jueves, 12 de abril de 2007

CAPITULO 5

LAS GUERRAS ANTARTICAS


Ella había sido criada en una pequeña casa por una numerosa familia. Había vivido bajo tierra y jugado a nivel de la tierra, mientras los hijos de las clases más acomodadas vivían en grandes edificios a kilómetros sobre la superficie; algunos incluso sobre las grises nubes acidas. Cuando nació era la menor de cuatro hermanos; al momento de enlistarse en el ejercito era la hermana del medio en un grupo de ocho. Su vida entera había sido difícil, había aprendido a pelear al defenderse de niños y niñas mas grandes que ella; ya a los doce años había comprendido que si no estaba armada no podría sobrevivir en el mundo. Su educación había sido pobre y tenía el orgullo de pertenecer al cincuenta y siete por ciento de la población, que sabia escribir y leer; luego el ejército le había enseñado más.

Había soportado mucho en un mundo tan oscuro como la sombra de los grandes edificios donde ella no podría vivir; no dejaría crecer la lista de cosas que soporto, sumándole ser violada en un iglú. Jamás; moriría antes de eso o mataría a quien lo intentase.

Se quedo quieta mientras el sujeto le quitaba su coraza y la tocaba; sabia lo bien entrenado que el estaba y necesitaba esperar el momento preciso. Ese momento fue cuando le quietara la mascara; todos los hombres siempre la encontraron hermosa y ella, si bien no había podido vivir de eso, sabia utilizarlo como arma. Una vez sin la mascara y con sus ojos abiertos lo encandilaría igual que el a ella con aquella luz.

Le pateo la cabeza con todas sus fuerzas, con toda su rabia y con todo su odio a los hombres. El verlo caer, mientras ella se incorporaba y sacaba el cuchillo de su pantorrilla con su mano derecha, había sido exquisito. Entonces deseo más, y tomando el cuchillo con la hoja apuntando hacia abajo salto sobre el; tratando de usar el peso de su cuerpo para hundir la hoja, lo mas posible en el rostro de aquel enemigo. Se estiro toda y elevo el cuchillo por sobre su cabeza lo mas que pudo, para bajarlo con la mayor de las fuerzas.

Su puñalada mortal fue detenida al instante, con lo que le pareció demasiada facilidad. De hecho mientras caía sobre él y él levantaba los brazos le pareció escuchar que el decía. – Estupida. –

Antes de que se pudiera levantar y justo cuando se dio cuenta de que le habían pateado la cabeza, la vio volar por los aires en dirección a sí. La vio hermosa en su vuelo y peligrosa con su cuchillo en la mano. Pero el hizo aquello para lo cual estaba entrenado, pensó rápido y antes que ella; se adelanto a su ataque y utilizo las protecciones metálicas que tenían sus antebrazos para bloquear la puñalada golpeándole, con plena seguridad de salir indemne, la muñeca. Puede que incluso sin darse cuenta se le haya escapado el decirle – Estupida. –

Se le había escapado mientras pensaba lo inútil de aquel ataque y de cómo eso denotaba la total falta de técnica al usar el cuchillo. En esos tipos de ataque nunca se debe atacar el rostro, pues instintivamente es lo primero que el enemigo se cubre; por el contrario se deben atacar partes bajas como las piernas, el abdomen e incluso los brazos, todos ellos lugares difíciles de defender estando en el suelo.

Detuvo la puñalada con su mano izquierda a varios seguros centímetros de su pecho, para luego retirar la mano con el cuchillo de entre ellos dos y sujetarla por la garganta con la derecha; sin soltar la mano con el cuchillo. Así la levanto por la garganta y se voltearon quedando el sobre ella.

Ella lo aprisiono con las piernas tratando de sacarle el aire, mientras el la forzaba a clavar el cuchillo en el hielo; al tenerla sujeta por la garganta y su mano izquierda, libre, no podía alcanzar a golpearlo en otro lugar que no fuera su brazo. Le golpeo el reverso del codo repetidas veces, tratando de que al doblarlo se redujera la distancia lo suficiente para golpearlo; sin obtener resultado alguno. El comenzó a golpearle las costillas con la mano izquierda y ella aprovechando los dos brazos libres; se aferro a su brazo y levanto las piernas para liberarse y llevarlo a tierra. El se vio atrapado en la llave y solo pudo rodar para liberarse.

Ambos se incorporaron quedando unos frente al otro en un espacio muy reducido. Al estar ambos a la espera del movimiento del enemigo, bajo esa luz artificial, se pudieron apreciar mutuamente; ella vio como el traje de hule dejaba ver su cuerpo cruzado por músculos, su espalda no muy ancha delimitada por grandes hombros de los que salían gruesos brazos. Aprecio su abdomen firme producto de la inanición, sus piernas gruesas, producto del incesante caminar en la nieve. Tenia el un rostro más bien amable, con labios carnosos, nariz ancha y una cien sangrando.

Ella nunca había visto a un enemigo tan de cerca y por algo que no podía explicar, no pudo evitar el recordar como algo menos desagradable el que el la hubiera tocado como lo hizo.

A el le pareció mucho más atractivo que una belleza así, pudiera pelear como ella; si bien no tenia gran técnica, tenia mucho más que fuerza bruta, tenia espíritu. En eso se dio cuenta de que, el como ella lo miraba había cambiado y decidió acabar con ella.

La miro a los ojos relajando su postura cosa de deliberadamente llamar su atención y antes de que ella pudiera moverse el, apago la luz. – Cagaste.- lo escucho decir, sin saber que significaba.

Ella no estaba acostumbrada a pelear en la oscuridad, pero el si; ella no tenía buenas técnicas cuerpo a cuerpo y el si. Por lo que solo escucho breves pasos en el hielo y casi de inmediato sintió dolor en el abdomen, luego en el muslo izquierdo, para continuar con un dolor en su espalda acompañado con la sensación de haber perdido el equilibrio. Estando en el suelo trato de levantarse pero claramente sintió el peso de el sobre ella y una mano en su garganta nuevamente; con la diferencia de que el no estaba entre sus piernas sino sobre ella. Palpo los músculos de aquel brazo que la mataría de un momento a otro en aquella oscuridad; tuvo miedo y pensó en su hogar y en su asesino. Todos sus pensamientos se fueron a la cresta, cuando sintió sobre los suyos dos helados labios; que en un beso negado durante años, se fueron lentamente haciendo más y más calientes.

Llevo una de sus manos a la nuca de aquel hombre enemigo que la besaba y el le sujeto el brazo contra el hielo; recordándole que no confiaba en ella mientras emitía un gemido de gusto al besarla. Ella movió su otra mano a su espalda; el soltó su garganta y la sujeto por la muñeca y la llevo hacia el suelo junto a su otra mano por sobre su cabeza, sin que en ningún momento sus lenguas dejaran de jugar.

Se sintió prisionera y excitada, indefensa ante aquel beso que no terminaba; sin poder pensar en nada, con solo sus oídos y su tacto funcionando en aquel frió y aquella oscuridad. Y sin saber como ni queriendo saber por que, de pronto deseo estar desnuda. Sus piernas comenzaron a moverse por si solas y el se metió entre ellas, sujetaba sus manos ahora solo con su mano derecha y con la izquierda comenzó a tocarla por sobre el traje. El maldito traje que ninguno de los dos podía quitarse por más que quisieran.

El volvió a besarla mientras tocaba sus pechos por sobre el traje, y ella lo aprisionaba con sus piernas queriendo sentir su pene contra ella, sin poder conseguirlo. Tenía ella un dispositivo cubriendo toda su vagina, encargándose de succionar todo lo que de ahí saliera y depositarlo en el bolsillo de su muslo; evitando así el sacarse el traje en ese frió, y el sentir cualquier rose. El quería hacerla sentir su erección y su excitación, pero todo lo que sentía era un bulto de plástico duro.

Así ninguno de los dos podía llevar al otro ni a si mismo a un orgasmo; deseándolo como solo se desean las cosas que no se pueden tener. Deseando quitarse el traje y perder la vida sobre el hielo. Tanto era el deseo que el soltó sus manos para tocarla y ella lo abrazo y toco en retribución. La sola calentura los hizo darse vuelta quedando el debajo de ella, sintiendo la presión de aquel cuerpo femenino sobre su pene y pudiendo tocar a mansalva el trasero de esa mujer; que en cualquier momento podía matarlo. Fue cuando tocaba - Ese culo.- como el lo llamaba en su mente, que encontró la manguera que se hundía en el; cuando la toco algo paso, ella se movió extraño.

Al estar sobre el ella podía besarlo como y cuanto quisiera, y el estar en control la excito aun más que el estar prisionera; mas aun faltaba algo para transformar aquel deseo en felicidad. Ella sabía que necesitaba desesperadamente ser penetrada, y sabía que era imposible. Hasta que sintió moverse la manguera que tenia metida en el ano, y recordó que ya estaba penetrada y que había aprendido a vivir con esa cosa tan incomoda; que de pronto dejo de ser tan incomoda y comenzó a sentirse liberadora.

No supo bien que estaba pasando pero cada vez que movía esa manguera bajo el traje ella se contraía y apretaba más su pene. Eso era todo lo que el necesitaba saber. Presiono la manguera todo lo que pudo y ella levando la cabeza arqueando la espalda; con la mano derecha movía violentamente la manguera, y con la izquierda se aferraba a ese magnifico trasero para sentir sobre el cada movimiento. Ella gemía como el nunca había escuchado gemir a nadie, y la oscuridad hizo lo que hace mejor, amplificar los sonidos y las sensaciones.

Estaban ambos tan calientes que no les tomo nada el tener cada uno un orgasmo; ella sintiéndose deliciosamente masajeada por dentro y el exprimido a cada movimiento. El dolor de aquella posición y de aquellos trajes les importo poco; todo lo que importo fue el quedar uno sobre el otro muertos de cansancio, con sus mejillas, ya no heladas, una junto a la otra; sintiendo la respiración calida del otro sobre la suya.

Tenían numerosas maneras de morir allí, en especial en compañía de un enemigo. El frío del piso podía matarlos, el cansancio, la falta de comida, las heridas que mutuamente se habían provocado, el ser encontrados por alguien más. Pero ya nada de eso importaba. En un mundo donde la humanidad, como género y como cualidad, no solo no sobrevive, sino que no esta prohibida; ellos la habían hecho brillar, se habían olvidado de la guerra y se sintieron en casa.


Diego Muñoz Oliva

lunes, 9 de abril de 2007

CAPITULO 4

LAS GUERRAS ANTARTICAS


¿Esperar por cuanto?

Llevaba ya por lo menos media hora jugando con su corvo desenfundado; ejercitando sus dedos y familiarizándose más y más con la sensación de tacto en esos guantes de hule grueso. Estaba ya más que francamente aburrido, estaba desvariando, su mente pasaba de tema en tema tratando de no pensar en lo realmente importante: La sed y el hambre.

Luego del desastre que había sido la huida de su primera posición, la posibilidad de beber y comer había sido nula. La total pérdida de una posición a la cual una cuadrilla era asignada no era algo anormal; de hecho las órdenes eran mantener la posición y reunir equipo enemigo durante el mayor tiempo posible y cuando la perdieran, el que sobreviviera, debía convertirse en cazador, matando a todo enemigo que encuentre y recolectando equipo hasta el final de su lapso de servicio. Sabían de ante mano que perderían la posición, sabían de ante mano que lo mas probable era que solo uno sobreviviera o que se separarían; pero lo que nunca formo parte del plan era perder no solo el equipo capturado, sino hasta su equipo básico. La huida no le había dejado tiempo para nada más que matar a un par de enemigos.

Nadie tenía la supervivencia segura en la Antártica, y esto era así desde los tiempos en que no había guerra; pero su entrenamiento se basaba en moldear la mente para adaptar al cuerpo. Mientras todos los ejércitos del mundo habían contado siempre con que el numero de soldados traía la victoria, el y todos sus compañeros estaban destinados a convertirse en francotiradores solitarios, cazadores autosuficientes helados y mortales como la misma nieve en la que vivirían.

Al tener un ejercito numeroso todas las complicaciones de mantenerlo crecían con el ejercito; todas las necesidades de un hombre más las del combate multiplicadas por el numero de soldados, y luego sumado por el total del coste de la logística. ¿Dónde dormía un ejército? ¿Dónde y que comía? ¿Cómo y donde ocultábamos los desechos de dicho ejercito? Todo eso se simplificaba teniendo batallones de un solo hombre y entrenando a ese solo hombre bien. Enseñándole a dormir dentro de la nieve misma, a comerse a sus enemigos caídos dentro de su mismo refugio, a mantenerse con lo que sus propios enemigos le aportaban al morir.

Los desechos… eran otro cuento que de solo pensarlo lo hizo sonreír. Una de esas sonrisas de resignación, admiración y nerviosismo. Llevaba inserto en su ano “el máximo sacrificio por la patria”, que básicamente consistía en una manguera que llevaba todas sus fecas a un bolsillo en su muslo, en donde se congelaba casi de inmediato y luego se podía botar como un bloque de hielo oscuro; el cual había que saber ocultar o incluso podía utilizarse como materia combustible y crear fuego con el. Lo mismo pasaba con la manguera que rodeaba su pene, en lo que era equipo standar en todas las tropas que combatían por el “cubo de hielo”.

-Cuando el pensar en la manguera metida en tu culo no te quita ni la sed ni el hambre, es que estas mal.- Pensó para si mientras su garganta pedía a gritos un poco del agua que lo rodeaba. Pero el dejar su actual posición por tomar algo, ni pensar en comer, le podía significar la muerte si el dueño del refugio volvía.

Dejo volar su mente en que podía haber hecho distinto en su última batalla para evitar esa situación. Se vio de nuevo descargando su fusil contra sus enemigos apostados a la salida del refugio que el y sus tres compañeros habían construido, y que no supieron defender. Sintió de nuevo el chocar contra su mascara de los pequeños trozos de sangre congelada, al momento de que sus dardos destripaban a un enemigo frente a el, a otro se le clavaban en la cara y hacían explotar su mascara de sustento vital. Vio nuevamente el rayo de luz purpúrea que atravesó el cuerpo de su compañero que iba justo delante de el. Se maldijo por no saber reconocer a sus propios camaradas de armas y tener siquiera una idea de en que orden murieron. Recordó también el disparo de rifle láser que le destrozara la mochila con todo su equipo.

Mas ni siquiera eso alejo su mente, por mucho, de la sed y el hambre.

Decidió arriesgarse y encendió la linterna con el pequeño control, mirando hacia otro lado para no quedar encandilado. Guardo el corvo en su funda y saco el derretidor de hielo. Rápidamente lo clavo el suelo junto a el. La hoja sin filo del cuchillo comenzó a ponerse roja y a derretir el hielo a su alrededor, mientras poco a poco se enterraba más, se inclinaba hacia un costado y generaba algo de vapor. No tenia tacho alguno en que llevar el agua a su boca por lo que tuvo que utilizar sus manos; metió sus manos enguantadas a la posa que se estaba creando y rápidamente la llevo a su boca.

- Agua por fin. Bendito majar de dioses.- Pensó casi en voz alta. Luego sintió como el agua que quedaba en sus manos se escarchaba. Empuño sus manos con violencia y quebró la capa de hilo que las cubría, y luego apago y guardo el derretidor; apago la luz y sumido de nuevo en completa oscuridad trato de no pensar ahora en el hambre.

Cerró los ojos un momento y ahora lo ataco el sueño. Sintió como sus propias necesidades lo matarían antes que sus enemigos. No había querido pensar en eso pero estaba exhausto; había estado caminando durante lo que pudieron ser dos días antes de encontrar ese refugio, sin comida, sin agua y sin sueño el cuerpo se deterioraba rápido. Sus piernas le dolían, su estomago crujía y sus parpados le pesaban.

La batalla contra el sueño fue larga y como todo soldado deseo estar mejor entrenado y mejor preparado, solo para luego desear estar en casa. Cuando una luz comenzó a iluminar algo el refugio a través del largo conducto de entrada.

Saco el corvo y se preparo para la violencia, escuchando atentamente el arrastrase de lo que eran claramente dos cuerpos. Su plan estaba claro ¿Funcionaria?

Espero a que el primer soldado saliera del túnel, mirando la luz de su linterna iluminar la pared del refugio que estaba frente al túnel. Cuando por fin llego al refugio este se puso de pie y antes de que su enemigo estuviera completamente incorporado actuó.

Encendió la linterna que le daba a su enemigo en la cara encandilándolo; este se cubrió los ojos y retrocedió un paso, estorbándole la entrada a su compañero y convirtiéndose el mismo en un blanco fácil. Le propino a su adversario, desde el suelo a un costado de el, una violenta y potente patada en el estomago. Antes de que el cayera sobre su compañero su arma le fue arrebatada de sus manos con un golpe y la luz que lo cegaba se apago; dejando como únicas fuentes de luz su linterna que apuntaba al techo y la de su compañero aplastado que apuntaba al suelo.

Mientras lo único que podía ver eran manchas de luces su compañero lo empujo hacia delante con un grito de combate, enviándolo contra la pared, tan cercana, del refugio. El segundo hombre se incorporo de inmediato dentro del refugio con su fusil láser apuntando hacia las paredes. Mas fue atacado por la espalda por una mano que le sujeto el cañón del fusil, obligándolo a apuntar hacia delante, y una hoja helada que sintió entrar por su entre pierna y luego subir por sus nalgas hacia la espalda; donde si fue detenido su avance por su confiable blindaje personal. El dolor lo debió invadir mientras la sangre lo abandonaba a borbotones.

Con su primera muerte asegurada le quito a su vencido oponente el fusil y lo empujo con una pata sobre el enemigo restante; quien recién había encontrado, en aquella oscuridad, su fusil y se agachaba a recogerlo. Un cuerpo que se retorcía y contorsionaba le cayo encima provocando su inmediato pánico; no solo se lo quito de encima con un empujón sino que lo remato con un disparo. La luz purpúrea cruzo el cuerpo de su camarada de lado a lado iluminando todo el pequeño refugio; y lo que antes se movía espasmódicamente cayo al piso inmóvil. No importaba que tuviese su fusil, ya había entrado en pánico, ahora seria más fácil.

Antes de que le apuntara con el fusil, lo aparto a un lado con una patada y luego tumbo a su oponente con un golpe; de esos que le habían enseñado ex profeso para dejar las mascaras de sus oponentes giradas y sin visión. La técnica funciono como siempre y en conjunto con el gran calor que le producía a su oponente luchar con su chaqueta puesta, provoco el desmayo del delgado soldado enemigo. Entonces encendió nuevamente la linterna.

Dejarse las linternas de los cascos encendidas había sido un enorme error, pues el podía verlos y ellos no a el, a no ser que lo miraran directamente. Disparar en un espacio tan reducido daba como resultado una alta posibilidad de herir a un compañero. Era obvio que estos tipos seguían siendo entrenados en tácticas de combate no antárticas.- Así nunca podrían triunfar.- Pensó.

Se acerco al tipo muerto y le quieto la chaqueta agujereada de lado a lado por el disparo de láser y luego le corto el grueso traje de hule dejando tan solo piel desnuda al descubierto. No lo pensó y no le importo, pero mientras cortaba la piel, de su enemigo muerto que pronto se congelaría, en busca de la carne que tanto necesitaba; debió estar pensando en que aun le quedaba un enemigo por matar. Lo recordó cuando, llevándose el segundo trozo de carne a la boca, este se movió y se abrió la chaqueta; la cual usada bajo techo puede provocar la muerte por calor.

Con el trozo de carne humana aun colgándole de la boca, salto hacia su enemigo tirado a escasos metros de el y girando cu cuerpo para clavar su corvo entre el brazo y el pecho. Cuando se dio cuenta de que su enemigo tenia senos.

Termino de masticar la carne que estaba en su boca mientas miraba esos, aparentemente enormes, senos. No sabia si tocarlos o no; ni siquiera recordaba como se sentía el tacto de uno. Había pasado tanto tiempo desde que había estado con una mujer.

Noto como su pene se endurecía dentro de la manguera en la que estaba confinado, y sintió un calor distinto al producido, incluso, por el fuego. Se dejo llevar entonces por sus instintos y le saco la chaqueta y la armadura corporal, movido por una fuerza que no entendía y que no buscaba entender. Vio su cuerpo cubierto por ese grueso traje de hule, que si bien debía comprimir, exhibía toda su hermosa figura. Toco por encima del hule sus piernas subiendo hacia sus caderas, su abdomen y luego esos senos que tanto le habían llamado la atención.

La curiosidad pudo más que la razón y decidió quitarle la torcida mascar de sustento vital, para así ver como era el rostro de esa belleza. Se la retiro y vio su rostro delineado por la capucha de hule del traje; si que era hermosa. Se notaba su ascendencia oriental (como la de la mitad del mundo), su piel era blanca como la nieve y sus labios estaban rojos e hinchados por el calor que le produjo el combate y la chaqueta. Y deseo que abriese los ojos para poder verlos, para luego arrepentirse cuando ella lo hizo.

Ella abrió sus ojos cafés y levantando una pierna le dio una patada en la cabeza la cual lo boto al piso. No alcanzo ni a enterarse del dolor cuando la bella mujer se le arrojo encima con su cuchillo desenfundado.



Diego Muñoz Oliva