LAS GUERRAS ANTARTICAS.
-¿Alguien más esta herido?- Interrogo el Capitán al asustado grupo. Al no contestar nadie más, dio la respuesta por negativa. Tenia una fuerza efectiva de veinte y dos hombres y nada de información con la que tomar decisiones. Es la pesadilla de un oficial, no poder tomar la decisión correcta, no poder tomar ninguna decisión; permitir que el pánico se apodere de ti y de tu compañía. Debía actuar antes de que fuera tarde.
-¡Teniente, recargue fusiles y lance grandas a treinta metros, hagan un perímetro y disparen a lo que se mueva!- Su voz sonó enérgica y segura en los oídos de todos sus hombres; quienes obedecieron sin dudar.
Se levantaron todos casi al unísono, tomando sus granadas en una mano, quitando les el seguro con la otra. Varios alcanzaron a lanzarla a los treinta metros, pero dos de ellos no; fueron alcanzados por los dardos luego que sacaran el seguro y antes de arrojar la granada. Sus cadáveres golpearon la nieve al caer, aun con las granadas en las manos; ahora tenían explosiones entre sus filas, y un gran distractor que les impidió a todos registrar el paisaje en busca de enemigos.
Todos seguían esperando un gran grupo de enemigos, apostados en algún lugar seguro, disparando a gran distancia. Todos menos el, y ese era su trabajo; el estaba entrenado para eso y sabia que los fusiles de dardos no eran efectivos a gran distancia, menos en ese viento. Debían de estar al menos a cien metros del refugio; salvo que estuvieran retrocediendo mientras ellos avanzaban.
-Concentren su búsqueda en los ciento cincuenta metros delante de ustedes- Ordeno con voz calma el Capitán a sus tropas restantes. - ¿Bajas?- Pregunto sin animo.
-Tres más señor- Fue la respuesta de uno de sus tenientes. Cuando sonidos de muerte volvieron a ocupar la radio, alguien se ahogaba en su sangre mientras esta y sus pulmones se congelaban; sus agónicas inhalaciones dieron escalofríos a la gran mayoría de sus tropas.
Un disparo de láser cruzo la tempestad, seguido de un grito de -¡Ahí esta!- por la radio. Pronto otro soldado de Mitsubishi cruzaba su láser en la noche hacia la misma dirección. Mientras mas jadeos de muerte se oían en la radio, otros más comenzaron a disparar en la misma dirección. –Señor esta muy mal, solicito permiso para terminar lo.- El soldado apenas alcanzo a terminar cuando su Teniente rugió. –¡Haga lo, haga lo!- Otro disparo, uno más breve, ilumino la noche eterna.
-Creo que le dimos- Dijo una voz por la radio
-¿Le dieron a algo?- Pregunto el Capitán por radio.
–Creemos que si señor- respondió otra voz.
-Será mejor que se aseguren- Les dijo el Capitán. –Teniente envíe a un hombre a revisar, el resto cubra lo y preparen se a encender esas luces.- Fue su nueva orden.
El soldado seleccionado, arbitrariamente, se acerco al trote, con su linterna encendida para pode ver a donde iba. Pronto llego a un agujero hecho en la nieve por los rayos láser, donde pudo distinguir huellas y un fusil láser cortado a la mitad.
-¿Qué es?- Lo interrogo un Teniente por radio, a la distancia.
-Nada señor. Solo un fusil láser; estuvo aquí pero se fue. Es solo una distraccio…- Y al responder el soldado se percato de lo que decía y pasaba. El era el señuelo. Pero ya era tarde, ya había levantado el fusil láser del piso, ya había removido el peso del fusil, que evitaba que se soltara la espoleta de una granada sin seguro. Lo que quedo de su cuerpo voló por la oscuridad varios metros, antes de caer echando humo y hecho jirones. Su grito se alcanzo a oír por la radio, agudo y temeroso.
-¡Teniente informe!- Rugió la voz del capitán.
-¡Era una trampa señor, solo para distraernos! Señor solicito permiso para volver al refugió.- Respondió el Teniente.
-Negativo Teniente. Encuéntrelos y Abrume los con su poder de fuego.- Fue su orden.
-Si señor comprendi…- No pudo terminar el Teniente de decir sus palabras, antes de morir con ellas en la boca. Su garganta emitía sonoros gemidos, mientras el frió y la hemorragia se disputaban el quitarle la vida. Su sangre manaba por boca y agujeros en su garganta; cuando el trataba de tocar su rostro y sacar los trozos de plástico de sus ojos. Pero lo que quedaba de su mascara de sustento vital no se lo permitía. Su ultima, aguda y larga inhalación enmudeció la comunicación radial por largos segundos; segundos en los cuales toda la tropa cerro sus ojos y trato de no escuchar.
El sabia que la sanidad mental, el valor, y la disciplina de sus hombres dependían de el y sus ordenes. –Todo mundo a bajo y protejan su cabeza- Fue su primera orden. -¿Sargento?- Fue su llamada
-Si señor- Respondió este.
-Los ataques han venido todos del norte. Se están moviendo ahora al noreste; están rotando sus posiciones de ataque. Trate de encontrarlos y rodee los. Se que ha perdido hombres pero es la única solución.- Dijo con tono calmado y pedagógico, desde la salida de uno de los túneles.
-Señor no vemos nada. Pareciera que no usan mascaras de sustento vital. ¿Cómo pueden respirara este aire tan frió?- El Sargento estaba entrando en pánico, como todo el resto de la tropa; debía hacer algo.
-¡Sargento contrólese! Si usan mascaras, es solo que ellos pueden apagar las luces de las suyas.- Le contesto. Sin poder evitar, llamarlo estupido supersticioso en su mente. El estaba convencido de que eran hombres y de que era un grupo. Pero algo no calzaba; ¿Si era un grupo por que rotaban los blancos? ¿Por qué se tomaban tanto tiempo en recargar y volver a disparar? ¿Sería para cubrir mejor su posición? No era necesario esconderla tanto si podrían haber acabado con todo al grupo, fácilmente. A no ser que no pudieran acabar fácilmente con todos; a no ser que su numero no fuera una amenaza y necesitaran que salieran para poder atacar.
-¿Dios mío que he hecho?- Se pregunto a si mismo antes de dar la orden a gritos - ¡Vuelvan Al refugio!-
¿Señor?- Pregunto la voz del Sargento.
-¡Traiga los de vuelta! No están jugando con nosotros. Solo no tienen capacidad para un ataque directo, desde adentro nos defenderemos mejor.- Rugió su voz en los oídos de todos, producto de los audífonos incorporados a las mascaras de sustento vital. –Cubran su retirada en grupos de ocho, ocho disparan y ocho corren.-
Enviando al demonio la disciplina, los soldados comenzaron a retroceder tal como se les había ordenado. Pero sin darse el tiempo de hacerlo bien, sin siquiera responderle a su Capitán. Fueron descuidados y se apresuraron mucho. Corrieron a la entrada del refugió sin revisarla primero.
Mientras su Capitán entraba y se dirigía a la puerta principal, y original, desde dentro del refugio; vio como uno de los primeros ocho soldados en entrar se tropezaba con una trampa. Lo vio caer en cámara lenta, sin poder hacer algo. Y vio la luz de la explosión que cerro el túnel y la suerte de su compañía. Algo tan simple como una granada en una de las paredes, con el seguro atado a un cable, y el otro extremo del cable incrustado en al otra pared. Eso era una buena trampa, habían planeado que el los llamaría de vuelta al refugió; pero aun así se podría haber evitado, con un poco de cuidado. El pánico había hecho lo suyo.
La radio se volvió un desorden de gritos, de los que solo se podía distinguir que los sobrevivientes eran atacados, mientras aun habían soldados atrapados bajo la nieve de la entrada. Agonía y muerte era lo que sonaba en su cabeza; estaba escuchando como todos su hombres eran masacrados allá fuera. Pero no los dejaría morir sin pelear.
Salio con su fusil por el túnel más cercano. Lo que le demoro casi un minuto; toda una eternidad para estar escuchando como tu gente muere y agoniza. Las gárgaras de sangre se confundían con los gritos, y las luchas por respirar con los pulmones congelados por el frió.
Cuando llego la superficie solo encontró cadáveres. Sus hombres en el piso, con las luces de su mascaras iluminando el fino hielo color rojo, en que se había convertido su sangre. Huelas de lucha por todas partes, y la entrada derrumbada del refugió aplastando soldados, fue todo lo que encontró. Ilumino la noche con su linterna y con la luz de su mascara; pero tampoco vio nada. Solo mas cadáveres y oscuridad.
Todos vestidos de blanco y manchados de rojo hielo. Sus trajes de camuflaje polar, blanco de pies a cabeza, los hacían mezclarse con el suelo en al tormenta. Solo los miembros aun no cubiertos por la nieve, y las heridas abiertas en sus cuerpos, rojas de sangre, los hacían distinguibles de la nieve.
En algunos cadáveres, los menos cubiertos por la nieve, las heridas eran distintas. No eran heridas de dardos en la cabeza, sino heridas de cuchillo en las extremidades. Alguien sabía de sus armaduras corporales y había cortado sus trajes de grueso hule y sus chaquetas, como si fueran nieve; ahí donde la armadura no los protegía. ¿Pero como? ¿Qué grupo de hombres podía planear una estrategia tan perfecta?
Apunto a la nada con su fusil. No había nada ahí, nadie. Camino entre los cadáveres sin poder creer lo que veía. Analizo las huellas y luego de unos minutos se dio cuenta de que era un solo atacante. Menos podía creerlo. ¿Qué clase de enemigo podía matar a treinta y cinco soldados bien entrenados, así? ¿Quién podía planear una estrategia semejante? -¿A que mierda nos enfrentamos?– Fueron sus ultimas palabras.
No pudo escuchar como uno de los cuerpos tirados en la nieve se ponía en pie. Menos ver como se le aproximaba por detrás con su corvo en mano. Solo sintió como le tomaban el hombro con una mano y el filo del acero clavando se le entre las piernas, para luego subir hasta su espalda; cortando y rajando, traje piel, genitales y músculos. Lo sintió rozar y mellarse con sus huesos, y sintió el agudo ardor que solo se detuvo cuando su herida descubierta se congelo.
Su mascara y la tormenta ahogaron su enorme grito de dolor. Y luego ahogaron un grito mayor, cuando su pierna izquierda fue tomada por su atacante; quien ahora lo arrastraba a dentro del refugió, por el mismo agujero por el que el había salido. Sabia su destino, mientras moría desangrado y congelado; ese único demonio come hombres se devoraría su carne, lo antes posible, antes de que se congelara. Se resigno llorando y aceptando, más que la derrota y la muerte, el que los demonios existían.
...
sábado, 18 de octubre de 2008
viernes, 17 de octubre de 2008
CAPITULO 13
LAS GUERRAS ANTARTICAS
Su familia era una larga raza de guerreros. Soldados valientes, hábiles y fuertes que por años escalaron en la cadena militar de Mitsubishi-Motors. De origen humilde nunca podrían, ni el ni sus descendientes, pasar del grado de Capitán; pero nadie les podía negar, que fueran capaces de sobrevivir peleando, en el infierno helado del polo sur. Su padre y su abuelo lo habían hecho sin ser los primeros, y el estaba seguro, de que su destino era volver también con vida.
El no vivía en las casas más elegantes de las islas del Japon; vivía modestamente, pero no tenia que pelear por su comida. Japon, único país del mundo que aun era considerado país y conservaba sus territorio original intacto. Era lógico, Japon era un territorio tan pequeño; que necesitaba adquirir territorio para poder sobrevivir como conglomerado económico auto suficiente. Así compraron en su momento Corea y la India, para luego conquistar lo que no tenían comprado de China.
China que triste historia. Su padre se la contaba a menudo; pasando así de generación en generación, una historia de la que sus ancestros fueron testigos. Solo por eso más su habilidad para pelear y dirigir, lo dejaban ser Capitán; su familia era una familia Japonesa pura. No se mezclo con los chinos que invadieron el mundo, ni con alguna de las demás naciones que se unieron al imperio Mitsubishi; y en Japon eso era importante. Aunque fuera una minúscula parte del territorio, era la capital, Mitsubishi era Japon; así lo entendió su pueblo cuando se unió al ejercito y conquisto China.
La gran China. Eran un pueblo antiguo y orgulloso, y eran millones de millones; más aun que los indues. Cuando el viejo Estados Unidos callo en banca rota, al quebrar sus bancos por la ambición; China se irguió ante el mundo como el nuevo polo económico. Eran millones y millones de consumidores, de trabajadores, de empresarios, de inversionistas; tenían las necesidades que el mundo quería, y las respuestas que el mundo necesitaba. Su antigua fe en el estado y en algo llamado comunismo, se vio herida de muerte cuando recuperaron, de sus conquistadores anteriores, la isla de Hong Kong. Una vez tuvieron una prueba de cómo era le resto del mundo, el materialismo hizo lo suyo; y con el tiempo su consumismo salvo al mundo.
Luego su poco desarrollado territorio debió ser conquistado por Mitsubishi para mantener a su población; ante la falta de combustibles y la hambruna fue sencillo. Su familia estuvo combatiendo por dicha conquista; ahora a el le tocaba llevar agua a Japon. Si sobrevivía.
Sus soldados le trajeron el cuerpo de uno de los cuatro soldados, que habían salido hacia dos minutos a patrullar. Entre cuatro fuertes tipos, de cabello negro oriental, lo pusieron a su pies; entre gritos de alerta y el llamado a las armas. Sus heridas eran claras, su mascara estaba rota y había sangre congelada sobre su rostro; señas inequívocas de que no había sido un láser. Y si no era un láser solo podía ser una cosa, solo podían ser ellos.
-¡Cinco hombres armados custodiando la puerta, ahora!- Grito en chino a sus tropas, mientras ya quedaban pocos poniendo se aun el equipo. Luego hablo en japonés a sus tenientes –Quiero a cinco equipos cavando salidas alternativas con láser y palas, dos a cada lado una en el fondo. Que tengan un grupo de apoyo armado, con baterias extras y linternas; iluminaremos toda la maldita noche.- Todos hicieron una imperceptible reverencia y salieron a gritar ordenes en chino a sus hombres. Aprovecho de inmediato de ponerse su equipo.
Sus hombres estaban trabajando bien. Los cinco equipos estaban haciendo túneles lo suficientemente anchos, como para que pasara toda su compañía; una vez afuera perdería varios hombres, pero era mejor morir peleando que siendo devorado vivo. Hablo por radio dando algunas indicaciones, las radios funcionaban dentro del refugio, y sin duda entonces lo harían afuera; pero lo importante era que sus hombres supieran que el estaba con ellos.
Tomo su fusil láser y le ordeno a sus tropas separarse en seis grupos, exigiendo les rapidez a los gritos; recordando les que perderían la carne de los huesos si no actuaban rápido. Los separo en seis grupos de cinco y envió cada grupo a uno de los distintos túneles; ordenando les salir a atacar en cuanto el túnel estuviera listo. –Estarán sin duda custodiando la puerta principal. Los de la puerta principal son el cebo, debemos rodear y eliminar al enemigo antes de que puedan atacar al grupo de la puerta principal. Una bomba aquí dentro y moriremos de frió.- Les dijo por radio a todos sus hombres.
Pero eliminar el refugio no era el plan. Era solo una posibilidad más que los conducía a la muerte, no la única y ciertamente no la correcta. Pero el se quedaría ahí para defenderlo.
A los pocos segundos de terminar sus instrucciones, los primeros túneles estuvieron listos, sus tropas se colocaron sus chaquetas y corrieron hacia la superficie. Iluminaron el oscuro paisaje de tormenta con luces y algunos disparos de láser. Los cinco primeros en salir fueron los de la puerta principal, dos murieron antes de lograr salir. La noticia le llego pro radio -¡Ohh Dios, estoy perdiendo hombres, perdí a dos!- Antes de que la noticia llegar al cerebro de los demás, el equipo del primer túnel ya estaba en la superficie. El cielo se ilumino con sus disparos a la nada. Las muertes de dos mas sonaron en la radio; sus respiraciones entre cortadas y sus gárgaras de sangre, amenizaron la salida del tercer grupo.
Los disparos de láser cruzaron la tormenta derritiendo copos de nieve, mientras caían del cielo; la visibilidad era casi nula y la oscuridad debía ser cortada con sus luces, antes de hacer cualquier movimiento. No podían ver a quien los atacaba y decidieron en sus mentes culpar a la tormenta. Así perdieron a cuatro más, sus cabezas iluminadas fueron atravesadas por una ráfaga de dardos, cubiertos de teflón; sus sesos, sangre y trozos de cráneo se congelaron al salir de la mascara de sustento vital. El pánico comenzó a hacer su trabajo.
La radio era un caos de voces gritando, diciendo que no veían lo que los estaba atacando, reportando bajas y ataques, pero a ningún enemigo. -¡Fuego a discreción!- Ordeno su Capitán. Todos obedecieron sin dudarlo. -¿Alguien vio algo?- Dijo una voz en la radio. –No.- Respondió otra.
-Peinen la zona, busquen al enemigo y disparen a lo que se mueva.- Fue la orden que dio el Capitán en un cuasi susurro. Sus hombres dejaron su posición defensiva estática, se dispersaron y avanzaron hacia la puerta principal. Entonces mientras todos avanzaban casi en línea, una granada de luz hizo explosión; cegando los, ante el contraste con la oscuridad. Mientras el aire era cortado por una ráfaga de dardos.
No pudieron escuchar nada, excepto el grito de alarma de sus compañeros por la explosión; y luego más sonidos de muerte y más gritos en la radio. Atacaron el lugar donde exploto la granada, a más de trescientos metros del lugar donde se encontraba su agresor; quien pudo dispararles por la espalda. El pánico hizo presa de todos ellos; se arrojaron al piso y siguieron disparando hasta que se vieron sin energía en sus fusiles. –¡Apaguen las luces!- Se escucho por la radio; muchos hicieron caso, los que no, fueron los siguientes en morir.
-¿Qué sucedió?- Pregunto el Capitán.
-Una granada de luz señor- Respondió su Teniente
-Reporte de bajas- Volvió a ordenar el Capitán.
-Dos bajas en mi grupo señor, no tengo idea de donde vino el ataque- Dijo una voz en la radio
-Dos menos en mi grupo señor- Dijo otra voz
-Señor, mi líder de grupo esta muerto, señor- Dijo un soldado asustado.
-Señor, todo mi grupo esta muerto señor y yo estoy herido- Dijo una agonizante voz.
-Tres hombres menos aquí señor- Reporto otro líder de grupo.
...
Su familia era una larga raza de guerreros. Soldados valientes, hábiles y fuertes que por años escalaron en la cadena militar de Mitsubishi-Motors. De origen humilde nunca podrían, ni el ni sus descendientes, pasar del grado de Capitán; pero nadie les podía negar, que fueran capaces de sobrevivir peleando, en el infierno helado del polo sur. Su padre y su abuelo lo habían hecho sin ser los primeros, y el estaba seguro, de que su destino era volver también con vida.
El no vivía en las casas más elegantes de las islas del Japon; vivía modestamente, pero no tenia que pelear por su comida. Japon, único país del mundo que aun era considerado país y conservaba sus territorio original intacto. Era lógico, Japon era un territorio tan pequeño; que necesitaba adquirir territorio para poder sobrevivir como conglomerado económico auto suficiente. Así compraron en su momento Corea y la India, para luego conquistar lo que no tenían comprado de China.
China que triste historia. Su padre se la contaba a menudo; pasando así de generación en generación, una historia de la que sus ancestros fueron testigos. Solo por eso más su habilidad para pelear y dirigir, lo dejaban ser Capitán; su familia era una familia Japonesa pura. No se mezclo con los chinos que invadieron el mundo, ni con alguna de las demás naciones que se unieron al imperio Mitsubishi; y en Japon eso era importante. Aunque fuera una minúscula parte del territorio, era la capital, Mitsubishi era Japon; así lo entendió su pueblo cuando se unió al ejercito y conquisto China.
La gran China. Eran un pueblo antiguo y orgulloso, y eran millones de millones; más aun que los indues. Cuando el viejo Estados Unidos callo en banca rota, al quebrar sus bancos por la ambición; China se irguió ante el mundo como el nuevo polo económico. Eran millones y millones de consumidores, de trabajadores, de empresarios, de inversionistas; tenían las necesidades que el mundo quería, y las respuestas que el mundo necesitaba. Su antigua fe en el estado y en algo llamado comunismo, se vio herida de muerte cuando recuperaron, de sus conquistadores anteriores, la isla de Hong Kong. Una vez tuvieron una prueba de cómo era le resto del mundo, el materialismo hizo lo suyo; y con el tiempo su consumismo salvo al mundo.
Luego su poco desarrollado territorio debió ser conquistado por Mitsubishi para mantener a su población; ante la falta de combustibles y la hambruna fue sencillo. Su familia estuvo combatiendo por dicha conquista; ahora a el le tocaba llevar agua a Japon. Si sobrevivía.
Sus soldados le trajeron el cuerpo de uno de los cuatro soldados, que habían salido hacia dos minutos a patrullar. Entre cuatro fuertes tipos, de cabello negro oriental, lo pusieron a su pies; entre gritos de alerta y el llamado a las armas. Sus heridas eran claras, su mascara estaba rota y había sangre congelada sobre su rostro; señas inequívocas de que no había sido un láser. Y si no era un láser solo podía ser una cosa, solo podían ser ellos.
-¡Cinco hombres armados custodiando la puerta, ahora!- Grito en chino a sus tropas, mientras ya quedaban pocos poniendo se aun el equipo. Luego hablo en japonés a sus tenientes –Quiero a cinco equipos cavando salidas alternativas con láser y palas, dos a cada lado una en el fondo. Que tengan un grupo de apoyo armado, con baterias extras y linternas; iluminaremos toda la maldita noche.- Todos hicieron una imperceptible reverencia y salieron a gritar ordenes en chino a sus hombres. Aprovecho de inmediato de ponerse su equipo.
Sus hombres estaban trabajando bien. Los cinco equipos estaban haciendo túneles lo suficientemente anchos, como para que pasara toda su compañía; una vez afuera perdería varios hombres, pero era mejor morir peleando que siendo devorado vivo. Hablo por radio dando algunas indicaciones, las radios funcionaban dentro del refugio, y sin duda entonces lo harían afuera; pero lo importante era que sus hombres supieran que el estaba con ellos.
Tomo su fusil láser y le ordeno a sus tropas separarse en seis grupos, exigiendo les rapidez a los gritos; recordando les que perderían la carne de los huesos si no actuaban rápido. Los separo en seis grupos de cinco y envió cada grupo a uno de los distintos túneles; ordenando les salir a atacar en cuanto el túnel estuviera listo. –Estarán sin duda custodiando la puerta principal. Los de la puerta principal son el cebo, debemos rodear y eliminar al enemigo antes de que puedan atacar al grupo de la puerta principal. Una bomba aquí dentro y moriremos de frió.- Les dijo por radio a todos sus hombres.
Pero eliminar el refugio no era el plan. Era solo una posibilidad más que los conducía a la muerte, no la única y ciertamente no la correcta. Pero el se quedaría ahí para defenderlo.
A los pocos segundos de terminar sus instrucciones, los primeros túneles estuvieron listos, sus tropas se colocaron sus chaquetas y corrieron hacia la superficie. Iluminaron el oscuro paisaje de tormenta con luces y algunos disparos de láser. Los cinco primeros en salir fueron los de la puerta principal, dos murieron antes de lograr salir. La noticia le llego pro radio -¡Ohh Dios, estoy perdiendo hombres, perdí a dos!- Antes de que la noticia llegar al cerebro de los demás, el equipo del primer túnel ya estaba en la superficie. El cielo se ilumino con sus disparos a la nada. Las muertes de dos mas sonaron en la radio; sus respiraciones entre cortadas y sus gárgaras de sangre, amenizaron la salida del tercer grupo.
Los disparos de láser cruzaron la tormenta derritiendo copos de nieve, mientras caían del cielo; la visibilidad era casi nula y la oscuridad debía ser cortada con sus luces, antes de hacer cualquier movimiento. No podían ver a quien los atacaba y decidieron en sus mentes culpar a la tormenta. Así perdieron a cuatro más, sus cabezas iluminadas fueron atravesadas por una ráfaga de dardos, cubiertos de teflón; sus sesos, sangre y trozos de cráneo se congelaron al salir de la mascara de sustento vital. El pánico comenzó a hacer su trabajo.
La radio era un caos de voces gritando, diciendo que no veían lo que los estaba atacando, reportando bajas y ataques, pero a ningún enemigo. -¡Fuego a discreción!- Ordeno su Capitán. Todos obedecieron sin dudarlo. -¿Alguien vio algo?- Dijo una voz en la radio. –No.- Respondió otra.
-Peinen la zona, busquen al enemigo y disparen a lo que se mueva.- Fue la orden que dio el Capitán en un cuasi susurro. Sus hombres dejaron su posición defensiva estática, se dispersaron y avanzaron hacia la puerta principal. Entonces mientras todos avanzaban casi en línea, una granada de luz hizo explosión; cegando los, ante el contraste con la oscuridad. Mientras el aire era cortado por una ráfaga de dardos.
No pudieron escuchar nada, excepto el grito de alarma de sus compañeros por la explosión; y luego más sonidos de muerte y más gritos en la radio. Atacaron el lugar donde exploto la granada, a más de trescientos metros del lugar donde se encontraba su agresor; quien pudo dispararles por la espalda. El pánico hizo presa de todos ellos; se arrojaron al piso y siguieron disparando hasta que se vieron sin energía en sus fusiles. –¡Apaguen las luces!- Se escucho por la radio; muchos hicieron caso, los que no, fueron los siguientes en morir.
-¿Qué sucedió?- Pregunto el Capitán.
-Una granada de luz señor- Respondió su Teniente
-Reporte de bajas- Volvió a ordenar el Capitán.
-Dos bajas en mi grupo señor, no tengo idea de donde vino el ataque- Dijo una voz en la radio
-Dos menos en mi grupo señor- Dijo otra voz
-Señor, mi líder de grupo esta muerto, señor- Dijo un soldado asustado.
-Señor, todo mi grupo esta muerto señor y yo estoy herido- Dijo una agonizante voz.
-Tres hombres menos aquí señor- Reporto otro líder de grupo.
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jueves, 2 de octubre de 2008
CAPITULO 12
LAS GUERRAS ANTARTICAS
Demoro mucho en recoger su equipo y la comida que de seguro necesitaría para el viaje. Debía llevar con el las chaquetas de camuflaje aislante de sus enemigos, para no dormir por sobre el hielo, por siempre. Los fusiles láser eran armas importantes, pero más importantes aun eran sus baterías; capaces de alimentar su mascara de sustento vital, su G.A.P. su radio, su equipo de posicionamiento antártico, e incluso su propio fusil. Sumaba a esto las reservas de dardos de sus compañeros; incluso los de ella.
Debía dejar de pensar en ella. Sabía que tenía que dejar de hacerlo pero no podía.
Todo el equipo debía pesar más de cien kilogramos. Repartidos en su mochila, de manera tal, que esta quedara lo mejor balanceada posible; para permitir el combate o la huida. El peso no era problema para el. Todos los guerreros republicanos estaban entrenados para cargar ciento treinta kilogramos, sobre sus fuertes espaldas y músculos tensos cuales resortes de acero. La fuerza y velocidad de un demonio, era lo que necesitaban para sobrevivir.
Ahora el demostraría que tan fuerte era un demonio real, y que tan rápido.
Se coloco una armadura corporal enemiga, a la cual le había quitado la insignia; dio un repaso a su cinturón de campaña, y vacilo antes de ponerse la chaqueta térmica de camuflaje. Pues sabía que si se la ponía tendría pocos minutos para colocarse la mochila, colgarse el fusil y salir; de lo contrario la temperatura que alcanzaría su cuerpo dentro del refugio lo mataría. Y el debía despedir se de ella, mirar por ultima vez esos ojos negros.
La observo por última vez en su ataúd de hielo traslucido. Prometió vengarla y le dijo adiós.
Se puso la chaqueta de camuflaje blanco, la mochila, su mascara y finalmente tomo su fusil. Salio del refugio hacía la oscuridad del invierno antártico, enfrentando con una sonrisa la nieve que comenzaba a caer. –Yo seré la tormenta que deben temer de ahora en más. Todo mi pueblo come de su carne porque no tiene otra opción, yo lo haré por gusto, por sadismo.- se dijo para si.
Sus zapatos para nieve le permitían caminar sin hundirse en los metros y metros de nieve que cubrían el continente de hielo; del cual nadie que estuviera vivo, había visto jamás la roca o la tierra. Sabía cual era su destino, pues los atacantes del día de ayer solo podían venir de pocos lugares; y su cerebro entrenado, más que su cuerpo, ya había calculado en donde debía de estar su campamento de avanzada. El viaje le llevaría tiempo, pero eso no era un problema, ya no más.
Caminando en la oscuridad completa, con una nubosidad total, que le robaba al cielo las estrellas; usaba sus demás sentidos he instintos para ver su camino invisible. Al menos el pensar en ella le quitaría el cansancio de la mente; pero seria en otro viaje, con solo dos días de caminata no se cansaría.
El viento lo golpeaba y lo hacia enojar más. Así como el saber que se dirigía al sur, hacía el mismo polo sur. El cual era territorio de guerra entre los conglomerados económicos, y donde las fuerzas republicanas poco se adentraban. Pero eso le daba una ventaja; sin tener que preocuparse por sus compatriotas podría matar a placer, a destajo.
Las operaciones de las fuerzas republicanas normalmente rodeaban el polo. Evitaban que las potencias de la avaricia embarcaran el agua, o que caminaran libres por el continente. El plan era mantenerlos lo más juntos posible y que se mataran entre ellos. Después de todo ellos tenían más hombres y más y mejores armas. Y el plan funcionaba. El miedo a que devoraran sus carnes enemigos a los que no podían matar, ni ver, ni oír; hacia que las tropas de los conglomerados prefirieran atacarse unos a otros, que aventurarse en el territorio de los demonios devoradores de hombres.
Pero si podían matarlos. Y en algún lugar de su inconsciente el deseaba que lo mataran; el podía leer eso en su inconsciente. Pero si lo mataban seria después de dejar una enorme mancha, de pequeños trozos de hielo rojo color sangre sobre la nieve.
Después de caminar más de cuarenta y ocho horas supo que había llegado. Bajo su mochila y saco una de las chaquetas de camuflaje enemigo. Se sentó sobre ella a esperar con su fusil en mano. Si bien podía haberse equivocado en su deducción del campamento enemigo, estaba seguro de que en algún sitio, a unos setecientos metros, alrededor de el; debía haber un refugio enemigo. Excavado en la nieve con lásers y palas; lo suficientemente grande para guarnecer a unos veinte y cinco hombres, como mínimo y cuarenta y cinco como máximo. El lo sabía por que su entrenamiento lo había hecho parte de su instinto, estaba en su sangre; y ahora lo sentía como nunca antes lo había sentido.
Solo debía sentarse a esperar con su fusil en mano a que alguno de ellos saliera, mostrara una luz, o percibiera algún signo de vida humana. Entonces el podría disparar con completa impunidad, mientras sus adversarios solo podrían entrar en pánico. Lo que si con ese viento debería acortar la distancia, si es que quería darle a algo con un dardo impulsado por aire. Como fuera le tocaba jugar el juego para el que había sido entrenado desde la cuna: el juego de la espera.
Mientras esperaba aprovecho para orinar a través de la manguera insertada en su uretra. Cuando creyó ver una luz. Creyó sin gran certeza pues la nieve cubría le visor de su mascara de sustento vital, cosa imperceptible en la completa oscuridad. Pero una vez libre de nieve se dio cuenta de que en efecto; tres soldados, con las luces de sus mascaras de sustento vital encendidas, y linternas para poder guiar sus pasos en la copiosa nevada; habían salido del refugio
No había fallado en sus cálculos. Es más, sus blancos se encontraban frente a el; cuando pudieron estar en cualquier sitio a setecientos metros a la redonda. Mas aun así debía moverse.
Coloco una granada de tiempo, robada a un invasor muerto, cerca de su mochila, la cual le proveería de una distracción en seis minutos. Tiempo suficiente para que, los de dentro, echaran de menos a los tres de fuera; con quienes sin duda mantendrían contacto radial.
Mientras corría hacia ellos con total soltura, pudo ver luz en un agujero en el piso; que seguramente seria la entrada al refugio. Y al menos un cuarto enemigo saliendo a la superficie antártica. El debía ser el primero en morir; pues si su cadáver caía dentro del refugio el resto saldría más rápido, y eso era lo que el quería.
Cubrió doscientos metros con facilidad, y cuando los hubo recorrido aminoro la velocidad; para asegurar se de no ser percibido y tener una base disparo mas estable. Recorrió los siguientes setenta y cinco metros a trote; pero la cuarta luz en al tormenta ya casi salía del refugio, por lo que debió detenerse e intentar un disparo dificilísimo a cuatrocientos veinte y cinco metros de distancia; con ese viento y esa visibilidad.
Apunto con cuidado y contuvo la respiración, de manera instintiva. Nunca podría hacerlo con un disparo pero podía cambiar la calidad por la cantidad. Oprimió el gatillo de su fusil con completa relajación y soltó una ráfaga de dardos, recubiertos con teflón, a la mascara iluminada del cuarto sujeto fuera del refugio. Varios de los cuales dieron en el pecho, las paredes de nieve de la colina, bajo la cual se encontraba el refugio; y unos pocos dieron en la cabeza de su blanco. Solo necesitaba uno.
La armadura corporal fue apenas atravesada por los dardos que dieron en el pecho; pero provocaron mucho ruido y chispas de luz, que advirtieron a dos de los demás enemigos del ataque. Mientras su blanco caía atravesado en el cuello y la cara por los filosos dardos; con su mascara rota sus pulmones se congelaban con sus últimos alientos, mientras su sangre no alcanzaba a abandonar su cuerpo, congelada por el gran aliado de la republica: la Antártica misma. Su cuerpo se derrumbo dentro del refugio.
Dos de los demás soldados de la ambición saltaron lejos de la entrada, en un desesperado cuerpo a tierra, empuñando sus fusiles láser, contra la oscuridad absoluta. Pero sus mascaras encendidas los hicieron blancos fáciles, de un enemigo al cual no vieron. Solo uno de ellos vio como la mascara de su compañero se apago, en medio del amortiguado sonido del polímero duro y transparente del visor rompiendo se. Cinco segundo después el también era acribillado en al cabeza por los dardos que atravesaron su cráneo.
El tercero, al ser el ultimo en darse cuenta de lo que pasaba representaba la amenaza menor; por lo que lo dejo para le último. Mientras recorría a trote otros cien metros, cambio el cargador de dardos de su fusil; eso el debía dar a su victima tiempo para dar la alarma por radio. Con eso ya no había dudas de que el resto llegaría pronto. Se dio el tiempo de arrojarse sobre su vientre en la nieve y enterrase un poco, antes de apuntarle y matarlo. Así el resto, que sin duda saldría iluminar el paisaje, solo vería el blanco perpetuo de la nieve, entre el cual su uniforme se camuflaba a la perfección.
Verlo seria imposible, solo tenia que esperar y actuar. Ellos, por la ausencia de disparos de láser, ya deberían saber “que” los atacaba; pero debían de esperar un grupo, no a uno solo, y no podrían verlo, ni oírlo.
Quedaba el juego de la espera. – Que vengan.- Desafió al frió.
...
Demoro mucho en recoger su equipo y la comida que de seguro necesitaría para el viaje. Debía llevar con el las chaquetas de camuflaje aislante de sus enemigos, para no dormir por sobre el hielo, por siempre. Los fusiles láser eran armas importantes, pero más importantes aun eran sus baterías; capaces de alimentar su mascara de sustento vital, su G.A.P. su radio, su equipo de posicionamiento antártico, e incluso su propio fusil. Sumaba a esto las reservas de dardos de sus compañeros; incluso los de ella.
Debía dejar de pensar en ella. Sabía que tenía que dejar de hacerlo pero no podía.
Todo el equipo debía pesar más de cien kilogramos. Repartidos en su mochila, de manera tal, que esta quedara lo mejor balanceada posible; para permitir el combate o la huida. El peso no era problema para el. Todos los guerreros republicanos estaban entrenados para cargar ciento treinta kilogramos, sobre sus fuertes espaldas y músculos tensos cuales resortes de acero. La fuerza y velocidad de un demonio, era lo que necesitaban para sobrevivir.
Ahora el demostraría que tan fuerte era un demonio real, y que tan rápido.
Se coloco una armadura corporal enemiga, a la cual le había quitado la insignia; dio un repaso a su cinturón de campaña, y vacilo antes de ponerse la chaqueta térmica de camuflaje. Pues sabía que si se la ponía tendría pocos minutos para colocarse la mochila, colgarse el fusil y salir; de lo contrario la temperatura que alcanzaría su cuerpo dentro del refugio lo mataría. Y el debía despedir se de ella, mirar por ultima vez esos ojos negros.
La observo por última vez en su ataúd de hielo traslucido. Prometió vengarla y le dijo adiós.
Se puso la chaqueta de camuflaje blanco, la mochila, su mascara y finalmente tomo su fusil. Salio del refugio hacía la oscuridad del invierno antártico, enfrentando con una sonrisa la nieve que comenzaba a caer. –Yo seré la tormenta que deben temer de ahora en más. Todo mi pueblo come de su carne porque no tiene otra opción, yo lo haré por gusto, por sadismo.- se dijo para si.
Sus zapatos para nieve le permitían caminar sin hundirse en los metros y metros de nieve que cubrían el continente de hielo; del cual nadie que estuviera vivo, había visto jamás la roca o la tierra. Sabía cual era su destino, pues los atacantes del día de ayer solo podían venir de pocos lugares; y su cerebro entrenado, más que su cuerpo, ya había calculado en donde debía de estar su campamento de avanzada. El viaje le llevaría tiempo, pero eso no era un problema, ya no más.
Caminando en la oscuridad completa, con una nubosidad total, que le robaba al cielo las estrellas; usaba sus demás sentidos he instintos para ver su camino invisible. Al menos el pensar en ella le quitaría el cansancio de la mente; pero seria en otro viaje, con solo dos días de caminata no se cansaría.
El viento lo golpeaba y lo hacia enojar más. Así como el saber que se dirigía al sur, hacía el mismo polo sur. El cual era territorio de guerra entre los conglomerados económicos, y donde las fuerzas republicanas poco se adentraban. Pero eso le daba una ventaja; sin tener que preocuparse por sus compatriotas podría matar a placer, a destajo.
Las operaciones de las fuerzas republicanas normalmente rodeaban el polo. Evitaban que las potencias de la avaricia embarcaran el agua, o que caminaran libres por el continente. El plan era mantenerlos lo más juntos posible y que se mataran entre ellos. Después de todo ellos tenían más hombres y más y mejores armas. Y el plan funcionaba. El miedo a que devoraran sus carnes enemigos a los que no podían matar, ni ver, ni oír; hacia que las tropas de los conglomerados prefirieran atacarse unos a otros, que aventurarse en el territorio de los demonios devoradores de hombres.
Pero si podían matarlos. Y en algún lugar de su inconsciente el deseaba que lo mataran; el podía leer eso en su inconsciente. Pero si lo mataban seria después de dejar una enorme mancha, de pequeños trozos de hielo rojo color sangre sobre la nieve.
Después de caminar más de cuarenta y ocho horas supo que había llegado. Bajo su mochila y saco una de las chaquetas de camuflaje enemigo. Se sentó sobre ella a esperar con su fusil en mano. Si bien podía haberse equivocado en su deducción del campamento enemigo, estaba seguro de que en algún sitio, a unos setecientos metros, alrededor de el; debía haber un refugio enemigo. Excavado en la nieve con lásers y palas; lo suficientemente grande para guarnecer a unos veinte y cinco hombres, como mínimo y cuarenta y cinco como máximo. El lo sabía por que su entrenamiento lo había hecho parte de su instinto, estaba en su sangre; y ahora lo sentía como nunca antes lo había sentido.
Solo debía sentarse a esperar con su fusil en mano a que alguno de ellos saliera, mostrara una luz, o percibiera algún signo de vida humana. Entonces el podría disparar con completa impunidad, mientras sus adversarios solo podrían entrar en pánico. Lo que si con ese viento debería acortar la distancia, si es que quería darle a algo con un dardo impulsado por aire. Como fuera le tocaba jugar el juego para el que había sido entrenado desde la cuna: el juego de la espera.
Mientras esperaba aprovecho para orinar a través de la manguera insertada en su uretra. Cuando creyó ver una luz. Creyó sin gran certeza pues la nieve cubría le visor de su mascara de sustento vital, cosa imperceptible en la completa oscuridad. Pero una vez libre de nieve se dio cuenta de que en efecto; tres soldados, con las luces de sus mascaras de sustento vital encendidas, y linternas para poder guiar sus pasos en la copiosa nevada; habían salido del refugio
No había fallado en sus cálculos. Es más, sus blancos se encontraban frente a el; cuando pudieron estar en cualquier sitio a setecientos metros a la redonda. Mas aun así debía moverse.
Coloco una granada de tiempo, robada a un invasor muerto, cerca de su mochila, la cual le proveería de una distracción en seis minutos. Tiempo suficiente para que, los de dentro, echaran de menos a los tres de fuera; con quienes sin duda mantendrían contacto radial.
Mientras corría hacia ellos con total soltura, pudo ver luz en un agujero en el piso; que seguramente seria la entrada al refugio. Y al menos un cuarto enemigo saliendo a la superficie antártica. El debía ser el primero en morir; pues si su cadáver caía dentro del refugio el resto saldría más rápido, y eso era lo que el quería.
Cubrió doscientos metros con facilidad, y cuando los hubo recorrido aminoro la velocidad; para asegurar se de no ser percibido y tener una base disparo mas estable. Recorrió los siguientes setenta y cinco metros a trote; pero la cuarta luz en al tormenta ya casi salía del refugio, por lo que debió detenerse e intentar un disparo dificilísimo a cuatrocientos veinte y cinco metros de distancia; con ese viento y esa visibilidad.
Apunto con cuidado y contuvo la respiración, de manera instintiva. Nunca podría hacerlo con un disparo pero podía cambiar la calidad por la cantidad. Oprimió el gatillo de su fusil con completa relajación y soltó una ráfaga de dardos, recubiertos con teflón, a la mascara iluminada del cuarto sujeto fuera del refugio. Varios de los cuales dieron en el pecho, las paredes de nieve de la colina, bajo la cual se encontraba el refugio; y unos pocos dieron en la cabeza de su blanco. Solo necesitaba uno.
La armadura corporal fue apenas atravesada por los dardos que dieron en el pecho; pero provocaron mucho ruido y chispas de luz, que advirtieron a dos de los demás enemigos del ataque. Mientras su blanco caía atravesado en el cuello y la cara por los filosos dardos; con su mascara rota sus pulmones se congelaban con sus últimos alientos, mientras su sangre no alcanzaba a abandonar su cuerpo, congelada por el gran aliado de la republica: la Antártica misma. Su cuerpo se derrumbo dentro del refugio.
Dos de los demás soldados de la ambición saltaron lejos de la entrada, en un desesperado cuerpo a tierra, empuñando sus fusiles láser, contra la oscuridad absoluta. Pero sus mascaras encendidas los hicieron blancos fáciles, de un enemigo al cual no vieron. Solo uno de ellos vio como la mascara de su compañero se apago, en medio del amortiguado sonido del polímero duro y transparente del visor rompiendo se. Cinco segundo después el también era acribillado en al cabeza por los dardos que atravesaron su cráneo.
El tercero, al ser el ultimo en darse cuenta de lo que pasaba representaba la amenaza menor; por lo que lo dejo para le último. Mientras recorría a trote otros cien metros, cambio el cargador de dardos de su fusil; eso el debía dar a su victima tiempo para dar la alarma por radio. Con eso ya no había dudas de que el resto llegaría pronto. Se dio el tiempo de arrojarse sobre su vientre en la nieve y enterrase un poco, antes de apuntarle y matarlo. Así el resto, que sin duda saldría iluminar el paisaje, solo vería el blanco perpetuo de la nieve, entre el cual su uniforme se camuflaba a la perfección.
Verlo seria imposible, solo tenia que esperar y actuar. Ellos, por la ausencia de disparos de láser, ya deberían saber “que” los atacaba; pero debían de esperar un grupo, no a uno solo, y no podrían verlo, ni oírlo.
Quedaba el juego de la espera. – Que vengan.- Desafió al frió.
...
miércoles, 1 de octubre de 2008
CAPITULO 11
LAS GUERRAS ANTARTICAS
Pena y mal olor, eran lo que el sentia. El frió dentro del refugio no amortiguaba el olor a muerte.
Estaba escrito y el lo sabia, de una cuadrilla de cinco republicanos solo sobrevivía uno. Era estadístico, era exacto. “Trabajaran como equipo hasta que quede solo uno, y ese uno será un cazador solitario; hasta que muera o se cumpla su plazo de lucha”.
Solo que no esperaba sobrevivir el. No perderla a ella. Su equipo había ido disminuyendo, muriendo de a uno, de forma paulatina pero constante. Y ahora estaba solo, sin saber aun que hacer con su cadáver.
Ella fue su mejor amiga por mucho tiempo. Desde que aprendió a caminar y a pelear, rastrear y cazar, disparar y matar. Tal vez pudo ser algo más; lejos del frió, sin esos trajes horribles de tortura, al calor de una fogata.
Fogata. Era mejor hacer un fuego ahora, pues la poca luz que tocaba el pedazo de hielo se extinguiría dentro de poco, y no volvería en seis meses. Seis meses de frió aun mas intenso y de soledad completa. Mejor se movía rápido. Se acerco a ella y sin saber si pedirle perdón o no le quito sus zapatos para la nieve y luego sus botas de combate. Las desabrocho sin mayor ceremonia, como amputar un miembro; mientras más rápido menos duele. Tiro las botas a un lado y se dirigió hacia los enemigos vencidos para quitarles los zapatos también.
Tratando de no pensar saco su corvo y corto las botas de combate en tiras de suela y cuero, las cuales ato con los correspondientes cordones. Así fabrico ocho madejas de cuero combustibles. Tomo cuatro y las puso sobre una placa metálica de una armadura corporal enemiga. Todo sin pensar, tal y como se lo enseñaron; deja tu mente afuera, hay tiempos para pensar y tiempos para no hacerlo. Poso su G.A.P. (generador de agua potable) contra el cuero, sin importarle el horrible sabor a cuero quemado, que quedaría en el agua que debería beber luego. Lo encendió y espero a que la hoja se pusiera al rojo vivo, luego soplo. El vapor que exhalo era agua en si mismo, y el agua absorbe la temperatura; sumándole el oxigeno, no tuvo que soplar mucho para lograr una tenue llama. Llama sobre la cual poso uno de los atados de cuero y suela, entonces tuvo su fuego.
Ahora había más luz en el refugio, esa luz anaranjada del fuego que hizo que todo se viera aun más deprimente. Las sombras danzaban en las paredes del iglú burlonas e indiferentes.
- Las sombras nunca han tenido que perder a alguien. – Pensó para si, sin querer decirlo en voz alta, sin saber por que.
Con el cuero consumiendo se lentamente, tuvo tiempo de desnudar a uno de los enemigos vencidos. Con el corvo le corto una de las piernas y puso el extremo del muslo, que no alcanzo a sangrar mucho antes de congelarse, sobre las llamas para irlo cocinando de apoco; e irlo comiendo a medida que se iba cocinando por partes. Lamentablemente eso le dejaba tiempo para pensar, y eso era tiempo para deprimirse aun más.
Decidió entonces desvestir al resto de sus enemigos muertos. Les quito a los otros tres sus chaquetas y las arrojo sobre las demás, apiladas en un rincón del refugio. Les quito sus trajes de grueso hule y apilo los cuerpos, en lo que seria su despensa por muy poco tiempo; pues su entrenamiento dictaba que debía abandonar el refugio después de que este había sido atacado.
Con el piso mas despejado pudo ver las manchas de sangre y las quemaduras de láser en el piso y paredes del refugio. La sangre, en esas tierras, se congelaba antes de tocar el piso. Recordó a uno de sus maestros diciendo le que a milímetros del piso, incluso dentro de un iglú, la temperatura alcanzaba los veinte y tres grados bajo cero. Quería recordar cualquier cosa antes de posar sus pensamientos en su compañera acribillada por una ráfaga de luz; ya ni su equipo era reutilizable, no con ese agujero que la atravesaba.
La pierna comenzaba a oler bien. Tomo los cuchillos de sus enemigos vencidos y se sentó en un bloque de hielo; dejado dentro del refugio solo para este propósito. Una vez sentado junto al fuego clavo los cuchillos en el hielo, y al azar escogió uno, tal como ella lo hacia, para cortar la carne que seria su primera comida en un par de días. La carne sabia bien, le hubiera gustado compartirla con ella y reír de nuevo recordando cuando no tenían para hacer el fuego y les quedaban manchas de sangre en la cara, y a veces se pintaban la nariz.
Sabía que debía dejar de pensar en ella. Que cada soldado republicano tiene que pensar en sus compañeros, como si ya estuvieran muertos al momento de comenzar el entrenamiento. Funcionar como unidad hasta que solo importe el individuo, porque sino estas muerto, y los que deben morir son los invasores.
- Invasores- Pensó, y su adiestramiento le hizo, sin darse cuenta, morder la carne de su adversario con rabia y más fuerza.
La oscuridad afuera cubrió todo el continente al finalizar el único atardecer del año. Y en la oscuridad que rodeaba el fuego, se aparto de la luz e hizo algo para lo que nadie lo había entrenado; dejo de pensar, arriesgo la vida, su misión, y quizás al mundo por una mujer muerta; sin saber el porque.
Dejo su comida de lado y tomo uno de los fusiles láser del enemigo. Reviso su carga y apunto al cuerpo inerte y de ojos abiertos de su compañera de infancia, de entrenamiento, de combate, de risas; de vida y de muerte. Disparo hacia el hielo dibujando con un as de luz su silueta en el hielo, el cual comenzó a derretirse rápidamente; convirtiendo se en una posa que pronto fue una pequeña picina. Allí el cuerpo de su amiga comenzó a hundirse, en un funeral de vapor y rabia. Cuando dejo de disparar, tiro el fusil ya casi vació y vio como entre el vapor, el agua sobre y alrededor de su gran amiga se volvían una tumba de hielo. El gran volumen de agua tomo tiempo en congelarse, varios minutos; en los que no pudo no recriminarse, el haberla dejado con los ojos abiertos. Sus hermosos ojos negros, que ya nunca brillarían para el.
Deseaba llorar pero de hacerlo perdería los ojos.
Cuando por fin se congelo por completo y el vapor se fue, no sabía que hacer; pues nadie nunca, le había enseñado un ritual fúnebre propiamente tal. Solo tenia la oración que ella recito, en el funeral de dos de sus compañeros, y cuando comieron a uno. No la recordaba por completo. Ella le había contado que dicha oración había pasado de generación en generación; desde que el pueblo republicano había vivido como esclavo, de uno de los grandes conglomerados económicos.
La recito en silencio. Mientras su sombra danzaba a su costado.
Cualquiera que viera el cuadro vería a un hombre enterrando a su mujer, su esposa, novia o amante al menos. El no lo sabía. El había conocido solo su amistad; sin tiempo de explorar algo más. Sin saber el nombre del sentimiento que apretaba su pecho.
Ese sentimiento se volvía, ahí mismo, de un negro intenso. Dando paso al odio, este a la rabia y esta a la sed de venganza. Todos pagarían. El volver a casa ya no era una opción; su casa estaba bajo una tumba de hielo con sus ojos negros abiertos por siempre. Era ella ahora un espíritu de las nieves; vagaría desnuda, sin importarle el frió, por el continente guiando a los republicanos y confundiendo al enemigo.
-¿Pero y yo?- Se cuestionó en la miseria y las sombras. – Los vivos no podemos ser espíritus.- dijo en voz baja. – Pero podemos ser demonios. Y yo seré uno; seré un demonio como nunca nadie ha visto. Mi venganza azotara este puto bloque de hielo del cual nunca saldré. Yo contaminare el agua que desean llevarse, con su propia sangre.-
...
Pena y mal olor, eran lo que el sentia. El frió dentro del refugio no amortiguaba el olor a muerte.
Estaba escrito y el lo sabia, de una cuadrilla de cinco republicanos solo sobrevivía uno. Era estadístico, era exacto. “Trabajaran como equipo hasta que quede solo uno, y ese uno será un cazador solitario; hasta que muera o se cumpla su plazo de lucha”.
Solo que no esperaba sobrevivir el. No perderla a ella. Su equipo había ido disminuyendo, muriendo de a uno, de forma paulatina pero constante. Y ahora estaba solo, sin saber aun que hacer con su cadáver.
Ella fue su mejor amiga por mucho tiempo. Desde que aprendió a caminar y a pelear, rastrear y cazar, disparar y matar. Tal vez pudo ser algo más; lejos del frió, sin esos trajes horribles de tortura, al calor de una fogata.
Fogata. Era mejor hacer un fuego ahora, pues la poca luz que tocaba el pedazo de hielo se extinguiría dentro de poco, y no volvería en seis meses. Seis meses de frió aun mas intenso y de soledad completa. Mejor se movía rápido. Se acerco a ella y sin saber si pedirle perdón o no le quito sus zapatos para la nieve y luego sus botas de combate. Las desabrocho sin mayor ceremonia, como amputar un miembro; mientras más rápido menos duele. Tiro las botas a un lado y se dirigió hacia los enemigos vencidos para quitarles los zapatos también.
Tratando de no pensar saco su corvo y corto las botas de combate en tiras de suela y cuero, las cuales ato con los correspondientes cordones. Así fabrico ocho madejas de cuero combustibles. Tomo cuatro y las puso sobre una placa metálica de una armadura corporal enemiga. Todo sin pensar, tal y como se lo enseñaron; deja tu mente afuera, hay tiempos para pensar y tiempos para no hacerlo. Poso su G.A.P. (generador de agua potable) contra el cuero, sin importarle el horrible sabor a cuero quemado, que quedaría en el agua que debería beber luego. Lo encendió y espero a que la hoja se pusiera al rojo vivo, luego soplo. El vapor que exhalo era agua en si mismo, y el agua absorbe la temperatura; sumándole el oxigeno, no tuvo que soplar mucho para lograr una tenue llama. Llama sobre la cual poso uno de los atados de cuero y suela, entonces tuvo su fuego.
Ahora había más luz en el refugio, esa luz anaranjada del fuego que hizo que todo se viera aun más deprimente. Las sombras danzaban en las paredes del iglú burlonas e indiferentes.
- Las sombras nunca han tenido que perder a alguien. – Pensó para si, sin querer decirlo en voz alta, sin saber por que.
Con el cuero consumiendo se lentamente, tuvo tiempo de desnudar a uno de los enemigos vencidos. Con el corvo le corto una de las piernas y puso el extremo del muslo, que no alcanzo a sangrar mucho antes de congelarse, sobre las llamas para irlo cocinando de apoco; e irlo comiendo a medida que se iba cocinando por partes. Lamentablemente eso le dejaba tiempo para pensar, y eso era tiempo para deprimirse aun más.
Decidió entonces desvestir al resto de sus enemigos muertos. Les quito a los otros tres sus chaquetas y las arrojo sobre las demás, apiladas en un rincón del refugio. Les quito sus trajes de grueso hule y apilo los cuerpos, en lo que seria su despensa por muy poco tiempo; pues su entrenamiento dictaba que debía abandonar el refugio después de que este había sido atacado.
Con el piso mas despejado pudo ver las manchas de sangre y las quemaduras de láser en el piso y paredes del refugio. La sangre, en esas tierras, se congelaba antes de tocar el piso. Recordó a uno de sus maestros diciendo le que a milímetros del piso, incluso dentro de un iglú, la temperatura alcanzaba los veinte y tres grados bajo cero. Quería recordar cualquier cosa antes de posar sus pensamientos en su compañera acribillada por una ráfaga de luz; ya ni su equipo era reutilizable, no con ese agujero que la atravesaba.
La pierna comenzaba a oler bien. Tomo los cuchillos de sus enemigos vencidos y se sentó en un bloque de hielo; dejado dentro del refugio solo para este propósito. Una vez sentado junto al fuego clavo los cuchillos en el hielo, y al azar escogió uno, tal como ella lo hacia, para cortar la carne que seria su primera comida en un par de días. La carne sabia bien, le hubiera gustado compartirla con ella y reír de nuevo recordando cuando no tenían para hacer el fuego y les quedaban manchas de sangre en la cara, y a veces se pintaban la nariz.
Sabía que debía dejar de pensar en ella. Que cada soldado republicano tiene que pensar en sus compañeros, como si ya estuvieran muertos al momento de comenzar el entrenamiento. Funcionar como unidad hasta que solo importe el individuo, porque sino estas muerto, y los que deben morir son los invasores.
- Invasores- Pensó, y su adiestramiento le hizo, sin darse cuenta, morder la carne de su adversario con rabia y más fuerza.
La oscuridad afuera cubrió todo el continente al finalizar el único atardecer del año. Y en la oscuridad que rodeaba el fuego, se aparto de la luz e hizo algo para lo que nadie lo había entrenado; dejo de pensar, arriesgo la vida, su misión, y quizás al mundo por una mujer muerta; sin saber el porque.
Dejo su comida de lado y tomo uno de los fusiles láser del enemigo. Reviso su carga y apunto al cuerpo inerte y de ojos abiertos de su compañera de infancia, de entrenamiento, de combate, de risas; de vida y de muerte. Disparo hacia el hielo dibujando con un as de luz su silueta en el hielo, el cual comenzó a derretirse rápidamente; convirtiendo se en una posa que pronto fue una pequeña picina. Allí el cuerpo de su amiga comenzó a hundirse, en un funeral de vapor y rabia. Cuando dejo de disparar, tiro el fusil ya casi vació y vio como entre el vapor, el agua sobre y alrededor de su gran amiga se volvían una tumba de hielo. El gran volumen de agua tomo tiempo en congelarse, varios minutos; en los que no pudo no recriminarse, el haberla dejado con los ojos abiertos. Sus hermosos ojos negros, que ya nunca brillarían para el.
Deseaba llorar pero de hacerlo perdería los ojos.
Cuando por fin se congelo por completo y el vapor se fue, no sabía que hacer; pues nadie nunca, le había enseñado un ritual fúnebre propiamente tal. Solo tenia la oración que ella recito, en el funeral de dos de sus compañeros, y cuando comieron a uno. No la recordaba por completo. Ella le había contado que dicha oración había pasado de generación en generación; desde que el pueblo republicano había vivido como esclavo, de uno de los grandes conglomerados económicos.
La recito en silencio. Mientras su sombra danzaba a su costado.
Cualquiera que viera el cuadro vería a un hombre enterrando a su mujer, su esposa, novia o amante al menos. El no lo sabía. El había conocido solo su amistad; sin tiempo de explorar algo más. Sin saber el nombre del sentimiento que apretaba su pecho.
Ese sentimiento se volvía, ahí mismo, de un negro intenso. Dando paso al odio, este a la rabia y esta a la sed de venganza. Todos pagarían. El volver a casa ya no era una opción; su casa estaba bajo una tumba de hielo con sus ojos negros abiertos por siempre. Era ella ahora un espíritu de las nieves; vagaría desnuda, sin importarle el frió, por el continente guiando a los republicanos y confundiendo al enemigo.
-¿Pero y yo?- Se cuestionó en la miseria y las sombras. – Los vivos no podemos ser espíritus.- dijo en voz baja. – Pero podemos ser demonios. Y yo seré uno; seré un demonio como nunca nadie ha visto. Mi venganza azotara este puto bloque de hielo del cual nunca saldré. Yo contaminare el agua que desean llevarse, con su propia sangre.-
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lunes, 12 de mayo de 2008
CAPITULO 10
LAS GUERRAS ANTARTICAS
Vivió toda su vida en un basurero, y sobrevivió. Vio morir a dos hermanos en peleas callejeras antes de cumplir los cinco años. Vio morir a otros dos antes de cumplir los diez; y mato a uno de ellos antes de cumplir los catorce. Allí donde el nació no había otra forma de sobrevivir, sino armado y con violencia. El que acuchilla primero acuchilla dos veces, le decía su madre; quien muriera antes de que el fuese enlistado a la fuerza en el ejercito; el agua que guardaban con tanto celo en casa había entrado en contacto con la acida tierra.
- Los otros conglomerados económicos quieren que tu vivas así, quieren que tu familia viva así; ellos viven mucho mejor y ninguno de ellos muere envenenado por el agua contaminada. – Era lo que siempre escuchaba de gente que justificaba su existencia y su poder diciendo que sin ellos las cosas serian peor. ¿Qué tanto peor podrían ser? Podrían no tener agua potable. Podrían no haber tenido que ir todas las semanas a pelear por una ración de agua, que nunca era suficiente para todos. Si bien podía ser peor era imposible imaginar que fuera distinto.
- Ve al polo sur y pelea por que tus hermanos y tu viejo padre tengan agua, se la diferencia.- El ejercito le enseño mucho y el llego a confiar en el. Le enseñaron apelar en grupo, a usar armas, le dieron un sueldo y la posibilidad de volver a entrenar a más soldados como el cuando volviera del polo sur.
Volver era imposible. Si no te mataban los soldados enemigos, el clima, la falta de recursos y el hambre, existía una raza de aborígenes antárticos que cazaban a los hombres para comerlos vivos.
Su pelotón no los escucho, no los vio; el mismo no los reconoció. Creyó que eran de algún otro grupo estado industrial; vestían los mismos trajes que los demás ejércitos, llevaban las mismas mascaras, las mismas chaquetas, las mismas botas para nieve. Solo supo quienes eran cuando los arrastraron hasta el interior de un iglú, desvistieron a su otro compañero vivo y lo degollaron frente a el, mientras uno de ellos encendía un fuego con botas mochilas de otros enemigos vencidos. No esperaron a que se desangrara y comenzaron a cortar su piel y su carne, a devorarla cruda; mientras su compañero trataba de gritar con la garganta abierta y su sangre congelándose al tocar el piso. Luego vio como asaban partes de sus muslos y brazos.
Aun herido se puso en pie, y desarmado trato de ayudar a su compañero condenado a desangrarse. Ni siquiera vio como uno de esos hombres lo pateo y lo lanzo contra una pared del iglú. Demasiado rápido para ser humano y creyendo que quizás podían ser extraterrestres, como había dicho un compañero suyo, decidió mirarlos mejor desde le piso. Eran humanos, pero humanos como el jamás había visto en su vida.
Debían tener casi su edad, sino eran más jóvenes. Pero sus cuerpos eran muy distintos. Grandes músculos cruzaban todos sus cuerpos, dejándose ver fácilmente entre los trajes de grueso hule. Sus ojos eran menos orientales que los de el y sus pieles eran algo mas morenas.
Mas al verlos con las bocas cubiertas de sangre y con trozos de carne humana en las manos, comprendió que si de verdad eran humanos, eran humanos muy distintos a todo el resto de la humanidad.
Comprendió entonces que su sangre y su carne eran las que seguían.
Pero nunca siguieron. Fue curado y su traje parchado. Llevado a una base cuya ubicación nunca nadie adivino y desde ahí fue embarcado hacia no sabia donde. Cuando se negó a comer carne, presumiblemente humana, le dieron un par de barras energéticas. Fue desembarcado en una tierra mas calida que el polo sur pero aun cubierta por algo de nieve, luego conducido junto con otros prisioneros en una caminata interminable a una enorme colina de nieve.
Allí fue ofrecido como comida y ahora solo corría a través de la nieve, hundiéndose en ella presa del pánico, recordando una y otra vez la imagen de sus compañeros devorados antes de morir.
No eran humanos, eran realmente demonios devoradores de hombres, entrenados en siniestras artes que les permitían olvidar su humanidad y alimentarse de la sangre humana. Corrían tras el y los demás prisioneros, que no eran prisioneros sino victimas de un sacrificio; elementos esenciales de un ritual de un macabro ritual de transición. Nunca entendió lo que decía el más viejo de todos ellos pero vio en sus ojos el hambre, el mismo hambre que devoro a sus compañeros de escuadrón.
Los vio colgarse sus fusiles detrás de la espalda y tomar sus extraños cuchillos curvos. Los vio mirarse unos a otros, haciendo notorio el que nunca habían matado en sus vidas; sin embargo no dejo de temer a esos jóvenes hombres y mujeres que, con la capucha echada hacia atrás, lo miraban como la respuesta a su cansancio. Miro con temor como sus custodios dejaban de rodear el grupo y les dejaban la vía libre para escapar. Si le quedaba alguna duda se disipo con eso.
Uno de los muchachos se dirigió al grupo con el cuchillo curvo en la mano y sin vacilar lo blandió en contra de uno de los prisioneros. La victima alcanzo a esquivar el mortal ataque pero fue herido en un brazo; la sangre voló por los aires manchando la otrora impecable blancura de esa cordillera. La estampida se inicio ahí; todos corrieron colina abajo para escapar del resto de esos jóvenes demonios que disiparon sus dudas al ver la sangre. Ya nadie dudaba y todo mundo conocía su papel en la macabra historia; a aquellos que les tocaba huir huían y a aquellos a los que les tocaba cazar cazarían.
- ¡Denles algo de ventaja! – Ordeno el viejo Caminante. – Deben conseguir ustedes su propio alimento, no nosotros dárselos en bandeja. – Había una gran sonrisa en su rostro; había hecho bien su trabajo, los maestros de los hijos de la republica habían hecho el suyo, y ahora el hambre haría el resto.
En cuanto vio que los prisioneros tenían suficiente ventaja, les dio algo más antes de dirigirse a sus alumnos. – Capitanes de grupo organicen a los suyos, distribuyan tareas y hagan lo suyo. La comunicación por radio esta prohibida; mientras en mayor silenció hagan esto mejor para ustedes. Y recuerden que solo hay uno por grupo; los tres restantes cazaran conmigo, pero deberán escoger un capitán entre ustedes tres. Al terminar el ejercicio deberán regresar a la academia por su propia cuenta, para lo que tendrán solo 3 días. Ahora ¡Muévanse! –
Ningún equipo corrió, todos bajaron la colina en clama y se agruparon en sus equipos de cinco miembros de apoco. Cada equipo tomo las huellas de un prisionero y las siguió pese a la nieve que caía. Tendrían que caminar otro buen trecho mientras su presa se cansaba huyendo. Lo mejor que podían esperara era que alguno diera media vuelta y los enfrentara.
Los grupos se separaron más y más conforme transcurría aquella tarde, que inevitablemente se convertiría en noche. Uno a uno fueron encontrando a sus presas, cansadas y sin posibilidades de seguir huyendo. Algunos opusieron resistencia, otros esperaron el corvo estando sentados; más de alguno murió de agotamiento al dar todo lo que tenia para poder huir, y solo algunos decidieron presentar real combate y pudieron siquiera tocar a algún hijo de la republica.
Lo equipos luego dividieron tareas, unos desvestían y trozaban al enemigo muerto; algunos con asco, otros con remordimiento; mientras otros miembros del equipo cavaban rápidamente el refugio que los cubriría esa noche. Una vez refugiados comieron la carne cruda; algunos por primera vez. Inevitablemente quedaron todos cubiertos de sangre; e inevitablemente, producto del hambre, fue la mejor comida que tuvieran jamás.
Sus tapujos quedaron atrás, el sabor de la carne en la boca y la saciedad del hambre en el estomago, se llevo todo reparo de lo que allí habían hecho; incluso sus dispositivos de recolección de desechos les molestaban menos. Era fácil para ellos, entrenados para pensar desde que nacieron, entender el objetivo de tan macabro ejercicio; deberían sobrevivir así durante toda su estadía como invitados de la Diosa de Hielo Eterno, era mejor aprender a vivir de esa manera en un ambiente más menos controlado. Sabían el porque no habían de volver de inmediato a la academia; no era solo el que necesitaran la larga caminata para cansarlos y hacerlos sentir mas hambre, no. Ahora tendrían dos días de vuelta para alimentarse de más carne humana y asimilar, con lo poco que les costo cazar su alimento, que su entrenamiento era muy superior al de sus enemigos, sin que importara de que ejercito fueran. La victoria y la posibilidad de volver, se hizo patente en sus mentes.
Vivió toda su vida en un basurero, y sobrevivió. Vio morir a dos hermanos en peleas callejeras antes de cumplir los cinco años. Vio morir a otros dos antes de cumplir los diez; y mato a uno de ellos antes de cumplir los catorce. Allí donde el nació no había otra forma de sobrevivir, sino armado y con violencia. El que acuchilla primero acuchilla dos veces, le decía su madre; quien muriera antes de que el fuese enlistado a la fuerza en el ejercito; el agua que guardaban con tanto celo en casa había entrado en contacto con la acida tierra.
- Los otros conglomerados económicos quieren que tu vivas así, quieren que tu familia viva así; ellos viven mucho mejor y ninguno de ellos muere envenenado por el agua contaminada. – Era lo que siempre escuchaba de gente que justificaba su existencia y su poder diciendo que sin ellos las cosas serian peor. ¿Qué tanto peor podrían ser? Podrían no tener agua potable. Podrían no haber tenido que ir todas las semanas a pelear por una ración de agua, que nunca era suficiente para todos. Si bien podía ser peor era imposible imaginar que fuera distinto.
- Ve al polo sur y pelea por que tus hermanos y tu viejo padre tengan agua, se la diferencia.- El ejercito le enseño mucho y el llego a confiar en el. Le enseñaron apelar en grupo, a usar armas, le dieron un sueldo y la posibilidad de volver a entrenar a más soldados como el cuando volviera del polo sur.
Volver era imposible. Si no te mataban los soldados enemigos, el clima, la falta de recursos y el hambre, existía una raza de aborígenes antárticos que cazaban a los hombres para comerlos vivos.
Su pelotón no los escucho, no los vio; el mismo no los reconoció. Creyó que eran de algún otro grupo estado industrial; vestían los mismos trajes que los demás ejércitos, llevaban las mismas mascaras, las mismas chaquetas, las mismas botas para nieve. Solo supo quienes eran cuando los arrastraron hasta el interior de un iglú, desvistieron a su otro compañero vivo y lo degollaron frente a el, mientras uno de ellos encendía un fuego con botas mochilas de otros enemigos vencidos. No esperaron a que se desangrara y comenzaron a cortar su piel y su carne, a devorarla cruda; mientras su compañero trataba de gritar con la garganta abierta y su sangre congelándose al tocar el piso. Luego vio como asaban partes de sus muslos y brazos.
Aun herido se puso en pie, y desarmado trato de ayudar a su compañero condenado a desangrarse. Ni siquiera vio como uno de esos hombres lo pateo y lo lanzo contra una pared del iglú. Demasiado rápido para ser humano y creyendo que quizás podían ser extraterrestres, como había dicho un compañero suyo, decidió mirarlos mejor desde le piso. Eran humanos, pero humanos como el jamás había visto en su vida.
Debían tener casi su edad, sino eran más jóvenes. Pero sus cuerpos eran muy distintos. Grandes músculos cruzaban todos sus cuerpos, dejándose ver fácilmente entre los trajes de grueso hule. Sus ojos eran menos orientales que los de el y sus pieles eran algo mas morenas.
Mas al verlos con las bocas cubiertas de sangre y con trozos de carne humana en las manos, comprendió que si de verdad eran humanos, eran humanos muy distintos a todo el resto de la humanidad.
Comprendió entonces que su sangre y su carne eran las que seguían.
Pero nunca siguieron. Fue curado y su traje parchado. Llevado a una base cuya ubicación nunca nadie adivino y desde ahí fue embarcado hacia no sabia donde. Cuando se negó a comer carne, presumiblemente humana, le dieron un par de barras energéticas. Fue desembarcado en una tierra mas calida que el polo sur pero aun cubierta por algo de nieve, luego conducido junto con otros prisioneros en una caminata interminable a una enorme colina de nieve.
Allí fue ofrecido como comida y ahora solo corría a través de la nieve, hundiéndose en ella presa del pánico, recordando una y otra vez la imagen de sus compañeros devorados antes de morir.
No eran humanos, eran realmente demonios devoradores de hombres, entrenados en siniestras artes que les permitían olvidar su humanidad y alimentarse de la sangre humana. Corrían tras el y los demás prisioneros, que no eran prisioneros sino victimas de un sacrificio; elementos esenciales de un ritual de un macabro ritual de transición. Nunca entendió lo que decía el más viejo de todos ellos pero vio en sus ojos el hambre, el mismo hambre que devoro a sus compañeros de escuadrón.
Los vio colgarse sus fusiles detrás de la espalda y tomar sus extraños cuchillos curvos. Los vio mirarse unos a otros, haciendo notorio el que nunca habían matado en sus vidas; sin embargo no dejo de temer a esos jóvenes hombres y mujeres que, con la capucha echada hacia atrás, lo miraban como la respuesta a su cansancio. Miro con temor como sus custodios dejaban de rodear el grupo y les dejaban la vía libre para escapar. Si le quedaba alguna duda se disipo con eso.
Uno de los muchachos se dirigió al grupo con el cuchillo curvo en la mano y sin vacilar lo blandió en contra de uno de los prisioneros. La victima alcanzo a esquivar el mortal ataque pero fue herido en un brazo; la sangre voló por los aires manchando la otrora impecable blancura de esa cordillera. La estampida se inicio ahí; todos corrieron colina abajo para escapar del resto de esos jóvenes demonios que disiparon sus dudas al ver la sangre. Ya nadie dudaba y todo mundo conocía su papel en la macabra historia; a aquellos que les tocaba huir huían y a aquellos a los que les tocaba cazar cazarían.
- ¡Denles algo de ventaja! – Ordeno el viejo Caminante. – Deben conseguir ustedes su propio alimento, no nosotros dárselos en bandeja. – Había una gran sonrisa en su rostro; había hecho bien su trabajo, los maestros de los hijos de la republica habían hecho el suyo, y ahora el hambre haría el resto.
En cuanto vio que los prisioneros tenían suficiente ventaja, les dio algo más antes de dirigirse a sus alumnos. – Capitanes de grupo organicen a los suyos, distribuyan tareas y hagan lo suyo. La comunicación por radio esta prohibida; mientras en mayor silenció hagan esto mejor para ustedes. Y recuerden que solo hay uno por grupo; los tres restantes cazaran conmigo, pero deberán escoger un capitán entre ustedes tres. Al terminar el ejercicio deberán regresar a la academia por su propia cuenta, para lo que tendrán solo 3 días. Ahora ¡Muévanse! –
Ningún equipo corrió, todos bajaron la colina en clama y se agruparon en sus equipos de cinco miembros de apoco. Cada equipo tomo las huellas de un prisionero y las siguió pese a la nieve que caía. Tendrían que caminar otro buen trecho mientras su presa se cansaba huyendo. Lo mejor que podían esperara era que alguno diera media vuelta y los enfrentara.
Los grupos se separaron más y más conforme transcurría aquella tarde, que inevitablemente se convertiría en noche. Uno a uno fueron encontrando a sus presas, cansadas y sin posibilidades de seguir huyendo. Algunos opusieron resistencia, otros esperaron el corvo estando sentados; más de alguno murió de agotamiento al dar todo lo que tenia para poder huir, y solo algunos decidieron presentar real combate y pudieron siquiera tocar a algún hijo de la republica.
Lo equipos luego dividieron tareas, unos desvestían y trozaban al enemigo muerto; algunos con asco, otros con remordimiento; mientras otros miembros del equipo cavaban rápidamente el refugio que los cubriría esa noche. Una vez refugiados comieron la carne cruda; algunos por primera vez. Inevitablemente quedaron todos cubiertos de sangre; e inevitablemente, producto del hambre, fue la mejor comida que tuvieran jamás.
Sus tapujos quedaron atrás, el sabor de la carne en la boca y la saciedad del hambre en el estomago, se llevo todo reparo de lo que allí habían hecho; incluso sus dispositivos de recolección de desechos les molestaban menos. Era fácil para ellos, entrenados para pensar desde que nacieron, entender el objetivo de tan macabro ejercicio; deberían sobrevivir así durante toda su estadía como invitados de la Diosa de Hielo Eterno, era mejor aprender a vivir de esa manera en un ambiente más menos controlado. Sabían el porque no habían de volver de inmediato a la academia; no era solo el que necesitaran la larga caminata para cansarlos y hacerlos sentir mas hambre, no. Ahora tendrían dos días de vuelta para alimentarse de más carne humana y asimilar, con lo poco que les costo cazar su alimento, que su entrenamiento era muy superior al de sus enemigos, sin que importara de que ejercito fueran. La victoria y la posibilidad de volver, se hizo patente en sus mentes.
miércoles, 7 de mayo de 2008
CAPITULO 9
LAS GUERRAS ANTARTICAS
Recordaba el calor como si fuera ayer, un ayer demasiado lejano del hoy; pero el recuerdo estaba allí. El recuerdo de creer que la sed solo era posible con ese calor, que una vez terminado el calor la sed dejaría de ser un problema. La sed que se apoderaba de el a medida que su sudor cubría su cuerpo; a medida que sus lagrimas caían de sus ojos, al ver morir a su familia.
Ninguno de los hijos de la republica que ahora veía caminar a duras penas por la nieve, tendría que recordar el golpe que le dio su madre por estar llorando su inevitable muerte.
- Guarda tu agua para ti. - Le dijo ella con su último aliento. Cualquier niño hubiese preferido un te amo, su padre hubiera preferido un cuida a nuestro hijo; pero las madres de este mundo deben concentrar su amor en que sus hijos sobrevivan. - Aprende rápido, se rápido, sobre vive carajo, sobre vive. - Fue lo que siempre le dijo su padre; quien debió entrenarlo y amarlo como padre y madre antes de morir.
Algunos de los hijos de la republica también eran huérfanos como el; pero no todos de padre y madre. De hecho algunos tenían a sus dos padres vivos, otros con menos suerte tenían a alguno de los dos sirviendo aun en la base Antártica; prefiriendo estar lejos de sus hijos, no conocerlos nunca quizás, pero dejarles un legado en agua potable; dejarles una forma de vivir. Porque eso ya no era sobre vivir, todos ellos vivían ahora; su generación fue la ultima en escarbar migajas de la tierra y en exponerse a beber agua contaminada.
Es cierto que la vida de cualquier republicano era dura, pero era vida aun así. Aunque se prepararan desde la cuna para pelear hasta la muerte, aunque sufrieran penurias y se hicieran sacrificios. Y sobre todo, aunque muchos de ellos no volverían del gélido campo de eterna batalla; tenían una vida, ninguno de ellos pasaría sed o moriría de hambre. Nunca más.
Ellos mismos, los que ahora caminaban torpemente por la nieve de la cordillera, quejándose de sus trajes térmicos y de sus dispositivos de extracción de desechos; ellos mismos serian el sustento de una nación. Ellos se encargarían de suministrar equipo enemigo, agua potable y carne enemiga, para toda la pequeña republica.
Aunque era difícil imaginárselos cuando caían en la nieve por el cansancio.
La poca visibilidad que les dejaba la nevada era ideal para el ejercicio de hoy. Los había hecho caminar sin detenerse durante dos días y ahora estaban listos; cansados sedientos y hambrientos. Habían cargado su equipo completo, al igual que el, habían aguantado la incomodidad del traje, que el prefería no sacarse, y no habían hecho un solo alto para beber ni para comer. De hecho recién ahora caían en cuenta de que no tenían que comer.
A sus setenta y nueve años la caminata también lo cansaba mucho, pero el había caminado así durante toda su vida, estaba acostumbrado al peso de su equipo y a las incomodidades del traje. Viejo y canoso estaba destinado a vivir por más tiempo que el resto de los suyos, sino no estaría allí. Era una mezcla de buenos genes y de un entrenamiento máximo cuyo único fin fue sobrevivir. El tuvo muchas pruebas, ahora era el turno de los hijos.
Al terminar de subir la colina el hizo un alto. Como guía y cabeza del grupo de ochenta y tres soldados en entrenamiento, todos estos lo siguieron y se detuvieron junto a el. Mientras esperaban hasta al último de ellos aprovecharon de descansar, muchos se echaron sobre la nieve de hecho. Así les tomo cierto tiempo ver, a través de la nieve que caía gentil pero copiosa, a las figuras vestidas en trajes de camuflajes al igual que ellos.
Al verlos muchos de los hijos se pusieron en pie de inmediato, algunos incluso tomaron sus fusiles vacíos y apuntaron a las figuras antes de distinguirlas, mientras otros echaban manos al corvo.
- ¡Bajen esas armas ahora mismo, que son parte del ejercicio! - Les grito y su grito cortó el suave viento, mientras veía llegar al grupo, las últimas sombras que conformaban a la última cuadrilla. – ¡De pie! – Grito, y enfilo hacia las sombras que ahí estaban de pie, cual estatuas de hielo.
Sus estudiantes no podían creer lo que estaban viendo. Frente a ellos y rodeados por unos escasos siete ex combatientes antárticos, habían diez y siete soldados enemigos. De distintas compañías y por ende de distintos ejércitos, enemigos entre si, ahora unidos por el temor, que no los dejaba huir a pesar de estar sin ataduras. Ellos tenían esa mirada en los ojos que es patrimonio único de los condenados; aunque nadie pudiera ver sus ojos. Sabían que los demonios come hombres no toman prisioneros, y si lo hicieron con ellos, no podía ser para algo bueno.
Al igual que los hijos de la republica vestían sus trajes térmicos pero no llevaban puestas sus mascaras de sustento vital, eran innecesarias cuando el aire no era lo suficientemente frió como para congelar tus pulmones. Algunos incluso se habían quitado sus chaquetas.
¿Pero que cresta hacían ahí?
El viejo caminante no se dio ninguna prisa en decirselos, los miro detenidamente y luego enfilo hacia sus estudiantes. Casi preguntándose ¿Estarán listos?
Luego les hablo en voz alta y curtida por la edad y el frío. – estos son sus enemigos. Ellos son seres humanos, que pelean por una razón, distinta a la de ustedes, pero por una razón; ellos defenderán a sus compañeros y a sus familias, igual que ustedes; ellos tienen hijos y son hijos, tienen madres que los lloraran como a ustedes e hijos que los lloraran como los suyos a ustedes. Ellos sangran al igual que ustedes, sienten miedo al igual que ustedes, sin duda aman al igual que ustedes. No son monstruos tratando de destruir nuestra forma de vida, son personas; y quizás buenas personas.
Pero hay otras cosas que deben considerar; ellos pelearon en la Antártica, cosa que ustedes aun no hacen, y salieron de ella con vida, prisioneros o no; cosa que no todos ustedes podrán hacer. Ellos ya han matado, sin duda, a muchos enemigos cosa que ustedes no han hecho aun. Pero aun mas importante es que; sabiendo todo lo que les he dicho ¿Podrán ustedes matarlos a ellos, a estos indefensos ellos?
¿Podrán dejar a un lado los sentimientos que los hacen tan semejantes, y derramar su sangre, mientras ven la vida partir de sus ojos?
Porque deberán hacerlo.
Porque aquí en la cima de esta cordillera, hay un soldado enemigo para cada cuadrilla, uno por equipo, al cual deberán matar, a pesar de lo que les he dicho; a quien deberán cazar a pesar de lo que les he dicho. Porque en esta cima, en esta cordillera; no hay mas comida para ustedes, QUE ELLOS. –
Recordaba el calor como si fuera ayer, un ayer demasiado lejano del hoy; pero el recuerdo estaba allí. El recuerdo de creer que la sed solo era posible con ese calor, que una vez terminado el calor la sed dejaría de ser un problema. La sed que se apoderaba de el a medida que su sudor cubría su cuerpo; a medida que sus lagrimas caían de sus ojos, al ver morir a su familia.
Ninguno de los hijos de la republica que ahora veía caminar a duras penas por la nieve, tendría que recordar el golpe que le dio su madre por estar llorando su inevitable muerte.
- Guarda tu agua para ti. - Le dijo ella con su último aliento. Cualquier niño hubiese preferido un te amo, su padre hubiera preferido un cuida a nuestro hijo; pero las madres de este mundo deben concentrar su amor en que sus hijos sobrevivan. - Aprende rápido, se rápido, sobre vive carajo, sobre vive. - Fue lo que siempre le dijo su padre; quien debió entrenarlo y amarlo como padre y madre antes de morir.
Algunos de los hijos de la republica también eran huérfanos como el; pero no todos de padre y madre. De hecho algunos tenían a sus dos padres vivos, otros con menos suerte tenían a alguno de los dos sirviendo aun en la base Antártica; prefiriendo estar lejos de sus hijos, no conocerlos nunca quizás, pero dejarles un legado en agua potable; dejarles una forma de vivir. Porque eso ya no era sobre vivir, todos ellos vivían ahora; su generación fue la ultima en escarbar migajas de la tierra y en exponerse a beber agua contaminada.
Es cierto que la vida de cualquier republicano era dura, pero era vida aun así. Aunque se prepararan desde la cuna para pelear hasta la muerte, aunque sufrieran penurias y se hicieran sacrificios. Y sobre todo, aunque muchos de ellos no volverían del gélido campo de eterna batalla; tenían una vida, ninguno de ellos pasaría sed o moriría de hambre. Nunca más.
Ellos mismos, los que ahora caminaban torpemente por la nieve de la cordillera, quejándose de sus trajes térmicos y de sus dispositivos de extracción de desechos; ellos mismos serian el sustento de una nación. Ellos se encargarían de suministrar equipo enemigo, agua potable y carne enemiga, para toda la pequeña republica.
Aunque era difícil imaginárselos cuando caían en la nieve por el cansancio.
La poca visibilidad que les dejaba la nevada era ideal para el ejercicio de hoy. Los había hecho caminar sin detenerse durante dos días y ahora estaban listos; cansados sedientos y hambrientos. Habían cargado su equipo completo, al igual que el, habían aguantado la incomodidad del traje, que el prefería no sacarse, y no habían hecho un solo alto para beber ni para comer. De hecho recién ahora caían en cuenta de que no tenían que comer.
A sus setenta y nueve años la caminata también lo cansaba mucho, pero el había caminado así durante toda su vida, estaba acostumbrado al peso de su equipo y a las incomodidades del traje. Viejo y canoso estaba destinado a vivir por más tiempo que el resto de los suyos, sino no estaría allí. Era una mezcla de buenos genes y de un entrenamiento máximo cuyo único fin fue sobrevivir. El tuvo muchas pruebas, ahora era el turno de los hijos.
Al terminar de subir la colina el hizo un alto. Como guía y cabeza del grupo de ochenta y tres soldados en entrenamiento, todos estos lo siguieron y se detuvieron junto a el. Mientras esperaban hasta al último de ellos aprovecharon de descansar, muchos se echaron sobre la nieve de hecho. Así les tomo cierto tiempo ver, a través de la nieve que caía gentil pero copiosa, a las figuras vestidas en trajes de camuflajes al igual que ellos.
Al verlos muchos de los hijos se pusieron en pie de inmediato, algunos incluso tomaron sus fusiles vacíos y apuntaron a las figuras antes de distinguirlas, mientras otros echaban manos al corvo.
- ¡Bajen esas armas ahora mismo, que son parte del ejercicio! - Les grito y su grito cortó el suave viento, mientras veía llegar al grupo, las últimas sombras que conformaban a la última cuadrilla. – ¡De pie! – Grito, y enfilo hacia las sombras que ahí estaban de pie, cual estatuas de hielo.
Sus estudiantes no podían creer lo que estaban viendo. Frente a ellos y rodeados por unos escasos siete ex combatientes antárticos, habían diez y siete soldados enemigos. De distintas compañías y por ende de distintos ejércitos, enemigos entre si, ahora unidos por el temor, que no los dejaba huir a pesar de estar sin ataduras. Ellos tenían esa mirada en los ojos que es patrimonio único de los condenados; aunque nadie pudiera ver sus ojos. Sabían que los demonios come hombres no toman prisioneros, y si lo hicieron con ellos, no podía ser para algo bueno.
Al igual que los hijos de la republica vestían sus trajes térmicos pero no llevaban puestas sus mascaras de sustento vital, eran innecesarias cuando el aire no era lo suficientemente frió como para congelar tus pulmones. Algunos incluso se habían quitado sus chaquetas.
¿Pero que cresta hacían ahí?
El viejo caminante no se dio ninguna prisa en decirselos, los miro detenidamente y luego enfilo hacia sus estudiantes. Casi preguntándose ¿Estarán listos?
Luego les hablo en voz alta y curtida por la edad y el frío. – estos son sus enemigos. Ellos son seres humanos, que pelean por una razón, distinta a la de ustedes, pero por una razón; ellos defenderán a sus compañeros y a sus familias, igual que ustedes; ellos tienen hijos y son hijos, tienen madres que los lloraran como a ustedes e hijos que los lloraran como los suyos a ustedes. Ellos sangran al igual que ustedes, sienten miedo al igual que ustedes, sin duda aman al igual que ustedes. No son monstruos tratando de destruir nuestra forma de vida, son personas; y quizás buenas personas.
Pero hay otras cosas que deben considerar; ellos pelearon en la Antártica, cosa que ustedes aun no hacen, y salieron de ella con vida, prisioneros o no; cosa que no todos ustedes podrán hacer. Ellos ya han matado, sin duda, a muchos enemigos cosa que ustedes no han hecho aun. Pero aun mas importante es que; sabiendo todo lo que les he dicho ¿Podrán ustedes matarlos a ellos, a estos indefensos ellos?
¿Podrán dejar a un lado los sentimientos que los hacen tan semejantes, y derramar su sangre, mientras ven la vida partir de sus ojos?
Porque deberán hacerlo.
Porque aquí en la cima de esta cordillera, hay un soldado enemigo para cada cuadrilla, uno por equipo, al cual deberán matar, a pesar de lo que les he dicho; a quien deberán cazar a pesar de lo que les he dicho. Porque en esta cima, en esta cordillera; no hay mas comida para ustedes, QUE ELLOS. –
Diego Muñoz Oliva
miércoles, 19 de marzo de 2008
CAPITULO 8
LAS GUERRAS ANTARTICAS
¿Cómo llegamos a esto?
Hacia menos de dos siglos el mundo funcionaba con combustible fósil, las ciudades vivían infestadas de luz, la comida se podía comprar en lugares especializados en todas las ciudades, y el mundo estaba inundado de distintos tipos y formas de dinero. Dinero; ese mágico elemento que servia para comprar de todo, en todos lados y a todo el mundo; servia para comprar, incluso, cosas que no debían venderse, ni menos comprarse.
Pero el dinero se volvió plástico, y el dinero plástico no servia para comprar en cualquier sitio, no servia para comprar cualquier cosa. Esa fue la excusa que los gobiernos corruptos usaron en contra de sus naciones; sin el dinero las sustancias prohibidas no se podían comprar, eso significaba no más droga, no más prostitución, no mas corrupción, mayor control, menos evasión de impuestos. Parecía la formula dorada y mucha gente se comió el anzuelo completo y vendió su alma; pero no solo las suyas sino las de sus hijos y nietos, por siempre.
Luego los conglomerados financieros entraron en su guerra fría; promociones y precios en eterna competencia, para los ojos del publico; mientras por debajo compraban países enteros, o creaban los suyos uniendo territorios en fronteras de varios países, incluso se asesinaban unos a otros. Sabían la verdad sobre lo limitado de los recursos y compraron todo lo que pudieron, invertir a futuro lo llamaban ellos. Los gobiernos y los estados se achicaron producto del capitalismo, al punto en que eran innecesarios e incapaces de proteger a nadie; las mismas compañías lo habían pedido o exigido incluso, como formas de ayudar a la población. Solo estaban amarrando gente que jamás se podría liberar y debilitando a un enemigo que debía dejar de existir; así construyeron sus imperios, así consiguieron a sus súbditos, a su población. Así se convirtieron en países, así cambiaron la historia del mundo. Ahora eran dueños de todo, o por lo menos de lo poco que había. Si querías comer debías estar con ellos, trabajar para ellos, comprarles a ellos; cuando el dinero dejo de poder cambiarse y el plástico de un conglomerado no podía convertirse al de otro, la gente ya no pudo salir. Muy pocos se atrevieron a perderlo todo por ser libres, el consumo había consumido al mundo.
Luego vino la lucha real, la guerra. Que tenia en realidad dos objetivos; debían conseguir la mayor cantidad de los pocos recursos que quedaban en el mundo, en especial combustibles y nuevas o viejas formas de energía, todo servia; la segunda era aun más oscura, había que disminuir la población del mundo. El número de habitantes del mundo superaba la capacidad de carga del mismo; con los campos de cultivo quemándose por el calentamiento global, las bocas sin alimentar aumentaban con cada año. Eso brindo la idea de ejércitos numerosos siendo sacrificados en cuestiones de horas por todos los bandos; siempre habría más soldados, siempre habría pobres dispuestos a pelear por comida, ya fuera entre ellos o contra un ejército enemigo.
Con todo el enorme poder de los conglomerados mundiales, no todos sobrevivieron. No todos se atrevieron a llegar hasta el final, no todos quisieron sacrificarlo todo, no todos habían adquirido bombas atómicas. Algunos se unieron, otros desaparecieron; algunos incluso se quedaron sin recursos, debilitándose inicialmente en la lucha contra los países reales que aun tenían patriotas.
Fueron los menos y todos perdieron.
Por eso estamos aquí ahora, peleando por conservar la vida que nos queda; peleando por el agua que necesitamos para vivir y que es nuestra por derecho; con un hombre menos y con un fusil láser enemigo en mi mano.
Todo eso daba vueltas en su cabeza mientras el camino trazado con el láser ya casi estaba listo; sus compañeros estaban listos, su capitana estaba a su lado. Su plan debía funcionar o morirían todos. Como siempre la decisión estaba entre el enemigo y el frío, y no hay quien pueda derrotar al frío.
En la pared que se encontraba a la izquierda de la entrada sus enemigos vieron una luz, luego un rayo y muchísimo vapor. Tanto vapor como para no ver nada; tanto vapor como para no ver a los dos compañeros que entraron por la puerta principal ayudados por la confusión y la oscuridad. Estaban heridos y asustados, crecieron escuchando como los demonios destripaban a los hombres para devorar sus intestinos mientras sus victimas lo atestiguaban retorcidos en el dolor y la agonía. El solo haber matado a uno los había llenado de terror, el esperar el ataque sin saber si era un cazador solitario o un escuadrón los dejo al borde la locura; y ahora estaban a punto de morir en un ataque que no pudieron predecir.
Cuando el miedo congela a tu blanco es fácil acribillarlo con dardos de tu rifle; más aun si esta cerca de la puerta y a la vista. El enemigo encerrado siempre tiene el problema de no peder dispara con libertad pues puede herir a los suyos. Cuando eso y el miedo juegan en contra de tres hombres heridos y en nieblas y tinieblas, el resultado es fácil de prever.
El primer enemigo en caer fue el que estaba custodiando el flanco izquierdo, pues al dejar su posición quedo completamente frente a la entrada y desprotegido. Los dardos atravesaron su armadura corporal, a la altura de su estomago, lo suficiente para que quedara vivo sobre su propia sangre. Los disparos de sus compañeros solo crearon más vapor y peor aun delataron sus posiciones. El segundo cayó de un disparo en la cabeza que, al estar sin la mascara, le atravesó el cráneo y se clavo en la pared de hielo. El tercero estaba sentado en el piso, ya herido y sangrando; al disparar su fusil láser más de una vez se convirtió en un a amenaza y fue acribillado.
El vapor se disipo y encontraron el cadáver de su compañero muerto. También pudieron ver como el único enemigo vivo se arrastraba para recuperar su arma y fue prontamente detenido. Ninguno tenía la energía para enterrar a su amigo; pero eso no era problema, lo podían hacer mañana y dejar que el hielo lo embalsamara durante la noche.
Mas no podían dormir aun o el frió los mataría como hacia ahora con el soldado del dinero que se quejaba mientras su sangre se congelaba en su herida y sus pulmones dejaban de ser tejido blando y se ponían rígidos. Un corvo acabo con su agonía, luego le quitaron las botas y mientras uno bloqueaba la nueva entrada y los otros dos guardaban lo que habían dejado fuera; el hizo un fuego con ellas y las cosas que se destruyeron con la granada. En ese fuego asaron a uno de sus enemigos y comieron en silencio.
Se acostó por fin en los restos de chaquetas que quedaban sin poder moverse y con unas incontrolables ganas de orinar. En cualquier otro lugar del mundo debería levantarse e ir al baño, o a donde fuera. Pero si, tener una manguera introducida en la uretra tenia algo bueno, algo que fuera, era el que cuando estaba así de cansado no debía ponerse de pie para orinar.
¿Cómo llegamos a esto?
Hacia menos de dos siglos el mundo funcionaba con combustible fósil, las ciudades vivían infestadas de luz, la comida se podía comprar en lugares especializados en todas las ciudades, y el mundo estaba inundado de distintos tipos y formas de dinero. Dinero; ese mágico elemento que servia para comprar de todo, en todos lados y a todo el mundo; servia para comprar, incluso, cosas que no debían venderse, ni menos comprarse.
Pero el dinero se volvió plástico, y el dinero plástico no servia para comprar en cualquier sitio, no servia para comprar cualquier cosa. Esa fue la excusa que los gobiernos corruptos usaron en contra de sus naciones; sin el dinero las sustancias prohibidas no se podían comprar, eso significaba no más droga, no más prostitución, no mas corrupción, mayor control, menos evasión de impuestos. Parecía la formula dorada y mucha gente se comió el anzuelo completo y vendió su alma; pero no solo las suyas sino las de sus hijos y nietos, por siempre.
Luego los conglomerados financieros entraron en su guerra fría; promociones y precios en eterna competencia, para los ojos del publico; mientras por debajo compraban países enteros, o creaban los suyos uniendo territorios en fronteras de varios países, incluso se asesinaban unos a otros. Sabían la verdad sobre lo limitado de los recursos y compraron todo lo que pudieron, invertir a futuro lo llamaban ellos. Los gobiernos y los estados se achicaron producto del capitalismo, al punto en que eran innecesarios e incapaces de proteger a nadie; las mismas compañías lo habían pedido o exigido incluso, como formas de ayudar a la población. Solo estaban amarrando gente que jamás se podría liberar y debilitando a un enemigo que debía dejar de existir; así construyeron sus imperios, así consiguieron a sus súbditos, a su población. Así se convirtieron en países, así cambiaron la historia del mundo. Ahora eran dueños de todo, o por lo menos de lo poco que había. Si querías comer debías estar con ellos, trabajar para ellos, comprarles a ellos; cuando el dinero dejo de poder cambiarse y el plástico de un conglomerado no podía convertirse al de otro, la gente ya no pudo salir. Muy pocos se atrevieron a perderlo todo por ser libres, el consumo había consumido al mundo.
Luego vino la lucha real, la guerra. Que tenia en realidad dos objetivos; debían conseguir la mayor cantidad de los pocos recursos que quedaban en el mundo, en especial combustibles y nuevas o viejas formas de energía, todo servia; la segunda era aun más oscura, había que disminuir la población del mundo. El número de habitantes del mundo superaba la capacidad de carga del mismo; con los campos de cultivo quemándose por el calentamiento global, las bocas sin alimentar aumentaban con cada año. Eso brindo la idea de ejércitos numerosos siendo sacrificados en cuestiones de horas por todos los bandos; siempre habría más soldados, siempre habría pobres dispuestos a pelear por comida, ya fuera entre ellos o contra un ejército enemigo.
Con todo el enorme poder de los conglomerados mundiales, no todos sobrevivieron. No todos se atrevieron a llegar hasta el final, no todos quisieron sacrificarlo todo, no todos habían adquirido bombas atómicas. Algunos se unieron, otros desaparecieron; algunos incluso se quedaron sin recursos, debilitándose inicialmente en la lucha contra los países reales que aun tenían patriotas.
Fueron los menos y todos perdieron.
Por eso estamos aquí ahora, peleando por conservar la vida que nos queda; peleando por el agua que necesitamos para vivir y que es nuestra por derecho; con un hombre menos y con un fusil láser enemigo en mi mano.
Todo eso daba vueltas en su cabeza mientras el camino trazado con el láser ya casi estaba listo; sus compañeros estaban listos, su capitana estaba a su lado. Su plan debía funcionar o morirían todos. Como siempre la decisión estaba entre el enemigo y el frío, y no hay quien pueda derrotar al frío.
En la pared que se encontraba a la izquierda de la entrada sus enemigos vieron una luz, luego un rayo y muchísimo vapor. Tanto vapor como para no ver nada; tanto vapor como para no ver a los dos compañeros que entraron por la puerta principal ayudados por la confusión y la oscuridad. Estaban heridos y asustados, crecieron escuchando como los demonios destripaban a los hombres para devorar sus intestinos mientras sus victimas lo atestiguaban retorcidos en el dolor y la agonía. El solo haber matado a uno los había llenado de terror, el esperar el ataque sin saber si era un cazador solitario o un escuadrón los dejo al borde la locura; y ahora estaban a punto de morir en un ataque que no pudieron predecir.
Cuando el miedo congela a tu blanco es fácil acribillarlo con dardos de tu rifle; más aun si esta cerca de la puerta y a la vista. El enemigo encerrado siempre tiene el problema de no peder dispara con libertad pues puede herir a los suyos. Cuando eso y el miedo juegan en contra de tres hombres heridos y en nieblas y tinieblas, el resultado es fácil de prever.
El primer enemigo en caer fue el que estaba custodiando el flanco izquierdo, pues al dejar su posición quedo completamente frente a la entrada y desprotegido. Los dardos atravesaron su armadura corporal, a la altura de su estomago, lo suficiente para que quedara vivo sobre su propia sangre. Los disparos de sus compañeros solo crearon más vapor y peor aun delataron sus posiciones. El segundo cayó de un disparo en la cabeza que, al estar sin la mascara, le atravesó el cráneo y se clavo en la pared de hielo. El tercero estaba sentado en el piso, ya herido y sangrando; al disparar su fusil láser más de una vez se convirtió en un a amenaza y fue acribillado.
El vapor se disipo y encontraron el cadáver de su compañero muerto. También pudieron ver como el único enemigo vivo se arrastraba para recuperar su arma y fue prontamente detenido. Ninguno tenía la energía para enterrar a su amigo; pero eso no era problema, lo podían hacer mañana y dejar que el hielo lo embalsamara durante la noche.
Mas no podían dormir aun o el frió los mataría como hacia ahora con el soldado del dinero que se quejaba mientras su sangre se congelaba en su herida y sus pulmones dejaban de ser tejido blando y se ponían rígidos. Un corvo acabo con su agonía, luego le quitaron las botas y mientras uno bloqueaba la nueva entrada y los otros dos guardaban lo que habían dejado fuera; el hizo un fuego con ellas y las cosas que se destruyeron con la granada. En ese fuego asaron a uno de sus enemigos y comieron en silencio.
Se acostó por fin en los restos de chaquetas que quedaban sin poder moverse y con unas incontrolables ganas de orinar. En cualquier otro lugar del mundo debería levantarse e ir al baño, o a donde fuera. Pero si, tener una manguera introducida en la uretra tenia algo bueno, algo que fuera, era el que cuando estaba así de cansado no debía ponerse de pie para orinar.
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