LAS GUERRAS ANTARTICAS
Los heridos eran montones. Sus heridos, suyos cada uno de ellos; y eran
montones. Era algo nunca antes visto para él. -¿Qué clase de armas dejaban más heridos que muertos?
Los lasers cauterizaban la herida y mataban por shock, casi al instante;
eran un arma limpia incapaz de aquella escena. Hombres mutilados, se retorcían
en las sombras, por doquier. Sus compañeros, sus responsabilidades. Casi la mitad
de la compañía había muerto. Pero allí los heridos se tomaban su tiempo;
mientras cubrían el suelo con hielo rojo, y el aire con agonía.
La bóveda se teñía de naranja por las varas de luz. Mas aún con el color
naranja devorándolo todo, tenía un suelo rojo; el rojo se imponía. El rojo de
la sangre no cedía ni retrocedía; como el blanco del hielo, o el negro de la
oscuridad; se quedaba ahí, reclamaba el lugar para él. El rojo de la sangre era
el único real dueño del bloque de hielo. -Tanta
sangre. La sangre no podía ser absorbida por la tierra, porque no la había,
no podía ser absorbida por ropas o por mugre, o por basura. El hielo virgen no
debía de conocer la sangre antes de la llegada del hombre. Y aun ahora se
negaba a dejarle formar parte de él. El sacrificio en sangre debía de ser
inmenso para eso. Para que una sola gota de sangre se mantuviera tan caliente,
como para tocar el hielo y fusionarse con él; sin rebotar, solido contra su
superficie. Toda vida desnuda se congelaba al contacto con el hielo, sino
antes.
Las heridas abiertas nunca eran leves. Todas y cada una era mortal, si
no le podían poner atajo a la gangrena; producto de la exposición al frio de la
piel, de la carne, y la sangre de la hemorragia. La sangre caliente cubría más
zonas de la piel antes de congelarse; y a la piel con ella. Cauterizar con
laser, era la única opción. Luego tenía que cubrir la zona de la piel expuesta,
con un compuesto en spray, de hule en frio que al pasar de la espuma al sólido,
se adhería a todo lo que tocaba permanentemente. -Mortalmente.
Los desangrados y gangrenados no estaban solos. Estaban por supuesto los
perforados a proyectiles; algún tipo de cristal o metal, capaz de perforar una
armadura corporal. –Y no todos llevamos
armadura corporal... Morimos por disparos, rara vez por bayoneta.- Si ni los
oficiales y suboficiales estaban a salvo, nadie lo estaba. Silenciosa e
invisible, dicha arma no dejaba un haz de luz que delatara la posición del
tirador; y su sonido se perdía entre los zumbidos de los fusiles laser, y los
gritos de los heridos. Un arma impresionante. -¿Por qué no usaron los mismos dardos para matarlos a todos? ¿Por qué
acercarse a luchar cuerpo a cuerpo?
El brutal desempeño de los demonios en combate cuerpo a cuerpo, era
impresionante; todos luchaban como uno solo. Nunca le había tocado atender a
tanto herido, y a tanto muerto por golpe. -De
seguro era un demonio, de seguro. El resultado era implacable. Cuellos
rotos, piernas rotas, narices rotas, mandíbulas rotas. -Sin duda una fuerza de ataque pequeña pero devastadoramente efectiva… Tan
cerca del polo.
Ahorrarle el dolor a los moribundos, era su tarea menos favorita. A los
que se ahogaban en la congelación de sus gargantas abiertas; en la angustia de
sus heridas gangrenadas. Sin contar con que los demás médicos estaban muertos,
y eran todos su responsabilidad; los kits médicos eran escasos. Reparaban el
traje más que al hombre. A este se le mantenía vivo con el TSA, sin él moriría
en agónicos minutos; con él podía agonizar horas, para morir de igual forma. -En el frio y en el dolor- La muerte
piadosa era el mejor camino.
Si no podía amputarles ni salvarles, debía causarles el menor dolor
posible. Eso significaba una larga y puntiaguda hoja, capaz de atravesar el
grueso Traje de Supervivencia Antártica (TSA). Clavada bajo el brazo izquierdo.
Si hacia bien su trabajo, casi no se sentía. Le daba el tiempo justo para darle
unas palabras de paz al hermano, que partía casi en un sueño. Él lo hacía bien.
Era firme y preciso. Mantenía su hoja bien afilada y aguda. Varios la necesitaban
hoy. Los demonios come hombres no parecían dejar heridos con salvación.
Él sabía la verdad, se lo había dicho su Comandante. Sólo servían para
la guerra. Si morían al quitarse el traje terminado el tour, a nadie le importaba.
Las familias eran raras, la mayoría eran “hijos de la mugre”; no había quien
los llorara. Si morían al cortar la piel sintética, que volvía a unir sus trajes,
daba lo mismo; ya había terminado su tour y con eso su utilidad. Los TSA rotos,
cortados o agujereados por calor; al fundirlos con hule en frío, unía al hombre
con su traje por la herida. Quitarle el traje significaba, muchas veces,
reabrirla y verle desangrarse o morir del shock. A veces era mejor morir rápido,
y bien. ¿Quién se quejaría por no tener un cuerpo que cremar? En realidad al no
llevar provisiones para todos, se notaba un plan para que no todos volvieran; para
que casi nadie volviera.
-Nunca les importaron nuestras vidas, siempre tuvieron esclavos de
remplazo.-
Si es que sobrevivía a la herida y al congelamiento de un miembro y su amputación;
el TSA quedaba con una marca color piel, del largo de la herida, que destacaba
del blanco. A eso le denominaban cicatriz, pues bajo esta, si es que se sacaba
bien el traje, quedaría la misma marca; en el mismo sitio, y del mismo tamaño. Las
cicatrices se acumulaban sobre el traje en cada tour, hasta el punto que podían
dejar al soldado sin movilidad; no poder desplazarte en el bloque de hielo, era
morir; de frio, de hambre o porque te encontrara el enemigo. Él pondría las
primeras cicatrices sobre esos trajes, recién salidos al hielo.
Pero por diestro que fuera evitándoles la agonía. No tenía la capacidad
de cortar el hule sin causar la reapertura de la herida, una vez terminado el
tour. El único que podía cortar el hule para dejarlo como una cicatriz sobre la
piel; con plena seguridad de salvar al herido o amputado, estaba muerto. Murió
delante de él, sin que pudiera hacer nada. Atravesado por los dardos que
perforaron su armadura y rompieron sus costillas. El Sargento Medico estaba
muerto. Se había ido en un suspiro de alivio bajo su hoja.
Y su Comandante necesitaba el hule en frío. El muñón cauterizado por
láser, debía cubrirse antes de que muriera congelado; los agonizantes tendrían
que esperar. No sería la primera vez que esperaban mientras se atendía a un
oficial; aunque fuera, para ellos, la última.
-Aplícale
el la venda en lata, rápido.- Le ordenó su Capitana. Con la capucha del TSA
incapaz de ocultar por completo la belleza de su rostro.
-El Comandante
morirá cuando le quitemos el traje. Es una herida muy grande.-
Ella lo cogió por el cuello y lo atrajo con violencia hacia sí, hasta poder susurrarle en la oreja.
Ella lo cogió por el cuello y lo atrajo con violencia hacia sí, hasta poder susurrarle en la oreja.
-Nadie
sobrevivirá para sacarse el traje. Sólo hazlo.-
La deprimente verdad, una vez más, lo golpeaba. No volverían de ese
tour. No se sacarían nunca más esos trajes prisión. Moriría con es incómoda manguera
metida en el culo, y la torturadora capilar dentro de su uretra.
Miro a su Comandante, inconsciente con su cabeza sobre las piernas de la
Capitana. Parecía ido en un hermoso y distante sueño, del cual no valía la pena
despertar; no para ver semejante espectáculo. Agito la lata, y quito la
chaqueta que cubría el muñón; aplico primero en los bordes y fue cerrando en
espiral hasta cubrir el hueso. La espuma se solidifico de inmediato, y se
transformó en hule. Dos soldados tomaron al Comandante y lo llevaron a donde cubrían
a los demás heridos; a los que mostraban tener salvación. Su hoja tenia trabajo
por hacer, vidas que liberar de la muerte.
El suelo lleno de perdigones rojos, de sangre congelada, crujía bajo sus
botas para la nieve. Pero estaba seguro de ser el único que lo escuchaba, todo
el resto de la anaranjada oscuridad, lo llenaban ordenes de combate y la agonía
de los heridos. Llego hasta el más cercano y se arrodillo a examinarlo. Su brazo
izquierdo estaba roto a la altura del codo; el humero expuesto se notaba a través
del grueso hule, allí donde debía encontrarse con el codo. Estaba inconsciente,
pero aun respiraba; tendría que amputarle el brazo seguramente, pero sobreviviría.
-¿Pero hasta cuándo?- Con solo unas
señas los mismos dos soldados aparecieron detrás de él, tomaron al herido y lo
llevaron al murallón en donde estaba agrupando a los heridos.
Se movió hasta el siguiente herido, no muy lejos, y se arrodillo nuevamente.
Estaba muerto. Su rostro de agonía lucia aún más horrendo bajo esa luz naranja.
A Una seña de suya, los mismos dos soldados tomaron el cadáver y con esfuerzo
lo despegaron del piso; le quitaron el equipo, y lo apoyaron, tieso como
estaba, contra una muralla. Un señuelo por si el enemigo atacaba de nuevo. La
sangre congelada los adhería a la pared de hielo. En eso se habían convertido
todos sus muertos; en señuelos llenos de trampas, cubriendo las entradas y
salidas de cada pasillo, de aquella bóveda de milenario hielo.
El siguiente necesito de su ayuda. Varios agujeros de proyectil en el
abdomen. Un viejo combatiente que ya no volvería a ver el sol, sentado sobre su sangre lo esperaba con la
mirada. Capaz ya solo de asentir con la cabeza y la mirada, dio con esta su
afirmación, cuando vio la larga y delgada hoja. Tocio sangre tratando de
levantar el brazo izquierdo, sin lograrlo. -
Para eso estoy yo aquí.- Le levanto el brazo y clavo la hoja. Su hermano no
sintió nada. La muerte lo abrazo con dulzura y lo alejo del frio.
Arrodillado junto a otro cadáver, escucho un clic metálico proveniente de
uno de los pasillos. Luego otro, pero esta vez no fue el único en oírlo. Varios
otearon la oscuridad, sin escuchar nada más; hasta que comenzó un zumbido.
Luego vieron una luz, de un azul tan puro que parecía blanca; un aro de luz. Antes
de que pudieran dar la alarma, aquel circulo de luz flotante, comenzó a
disparar pulsos de laser; a una velocidad que asombraba. No eran varios
tiradores, sino uno solo que disparaba por varios.
Los muros del pasillo no fueron ningún impedimento para los haces de luz
azul, que la agujerearon y transformaron en vapor; cubriendo el ataque con una
nube anaranjada, que impedía encontrar a los tiradores. Intentar cubrirse era inútil,
solo podían echar cuerpo a tierra, y rogar que los disparos se concentraran en
los blancos que si se movían.
Pese a las órdenes de la Capitán, varios devolvieron el fuego, con sus
fusiles laser. Rayos purpuras y azules se cruzaban en la anaranjada nube. Sus zumbidos
y olores se mesclaban con gritos de dolor y el olor del hule quemado.
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