LAS GUERRAS ANTARTICAS
Su
Comandante mortalmente herido, la mitad de su pequeña compañía reducida y
asustada, y ahora sin los laser; solo con sus cuchillos. Ella y dos de sus
hombres examinaban el cadáver congelado de uno de los suyos, en la profunda
oscuridad iluminando solo con varas de luz naranja. Le faltaba un brazo, pero
solo el brazo, la manga seguía unida al resto del Traje de Supervivencia
Antártica. Los pequeños granos de hielo rojo esparcidos por el piso crujían
bajo sus blancas botas de nieve. El piso estaba marcado por el calor de los
rayos laser y las pocas paredes que alcanzaban a ver, sin las linternas de sus
fusiles, estaban llenas de agujeros por los que podía caber un hombre.
Realmente el techo de hielo y nieve podía caer sobre sus cabezas en cualquier
momento.
–Para
bien o para mal, los cuchillos serán necesarios.- Pensó ella, entre la
oscuridad y los quejidos de heridos y moribundos.
-Sargento reporte.- Chillo la voz de su Capitana, desde
la distorsión radial del audífono en su oreja.
-Todos los muertos y heridos son nuestros, señora.
Realmente nos tomaron…- Las horribles arcadas de un herido cubrieron su voz. El
pobre diablo agonizante comenzó a ahogarse en su propia sangre, la cual se
congelaba a los pocos segundos de que el la escupiera. Un fatal y preciso golpe
a la tráquea –Liberen a ese hombre de su sufrimiento.- Le grito al soldado
acuclillado junto a ella, mientras se ponía en pie. Un cuchillo termino con su
sufrimiento.
-¿No le dimos a nada?- Pregunto su Capitana.
-Solo a la estructura señora. Si lo herimos, no murió
aquí.-
-Encuéntrenlos, Sargento. Estoy enviando más equipos por
otros túneles. La bóveda es aun más grande lo que supusimos.-
-¿Señora, el Comandante…?-
-Respira aun, Sargento. Pero se encuentra débil.
Asegúrese de que no nos ataquen de nuevo. Capitana fuera.-
-Sargento, creo que huyo por aquí.- Le dijo su segundo
hombre, el más viejo apuntando con su luz a uno de los túneles.
-¿Esta seguro, Viejo?-
-Es lo suficientemente ancho, no creo que lo hayamos
hecho con los laser, y hay un rastro de hielo rojo detrás de la pared.
-¿Entonces?-
-Estaba justo ahí junto al cadáver cuando disparamos. Se
oculto justo allí contra esa pared, y espero por la pantalla del vapor para
arrastrarse por aquí.-
-Debe ser una trampa, Sargento.- Se les unía el soldado más
joven. -¿Por qué dejarnos un rastro para seguirlo?-
-No es humano señores, sáquense ese pensamiento de la
cabeza, es un animal de forma humana nada más; y está hambriento.-
-¿Cree que es un demonio como hombres, Sargento?-
Inquirió con miedo el soldado más viejo, sosteniendo la vara de luz anaranjada.
-¿Por qué no huyo con el resto de los suyos?- Pregunto el
joven, con su cuchillo con sangre aun en su mano.-Deberían todos estar igual de
hambrientos.-
-Todo un escuadrón de demonios come hombres-.
La sola idea le provoco más miedo del que había conocido en toda esa helada
guerra. Su mente lucho contra la idea, dándole solo más preguntas y más miedos.
–Los demás heridos y muertos están
enteros, solo a aquel le falta una parte. ¿Puede ser solo uno?
Comer humano era algo atroz y
atemorizante para ella, pero conocía el hambre; lo conocía muy bien. Había
pasado hambre muchas veces. Como todos los habitantes esclavos de un
conglomerado comercial, había visto a sus hermanos y vecinos morir de hambre.
No todos podían sobrevivir, no en ese mundo. Así como no todos podían trabajar,
no todos podían tener una habitación, no todos podían ser considerados humanos.
Era la única razón por la que todos se unían al ejército. Poder vivir; no
mejor, sino sólo vivir.
Siempre había sido buena peleando y
matando, desde niña; desde que ella y sus hermanos peleaban contra otros niños,
e incluso adultos, por las pocas migajas que se encontraban en los grandes
vertederos, que eran ahora sus ciudadelas. Había matado por comida, por
herramientas, por basura reciclable y cambiable por comida; pero por sobre todo
por defender a los suyos. Por eso su apodo "mamá osa". Ganado con
justicia, mucho antes de que su cuerpo se hubiera desarrollado tan grande y
fuerte como un hombre
La gran
defensora. De sus hermanos primero, de sus compañeros después, y ahora de los
soldados bajo su mando. Todos sabían que era peligroso enfrentarla -Ahora lo sabrán los demonios come hombre. No
morirán más de los míos.- Pero fuera de su ira protectora, ella sabía que todos
estaban condenados, contaminados con la verdad; demasiado peligrosos y leales
para continuar con vida.
Con todo lo que le había costado
conseguir un habitáculo, sobre el piso veinte; sobre las fábricas y los
laboratorios. Después de toda una vida viviendo a ras del piso, en carpas y
campamentos, al mismo nivel que la basura, padeciendo las crueldades de la
lluvia ácida, y los helados vientos huracanados; que hacían volar chozas y
basura por igual. Sus padres hubieran estado tan orgullosos de ella; si supiera
donde estaban o si estuvieran vivos. La esperanza de vida no era alta para los
habitantes del suelo; en realidad no tenían ni esperanza ni vida, sólo
sobrevivían si podían y con lo que podían. Llegar a sargento era lo máximo a lo
que podía llegar, y los pocos beneficios que eso le daba, eran enormes en
comparación a tener que vivir con y entre la basura; a la sombra de las grandes
torres, las megas estructuras donde vivían funcionarios, soldados y ejecutivos
dioses.
Pero a pesar de todo el hambre que
alguna vez sintió, nunca se le había pasado por la mente, comer el cadáver de
otro humano. Ni entendía cómo era posible que alguien, en mitad de una batalla,
se detuviera a comerse a un enemigo.
Ahora lo estaban cazando. Iban tras
del rastro que iba dejando su comida, por un estrecho túnel que los condujo a
otro más grande. Si creyeron que el refugio era lo suficientemente grande para
contener un batallón completo, con todo y sus provisiones; ahora se daban
cuenta de que estaba rodeado de túneles, probablemente más de alguno, secreto.
No era el mejor lugar para buscar a un demonio, menos solo tres y menos aun
solo con cuchillos. De no ser por la tormenta allá afuera, hubiera sugerido
volar todo con explosivos.
El túnel termino en una estrecha
entrada al nivel del piso, por la cual un hombre debía arrastrarse para poder pasar;
dejandole absolutamente vulnerable a un ataque del otro lado. Una granada
hubiera despejado el camino, pero teniéndolas prohibidas, de momento; debían
arriesgar la vida de uno, alguien tendría que arrastrarse dentro de la
oscuridad.
Todos lo
habían hecho muchas veces, eran veteranos ya; aunque uno de ellos fuera más
joven, había sobrevivido a un tour completo en el bloque de hielo. -Recuerdo
cuando yo volví a mi segundo tour.-
Sin mucho
gusto, revivo el haber compartido habitáculo con otros seis soldados, veteranos
de su primer tour; su derecho ganado en combate, en ese mismo continente. Junto
con la promesa de algún día tener uno sólo para ella. El ver esa promesa
cumplida, un habitáculo, una sola cama había sido uno de los momentos más
felices de su dura vida. Se comía únicamente en los comedores, por lo que seguía
siendo un habitáculo solo destinado al descanso; pero tenía su pantalla, donde
solo ella elegía cuando prenderla y cuando apagarla: tenía la vista de todo el
cielo interior del mega edificio, en donde sin prismáticos no podías ver a un
hombre al otro lado. Todo ganado con heridas y con esfuerzo. -Demonio o no demonio, no me matara a mi.-
Se juró a sí misma.
Pero ella no
era la que pasaría, la que se escurriría por debajo de la entrada, hacia una
muerte probable. El Sargento es un tomador de decisiones, y como tal debía
vivir para dirigir hombres; incluso si esos dos morían, ella podía sobrevivir
para dirigir otros, y servir bajo otros, con la misma eficiencia. Uno de esos
dos pasaría. Ella tenía que decidir ahora, debía hacerlo rápido; quien vivía y
quien moría. Por manual. Poco cambiaba en esta guerra eterna.
-Viejo es tu
turno. El primera Clase se lo ganó; y lo sabes-. Sentenció.
El Viejo
Camarada cambio el agarre de su cuchillo, de tenerlo tomado con la hoja hacia
abajo, dejó la hoja en el sentido de su pulgar. Se hecho boca arriba. Y se
arrastró por la corta abertura. El Primero se acuclillo, listo a jalarlo de las
piernas si algo le indicaba cualquier peligro. Mientras que Mamá Osa vigilaba
la tiniebla constante.
El sonido del
arrastrarse del viejo fue breve, la pared era delgada. Lo escucho ponerse de pie, apenas; sin decir
nada, sin hacer ruido. Y después nada. Sólo el silencio en la oscuridad… El
largo silencio en la oscuridad… Casi un minuto eterno; de temer al demonio…
-Despejado sargento.- fue el grito del Viejo
Camarada que les devolvió el alama; haciéndoles sentir que el miedo al Demonio
disminuía, que él que quería su carne se alejaba. -Y Mamá Osa, tienes que ver
esto.
Ella se echo
cuerpo a tierra y se arrastró por la abertura. Al tener el cabeza hacia abajo
vio de inmediato una Chaqueta de Supervivencia Antártica. Tirada abierta sobre
el piso, con el forro interior hacia arriba. Y sobre esa otra, y otra más; toda
una alfombra de Chaquetas de Supervivencia Antártica. De distintas hechuras, de
distintos ejércitos; algunas rotas, algunas quemadas por láser, de pared a
pared. Guió su vara de luz con su mano extendida, por el extraño refugio, y
encontró un cerro de baterías, fusiles láser, Trajes de Supervivencia. Se puso
de pie cerca de la mitad de esa guarida, de techo ovalado y de de gran
amplitud. Un refugio dentro de un refugio. Con extraños garabatos cubriendo
todo el techo.
Sintió el
calor que guardaba el lugar, su Traje de Supervivencia le molestaba. La gruesa
capa hule que iba de pies a manos dejando solo la cara al descubierto, no
estaba diseñado para ese calor; y podía sentirlo. Diseñados a partir de trajes
de buceo ártico, la cantidad de calor que guardaban era agobiante; aunque para
sobrevivir en la intemperie siguiera siendo necesaria, una Chaqueta de
Supervivencia. Allí pronto su propio calor corporal se volvería agobiante. –El calor del infierno.-
Un ahogado
grito y el gorgoteo de la sangre, la arrancó de su sorpresa y contemplación. La
mano del Soldado Primero aún se veía salir por el agujero de entrada. El Viejo
Camarada se lanzó hacia su mano, pero no la alcanzó; la luz de su vara luminosa
se perdió en la oscuridad.
Ella ya iba en
carrera, y no iba a permitir que la muerte del Primero quedara impune. Sólo
alcanzó a reportar por radio, mientras se cubría la cabeza y ponía un hombro
por delante. -Comandante. Estamos bajo ataque. Hombre caído.- Con todas sus
fuerzas salto hacia adelante, en embestida; con toda su ira, con su metro
setenta de altura, y sus ochenta kilos de peso. El choque contra la pared le
dolió y la dejó algo noqueada; pero la pared explotó en trozos de nieve y
hielo, como ella lo hacía en un grito furia feroz.
De pie en el
túnel vio aún ser vestido con un traje de Supervivencia Antártica, muy similar
al suyo, teñido de naranja por la luz de su vara; cubriéndose el rostro con
ambas manos en una extraña posición de combate. Pero su rostro estaba hecho de
hielo, y el traje dejaba ver un desarrollo muscular inhumano. Cuchillo en mano
esperaba que ella hiciera el primer movimiento.
El Primero
estaba tendido boca abajo, degollado. Sus ojos desorbitados no miraban nada. La
sangre derramada ya se había endurecido en su garganta. No volvería a disfrutar
de lo que tan caro le costó. –Al menos
logro conocer algo mejor que vivir en el piso.-
Su luz comenzó
a apagarse. Su vara se había roto en el choque contra el muro, y su líquido
iluminaba poco a poco el suelo. No había tiempo de sacar otra, solo podía y debía
atacar.
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