miércoles, 10 de abril de 2013

CAPITULO 19


Las Guerras Antarticas



            -Atravesó la pared-. No podía creerlo. Había visto a Mamá Osa hacer grandes cosas, cosas sorprendentes; pero nunca creyó posible algo así.

Se puso en pie a toda velocidad y corrió tras ella. La encontró de inmediato, de pie arrojando cuchilladas contra un enemigo más grande que ella, y notablemente más rápido. Salto al combate con un grito. Esa mujer, más joven que él, superior e imposible; no iba a morir en su guardia.

Se lanzó en un tacle a la cintura, coordinándose con Mamá Osa, que atacaba su cuello, su pecho y sus brazos. Trató de tumbarle derribándolo de una pierna, pero el gigante de hielo no cayó; se movió defendiéndose y le dio un gran codazo en la espalda. Sin el protector espinal de su chaqueta de Supervivencia Antártica, el codazo le dolió hasta el pecho, y lo obligó a soltar la pierna. Sus manos apenas alcanzaron a cubrir un rodillazo, de la pierna contraria. Sus propias manos se estrellaron contra su sien izquierda, rompiéndole la ceja y obligándolo a soltar el cuchillo. El impulso lo giró en el aire y lo hizo caer de costado en el hielo.  Pudo ver desde el piso a su Sargento recibir una patada en el abdomen y retroceder.

Se apoyo en tres patas y lanzó su mano izquierda al tobillo; lo aferró con todas sus fuerzas. Sus ojos lo vieron envuelto en sombras y en el naranja, de su vara de luz. Se impulso y halo al mismo tiempo, haciendo tambalear al adversario. Paso su mano derecha por detrás de su rodilla, y con toda su fuerza arrancó la pierna del gigante del piso. -Aquí te tengo-  dijo en voz alta. Cuando se puso de pie, tuvo a su enemigo en una pierna, y barriéndole su único apoyo, dejó que la gravedad lo llevará contra el piso.

Su adversario se le colgó del cuello y le dio un rodillazo en las costillas. Haciéndole girar, rodar, y quedar él por debajo; con la tibia del veloz demonio sobre su cuello. Su Sargento atacó con el cuchillo, en una profunda estocada a la garganta; que el demonio bloqueo sin problemas, desviando el cuchillo, y a Mamá Osa, hacia su derecha. Le tomo el brazo que sostenía el cuchillo y se aseguró de evitar un contra ataque con la hoja. Pero en lugar de eso Mamá Osa lo embistió con todo su peso. Sacándolo de encima suyo, permitiéndole respirar nuevamente. Una gran bocanada de aire fue necesaria antes de ponerse en pié.

Se sobo la garganta y busco su cuchillo. La escasa luz, de su vara tirada en el piso, no le ayudó en mucho. Si encontró un cuchillo, extraño de punta curvada, como un gancho y hoja recta. Sin tiempo para contemplar la rara herramienta, se lanzó a la oscuridad, en ayuda de su Sargento. Sólo pudo ver las amarillas líneas de su uniforme, luchando contra una sombra. Ella ya estaba por debajo y el Demonio montado sobre su cintura. -Es mío.-

Lanzó un corte horizontal hacia delante. Pero la hoja en su mano no encontró nada. Ya no había nadie sobre Mamá Osa. El Demonio desapareció en las sombras, sin hacer el menor ruido. -Imposible-.

-¿Donde se fue?- Le pregunto ella. Sorprendida de seguir con vida.
-Desapareció-.
-No puede estar lejos.- Afirmó, mientras se ponía en pié. - Luces.- Le ordenó Mamá Osa.

Ambos sacaron de sus cinturones otra vara de luz. Las rompieron en el acto y las agitaron en el aire, pronto su intensa luz ilumino el amplio pasillo; que se tiñó de naranja.

-Fue una trampa, espero afuera a que uno se quedará sólo.- Le informó su Sargento.
-Y caímos en ella como novatos.- Le respondio.     
-Tiro el brazo dentro de su refugio, sabiendo que lo seguiríamos.-
-El Demonio piensa, Mamá Osa.-
-No volveremos a caer en su trampa.- Se puso en pie, y recogió su cuchillo del piso. Lo que de inmediato le recordó que el que estaba en su mano, debía ser, el cuchillo del Demonio.

            A la luz anaranjada, lo examino con la escasa atención que podía dedicarle. Tenía una hoja totalmente recta, que terminaba en una punta curva, similar a un gancho; solo el gancho tenia filo, por ambos bordes. Uno de sus cantos, el contrario a la punta, era recto y sin filo; sin embargo el otro, justo bajo la punta curva, tenía dientes, largos y filosos. Su empuñadura parecía de hueso. -Humano, más que seguro.-

-¿Había visto algo así, Sargento?- Pregunto mostrándole la extraña herramienta.
-Nunca… Realmente parece el diente de un Demonio.- Fue su respuesta.

            Ambos estaban heridos y golpeados. La lucha aunque corta había sido dura y habían llevado la peor parte. Aguardaron en silencio, esperando otro ataque de su enemigo desarmado. -¿Desarmado…?- Al darse cuenta de su error corrió al agujero en la pared que Mamá había hecho. –¡Rápido Sargento, Le hemos desarmado, y buscara armarse de nuevo!- Escucho los pasos de su Sargento tras de él mientras corría a la oscuridad, y lanzaba su vara de luz dentro del refugio alfombrado de chaquetas.

            Dentro de el miro en todos lados, pero no lo encontró. Ni una sombra, ni un rastro; salvo uno. –Faltan fusiles de este rincón.-
-¿Cómo puedes estar seguro?-
-Porque habían más ahí cuando entramos la primera vez.-
-Estábamos frente a la entrada, no pudo salir de aquí con un fusil. Nos habría matado a parte. Salvo que…-
-Salvo que vaya por el resto de la compañía.- Ambos se miraron en la penumbra y comprendieron que habían perdido su ventaja, que ya no cazaban a nadie.
-¿Viste alguna otra salida en este sitio?- Le pregunto su Sargento.
-Sí, Señora. Por este lado.- Recogió su vara de luz del piso, y la guio hasta el fondo del refugio, justo al lado de  un cerro de baterías para fusil. –Aquí es. ¿Cree que nos esté esperando del otro lado?-
-Tiene la sorpresa de su lado. Puede escoger entre matarnos y comernos ahora. O, por como jugó con nosotros, dejarnos al final y rematar la compañía ahora.-
-¿Qué haría usted?-
-Dejarnos para el final.-

            Mamá Osa apretó el radio en su laringe y hablo a su Capitana con toda la velocidad que pudo. -¡Capitana, responda Capitana! ¡Lo perdimos, y va hacía ustedes! ¡Repito, lo perdimos y va hacía ustedes!- Su llamada no tuvo respuesta. –Tenemos que seguirlo y atacarlo por retaguardia, antes de que ataque la compañía. Si lo pillamos en fuego cruzado, Demonio o no Demonio morirá- Le dijo mientras pasaba junto a él, y sin el mínimo temor, se agacho y perdió en la oscuridad de la entrada.

            No importaba su aspecto físico, no a él. Para él la valentía de Mamá osa la hacía más deseable que cualquier trabajadora del nivel del placer. La había visto matar a cientos de enemigos; con sus manos, con cuchillo, con el fusil. Pese a su juventud, era la mejor Sargento bajo la cual había servido. Aunque nunca había podido estar bajo ella como él hubiese querido.

             Su diferencia de edad importaba poco, pero su diferencia de rango, no podía ser ignorada. Ella vivía varios pisos más arriba que él, y sola; el compartía aun su habitáculo con otros seis soldados. Si bien su comedor era el mismo patio de comidas, se debían sentar en mesas distintas siempre; para comer, beber y para conversar. Solo en el tour podían convivir.   

-Despejado.- Fue el grito que lo sacó de sus fantasías.

Temió por su vida. Porque él era ahora, el que esperaba sólo en la oscuridad. Bajo y cruzó la entrada diminuta, lo más rápido que pudo; casi sintiendo los dientes del Demonio, arrancar la carne de sus huesos. Rodó por el piso, que volvía a ser de hielo, y la encontró de pie frente a una máquina extraña; siluetada por las luz anaranjada.

Se acercó a Mamá Osa y pudo ver mejor la máquina. No era más que nieve en dos bloques, y ocho derretidores de hielo; diseñados para proveer a los soldados de agua fresca, incluso caliente. Lo que venían a conseguir. Agua para sus familias... Y él sabía, para sus amos; robar agua, que sabía no era suya, sino alguna vez de todos los hombres y mujeres del planeta. -Ohh el planeta.- se recordó a sí mismo. -Que pecado saber que era un planeta, y cuantos eran. Saber era peligroso.- Tal y como le había dicho su madre; -Me costara la vida.- El miedo volvió.

-Es una máquina de tortura demoníaca.- Escucho las palabras que traicionaron su control.

Las hojas sin filo de los derretidores tenían aun las manchas de la sangre quemada; hedían a piel quemada. La piel y la carne de los hombres habían sido quemadas ahí; podía sentirlo en su piel. Más allá a sólo unos metros, vio una pila de trajes de Supervivencia Antártica. Cortados todos, de la misma forma.

El lugar era espacioso, cabían de pie sin problemas, y no era una semi esfera; sino un rectángulo tridimensional, largo y ancho. El naranja de su luz no le impidió notar el hielo rojo en el piso. -Cuanta sangre humana.- con toda otra criatura extinta, sobre el bloque de hielo sólo había una fuente de carne y sangre.

-¿Qué es esto?- Pregunto en vos alta.
-Su despensa… Su “walk in fridge”; como el de los Ejecutivos Dioses- le respondió su Sargento.
-¿Su despensa?-
-SI y está vacía.-
-Pero todo ese hielo rojo.-
-Alguna vez estuvo llena. Aquí almacenaron a los muertos que se comieron. Su propia despensa de cadáveres. Hijos del infierno sin duda.-
-¿Se les acabo la comida?-
-Así parece. Puede que hace mucho, y por eso se detuvo a comer durante la batalla. Le dijeron al Comandante, que aquí no habían enviado a nadie hacía tiempo, porque nadie volvía.–
-Se los comieron. No volvieron por eso.-
-Pero que pasaría si todos los ejércitos hubiesen tenido la misma idea?-
-¿Enviar toda una compañía a establecer una avanzada?-
-No idiota. No enviar a nadie. Que nadie haya enviado a ninguna unidad en mucho tiempo.-
-¿Qué se yo?-
-Yo te lo diré. El suficiente tiempo, para que se les acabará toda la comida, que guardaban en este lugar.-
-¿Qué?- seguía sin entender, lo que para su Sargento era obvio.-
-Que están muertos de hambre. Por eso se puso a comer en medio de la batalla. Por eso bajo la guardia de ese modo, el hijo de rata.-
-No lo entiendo.- No alcanzó a decir más y ella lo miro con la mayor incredulidad del mundo. -SI entiendo el hambre. Sin duda. Lo que no entiendo. Es ¿Si crees que eso los hace más peligrosos, o no? Porque yo no sé si podremos con una bestia con este hambre.-
-Sus instintos de demonios los traicionaran. Deben estar buscando cuerpos calientes de los que comer, ahora mismo.-
-Si, como del Soldado Primero.- Repaso la habitación con la mirada, sin confiar en su sargento. -¿Y esa pared del fondo, con todos los cortes; y cuchillos clavados en ella?-
-Apuesto a que es su conteo de muertos. Su pequeña cuenta personal.- Ella no parecía impresionada por el incontable número de marcas que tenía el muro de hielo. -Aquí hay una salida de este lugar.- Le indicó ella. Otra pequeña ranura que conduciría a algún otro pasillo.

Ella se agachó, se echó de espaldas y paso primero. Ya no importaba el protocolo de supervivencia del oficial o suboficial. Había que seguir y matar al "hijo de rata"; aunque eso significará arriesgar así su vida. -Esta mujer es una osa, sin duda- Pensó para sí, mientras sentía su sangre hervir, al mírale las piernas, sus fuertes muslos; y su entrepierna tan deseada para él, e imaginar cómo sería su concha bajo la copa recolectora que se dibujaba en el traje. Hasta el ver sus pantorrillas y botas pasar, fue un placer para sus ojos. -Por el que bien vale morir.

La manguera que corría por su uretra, dispuesta succionar todo cuanto pudiera salir de su pene; hizo la erección que aquella vista le había causado, bastante dolorosa; pero no la detuvo.

-Despejado.- Escucho distante, a lo lejos; casi sin oír. Y luego volvió a la realidad.

Puso su erección contra el hielo, y con dolor pero sin decir nada, se arrastró hasta el otro lado de la muralla de hielo. Esta mucho más gruesa que las anteriores.

Esta bóveda era también rectangular, pero más pequeña. Lo que la hacía sorprendente, era la completa ausencia de hielo rojo. En el medio de la estancia encontró la razón del lugar; los derretidores en hielo se lo dijeron. Uno sólo clavado en su suelo, hundido en una profundidad de varios centímetros bajo el piso, recto casi perfecto; y varios otros desechados en un rincón, clara muestra de que se habían quedado sin energía.

-Aquí bebía.-
-No eres tan tonto después de todo-
-¿Por qué tan lejos de donde duerme?-
-Para no contaminar el agua.-
-Pero si tiene cientos de litros de agua. No tendrá comida pero de sed nadie se muere en el bloque de hielo.- dijo riéndose mientras se burlaba.
-¿Mientras tengas...?-
-Un láser, un derretidor, o una puta- Repitió de memoria y con orgullo, aun sonriendo; sintiéndose de pronto, superior a un demonio; al menos intelectualmente.
-¿Sabes que nuestros hijos y sus hijos pelearan esta misma guerra, cierto?-
-Claro. Es un gran trabajo.-
-¿Crees que el agua alcanzará para todos ellos? ¿Para los hijos de los soldados de los otros conglomerados?-
-¿Me quieres decir, que le está dejando agua a los hijos de la guerra?-
-No sé. No leo su mente. Pero me parece que tiene sentido.- replicó Mamá Osa, molesta por su incredulidad. -Ahí está la salida Viejo Camarada. Te toca ir de espaldas al hielo.- Le sentenció.

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