LAS GRUERRAS ANTARTICAS
El frío
en su mano lo despertó. Un frío intenso y doloroso, casi punzante, lo había
traído de vuelta a la realidad; desde el más profundo de los sueños. Una niebla
cubría sus ojos, y la cabeza le daba vueltas; hubiera agitado la cabeza para
despabilar e invocar todos sus sentidos a sus servicio, pero su cuerpo no le
respondía del todos.
Aun con
la visión borrosa pudo ver dos sombras, que por un instante, le taparon la luz.
Oyó lo que le pareció un gruñido y un gemido ahogado; sintió sobre su rostro
descubierto el frio de un liquido convirtiéndose en solido. El frío le quemo la
piel y lo ayudo un poco más a recobrar la consciencia; el olor familiar del
liquido, le recordó donde estaba y que estaba pasando.
Estaban
bajo ataque. Había incursionado con su compañía en un refugio desconocido, de
buen tamaño y repleto de equipo; que había resultado ser una trampa. Los habían
dejado revisarlo y ponerse cómodos.
¿Dónde
estaba su mujer? Su guerrera perfecta, su segunda al mando. ¿Cuál era la
capacidad efectiva de su compañía? ¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente?
Trato de
incorporarse, pese a aun ver nublado y las nauseas le subían a la garganta.
Pero no pudo mover su brazo izquierdo. El dolor en su extremidad se intensifico
cuando se puso en pie, pese a todo; aunque el dolor en si no provenía de su
mano, sino más bien de su antebrazo. Su mano, que a no sentía, estaba adherida
al muro de hielo del refugio subterráneo. El frio paralizante que le subía por
la mano izquierda, hasta el codo, tomo completo sentido cuando vio su mano
inmóvil. Con la palma hacia él y el dorso hacía la pared, su mano estaba
atravesada por un cuchillo, el cual la clavaba contra el hielo. La sangre
parecía haber manado profusamente antes de congelarse; con el guante aislante
roto y la calidez de sus venas expuestas a las temperaturas del continente
helado. La mano yacía congelada y muerta, amenazando con llevarse a la tumba al
resto del brazo, si es que no a su dueño.
Las
alarmantes grietas en su mano, muestra de que sus movimientos habían roto y
agrietado la carne congelada, no le hizo distraerse de su situación de combate;
ni le impidió recordar la violenta patada, con la que un enemigo lo había
desarmado y arrojado. Mas no pudo recordar el haber sido acuchillado.
-Que
velocidad. Pensó.
Todo el
inicio del ataque había vuelto a él. Sus hombres que desaparecieron en
silenció. La ráfaga de proyectiles, silenciosos, impulsados a gas
probablemente, que había causado pánico, muerte y los había dejado a oscuras. Que arma tan antigua. Proyectiles en lugar
de un laser. Luego vinieron las explosiones, mientras el y sus hombres
trataban de iluminar la bóveda de nieve y hielo. Finalmente, entre los disparos
de sus hombres, que iluminaban todo, todo el refugio se había llenado de luz
blanca; encandilandolos lo suficiente para permitir un ataque cuerpo a cuerpo.
El haz
de luz purpura de un fusil laser cortando la pared, por sobre su cabeza, lo
hizo lanzarse instintivamente cuerpo a tierra. Sintió el tirón en su codo y
luego el suelo bajo el.
-¡Cuidado
a donde apuntan imbéciles!-
-¡El
Comandante está vivo!- Se oyó el grito distante de una voz femenina.
-¡Apaguen toda luz, y dejen de dispara!- Chillo el Comandante. –¡Solo están dándoles vapor para cubrirse. Sigan mi voz y reúnanse conmigo!-
-¡Apaguen toda luz, y dejen de dispara!- Chillo el Comandante. –¡Solo están dándoles vapor para cubrirse. Sigan mi voz y reúnanse conmigo!-
Los últimos
disparos de luz purpura mataron las luces provenientes de los muros y del piso,
justo después de que pudiera ver el muñón que ahora tenía al final de su muñeca
izquierda. Su mano, congelada y clavada aun a la pared con un cuchillo, era
ahora parte del continente helado. En la completa oscuridad, sintió que su
consciencia volvía a abandonarle. Las fuerzas le faltaban. En el silencio del
refugio, se podía oír con plena claridad el arrastrarse y el gemir de los
heridos. Todo se le antojaba una visión del mismo infierno.
Unos
brazos le sujetaron. Su dulce firmeza lo trajo una vez más a la realidad.
Reconoció el preocupado abrazo, sin necesidad de ver el color rojo, señalando
su rango de Capitana, de las franjas fluorescentes que delineaban sus extremidades
en el Traje de Supervivencia Antártica. Su segunda al mando, su guerrera
perfecta, su amor, la madre de sus hijos, su mujer; salvándolo una vez más. -Si he de morir ¿Qué mejores brazos para el
último suspiro?-
-Capitana.-
Susurro, en la pequeña calma que dio la oscuridad.
-Si, mi
Comandante.- Le respondió la bella mujer que lo abrazaba.
-La
compañía es suya, Capitana. Sáquela de aquí con vida. Sobrevive y vuelve a ver
a nuestros hijos. Dígale al “Comité” que su secreto muere conmigo, que no
tienen de que temer, ahora.
Estaba
seguro de que ella le había contestado, pero no podía oírla. Solo podía ver las
líneas fluorescentes celestes de los trajes de sus hombres contra la negrura
más profunda; no el rostro de su amada, solo podía sentirla como calor. Un
calor que cual bálsamo de vida, combatía el frío de su cuerpo. Su consciencia
parecía estar quedando atrapada en su cuerpo, y asilarse del mundo exterior.
Podía pensar y recordar, pero ya no sabía que ocurría a su alrededor, ni
esperaba volver a saberlo. Solo percibía las líneas de luz contra el negro
telón, viendo a sus hombres y a su mujer como marionetas de neón, moviéndose
muy lento.
Estaba
ahí para morir y lo había sabido siempre. No habían enviado a una patrulla allí
desde hacía un mes; precisamente porque todo mundo desaparecía. Era prácticamente
un… -¿Cómo era que se llamaba?- Se
pregunto a sí mismo la primera vez que lo pensó; para contestarse –Triangulo de las bermudas. Todo lo que cruza esa zona desaparece.-
Tanta era su desinformación, que su Comando Central no tenía idea de quien
controlaba esa zona. Cualquier conglomerado podía tener una tropa apostada,
preparada y bien apertrechada; capaz de repeler cualquier patrulla. Tomar el
terreno sería muy complejo y se necesitaría una gran cantidad de gente; y eso
era mover mucho equipo y comida por un continente muy hostil. Mientras sus
adversarios podrían defenderse con menos hombres, y tendrían una línea regular
de abastecimiento. Porque si estaban protegiendo tan bien la zona, era porque
encontraron algo grande. Se debía averiguar que era, pese a que muchos morirían
en la batalla. Esperaban que el fuera uno de ellos.
El, el
gran Comandante debía liderar el ataque. Y asegurarse, como siempre, de que
sobreviviera solo un cierto número de soldados; pues no se podía costear el
enviarlos con provisiones suficientes para todos. El gran Comandante dijeron,
mientras le explicaban el plan, los Coroneles y Generales.
El
siempre supo que no podría llegar a General, ni siquiera a Coronel. Solo los
hijos de grandes Ejecutivos Dioses podían llegar a serlo. Debían ser entrenados
desde la cuna, ser sometidos a una educación, reservada solo para unos pocos.
Solo para unos pocos ricos, solo para unos pocos poderosos. Era la regla y el
la sabia, nunca fue un secreto. –Los mejores son elegidos desde la cuna.- Les
habían dicho siempre. Pero el se dio cuenta de la verdad.
Sus
superiores eran menores que él en edad, pero su entrenamiento los hacía
superiores; casi a todos. El entrenamiento de ellos era distinto. Se les elegía
desde la cuna para dirigir a los Conglomerados Estados. Hijos de quienes
actualmente dirigían, su entrenamiento versaba en técnicas superiores de
combate cuerpo a cuerpo; tenían para eso a los mejores guerreros, capaces de
increíbles técnicas para llamar a la muerte. A parte de las técnicas, teorías y
estrategias para conducir una empresa de tamañas dimensiones; la cual debía ser
capaz de auto sustentarse y producir para todos los habitantes/trabajadores.
Aunque ahora sabía que eso era mentira.
Ese
“saber” que ningún conglomerado producía para sustentar a todos sus habitantes,
que nunca nadie más que los hijos de los poderosos podrían llegar a dirigir,
que la idea era que los soldados murieran en grandes cantidades, porque no
había forma de que el planeta los sustentara a todos ni que el agua alcanzara
para todos; ese “saber”, que en realidad era más un comprender, lo había
condenado a morir ahí, ahora. Pero aun pero que ese “Comprender” era haber
averiguado que no siempre había sido así. Que siglos atrás las personas
dirigían sus vidas y sus estados, y que los Conglomerados se robaron el mundo;
lo habían condenado.
Le
habían ofrecido una muerte honorable en combate, en lugar de hacerlo
desaparecer por la noche; o incluso durante el día, delante de sus hijos y
vecinos. El era un héroe nadie quería verle humillado, convenía a muy poca
gente; el comandante debía perderse en la nieve y la batalla, junto a todo
aquel a quien le haya podido contar algo. Su “saber” le hacía infinitamente
peligroso. Por eso habían hecho un trato con él, por eso no había desaparecido
durante la noche, por eso habían sido tan generosos; por eso su mujer debía
morir con él.
-No, ella no. ¿Quién cuidara a nuestros hijos
sino ella? Los mismos perros que nos condenaron.- Debatía consigo mismo en
la completa oscuridad.
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