otra salida en este sitio?- Le pregunto su Sargento.
-Sí, Señora. Por este lado.- Recogió su vara de luz del piso, y la guio hasta el fondo del refugio, justo al lado de  un cerro de baterías para fusil. –Aquí es. ¿Cree que nos esté esperando del otro lado?-
-Tiene la sorpresa de su lado. Puede escoger entre matarnos y comernos ahora. O, por como jugó con nosotros, dejarnos al final y rematar la compañía ahora.-
-¿Qué haría usted?-
-Dejarnos para el final.-

            Mamá Osa apretó el radio en su laringe y hablo a su Capitana con toda la velocidad que pudo. -¡Capitana, responda Capitana! ¡Lo perdimos, y va hacía ustedes! ¡Repito, lo perdimos y va hacía ustedes!- Su llamada no tuvo respuesta. –Tenemos que seguirlo y atacarlo por retaguardia, antes de que ataque la compañía. Si lo pillamos en fuego cruzado, Demonio o no Demonio morirá- Le dijo mientras pasaba junto a él, y sin el mínimo temor, se agacho y perdió en la oscuridad de la entrada.

            No importaba su aspecto físico, no a él. Para él la valentía de Mamá osa la hacía más deseable que cualquier trabajadora del nivel del placer. La había visto matar a cientos de enemigos; con sus manos, con cuchillo, con el fusil. Pese a su juventud, era la mejor Sargento bajo la cual había servido. Aunque nunca había podido estar bajo ella como él hubiese querido.

             Su diferencia de edad importaba poco, pero su diferencia de rango, no podía ser ignorada. Ella vivía varios pisos más arriba que él, y sola; el compartía aun su habitáculo con otros seis soldados. Si bien su comedor era el mismo patio de comidas, se debían sentar en mesas distintas siempre; para comer, beber y para conversar. Solo en el tour podían convivir.   

-Despejado.- Fue el grito que lo sacó de sus fantasías.

Temió por su vida. Porque él era ahora, el que esperaba sólo en la oscuridad. Bajo y cruzó la entrada diminuta, lo más rápido que pudo; casi sintiendo los dientes del Demonio, arrancar la carne de sus huesos. Rodó por el piso, que volvía a ser de hielo, y la encontró de pie frente a una máquina extraña; siluetada por las luz anaranjada.

Se acercó a Mamá Osa y pudo ver mejor la máquina. No era más que nieve en dos bloques, y ocho derretidores de hielo; diseñados para proveer a los soldados de agua fresca, incluso caliente. Lo que venían a conseguir. Agua para sus familias... Y él sabía, para sus amos; robar agua, que sabía no era suya, sino alguna vez de todos los hombres y mujeres del planeta. -Ohh el planeta.- se recordó a sí mismo. -Que pecado saber que era un planeta, y cuantos eran. Saber era peligroso.- Tal y como le había dicho su madre; -Me costara la vida.- El miedo volvió.

-Es una máquina de tortura demoníaca.- Escucho las palabras que traicionaron su control.

Las hojas sin filo de los derretidores tenían aun las manchas de la sangre quemada; hedían a piel quemada. La piel y la carne de los hombres habían sido quemadas ahí; podía sentirlo en su piel. Más allá a sólo unos metros, vio una pila de trajes de Supervivencia Antártica. Cortados todos, de la misma forma.

El lugar era espacioso, cabían de pie sin problemas, y no era una semi esfera; sino un rectángulo tridimensional, largo y ancho. El naranja de su luz no le impidió notar el hielo rojo en el piso. -Cuanta sangre humana.- con toda otra criatura extinta, sobre el bloque de hielo sólo había una fuente de carne y sangre.

-¿Qué es esto?- Pregunto en vos alta.
-Su despensa… Su “walk in fridge”; como el de los Ejecutivos Dioses- le respondió su Sargento.
-¿Su despensa?-
-SI y está vacía.-
-Pero todo ese hielo rojo.-
-Alguna vez estuvo llena. Aquí almacenaron a los muertos que se comieron. Su propia despensa de cadáveres. Hijos del infierno sin duda.-
-¿Se les acabo la comida?-
-Así parece. Puede que hace mucho, y por eso se detuvo a comer durante la batalla. Le dijeron al Comandante, que aquí no habían enviado a nadie hacía tiempo, porque nadie volvía.–
-Se los comieron. No volvieron por eso.-
-Pero que pasaría si todos los ejércitos hubiesen tenido la misma idea?-
-¿Enviar toda una compañía a establecer una avanzada?-
-No idiota. No enviar a nadie. Que nadie haya enviado a ninguna unidad en mucho tiempo.-
-¿Qué se yo?-
-Yo te lo diré. El suficiente tiempo, para que se les acabará toda la comida, que guardaban en este lugar.-
-¿Qué?- seguía sin entender, lo que para su Sargento era obvio.-
-Que están muertos de hambre. Por eso se puso a comer en medio de la batalla. Por eso bajo la guardia de ese modo, el hijo de rata.-
-No lo entiendo.- No alcanzó a decir más y ella lo miro con la mayor incredulidad del mundo. -SI entiendo el hambre. Sin duda. Lo que no entiendo. Es ¿Si crees que eso los hace más peligrosos, o no? Porque yo no sé si podremos con una bestia con este hambre.-
-Sus instintos de demonios los traicionaran. Deben estar buscando cuerpos calientes de los que comer, ahora mismo.-
-Si, como del Soldado Primero.- Repaso la habitación con la mirada, sin confiar en su sargento. -¿Y esa pared del fondo, con todos los cortes; y cuchillos clavados en ella?-
-Apuesto a que es su conteo de muertos. Su pequeña cuenta personal.- Ella no parecía impresionada por el incontable número de marcas que tenía el muro de hielo. -Aquí hay una salida de este lugar.- Le indicó ella. Otra pequeña ranura que conduciría a algún otro pasillo.

Ella se agachó, se echó de espaldas y paso primero. Ya no importaba el protocolo de supervivencia del oficial o suboficial. Había que seguir y matar al "hijo de rata"; aunque eso significará arriesgar así su vida. -Esta mujer es una osa, sin duda- Pensó para sí, mientras sentía su sangre hervir, al mírale las piernas, sus fuertes muslos; y su entrepierna tan deseada para él, e imaginar cómo sería su concha bajo la copa recolectora que se dibujaba en el traje. Hasta el ver sus pantorrillas y botas pasar, fue un placer para sus ojos. -Por el que bien vale morir.

La manguera que corría por su uretra, dispuesta succionar todo cuanto pudiera salir de su pene; hizo la erección que aquella vista le había causado, bastante dolorosa; pero no la detuvo.

-Despejado.- Escucho distante, a lo lejos; casi sin oír. Y luego volvió a la realidad.

Puso su erección contra el hielo, y con dolor pero sin decir nada, se arrastró hasta el otro lado de la muralla de hielo. Esta mucho más gruesa que las anteriores.

Esta bóveda era también rectangular, pero más pequeña. Lo que la hacía sorprendente, era la completa ausencia de hielo rojo. En el medio de la estancia encontró la razón del lugar; los derretidores en hielo se lo dijeron. Uno sólo clavado en su suelo, hundido en una profundidad de varios centímetros bajo el piso, recto casi perfecto; y varios otros desechados en un rincón, clara muestra de que se habían quedado sin energía.

-Aquí bebía.-
-No eres tan tonto después de todo-
-¿Por qué tan lejos de donde duerme?-
-Para no contaminar el agua.-
-Pero si tiene cientos de litros de agua. No tendrá comida pero de sed nadie se muere en el bloque de hielo.- dijo riéndose mientras se burlaba.
-¿Mientras tengas...?-
-Un láser, un derretidor, o una puta- Repitió de memoria y con orgullo, aun sonriendo; sintiéndose de pronto, superior a un demonio; al menos intelectualmente.
-¿Sabes que nuestros hijos y sus hijos pelearan esta misma guerra, cierto?-
-Claro. Es un gran trabajo.-
-¿Crees que el agua alcanzará para todos ellos? ¿Para los hijos de los soldados de los otros conglomerados?-
-¿Me quieres decir, que le está dejando agua a los hijos de la guerra?-
-No sé. No leo su mente. Pero me parece que tiene sentido.- replicó Mamá Osa, molesta por su incredulidad. -Ahí está la salida Viejo Camarada. Te toca ir de espaldas al hielo.- Le sentenció.

jueves, 14 de marzo de 2013

CAPITULO 18


LAS GUERRAS ANTARTICAS

           


            Su Comandante mortalmente herido, la mitad de su pequeña compañía reducida y asustada, y ahora sin los laser; solo con sus cuchillos. Ella y dos de sus hombres examinaban el cadáver congelado de uno de los suyos, en la profunda oscuridad iluminando solo con varas de luz naranja. Le faltaba un brazo, pero solo el brazo, la manga seguía unida al resto del Traje de Supervivencia Antártica. Los pequeños granos de hielo rojo esparcidos por el piso crujían bajo sus blancas botas de nieve. El piso estaba marcado por el calor de los rayos laser y las pocas paredes que alcanzaban a ver, sin las linternas de sus fusiles, estaban llenas de agujeros por los que podía caber un hombre. Realmente el techo de hielo y nieve podía caer sobre sus cabezas en cualquier momento.

Para bien o para mal, los cuchillos serán necesarios.- Pensó ella, entre la oscuridad y los quejidos de heridos y moribundos.

-Sargento reporte.- Chillo la voz de su Capitana, desde la distorsión radial del audífono en su oreja.
-Todos los muertos y heridos son nuestros, señora. Realmente nos tomaron…- Las horribles arcadas de un herido cubrieron su voz. El pobre diablo agonizante comenzó a ahogarse en su propia sangre, la cual se congelaba a los pocos segundos de que el la escupiera. Un fatal y preciso golpe a la tráquea –Liberen a ese hombre de su sufrimiento.- Le grito al soldado acuclillado junto a ella, mientras se ponía en pie. Un cuchillo termino con su sufrimiento.

-¿No le dimos a nada?- Pregunto su Capitana.
-Solo a la estructura señora. Si lo herimos, no murió aquí.-
-Encuéntrenlos, Sargento. Estoy enviando más equipos por otros túneles. La bóveda es aun más grande lo que supusimos.-
-¿Señora, el Comandante…?-
-Respira aun, Sargento. Pero se encuentra débil. Asegúrese de que no nos ataquen de nuevo. Capitana fuera.-
  
-Sargento, creo que huyo por aquí.- Le dijo su segundo hombre, el más viejo apuntando con su luz a uno de los túneles.
-¿Esta seguro, Viejo?-
-Es lo suficientemente ancho, no creo que lo hayamos hecho con los laser, y hay un rastro de hielo rojo detrás de la pared.
-¿Entonces?-
-Estaba justo ahí junto al cadáver cuando disparamos. Se oculto justo allí contra esa pared, y espero por la pantalla del vapor para arrastrarse por aquí.-

-Debe ser una trampa, Sargento.- Se les unía el soldado más joven. -¿Por qué dejarnos un rastro para seguirlo?-
-No es humano señores, sáquense ese pensamiento de la cabeza, es un animal de forma humana nada más; y está hambriento.-
-¿Cree que es un demonio como hombres, Sargento?- Inquirió con miedo el soldado más viejo, sosteniendo la vara de luz anaranjada.
-¿Por qué no huyo con el resto de los suyos?- Pregunto el joven, con su cuchillo con sangre aun en su mano.-Deberían todos estar igual de hambrientos.-

            -Todo un escuadrón de demonios come hombres-. La sola idea le provoco más miedo del que había conocido en toda esa helada guerra. Su mente lucho contra la idea, dándole solo más preguntas y más miedos. –Los demás heridos y muertos están enteros, solo a aquel le falta una parte. ¿Puede ser solo uno?

Comer humano era algo atroz y atemorizante para ella, pero conocía el hambre; lo conocía muy bien. Había pasado hambre muchas veces. Como todos los habitantes esclavos de un conglomerado comercial, había visto a sus hermanos y vecinos morir de hambre. No todos podían sobrevivir, no en ese mundo. Así como no todos podían trabajar, no todos podían tener una habitación, no todos podían ser considerados humanos. Era la única razón por la que todos se unían al ejército. Poder vivir; no mejor, sino sólo vivir.

Siempre había sido buena peleando y matando, desde niña; desde que ella y sus hermanos peleaban contra otros niños, e incluso adultos, por las pocas migajas que se encontraban en los grandes vertederos, que eran ahora sus ciudadelas. Había matado por comida, por herramientas, por basura reciclable y cambiable por comida; pero por sobre todo por defender a los suyos. Por eso su apodo "mamá osa". Ganado con justicia, mucho antes de que su cuerpo se hubiera desarrollado tan grande y fuerte como un hombre

La gran defensora. De sus hermanos primero, de sus compañeros después, y ahora de los soldados bajo su mando. Todos sabían que era peligroso enfrentarla -Ahora lo sabrán los demonios come hombre. No morirán más de los míos.- Pero fuera de su ira protectora, ella sabía que todos estaban condenados, contaminados con la verdad; demasiado peligrosos y leales para continuar con vida.

Con todo lo que le había costado conseguir un habitáculo, sobre el piso veinte; sobre las fábricas y los laboratorios. Después de toda una vida viviendo a ras del piso, en carpas y campamentos, al mismo nivel que la basura, padeciendo las crueldades de la lluvia ácida, y los helados vientos huracanados; que hacían volar chozas y basura por igual. Sus padres hubieran estado tan orgullosos de ella; si supiera donde estaban o si estuvieran vivos. La esperanza de vida no era alta para los habitantes del suelo; en realidad no tenían ni esperanza ni vida, sólo sobrevivían si podían y con lo que podían. Llegar a sargento era lo máximo a lo que podía llegar, y los pocos beneficios que eso le daba, eran enormes en comparación a tener que vivir con y entre la basura; a la sombra de las grandes torres, las megas estructuras donde vivían funcionarios, soldados y ejecutivos dioses.

Pero a pesar de todo el hambre que alguna vez sintió, nunca se le había pasado por la mente, comer el cadáver de otro humano. Ni entendía cómo era posible que alguien, en mitad de una batalla, se detuviera a comerse a un enemigo.

Ahora lo estaban cazando. Iban tras del rastro que iba dejando su comida, por un estrecho túnel que los condujo a otro más grande. Si creyeron que el refugio era lo suficientemente grande para contener un batallón completo, con todo y sus provisiones; ahora se daban cuenta de que estaba rodeado de túneles, probablemente más de alguno, secreto. No era el mejor lugar para buscar a un demonio, menos solo tres y menos aun solo con cuchillos. De no ser por la tormenta allá afuera, hubiera sugerido volar todo con explosivos.

El túnel termino en una estrecha entrada al nivel del piso, por la cual un hombre debía arrastrarse para poder pasar; dejandole absolutamente vulnerable a un ataque del otro lado. Una granada hubiera despejado el camino, pero teniéndolas prohibidas, de momento; debían arriesgar la vida de uno, alguien tendría que arrastrarse dentro de la oscuridad.

Todos lo habían hecho muchas veces, eran veteranos ya; aunque uno de ellos fuera más joven, había sobrevivido a un tour completo en el bloque de hielo.  -Recuerdo cuando yo volví a mi segundo tour.-

Sin mucho gusto, revivo el haber compartido habitáculo con otros seis soldados, veteranos de su primer tour; su derecho ganado en combate, en ese mismo continente. Junto con la promesa de algún día tener uno sólo para ella. El ver esa promesa cumplida, un habitáculo, una sola cama había sido uno de los momentos más felices de su dura vida. Se comía únicamente en los comedores, por lo que seguía siendo un habitáculo solo destinado al descanso; pero tenía su pantalla, donde solo ella elegía cuando prenderla y cuando apagarla: tenía la vista de todo el cielo interior del mega edificio, en donde sin prismáticos no podías ver a un hombre al otro lado. Todo ganado con heridas y con esfuerzo. -Demonio o no demonio, no me matara a mi.- Se juró a sí misma.

Pero ella no era la que pasaría, la que se escurriría por debajo de la entrada, hacia una muerte probable. El Sargento es un tomador de decisiones, y como tal debía vivir para dirigir hombres; incluso si esos dos morían, ella podía sobrevivir para dirigir otros, y servir bajo otros, con la misma eficiencia. Uno de esos dos pasaría. Ella tenía que decidir ahora, debía hacerlo rápido; quien vivía y quien moría. Por manual. Poco cambiaba en esta guerra eterna.

-Viejo es tu turno. El primera Clase se lo ganó; y lo sabes-. Sentenció.

El Viejo Camarada cambio el agarre de su cuchillo, de tenerlo tomado con la hoja hacia abajo, dejó la hoja en el sentido de su pulgar. Se hecho boca arriba. Y se arrastró por la corta abertura. El Primero se acuclillo, listo a jalarlo de las piernas si algo le indicaba cualquier peligro. Mientras que Mamá Osa vigilaba la tiniebla constante.

El sonido del arrastrarse del viejo fue breve, la pared era delgada.  Lo escucho ponerse de pie, apenas; sin decir nada, sin hacer ruido. Y después nada. Sólo el silencio en la oscuridad… El largo silencio en la oscuridad… Casi un minuto eterno; de temer al demonio…

 -Despejado sargento.- fue el grito del Viejo Camarada que les devolvió el alama; haciéndoles sentir que el miedo al Demonio disminuía, que él que quería su carne se alejaba. -Y Mamá Osa, tienes que ver esto.

Ella se echo cuerpo a tierra y se arrastró por la abertura. Al tener el cabeza hacia abajo vio de inmediato una Chaqueta de Supervivencia Antártica. Tirada abierta sobre el piso, con el forro interior hacia arriba. Y sobre esa otra, y otra más; toda una alfombra de Chaquetas de Supervivencia Antártica. De distintas hechuras, de distintos ejércitos; algunas rotas, algunas quemadas por láser, de pared a pared. Guió su vara de luz con su mano extendida, por el extraño refugio, y encontró un cerro de baterías, fusiles láser, Trajes de Supervivencia. Se puso de pie cerca de la mitad de esa guarida, de techo ovalado y de de gran amplitud. Un refugio dentro de un refugio. Con extraños garabatos cubriendo todo el techo.

Sintió el calor que guardaba el lugar, su Traje de Supervivencia le molestaba. La gruesa capa hule que iba de pies a manos dejando solo la cara al descubierto, no estaba diseñado para ese calor; y podía sentirlo. Diseñados a partir de trajes de buceo ártico, la cantidad de calor que guardaban era agobiante; aunque para sobrevivir en la intemperie siguiera siendo necesaria, una Chaqueta de Supervivencia. Allí pronto su propio calor corporal se volvería agobiante. –El calor del infierno.-  

Un ahogado grito y el gorgoteo de la sangre, la arrancó de su sorpresa y contemplación. La mano del Soldado Primero aún se veía salir por el agujero de entrada. El Viejo Camarada se lanzó hacia su mano, pero no la alcanzó; la luz de su vara luminosa se perdió en la oscuridad.

Ella ya iba en carrera, y no iba a permitir que la muerte del Primero quedara impune. Sólo alcanzó a reportar por radio, mientras se cubría la cabeza y ponía un hombro por delante. -Comandante. Estamos bajo ataque. Hombre caído.- Con todas sus fuerzas salto hacia adelante, en embestida; con toda su ira, con su metro setenta de altura, y sus ochenta kilos de peso. El choque contra la pared le dolió y la dejó algo noqueada; pero la pared explotó en trozos de nieve y hielo, como ella lo hacía en un grito furia feroz.

De pie en el túnel vio aún ser vestido con un traje de Supervivencia Antártica, muy similar al suyo, teñido de naranja por la luz de su vara; cubriéndose el rostro con ambas manos en una extraña posición de combate. Pero su rostro estaba hecho de hielo, y el traje dejaba ver un desarrollo muscular inhumano. Cuchillo en mano esperaba que ella hiciera el primer movimiento.

El Primero estaba tendido boca abajo, degollado. Sus ojos desorbitados no miraban nada. La sangre derramada ya se había endurecido en su garganta. No volvería a disfrutar de lo que tan caro le costó. –Al menos logro conocer algo mejor que vivir en el piso.-    

Su luz comenzó a apagarse. Su vara se había roto en el choque contra el muro, y su líquido iluminaba poco a poco el suelo. No había tiempo de sacar otra, solo podía y debía atacar.

lunes, 4 de marzo de 2013

CAPITULO 17


LAS GUERRAS ANTARTICAS




            En el exterior de su mente, lejos del bullicio de sus pensamientos, aun estaba el silencio. Único dueño de aquella oscuridad, que los acechaba como un depredador. Respetaron el silencio, en guardia y en formación, tan solo el instante que le tomo ella pensar la situación; pero el silencio alargo cada segundo. Un solo disparo de laser podía cortarlos a todos por la mitad, en aquella formación tan compacta. Y sin embargo, el disparo nunca llego.

            Los segundos se hicieron casi un minuto. Y la compañía no rompió su formación. La bestia luminosa de varias patas se quedo inmóvil, apuntando en todas direcciones, esperando el ataque final; que nunca llegaba.

            -¿Qué están esperando? ¿Por qué no acaban con nosotros?- Pensaba ella y lo que quedaba de la compañía. Su compañía ahora.

-¿Cree que los hayamos eliminado a todos, Capitana? Pregunto su Sargento. Una mujer de anchas espaldas y diminutas caderas, fácilmente confundible con un hombre.

Entre los débiles gemidos de los moribundos, pudieron percibir algo más; un ruido, una bulla. Algo que nunca habían oído antes  y que no sabían reconocer. Parecía venir de todos lados, debido al tamaño de la bóveda y a su acústica. Venia de la oscuridad misma, y parecía pertenecer al gran refugio.

Nunca habían comido carne en grandes trozos, ni mucho menos la habían visto cruda. La poca proteína que recibían a la semana, o que traían sus provisiones de combate, era de origen vegetal. Rara vez conseguían o recibían carne de verdad, de cualquier tipo. Por lo que ninguno podía conocer ni reconocer, el sonido del rasgar de la piel, ni como sonaba el arrancarla de un hueso.

Sin saberlo, sin verlo, y sin entenderlo, algo de ese sonido les helo el alma. El obsesivo bufido de quien tiene la boca llena, y se detiene solo para respirar, acompañado del chapoteo de la sangre, antes de congelarse; los lleno de miedo. Dentro de lo desconocido, algo en sus genes les decía que debían temer

-¿Qué es eso?- Rompió el silencio un soldado.

EL ruido frenético y ansioso parecía incluso expresar una inhumana satisfacción, que podían sentir en el aire y les erizaba los nervios.

 -Vamos a averiguarlo- Dijo la capitana. –Luces a las tres. Uno, dos…-

Todas las linternas incorporadas en sus fusiles laser se encendieron al mismo tiempo. La bestia luminosa de varias patas desapareció, en la nueva y relativa luminosidad; sin el contrate de la oscuridad total, las líneas de sus trajes se hicieron invisible.

Todos eran soldados veteranos, que habían servido en más de un tour por el “bloque de helo”. Todos sabían que habían estado expuestos a un ataque; que pudieron barrerlos a todos con un solo rayo laser, volarlos con una sola granada; que incluso una ráfaga de aquellos proyectiles impulsados a gas, podría haber herido y matado a muchos; de los pocos que ya quedaban.     

Peinaron la bóveda con sus linternas, pero no localizaban el origen del sonido de desgarrar, respirar y tragar; que continuaba viniendo de todos lados y de ningún sitio a la vez. Hasta que escucharon algo claramente identificable para ellos, para cualquier soldado veterano. El tronar de un hueso rompiéndose. El chasquido sonaba más seco, pero tan claro que todos pudieron localizarlo. Tenían la fuente de aquel sonido apuntada con sus linternas y armas, con la velocidad que les otorgo, el sentir que eran sus huesos los que se rompían.

Parcialmente tapado de la vista por un muro, podían ver la espalda de lo que parecía ser un hombre. Pero su espalda no era nada parecida a lo que ellos conocían. El blanco hule que la cubría, signo inequívoco de que se trataba de un soldado, pese a su grueso, dejaba ver claramente cada uno de sus enormes músculos; ahora inexplicablemente relajados. El sonido del gorgoteo de sangre y los suspiros de satisfacción, provenían de él, de esa enorme espalda que, por la posición de estar acuclillado, no dejaba que se viera la cabeza. Solo sus brazos se podían distinguir, difíciles de disimular por su gran tamaño.

Helados por el frio y aquel sonido espeluznante, ninguno dijo nada, y sin orden no abrieron fuego. Se quedaron por un instante fijos en los movimientos de ese ser, en su Traje de Supervivencia Antártico manchado de hielo rojo.

-¿Está tratando de salvar o sanar a uno de los suyos?- Pensó la Capitana por un instante. –No… ¿Esta?... ¿COMIENDO?-

A segundos de estar bajo las luces del pelotón, que antes fuera compañía, el soldado desconocido pareció escuchar sus pensamientos, y salió de su trance alimenticio. Elevo la cabeza, aun sosteniendo algo en su boca cubierta de sangre. Se giro para encarar la luz, y todos vieron que lo que sujetaba y tenía en la boca, era un brazo humano; separado de su dueño anterior. Bajó el brazo ajeno, sin soltarlo y gruño con su boca llena de carne, enviando trozos de su bocado por el aire; los que se congelaron casi al instante, y se astillaron sonoramente contra el helo del piso. Todos sus músculos se tensaron visiblemente. Aunque su uniforme, y su cinturón eran tan similares a los suyos; su pecho era enorme, todo manchado de hielo rojo. Su parecido con un humano “normal” solo hacia verse más amenazador.

Aun con la acústica de la bóveda, afectada por tanto agujero hecho con laser, el rugido sonó potente como el trueno. Sus ojos abiertos mostraron una furia asesina y caníbal. Dejándolos paralizados de la impresión un par de segundos, después de los cuales, todos abrieron fuego.

Una lluvia de descargas intermitentes de rayos color purpura, ilumino el refugio por completo, reflejándose en cada pared blanca, arrasando la zona. El vapor comenzó a acumularse de nuevo, nublando toda visión.

-¡Alto al Fuego, alto al fuego!- Grito ella. –Solo están dándole vapor para cubrirse, imbéciles. Harán que esto se nos derrumbe encima. Nada de disparos, nada de granadas; cuchillos únicamente, desde aquí hasta que salgamos.

Sargento deme su fusil. Tome dos hombres y confirme si le dimos a… eso.-

Dejo a su marido inconsciente en el piso, y tomo el fusil de su Sargento. Ajusto la pesada arma al mínimo, pues iba a necesitar precisión.

-Extienda el brazo del Comandante.- Le ordeno al soldado más cercano. –Firme, que no se vaya a mover; y no mire fijamente la luz.-

El hombre obedeció sin dar crédito a todo lo que estaba pasando a su alrededor. –El… ¿Estaba comiendo?- Pregunto a su Capitana.
-Si. Se lo estaba comiendo.- Respondió mientras apoyaba la culata en el hombro y apuntaba al piso.
-Entonces era un espíritu de las nieves, ¿Un devorador de hombres?
-Cálmese y no mueva el brazo.

Disparo al piso, a centímetros del brazo de su Marido y Comandante. Y luego fue moviéndose hacia abajo, manteniendo el rayo constante; el fusil se sobrecalentaría o quedaría sin energía, pero eso no importaba. Perdóname amor- Pensó para si cuando el rayo, de un purpura intenso, corto el hule. Sintió el olor del hule quemado, y luego el de la carne quemada. Avanzo segura y certera, dejando una línea de corte sobre el hielo, recta como su determinación.

El Comandante, su marido, su amor, ya no tenía un brazo; la mortal gangrena había sido detenida. Mas eso no le garantizaba la supervivencia; y aunque sobreviviera ahora, no podría volver nunca. -El bloque de hIelo será nuestra tumba.

domingo, 9 de diciembre de 2012

CAPITULO 16


LAS GRUERRAS ANTARTICAS
            



           
            El frío en su mano lo despertó. Un frío intenso y doloroso, casi punzante, lo había traído de vuelta a la realidad; desde el más profundo de los sueños. Una niebla cubría sus ojos, y la cabeza le daba vueltas; hubiera agitado la cabeza para despabilar e invocar todos sus sentidos a sus servicio, pero su cuerpo no le respondía del todos.

            Aun con la visión borrosa pudo ver dos sombras, que por un instante, le taparon la luz. Oyó lo que le pareció un gruñido y un gemido ahogado; sintió sobre su rostro descubierto el frio de un liquido convirtiéndose en solido. El frío le quemo la piel y lo ayudo un poco más a recobrar la consciencia; el olor familiar del liquido, le recordó donde estaba y que estaba pasando.

            Estaban bajo ataque. Había incursionado con su compañía en un refugio desconocido, de buen tamaño y repleto de equipo; que había resultado ser una trampa. Los habían dejado revisarlo y ponerse cómodos.

            ¿Dónde estaba su mujer? Su guerrera perfecta, su segunda al mando. ¿Cuál era la capacidad efectiva de su compañía? ¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente?

            Trato de incorporarse, pese a aun ver nublado y las nauseas le subían a la garganta. Pero no pudo mover su brazo izquierdo. El dolor en su extremidad se intensifico cuando se puso en pie, pese a todo; aunque el dolor en si no provenía de su mano, sino más bien de su antebrazo. Su mano, que a no sentía, estaba adherida al muro de hielo del refugio subterráneo. El frio paralizante que le subía por la mano izquierda, hasta el codo, tomo completo sentido cuando vio su mano inmóvil. Con la palma hacia él y el dorso hacía la pared, su mano estaba atravesada por un cuchillo, el cual la clavaba contra el hielo. La sangre parecía haber manado profusamente antes de congelarse; con el guante aislante roto y la calidez de sus venas expuestas a las temperaturas del continente helado. La mano yacía congelada y muerta, amenazando con llevarse a la tumba al resto del brazo, si es que no a su dueño.

            Las alarmantes grietas en su mano, muestra de que sus movimientos habían roto y agrietado la carne congelada, no le hizo distraerse de su situación de combate; ni le impidió recordar la violenta patada, con la que un enemigo lo había desarmado y arrojado. Mas no pudo recordar el haber sido acuchillado.

-Que velocidad. Pensó.

            Todo el inicio del ataque había vuelto a él. Sus hombres que desaparecieron en silenció. La ráfaga de proyectiles, silenciosos, impulsados a gas probablemente, que había causado pánico, muerte y los había dejado a oscuras. Que arma tan antigua. Proyectiles en lugar de un laser. Luego vinieron las explosiones, mientras el y sus hombres trataban de iluminar la bóveda de nieve y hielo. Finalmente, entre los disparos de sus hombres, que iluminaban todo, todo el refugio se había llenado de luz blanca; encandilandolos lo suficiente para permitir un ataque cuerpo a cuerpo.

            El haz de luz purpura de un fusil laser cortando la pared, por sobre su cabeza, lo hizo lanzarse instintivamente cuerpo a tierra. Sintió el tirón en su codo y luego el suelo bajo el.

            -¡Cuidado a donde apuntan imbéciles!-
            -¡El Comandante está vivo!- Se oyó el grito distante de una voz femenina.
           -¡Apaguen toda luz, y dejen de dispara!- Chillo el Comandante. –¡Solo están dándoles vapor para cubrirse. Sigan mi voz y reúnanse conmigo!-

            Los últimos disparos de luz purpura mataron las luces provenientes de los muros y del piso, justo después de que pudiera ver el muñón que ahora tenía al final de su muñeca izquierda. Su mano, congelada y clavada aun a la pared con un cuchillo, era ahora parte del continente helado. En la completa oscuridad, sintió que su consciencia volvía a abandonarle. Las fuerzas le faltaban. En el silencio del refugio, se podía oír con plena claridad el arrastrarse y el gemir de los heridos. Todo se le antojaba una visión del mismo infierno.

            Unos brazos le sujetaron. Su dulce firmeza lo trajo una vez más a la realidad. Reconoció el preocupado abrazo, sin necesidad de ver el color rojo, señalando su rango de Capitana, de las franjas fluorescentes que delineaban sus extremidades en el Traje de Supervivencia Antártica. Su segunda al mando, su guerrera perfecta, su amor, la madre de sus hijos, su mujer; salvándolo una vez más. -Si he de morir ¿Qué mejores brazos para el último suspiro?-

            -Capitana.- Susurro, en la pequeña calma que dio la oscuridad.
            -Si, mi Comandante.- Le respondió la bella mujer que lo abrazaba.
           -La compañía es suya, Capitana. Sáquela de aquí con vida. Sobrevive y vuelve a ver a nuestros hijos. Dígale al “Comité” que su secreto muere conmigo, que no tienen de que temer, ahora.

            Estaba seguro de que ella le había contestado, pero no podía oírla. Solo podía ver las líneas fluorescentes celestes de los trajes de sus hombres contra la negrura más profunda; no el rostro de su amada, solo podía sentirla como calor. Un calor que cual bálsamo de vida, combatía el frío de su cuerpo. Su consciencia parecía estar quedando atrapada en su cuerpo, y asilarse del mundo exterior. Podía pensar y recordar, pero ya no sabía que ocurría a su alrededor, ni esperaba volver a saberlo. Solo percibía las líneas de luz contra el negro telón, viendo a sus hombres y a su mujer como marionetas de neón, moviéndose muy lento.

            Estaba ahí para morir y lo había sabido siempre. No habían enviado a una patrulla allí desde hacía un mes; precisamente porque todo mundo desaparecía. Era prácticamente un… -¿Cómo era que se llamaba?- Se pregunto a sí mismo la primera vez que lo pensó; para contestarse –Triangulo de las bermudas. Todo lo que cruza esa zona desaparece.- Tanta era su desinformación, que su Comando Central no tenía idea de quien controlaba esa zona. Cualquier conglomerado podía tener una tropa apostada, preparada y bien apertrechada; capaz de repeler cualquier patrulla. Tomar el terreno sería muy complejo y se necesitaría una gran cantidad de gente; y eso era mover mucho equipo y comida por un continente muy hostil. Mientras sus adversarios podrían defenderse con menos hombres, y tendrían una línea regular de abastecimiento. Porque si estaban protegiendo tan bien la zona, era porque encontraron algo grande. Se debía averiguar que era, pese a que muchos morirían en la batalla. Esperaban que el fuera uno de ellos.

            El, el gran Comandante debía liderar el ataque. Y asegurarse, como siempre, de que sobreviviera solo un cierto número de soldados; pues no se podía costear el enviarlos con provisiones suficientes para todos. El gran Comandante dijeron, mientras le explicaban el plan, los Coroneles y Generales.

            El siempre supo que no podría llegar a General, ni siquiera a Coronel. Solo los hijos de grandes Ejecutivos Dioses podían llegar a serlo. Debían ser entrenados desde la cuna, ser sometidos a una educación, reservada solo para unos pocos. Solo para unos pocos ricos, solo para unos pocos poderosos. Era la regla y el la sabia, nunca fue un secreto. –Los mejores son elegidos desde la cuna.- Les habían dicho siempre. Pero el se dio cuenta de la verdad.

            Sus superiores eran menores que él en edad, pero su entrenamiento los hacía superiores; casi a todos. El entrenamiento de ellos era distinto. Se les elegía desde la cuna para dirigir a los Conglomerados Estados. Hijos de quienes actualmente dirigían, su entrenamiento versaba en técnicas superiores de combate cuerpo a cuerpo; tenían para eso a los mejores guerreros, capaces de increíbles técnicas para llamar a la muerte. A parte de las técnicas, teorías y estrategias para conducir una empresa de tamañas dimensiones; la cual debía ser capaz de auto sustentarse y producir para todos los habitantes/trabajadores. Aunque ahora sabía que eso era mentira.

            Ese “saber” que ningún conglomerado producía para sustentar a todos sus habitantes, que nunca nadie más que los hijos de los poderosos podrían llegar a dirigir, que la idea era que los soldados murieran en grandes cantidades, porque no había forma de que el planeta los sustentara a todos ni que el agua alcanzara para todos; ese “saber”, que en realidad era más un comprender, lo había condenado a morir ahí, ahora. Pero aun pero que ese “Comprender” era haber averiguado que no siempre había sido así. Que siglos atrás las personas dirigían sus vidas y sus estados, y que los Conglomerados se robaron el mundo; lo habían condenado.

            Le habían ofrecido una muerte honorable en combate, en lugar de hacerlo desaparecer por la noche; o incluso durante el día, delante de sus hijos y vecinos. El era un héroe nadie quería verle humillado, convenía a muy poca gente; el comandante debía perderse en la nieve y la batalla, junto a todo aquel a quien le haya podido contar algo. Su “saber” le hacía infinitamente peligroso. Por eso habían hecho un trato con él, por eso no había desaparecido durante la noche, por eso habían sido tan generosos; por eso su mujer debía morir con él.

            -No, ella no. ¿Quién cuidara a nuestros hijos sino ella? Los mismos perros que nos condenaron.- Debatía consigo mismo en la completa oscuridad.