LAS GUERRAS ANTARTICAS
En el
exterior de su mente, lejos del bullicio de sus pensamientos, aun estaba el
silencio. Único dueño de aquella oscuridad, que los acechaba como un
depredador. Respetaron el silencio, en guardia y en formación, tan solo el
instante que le tomo ella pensar la situación; pero el silencio alargo cada
segundo. Un solo disparo de laser podía cortarlos a todos por la mitad, en
aquella formación tan compacta. Y sin embargo, el disparo nunca llego.
Los
segundos se hicieron casi un minuto. Y la compañía no rompió su formación. La
bestia luminosa de varias patas se quedo inmóvil, apuntando en todas direcciones,
esperando el ataque final; que nunca llegaba.
-¿Qué están esperando? ¿Por qué no acaban
con nosotros?- Pensaba ella y lo que quedaba de la compañía. Su compañía ahora.
-¿Cree que los hayamos eliminado a
todos, Capitana? Pregunto su Sargento. Una mujer de anchas espaldas y diminutas
caderas, fácilmente confundible con un hombre.
Entre los débiles gemidos de los
moribundos, pudieron percibir algo más; un ruido, una bulla. Algo que nunca habían
oído antes y que no sabían reconocer. Parecía
venir de todos lados, debido al tamaño de la bóveda y a su acústica. Venia de
la oscuridad misma, y parecía pertenecer al gran refugio.
Nunca habían comido carne en grandes
trozos, ni mucho menos la habían visto cruda. La poca proteína que recibían a
la semana, o que traían sus provisiones de combate, era de origen vegetal. Rara
vez conseguían o recibían carne de verdad, de cualquier tipo. Por lo que
ninguno podía conocer ni reconocer, el sonido del rasgar de la piel, ni como
sonaba el arrancarla de un hueso.
Sin saberlo, sin verlo, y sin
entenderlo, algo de ese sonido les helo el alma. El obsesivo bufido de quien
tiene la boca llena, y se detiene solo para respirar, acompañado del chapoteo
de la sangre, antes de congelarse; los lleno de miedo. Dentro de lo
desconocido, algo en sus genes les decía que debían temer
-¿Qué es eso?- Rompió el silencio un
soldado.
EL ruido frenético y ansioso parecía incluso
expresar una inhumana satisfacción, que podían sentir en el aire y les erizaba
los nervios.
-Vamos a averiguarlo- Dijo la capitana. –Luces
a las tres. Uno, dos…-
Todas las linternas incorporadas en
sus fusiles laser se encendieron al mismo tiempo. La bestia luminosa de varias
patas desapareció, en la nueva y relativa luminosidad; sin el contrate de la
oscuridad total, las líneas de sus trajes se hicieron invisible.
Todos eran soldados veteranos, que habían
servido en más de un tour por el “bloque de helo”. Todos sabían que habían estado
expuestos a un ataque; que pudieron barrerlos a todos con un solo rayo laser,
volarlos con una sola granada; que incluso una ráfaga de aquellos proyectiles
impulsados a gas, podría haber herido y matado a muchos; de los pocos que ya
quedaban.
Peinaron la bóveda con sus linternas,
pero no localizaban el origen del sonido de desgarrar, respirar y tragar; que continuaba
viniendo de todos lados y de ningún sitio a la vez. Hasta que escucharon algo
claramente identificable para ellos, para cualquier soldado veterano. El tronar
de un hueso rompiéndose. El chasquido sonaba más seco, pero tan claro que todos
pudieron localizarlo. Tenían la fuente de aquel sonido apuntada con sus
linternas y armas, con la velocidad que les otorgo, el sentir que eran sus huesos
los que se rompían.
Parcialmente tapado de la vista por un
muro, podían ver la espalda de lo que parecía ser un hombre. Pero su espalda no
era nada parecida a lo que ellos conocían. El blanco hule que la cubría, signo inequívoco
de que se trataba de un soldado, pese a su grueso, dejaba ver claramente cada
uno de sus enormes músculos; ahora inexplicablemente relajados. El sonido del
gorgoteo de sangre y los suspiros de satisfacción, provenían de él, de esa
enorme espalda que, por la posición de estar acuclillado, no dejaba que se
viera la cabeza. Solo sus brazos se podían distinguir, difíciles de disimular
por su gran tamaño.
Helados por el frio y aquel sonido espeluznante,
ninguno dijo nada, y sin orden no abrieron fuego. Se quedaron por un instante
fijos en los movimientos de ese ser, en su Traje de Supervivencia Antártico
manchado de hielo rojo.
-¿Está
tratando de salvar o sanar a uno de los suyos?- Pensó la Capitana por un
instante. –No… ¿Esta?... ¿COMIENDO?-
A segundos de estar bajo las luces del
pelotón, que antes fuera compañía, el soldado desconocido pareció escuchar sus
pensamientos, y salió de su trance alimenticio. Elevo la cabeza, aun
sosteniendo algo en su boca cubierta de sangre. Se giro para encarar la luz, y
todos vieron que lo que sujetaba y tenía en la boca, era un brazo humano;
separado de su dueño anterior. Bajó el brazo ajeno, sin soltarlo y gruño con su
boca llena de carne, enviando trozos de su bocado por el aire; los que se
congelaron casi al instante, y se astillaron sonoramente contra el helo del
piso. Todos sus músculos se tensaron visiblemente. Aunque su uniforme, y su cinturón
eran tan similares a los suyos; su pecho era enorme, todo manchado de hielo
rojo. Su parecido con un humano “normal” solo hacia verse más amenazador.
Aun con la acústica de la bóveda,
afectada por tanto agujero hecho con laser, el rugido sonó potente como el
trueno. Sus ojos abiertos mostraron una furia asesina y caníbal. Dejándolos
paralizados de la impresión un par de segundos, después de los cuales, todos
abrieron fuego.
Una lluvia de descargas intermitentes
de rayos color purpura, ilumino el refugio por completo, reflejándose en cada
pared blanca, arrasando la zona. El vapor comenzó a acumularse de nuevo,
nublando toda visión.
-¡Alto al Fuego, alto al fuego!- Grito
ella. –Solo están dándole vapor para cubrirse, imbéciles. Harán que esto se nos
derrumbe encima. Nada de disparos, nada de granadas; cuchillos únicamente, desde
aquí hasta que salgamos.
Sargento deme su fusil. Tome dos
hombres y confirme si le dimos a… eso.-
Dejo a su marido inconsciente en el
piso, y tomo el fusil de su Sargento. Ajusto la pesada arma al mínimo, pues iba
a necesitar precisión.
-Extienda el brazo del Comandante.- Le
ordeno al soldado más cercano. –Firme, que no se vaya a mover; y no mire
fijamente la luz.-
El hombre obedeció sin dar crédito a
todo lo que estaba pasando a su alrededor. –El… ¿Estaba comiendo?- Pregunto a
su Capitana.
-Si. Se lo estaba comiendo.- Respondió
mientras apoyaba la culata en el hombro y apuntaba al piso.
-Entonces era un espíritu de las
nieves, ¿Un devorador de hombres?
-Cálmese y no mueva el brazo.
Disparo al piso, a centímetros del
brazo de su Marido y Comandante. Y luego fue moviéndose hacia abajo,
manteniendo el rayo constante; el fusil se sobrecalentaría o quedaría sin energía,
pero eso no importaba. Perdóname amor-
Pensó para si cuando el rayo, de un purpura intenso, corto el hule. Sintió el
olor del hule quemado, y luego el de la carne quemada. Avanzo segura y certera,
dejando una línea de corte sobre el hielo, recta como su determinación.
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